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Una cola de escamas en una jaula bajo el mar, un plátano hinchable y un camarote inundado: las sirenas de Planeta Gayfolk

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Las sirenas llevan siglos nadando en los cuentos de los marineros. Eran la explicación perfecta para todo lo que el mar tenía de misterioso: los barcos que no volvían, las canciones que el viento traía por la noche, las formas que se movían bajo el agua y que nadie sabía nombrar. Una sirena era el mar con rostro, el océano convertido en alguien con quien se podía hablar, o de quien había que huir.

Con el tiempo las fuimos domesticando. Primero en los libros, luego en las películas, después en los llaveros, las toallas de playa y las figuritas de los escaparates de los puertos. La sirena dejó de dar miedo y empezó a dar ternura. Pero en ese camino perdió algo importante: dejó de ser libre. Pasó de nadar en mar abierto a estar en una vitrina.

Soy Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). Planeta Gayfolk es el mundo que he ido dibujando a base de canciones y videoclips, y hoy me apetece bajar a su costa para buscar a sus sirenas. La guía es «En Canarias no existen las sirenas», un videoclip en el que las criaturas del mar aparecen en los sitios más inesperados.

La guía: un título que niega lo que enseña

El videoclip de «En Canarias no existen las sirenas» vio la luz en YouTube un sábado de finales de verano, el 20 de septiembre de 2025. Ocupa tres minutos y veintiocho segundos y lleva el número 88 dentro de los 276 vídeos de la transmisión del planeta. La canción forma parte de «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía, el que cierra el viaje con la puerta abierta.

Si quieres verlo antes de seguir leyendo, está en la sala de proyección de Planeta Gayfolk. Te aviso de algo: el título dice que no existen, pero el vídeo está lleno de ellas. Hay sirenas en el fondo del mar, sirenas en jaulas, sirenas en acuarios, sirenas tendidas sobre el hielo de un mercado. Es una negación que funciona exactamente al revés: cuanto más se repite que no existen, más aparecen.

A mí esa contradicción me parece muy humana. Cuántas veces nos han dicho que algo no existe precisamente porque no querían verlo. Que no existe el maltrato si no hay golpes. Que no existe la tristeza si sonríes. Que no existen personas como tú en un pueblo, en una isla, en una familia. Y sin embargo ahí estamos, nadando.

Un flamenco en el embarcadero

El vídeo arranca con calor y con plástico de colores. En un embarcadero de madera que se adentra en un mar azul intenso, unas personas sujetan un flamenco hinchable enorme, rosa chillón, con el cuello curvado. Más tarde ese mismo flamenco flota en el agua junto a una plataforma, y alguien se sube a él entre risas, rodeado de un océano tan limpio que se ve el fondo.

Es el mar de las vacaciones, el de los anuncios de agencias de viajes, el de las fotos que se mandan para dar envidia. Un mar sin misterio, un mar de piscina grande. Y en ese mar, justo ahí, empiezan a aparecer las sirenas. Como si el vídeo quisiera decirnos que debajo del mar de postal sigue existiendo el otro, el de los cuentos.

Un plátano hinchable bajo el agua

Uno de los primeros planos submarinos es pura comedia. Bajo la superficie, en un agua turquesa atravesada por rayos de sol, flota un plátano hinchable gigante, amarillo, con su punta oscura. Una figura con traje de buceo se agarra a él y patalea, como si el plátano fuera un submarino de juguete que la llevara de excursión.

Fotograma del videoclip de «En Canarias no existen las sirenas»: un plátano hinchable amarillo gigante flota bajo el agua turquesa entre rayos de sol, con una figura con traje de buceo agarrada a él

Me hace muchísima gracia ese plátano. Es el objeto más absurdo que se puede meter en el fondo del mar, y por eso mismo funciona. En Planeta Gayfolk lo ridículo y lo poético nadan juntos. No hay que elegir entre reírse y emocionarse: el plátano amarillo flotando entre los rayos de luz es, a la vez, un chiste y una imagen bellísima.

También me gusta lo que dice sin decirlo. Un hinchable de playa está pensado para flotar arriba, en la superficie, donde todo el mundo lo ve. Este se ha hundido. Ha bajado al sitio donde viven las cosas que no se enseñan. Y allí abajo, de pronto, se ha vuelto misterioso.

Una puerta con forma de sol

Hay una playa de arena dorada a la que se entra por un arco de madera coronado por un sol tallado, con rayos puntiagudos alrededor de una cara redonda. A los lados del arco crecen plantas secas, de esas que aguantan el viento salado, y al fondo se adivina un grupo pequeño de personas, lejos, junto a la orilla.

Fotograma del videoclip de «En Canarias no existen las sirenas»: un arco de madera coronado por un sol tallado y un caballito de mar a la entrada de una playa de arena dorada, con un grupo de personas lejos junto a la orilla

Esa puerta es una frontera. A un lado está la tierra, el camino, lo de siempre. Al otro, el mar. Me gusta que tenga forma de sol, porque en las islas el sol lo decide todo: la hora de bajar a la playa, el color de la piel, el humor de la gente. El arco es como un aviso: a partir de aquí manda el mar, y en el mar pueden pasar cosas que en tierra no se creerían.

Más adelante aparece otra playa, esta de arena oscura, volcánica, con figuras pequeñas que pasean y unos hinchables rojos enormes clavados en la arena como balizas. Es el paisaje de las islas de verdad, el de la roca negra y el océano abierto.

Cabras sobre la tierra volcánica

Entre playa y playa, el vídeo se va tierra adentro. Aparece un paisaje de roca volcánica, pardo y gris, con montañas al fondo y columnas de vapor que salen del suelo como si la tierra respirara. Por ahí andan cabras, una de ellas con unos cascos enormes en la cabeza, y hasta alguien en bicicleta que pasa junto a una cabra tumbada.

Las cabras son, en el fondo, las sirenas de tierra firme. Son libres, tozudas, se suben a donde les da la gana y nadie consigue encerrarlas del todo. Me gusta que estén ahí, en el mismo vídeo que las sirenas enjauladas, como un contraste. En la isla hay seres que saltan de roca en roca sin pedir permiso. Y hay otros que han acabado entre barrotes.

La primera jaula en el fondo del mar

Y entonces llega la imagen que da sentido a todo. En el fondo del mar, iluminada por una luz azul que baja desde la superficie, hay una jaula enorme de barrotes metálicos. Dentro, una sirena con una cola dorada y verde brillante se mueve despacio, con la aleta abierta. Fuera, alrededor de la jaula, nadan buceadores.

Es una jaula de las que se usan para ver tiburones, pero puesta al revés. Aquí no es la persona la que se protege del animal: es el ser del mar el que está encerrado, y los humanos los que nadan libres a su alrededor. La escena está rodada con mucha calma. No hay violencia, no hay forcejeo. Solo una sirena que da vueltas en un espacio demasiado pequeño para ella.

Cuando la vi por primera vez pensé en todas las veces que he vivido así. Rodeado de agua, de posibilidades, de un mar inmenso, y sin poder moverme más allá de unos barrotes que nadie más veía. Desde fuera todo parecía normal. Desde dentro, cada vuelta era la misma vuelta.

Un camarote inundado

Hay un plano extrañísimo y precioso. Es el interior de un barco, una sala con filas de asientos blancos, como el salón de un ferri, pero completamente sumergida. El agua lo llena todo con un azul verdoso, los asientos están vacíos y al fondo, flotando sobre ellos, se ve otra jaula con una sirena dentro.

Fotograma del videoclip de «En Canarias no existen las sirenas»: la cubierta de un ferri sumergida en agua azul, con filas de asientos blancos vacíos y una jaula con una sirena flotando al fondo

Es el ferri que va de una isla a otra, el barco de los trayectos de siempre, convertido en fondo marino. Lo que era un medio de transporte se ha vuelto un acuario. Los asientos esperan pasajeros que no van a llegar, y en su lugar hay una criatura encerrada que mira por los barrotes.

Esta imagen me parece una de las más poéticas de todo el planeta. Habla de viajes que se interrumpen, de barcos que se hunden sin hacer ruido, de lugares cotidianos que de pronto se vuelven irreconocibles. Y en medio de eso, la sirena sigue ahí. Encerrada, pero viva.

Una jaula colgada sobre la cubierta

En otra escena, la jaula ya no está bajo el agua. Cuelga en el aire, sobre la popa de un barco de recreo, una de esas jaulas redondas de pájaro pero gigante, con su cúpula de hierro y su gancho arriba. Dentro hay una sirena. Abajo, en la cubierta, hay sofás rojos, mesas y una sombrilla. Detrás, el mar se ha vuelto oscuro y movido, con olas que rompen bajo un cielo de atardecer.

Es la imagen del trofeo. La sirena convertida en adorno para el barco de alguien, en conversación para la sobremesa, en foto para presumir. El lujo de la cubierta contrasta con la jaula como un insulto. Todo es cómodo, todo es caro, todo está pensado para disfrutar. Menos la jaula.

Hay algo en esta escena que reconozco de muchas relaciones. Ese momento en el que te das cuenta de que no te quieren, te exhiben. De que eres parte del decorado de la vida de otra persona, algo bonito que se cuelga en la popa para que lo vean los demás.

Un campo de jaulas

Más adelante la cámara se eleva y descubrimos que la jaula no era una sola. En el fondo marino hay un campo entero de jaulas, colocadas en filas sobre una arena grisácea, y dentro de cada una se mueve una sirena con su cola de color. Visto desde arriba parece un criadero, una granja submarina, un almacén de criaturas que deberían estar nadando por el océano.

Fotograma del videoclip de «En Canarias no existen las sirenas»: vista desde arriba de un campo de jaulas en la arena del fondo del mar, con colas de sirena de color turquesa dentro de cada una

Y por si fuera poco, en una playa de arena negra aparecen más jaulas, ahora en tierra firme, de madera y hierro, plantadas junto a la orilla. Algunas sirenas siguen dentro, tumbadas; otra descansa sobre la arena, fuera de los barrotes, con la cola apuntando al mar. Alguien camina entre ellas. Es como si una de las puertas ya se hubiera abierto y las demás estuvieran a punto de ceder.

Esa secuencia, del campo de jaulas bajo el agua a las jaulas de la playa, es para mí el corazón del vídeo. Es el paso de la cautividad a la liberación. No vemos la huida completa, no vemos cómo saltan todos los cerrojos. Solo vemos el principio: muchas jaulas llenas en el fondo y, en la orilla, una cola que ya asoma fuera de los barrotes, a unos metros del agua.

Sirenas sobre hielo picado

La parte más incómoda del vídeo sucede en un mercado de pescado. Es una nave iluminada con fluorescentes, con mostradores de hielo picado donde se amontonan atunes, doradas, pulpos y mariscos. Y entre ellos, tumbadas sobre el hielo como un pescado más, hay sirenas. Sus colas brillan con escamas verdes, azules y doradas, y en uno de los mostradores un cartel escrito a mano marca el precio por kilo.

Es una imagen que da risa y da escalofríos a la vez. Risa por lo absurdo: nadie vende sirenas al peso. Escalofríos porque entendemos perfectamente lo que significa. Es lo que ocurre cuando algo maravilloso se convierte en mercancía, cuando alguien que debería ser libre acaba catalogado, pesado y con etiqueta.

Hay también acuarios en ese mercado, tanques de cristal donde las sirenas nadan entre cangrejos y langostas, como en los viveros de las marisquerías. El mismo tanque donde se elige la langosta para la cena.

Una pregunta por un micrófono

En varias escenas aparece alguien con un micrófono, como un reportero o una presentadora que intenta entrevistar a las sirenas. Lo hace en el mercado, junto a los mostradores, y también bajo el agua, con traje de buceo, junto a una jaula. Les acerca el micrófono como si quisiera saber qué opinan de lo que les está pasando.

Esa idea me parece preciosa, aunque suene rara: preguntarle a la sirena. Durante siglos se ha hablado de ellas, se las ha dibujado, se las ha temido, se las ha vendido. Pero casi nadie les ha preguntado nada. En el vídeo alguien por fin lo intenta. No oímos la respuesta, pero el gesto ya es importante.

En mi vida he sentido muchas veces que se hablaba de mí sin preguntarme. Que mi historia la contaban otros. Por eso este micrófono acercado a una jaula me toca tanto. Es el momento en el que alguien decide escuchar a la criatura en lugar de hablar sobre ella.

La reina del carnaval

El vídeo termina con una imagen muy distinta. Una mujer con un tocado dorado enorme, de reina de carnaval, con plumas y brillos, aparece rodeada de pescado sobre hielo, levantando las manos con alegría. Es el carnaval de las islas, la fiesta en la que todo el mundo se disfraza de lo que quiere ser. Las calles se llenan de lentejuelas, de comparsas, de murgas que se ríen de todo y de trajes que han tardado meses en coserse. Durante esas semanas, la isla entera juega a ser otra cosa, y nadie se escandaliza por ver a un vecino convertido en pez, en reina o en criatura del fondo del mar. El disfraz no esconde: deja salir lo que el resto del año se queda guardado en un cajón.

Me parece un final perfecto. Después de tantas jaulas, alguien se viste de criatura fantástica y lo celebra a plena luz. El carnaval es la única época del año en la que nadie te pregunta si existes. Te pones la cola, la corona o las plumas y sales a la calle. Durante unos días, todas las sirenas existen.

Primera escala: flotadores en una piscina de noche

Las criaturas del agua de Planeta Gayfolk no viven solo en el mar de las islas. En «Me gusta el verano» hay una piscina iluminada al anochecer, llena de flotadores de colores redondos, naranjas y azules, y una tabla de surf pintada de rosa, turquesa y amarillo que dos personas llevan por la arena.

Es el agua en su versión festiva, sin jaulas. Allí no hay nadie encerrado: todo el mundo flota, salta y se ríe. Cuando pienso en las sirenas del mercado, me gusta imaginar que alguna de ellas termina en esa piscina, tumbada en un flotador, con la cola colgando por el borde y una bebida en la mano. Esa sería la liberación más gayfolk posible.

Segunda escala: el mar desde la playa pequeña

En «La playa del Mal Pas» el mar es otra cosa. Es una cala pequeña entre acantilados, con palmeras, barcas y una esfera rosa enorme que flota sobre el agua. Ahí no hay sirenas, pero hay algo muy parecido: la sensación de que el mar guarda secretos, de que bajo la superficie tranquila hay historias que nadie ha contado todavía.

Las dos playas se dan la mano. En una, las criaturas del mar están encerradas. En la otra, el mar es un refugio al que se vuelve una y otra vez. Planeta Gayfolk necesita las dos. Necesita contar lo que duele y necesita tener un sitio al que regresar.

Por qué hablo de sirenas enjauladas

Pasé dos décadas compartiendo vida con dos personas narcisistas, primero una y después la otra. Fui, durante todo ese tiempo, una especie de sirena en una jaula decorativa: bonito para enseñar, útil para presumir, sin derecho a nadar hacia donde quisiera. Cuando por fin rompí los barrotes, la historia que circuló fue la de ellos, y mucha gente cercana me dio la espalda sin escucharme. Lo que quedó fue un cuerpo agotado y una mente herida: estrés postraumático, una depresión mayor de las graves, ansiedad, fobia social y personalidad evitativa. Hoy me acompañan en el tratamiento una psicóloga y un psiquiatra. Hubo una temporada en la que pensé que no valía la pena seguir.

Las canciones fueron mi forma de volver al mar abierto. De contar por fin mi versión. De acercar yo el micrófono a mi propia jaula y decir lo que había pasado.

Si te sientes encerrado ahora mismo, aunque nadie vea los barrotes, busca a alguien que te escuche. En España existe el 024, un número gratuito y anónimo que contesta a cualquier hora para quien tiene pensamientos de quitarse la vida y para quien acompaña a alguien en esa situación. Cuando la vida corre peligro en ese instante, el número es el 112. Si vives en otro país, entra en findahelpline.com y te dirá qué teléfono te corresponde.

Un disco para abrir las jaulas

«En Canarias no existen las sirenas» pertenece al tercer capítulo de la trilogía, «El día de la liberación». Después del descubrimiento del planeta y de las ganas de viajar a él, este disco es el de abrir puertas. Y pocas imágenes lo resumen mejor que un campo de jaulas bajo el mar que termina con una cola de escamas fuera de los barrotes, en la orilla.

No es casualidad que el vídeo acabe en un carnaval. La liberación, en Planeta Gayfolk, no es solo escapar. Es escapar y luego celebrarlo con plumas.

Para escuchar con los pies en el agua

Esta canción, como todas las que aparecen en el paseo, se baja sin pagar y sin rellenar ningún formulario en la zona de descargas de mi web. Hay más música gratuita esperándote en la tienda de gayfolkplanet.com, https://gayfolkplanet.com/tienda, donde tampoco te piden nada a cambio. Y si quieres leer las letras disponibles del planeta, están reunidas en la sección de letras.

Para escucharlas en orden, te propongo esto: «En Canarias no existen las sirenas» para bajar al fondo del mar y abrir las jaulas, «Me gusta el verano» para salir a flotar en la piscina y «La playa del Mal Pas» para sentarte en la orilla al caer el sol.

Cinco postales del fondo del mar

El plátano hinchable amarillo flotando entre rayos de luz, con alguien agarrado a él.

La jaula redonda colgada sobre la cubierta de un barco, con sofás rojos debajo y olas al fondo.

El salón de un ferri hundido, con los asientos vacíos y una jaula flotando al fondo.

El campo de jaulas en la arena submarina, cada una con una cola de color dentro.

La cola que asoma fuera de una jaula en una playa de arena negra, frente al mar.

Preguntas frecuentes

¿Dónde aparecen las sirenas en el videoclip de «En Canarias no existen las sirenas»? En jaulas en el fondo del mar y colgadas sobre la cubierta de un barco, en el salón inundado de un ferri, en acuarios y sobre el hielo de un mercado de pescado.

¿Cuándo se publicó el videoclip de «En Canarias no existen las sirenas»? El sábado 20 de septiembre de 2025, en YouTube. Dura tres minutos y veintiocho segundos.

¿A qué disco pertenece «En Canarias no existen las sirenas»? A «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía de Planeta Gayfolk.

¿Qué otras imágenes de agua hay en Planeta Gayfolk? Los flotadores de colores y la tabla de surf de «Me gusta el verano» y la cala con una esfera rosa sobre el agua de «La playa del Mal Pas».

¿Se puede descargar gratis «En Canarias no existen las sirenas»? Sí, gratis y sin registro, desde la página de descargas de mikesaintlouis.com.