
By Mike Sain't Louis ·
Una caja con trescientas fotos, un selfie con efecto y siete años por borrar: las fotografías de Planeta Gayfolk
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Una fotografía es un pedazo de tiempo que se niega a pasar. Se guarda en una caja, en un álbum, en la memoria del teléfono, y allí se queda quieta mientras todo lo demás cambia. Por eso, cuando una relación termina, las fotos se convierten en un problema práctico y sentimental a la vez. ¿Qué se hace con ellas? ¿Se tiran, se esconden, se borran, se devuelven? ¿Se miran otra vez, aunque duela?
En mis letras las fotografías aparecen mucho, y casi nunca para recordar con calma. Hay una caja llena que acaba en la basura, un selfie retocado en el peor momento, siete años que hay que eliminar de varias nubes a la vez, fotos que se miran a las tantas de la madrugada y fotos que dan náuseas con solo verlas. Son imágenes que no consuelan. Pesan.
Lo que sigue es un recorrido por ese álbum desordenado. El centro es «El impostor», que tiene dentro dos de las fotografías más tristes de mi catálogo. A su alrededor hay otras: las de «El castigo más duro», las de «Forocoches», las de «Un puñetazo al día», el fogonazo de «Flash» y unas cuantas que no salen en ninguna letra, pero sí en los videoclips. Las voy a ir sacando de la caja una por una, como quien ordena fotos viejas encima de una mesa.
La caja rosa
La imagen principal de este recorrido es una caja. En «El impostor», el último día que los dos coinciden en la casa, quien habla echa a los desperdicios un estuche lleno de imágenes, «Con trescientas fotos», que él mismo había regalado al otro. Trescientas. No una docena, no un puñado: trescientas fotografías elegidas, impresas, guardadas, regaladas.
La letra cuenta que, al hacerlo, oyó llantos que sonaban forzados. Y que, cuando el otro por fin se marchó, el estuche continuaba entre los desperdicios. Nadie la rescató. El detalle que remata la escena es el color: la caja era rosa, y había sido regalada con mucha ilusión. Las palabras que lo dicen están partidas en renglones cortísimos, como si costara pronunciarlas.
Ya escribí sobre esta caja en otro texto, centrado en la mudanza y en qué objetos se abandonan. Aquí me interesa otra cosa: la caja como álbum. Trescientas fotos son una vida entera puesta en imágenes. Viajes, cumpleaños, tardes cualquiera. Que se queden en el cubo, sin que nadie las reclame, es la prueba más silenciosa de que para una de las dos personas aquella vida no valía tanto.
Las fotos no gritan, no protestan, no se defienden. Se quedan ahí, boca arriba o boca abajo, dentro de su caja rosa, esperando a que alguien las mire. Y nadie las mira.
Un selfie mientras alguien llora
La otra fotografía de «El impostor» es todavía más dura, aunque sea más pequeña. Mientras quien habla llevaba una semana llorando, descubriendo día tras día cosas dolorosas, el otro se estaba haciendo «una foto de» selfie y le estaba poniendo «un efecto».
Es una escena mínima y devastadora. No hay gritos ni portazos. Solo un teléfono, un brazo extendido, una cara que se mira en la pantalla y un dedo que elige un filtro. Y al otro lado de la casa, alguien que no deja de llorar. La distancia entre las dos personas cabe entera en esa imagen: una se deshace, la otra se retoca.
La letra lo pone como una de las pruebas de que el amor nunca existió. Y lo entiendo. Hay pocas cosas que expliquen mejor el narcisismo que un autorretrato hecho en mitad del dolor ajeno. El selfie es la fotografía en la que uno es a la vez el fotógrafo, el modelo y el público. No necesita a nadie más. Y añadirle un efecto es mejorar la propia imagen justo cuando la del otro se está rompiendo.
Me fijo también en cómo está escrito. Los renglones de «El impostor» son tan cortos que a veces tienen una sola palabra. «selfie y», dice un renglón. Y el siguiente empieza con «añadiéndola». Es como si la letra se hubiera escrito a golpes, sin aliento, con la respiración entrecortada de quien todavía no se cree lo que está contando.
Siete años en la nube
Si en «El impostor» las fotos se tiran, en «El castigo más duro» se borran. Y no de un sitio, sino de muchos. La letra enumera, casi con método, los lugares donde están guardados siete años de vida: el teléfono, el servicio de fotos del buscador, la nube de la compañía telefónica y otra nube más. Todo eso, dice, «los tendré que borrar del iPhone».
Pocas escenas de mi discografía son tan de nuestro tiempo. Antes, borrar una relación era quemar unas cartas o meter unas fotos en un cajón. Ahora es navegar por menús, seleccionar carpetas, confirmar que sí, que se quiere eliminar de verdad, y repetir la operación en cada servicio. Las fotos ya no están en un solo lugar; están multiplicadas, sincronizadas, copiadas en servidores que no sabemos dónde están. Olvidar requiere paciencia técnica.
Y la frase termina con un detalle precioso de puro amargo: además de borrar, habrá que «usar la función de bloquear el rostro». Es una función real de muchos teléfonos, la que reconoce caras. Pero en la letra suena a otra cosa: bloquear un rostro, impedir que una cara vuelva a aparecer. Es casi un conjuro. Que el teléfono deje de reconocer a quien ya no queremos reconocer.
Mirar las fotos a las tantas
En «Forocoches» las fotos no se tiran ni se borran. Se miran. Y se miran una y otra vez, de madrugada, cuando ya debería estar uno dormido. El estribillo lo repite muchas veces: «Y mirando las fotos de nuevo estoy perdido».

Es la otra cara del mismo duelo. Antes de poder tirar la caja o borrar la nube, hay una fase en la que las fotos se convierten en un vicio. Se abren, se pasan con el dedo, se amplían, se vuelven a cerrar. Y cada vez que se abren, uno se pierde. La letra usa exactamente ese verbo: perdido. No triste, no nostálgico. Perdido, como quien entra en un laberinto y no encuentra la salida.
El verso que sigue completa la imagen: «Imaginando todo lo que hubiéramos sido». Las fotos no muestran solo lo que pasó; también invitan a imaginar lo que no pasará. Cada imagen feliz abre una línea temporal alternativa, un futuro que ya no existe. Mirar fotos de una relación terminada es mirar hacia delante y hacia atrás a la vez, y no encontrar sitio en ninguno de los dos tiempos.
Fotos que revuelven el estómago
En «Un puñetazo al día» la reacción ante las fotografías es todavía más física. La letra lo resume en un renglón brevísimo, «Es mirar tus fotos», y lo que viene a continuación no es nostalgia, sino náusea. El cuerpo rechaza las imágenes antes de que la cabeza pueda pensarlas.
Me interesa mucho este contraste con «Forocoches». Allí mirar las fotos era perderse; aquí es marearse. Son dos fases del mismo proceso, y cualquiera que haya salido de una relación dañina las reconoce. Primero las fotos atraen como un imán. Luego, cuando por fin se ve lo que había detrás de la sonrisa, repelen. La misma imagen que antes daba ganas de llorar ahora da ganas de apartar la vista.
Y en mitad de ese rechazo aparece un detalle que solo una foto puede dar: la letra se fija en una barba teñida. La fotografía, que pretendía mostrar a alguien atractivo, termina delatando el retoque. Es la misma lógica del selfie con efecto de «El impostor»: la imagen que quiere embellecer acaba desvelando el truco.
El revelado de la verdad
Hay una idea que recorre todas estas letras: las fotografías mienten, pero a la larga también delatan. Un selfie con filtro miente sobre una cara; tomado en el momento equivocado, dice la verdad sobre una persona. Una caja de fotos felices miente sobre una relación; abandonada en la basura, cuenta lo que de verdad importaba.
En los laboratorios antiguos, las fotos se revelaban a oscuras, en bandejas con líquidos, bajo una luz roja. La imagen aparecía poco a poco sobre el papel blanco, primero las sombras, luego los contornos, al final los detalles. Me gusta pensar que en estas canciones pasa algo parecido. Durante años, las fotos de la relación parecían claras. Solo después, con el tiempo y a oscuras, empieza a aparecer lo que estaba escondido en ellas.
«El impostor» termina, de hecho, con un desafío que serviría de leyenda para el recorrido entero: que escuchen la canción y señalen, si pueden, alguna mentira. Es la respuesta de quien ha visto demasiadas imágenes retocadas y decide ofrecer la suya sin filtro, aunque salga peor.
Retrato, autorretrato y postal
Si ordeno todas estas imágenes por géneros, como se ordenan en un museo de fotografía, me salen tres familias muy claras. La primera es el autorretrato: el selfie con efecto de «El impostor», la foto que uno se hace a sí mismo para gustarse. En mi catálogo es siempre sospechoso. Aparece en el momento equivocado, cuando otra persona sufre, y retrata menos una cara que una indiferencia.
La segunda familia es el retrato de pareja, el de las trescientas fotos, el de los siete años guardados en el teléfono, el de las imágenes que se miran de madrugada. Son las fotos hechas para dos, con la idea de que alguien las mire después y recuerde. Lo trágico de estas canciones es que ese después llega, pero quien mira está solo. El retrato de pareja se convierte en retrato de una ausencia.
La tercera familia es la postal: el paisaje sin nadie, el desierto con huellas, la terraza con dos vasos, el volcán que humea. Es el género más tranquilo de todos. No acusa a nadie, no exige nada. Solo muestra un sitio. Y por eso es el único que, al final del recorrido, se puede mirar sin que duela.
Me gusta esa progresión porque coincide con la de un duelo. Primero se descubre el autorretrato del otro, el gesto que lo delata. Después se lucha con los retratos de pareja: se miran, se rechazan, se borran, se tiran. Y al final, cuando ya no queda nadie en la imagen, aparecen las postales. Lugares que vuelven a ser solo lugares.
El álbum que nadie hereda
Hay una pregunta que estas letras dejan en el aire y que me parece muy humana: ¿de quién son las fotos cuando una relación termina? Las hizo uno, salen los dos, las pagó el otro, las guardó un tercero en una nube. Nadie lo sabe. Y como nadie lo sabe, cada canción ensaya una respuesta distinta.

En «El impostor», las fotos son de quien las regaló, y por eso las tira. En «El castigo más duro», son de quien las conserva, y por eso tiene que borrarlas de todas partes. En «Forocoches», son de quien no puede dejar de mirarlas, aunque eso le haga perderse. En «Un puñetazo al día», no son de nadie: el cuerpo las rechaza antes de que nadie pueda reclamarlas.
Me parece que ninguna de las cuatro respuestas es la buena, y que tampoco hace falta que lo sea. Lo que cuentan las canciones es que las fotografías compartidas son un territorio sin dueño, un álbum que nadie hereda del todo. Cada persona se lleva lo que puede, o lo que soporta, y deja el resto en una caja, en una nube o en el aire.
Pies de foto
Una fotografía sin pie es una imagen muda. El pie le pone nombre, fecha, lugar. Si tuviera que escribir los pies de foto de este álbum, usaría las propias canciones. Debajo de la caja rosa pondría el título de «El impostor». Debajo de la nube, «El castigo más duro». Debajo de la pantalla iluminada a las tantas, «Forocoches». Debajo de la mueca de asco, «Un puñetazo al día». Y debajo del destello, «Flash».
Cinco canciones, cinco pies de foto, cinco maneras de estar delante de una imagen. Me gusta pensar que, puestas en fila, cuentan una historia completa: la de alguien que pasa de guardar fotos a tirarlas, de mirarlas a apartar la vista, de borrarlas a volver a posar. Es un álbum que no termina en una boda ni en un viaje, sino en una noche cualquiera con un flash que, por fin, no duele.
Un fogonazo que no duele
Para que este álbum no sea solo de fotos dolorosas, hay que guardar sitio para el fogonazo de «Flash». Su estribillo convierte la noche en un plató con tres palabras de rodaje: «Flash, cámara, acción». Aquí la cámara no sirve para retocar ni para vigilar, sino para celebrar. El destello del flash ilumina a alguien que brilla porque quiere, sin pedir permiso.
Es una foto muy distinta de todas las anteriores. No hay caja, ni nube, ni madrugada, ni náusea. Hay luz, música y alguien que posa por gusto. Me parece importante que conviva con «El impostor» en la misma discografía, porque recuerda que el problema nunca fue la cámara. El problema era a quién apuntaba y para qué.
Fotos que vuelan
En los videoclips también hay fotografías, y algunas son de las imágenes que más me gustan de todo el canal. Entre los decorados de «No Contact» hay un momento, poco después de arrancar, en que un anfiteatro derruido se llena de retratos sueltos que cruzan el aire como hojas de otoño, entre llamas diminutas, mientras alguien de carmesí gira en el centro. Para acompañar estas líneas me he quedado únicamente con el trozo de cielo donde flotan, sin quien gira.
Esos retratos al vuelo resumen en una sola imagen todo lo anterior. Son las fotos de la caja rosa, las de la nube, las de la madrugada, liberadas por fin del álbum y lanzadas al aire. Nadie las recoge. Se van. Y la figura que baila no las persigue. Es exactamente lo que sería salir del laberinto de «Forocoches»: dejar que las fotos vuelen y seguir bailando.
Postales sin nadie
Hay otro tipo de fotografía en los videoclips que me interesa mucho: las que parecen postales vacías. En el de «Y sigo temblando siempre», buena parte del metraje está en blanco y negro, como si fuera un álbum antiguo, y al final aparece una terraza a color con dos vasos sobre una mesa sin nadie. En el de «Forocoches», un desierto rosa con una sola hilera de huellas que se aleja hacia el horizonte. En el de «Un puñetazo al día», un volcán que echa humo en blanco y negro.

Son imágenes sin protagonista o con un protagonista muy pequeño, perdido en el paisaje. Funcionan como esas fotos de viaje que uno hace sin salir en ellas, solo para acordarse del sitio. Y tienen algo de melancólico: el lugar sigue ahí, pero ya no hay nadie para mirarlo juntos.
He reunido algunas de estas postales en las ilustraciones que acompañan el recorrido, todas sin caras. Me parece la mejor manera de hablar de fotografías en un catálogo donde tantas fotos se han tirado o borrado: guardando las que no duelen.
Un álbum de palacio y barro
El videoclip de «El impostor» dura 6:03, se publicó el 12 de febrero de 2025 y es el número 195 entre los 276 clips del canal. Forma parte del álbum que inauguró el planeta, cuyo título anuncia su descubrimiento. Abundan los rostros muy cercanos de personajes inventados, coronas embarradas, gentío frente a un palacio y llamas en el desenlace; por eso lo cuento con palabras y no reproduzco ninguna captura. Es un vídeo largo, como la letra, y funciona como un álbum de escenas que se van sumando, igual que las pruebas que enumera la canción.
Las únicas fotos reales
En este texto hay una fotografía que no es de ningún videoclip ni de ninguna ilustración: la mía. Las imágenes de los vídeos están hechas con herramientas digitales y ninguna de sus figuras existe, pero las fotos en las que aparezco yo son reales. Me parece justo que un recorrido por las fotografías de mis canciones incluya al menos una que no miente, sin efectos que cambien la cara.

Aparezco con mi cara tal como es, sin filtro que alise la piel ni efecto que cambie el color de los ojos. En un recorrido que empieza con un selfie retocado en mitad de una semana de llanto, me parecía coherente terminar con lo contrario: una foto que no pretende embellecer nada. No la pongo como prueba de nada ni como respuesta a nadie. La pongo porque este texto habla de imágenes que mienten, y la honradez mínima de quien escribe es enseñar al menos una que no lo hace. El resto del álbum, las postales y los recortes, son paisajes sin personas; esta es la única con alguien dentro.
Lo que hay detrás de estas fotos
Ninguna de las figuras de los clips es real y estas letras no reconstruyen escenas con nombres propios. Pero ese álbum lo he vivido por dentro. Durante dos décadas de adultez encadené dos parejas narcisistas, sin pausa entre ellas. Cuando salí de cada una, algunos amigos y conocidos se alinearon con la otra versión de la historia y desaparecieron de mi vida.
Los diagnósticos fueron llegando: ansiedad, trastorno evitativo de la personalidad, depresión mayor grave, fobia social y estrés postraumático. Llegué a rozar el suicidio. Ahora estoy bastante mejor, mantengo psiquiatría y terapia, y componer me permitió dar mi versión sin retoques.
Si algo de esto te suena, si te parece que no hay salida o se te ha cruzado la idea de hacerte daño, pide ayuda. En España puedes marcar el 024 desde cualquier teléfono, de forma gratuita y confidencial, a cualquier hora, también si te preocupa alguien cercano. Para emergencias está el 112.
Un álbum que se puede descargar
El texto íntegro de la pieza central, con reproductor, lo tienes en la ficha de «El impostor». Soy el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA).
Cada tema citado aquí puede oírse y guardarse sin coste ni registro desde mis descargas o desde la tienda de Planeta Gayfolk. Para recorrer este álbum en orden, prueba así: «Forocoches» para mirar las fotos de madrugada, «Un puñetazo al día» para apartar la vista, «El castigo más duro» para borrar la nube, «El impostor» para tirar la caja y «Flash» para volver a posar por gusto.
Preguntas frecuentes
¿Qué fotografías aparecen en «El impostor»? Dos. Una caja rosa con trescientas fotos regaladas que acaba en el cubo de la basura sin que nadie la rescate, y un selfie con efecto que el otro se hace mientras quien habla lleva una semana llorando.
¿Qué otras canciones de Mike Sain't Louis hablan de fotos? «El castigo más duro» habla de borrar siete años del teléfono y de varias nubes; «Forocoches» repite el verso de mirar las fotos y perderse; «Un puñetazo al día» describe el rechazo físico al verlas, y «Flash» convierte la cámara en una fiesta.
¿Hay fotografías en los videoclips? Sí. En el de «No Contact» vuelan fotografías por el aire de un teatro en ruinas, y otros clips, como los de «Y sigo temblando siempre», «Forocoches» o «Un puñetazo al día», tienen planos que parecen postales sin nadie. Ninguna de las figuras de los vídeos es real.
¿Por qué las fotos tienen tanto peso en canciones sobre rupturas? Porque son el recuerdo más concreto de una relación. Tirarlas, borrarlas o mirarlas una y otra vez son tres maneras distintas de atravesar el duelo, y cada una aparece en una canción diferente.
¿Dónde puedo descargar estas canciones? Gratis y sin registro en mikesaintlouis.com/descargas y en la tienda de gayfolkplanet.com, junto con el resto de mi catálogo.