Skip to content
← Song by songUn violonchelo entre brasas, un piano en llamas y una torre en el mar rosa: las ruinas de Planeta Gayfolk

By ·

Un violonchelo entre brasas, un piano en llamas y una torre en el mar rosa: las ruinas de Planeta Gayfolk

This article is only available in Spanish. Leer en español

Hay casas que siguen en pie mucho después de que se haya ido todo el mundo. Les faltan las puertas, tienen los cristales rotos, la humedad ha dibujado mapas en las paredes. Pero el esqueleto aguanta. Las escaleras siguen subiendo a algún sitio. Las ventanas siguen mirando hacia fuera, aunque ya no haya nadie detrás.

Siempre me han atraído las ruinas. De pequeño me colaba con los amigos en una casa abandonada a las afueras y me quedaba mirando las habitaciones vacías, imaginando quién había dormido allí, quién había cocinado, quién había discutido. Una ruina es un lugar lleno de historias que ya nadie cuenta.

Soy Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). Escribo las letras, compongo y produzco las canciones, y para cada una imagino un videoclip. Este paseo recorre las ruinas de uno de ellos, habitación por habitación, con cuidado de no pisar las brasas.

La guía: una canción sobre un cargo que queda grande

«¡Vaya director!» es lo que se le escapa a cualquiera cuando el jefe, el gerente o el responsable de turno demuestra que el puesto le viene enorme. Es una frase que se dice con los ojos en blanco. La portada lo cuenta en clave de cómic: una recepción de hotel de lujo, lámparas de araña, mostrador de mármol y una bronca monumental. De esa bronca ya escribí en la hoja de reclamaciones de «¡Vaya director!».

El videoclip se estrenó el 15 de noviembre de 2024, dura cinco minutos justos y pertenece al disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk». En el canal del planeta es el vídeo 260 de 276, y lo tienes con todos los demás en la sala de vídeos de Planeta Gayfolk.

Lo curioso es que el clip no se queda en el lujo de la portada. Empieza con un coche morado aparcado y un motel con neones rosas al anochecer, pasa por una alfombra roja con tres chicos de chaqueta dorada y, de pronto, se adentra en una casa en ruinas donde arden los instrumentos. Del mármol al escombro. Y eso es lo que me interesa hoy.

Lo que queda después del lujo

Me gusta mucho ese salto. Primero, el brillo: el coche impecable, el neón, la alfombra, los trajes. Después, la casa abandonada con las paredes desconchadas y el fuego en el suelo. Como si el clip quisiera enseñar qué hay detrás de las fachadas brillantes.

Una dirección mal llevada deja eso: ruinas. Da igual que sea una empresa, un hotel o una pareja. Cuando quien manda no está a la altura, lo que parecía un palacio acaba convertido en una casa vacía con los cristales rotos.

Yo lo he vivido en mi propia casa. Durante veinte años, con dos narcisistas, uno detrás de otro, lo de fuera brillaba. Fotos bonitas, cenas con amigos, viajes. Lo de dentro se iba cayendo a pedazos, habitación a habitación, sin que nadie lo viera. Cuando todo se acabó, lo que quedó se parecía mucho a la casa del clip.

El coche morado y el motel de neón

Antes de llegar a la casa, el clip se detiene en dos lugares que todavía no son ruinas. El primero es un aparcamiento donde espera un coche de lujo morado, reluciente, con las llantas brillando. El segundo es un motel de carretera al anochecer, con una franja de neón rosa recorriendo la fachada y un coche parado delante, con los faros encendidos.

Son lugares de paso. Nadie vive en un aparcamiento ni en un motel. Se llega, se pasa la noche y se sigue. Y por eso me parecen la antesala perfecta de la ruina: sitios donde todo es provisional, donde nada echa raíces.

Me recuerdan a aquellos años en los que mi vida entera parecía un motel. Siempre de paso, siempre con la maleta medio hecha, sin atreverme a colgar un cuadro en la pared porque no sabía cuánto iba a durar. El coche morado era la promesa de una vida brillante. El motel, la verdad de una vida sin casa propia.

Lo curioso es que, después de recorrer la casa en ruinas, el motel ya no me parece tan triste. Al menos tiene la luz encendida y la puerta dispuesta a abrirse. Al menos es un lugar desde el que se puede volver a salir a la carretera.

Un violonchelo entre brasas

A los 65 segundos aparece el plano que más me impresiona. Una habitación en ruinas, con las paredes agrietadas y el suelo cubierto de polvo y cascotes. A la izquierda, una ventana deja entrar una luz rosa intensa. Apoyado contra la pared, un violonchelo de madera rojiza, intacto. En la esquina inferior arden unas brasas. Al fondo, un atril de micrófono vacío y un humo rosa que sale de una grieta del muro.

Fotograma del videoclip de «¡Vaya director!»: un violonchelo apoyado contra la pared agrietada de una habitación en ruinas, con brasas en una esquina, humo rosa y una ventana iluminada

Nadie lo toca. Nadie lo ha venido a buscar. Está ahí, entre el polvo y el fuego, esperando.

Me conmueve que el instrumento esté entero. Todo a su alrededor se ha venido abajo, pero el violonchelo sigue con sus cuatro cuerdas tensas y su madera brillante. Como si la música fuera lo único que aguanta cuando todo lo demás se rompe.

En mi caso fue exactamente así. Cuando mi vida era una casa en ruinas, lo único que seguía en pie era la necesidad de escribir. No sabía si iba a salir de aquello, pero sabía que quería hacer canciones. Esa necesidad era mi violonchelo apoyado en la pared.

Las paredes desconchadas

En los planos de la casa, las paredes tienen la pintura levantada en grandes placas. Debajo asoma el yeso, y debajo del yeso, el ladrillo. Son capas y capas de lo que fue esa casa en distintas épocas. Un color de los años setenta, otro de los noventa, el último que alguien eligió antes de irse.

Me gusta mirar las paredes desconchadas porque son honestas. No esconden nada. Enseñan todas las capas, las buenas y las malas, una encima de otra.

Durante mucho tiempo yo fui una pared recién pintada. Lisa, perfecta, sin una grieta a la vista. Por dentro había humedad y moho, pero por fuera nadie lo notaba. La terapia ha sido, en parte, dejar que se desconche la pintura. Ver qué hay debajo. Aceptar que tengo capas, que algunas son feas y que todas son mías.

Un piano en llamas

A los 113 segundos, el clip enseña otra habitación de la casa. En el centro, un piano de cola negro. Sobre la tapa y alrededor del teclado arden llamas naranjas, altas, vivas. Detrás, unas ventanas enormes dejan pasar una luz rosa y violeta que parece de otro mundo. Por el suelo hay atriles de micrófono, cables y restos.

Fotograma del videoclip de «¡Vaya director!»: un piano de cola negro con llamas sobre la tapa en una habitación abandonada con ventanas de luz rosa y atriles de micrófono

Es una imagen violenta y bellísima al mismo tiempo. Un piano es un instrumento caro, pesado, casi sagrado. Verlo arder da un poco de vértigo.

Pero el fuego en este clip no destruye del todo. El piano sigue ahí, con su forma reconocible, mientras las llamas bailan encima. Me gusta pensar que es un fuego que limpia más que un fuego que mata. Como cuando se quema el rastrojo de un campo para que la tierra vuelva a dar fruto.

Hubo un momento de mi vida en que sentí que todo lo que me importaba estaba ardiendo. Mi nombre, mi reputación, mis amistades. Una campaña de desprestigio funciona así: prende fuego a todo lo que has construido. Lo que aprendí es que hay cosas que no se queman. Lo que sabes hacer, lo que sientes, lo que eres. Eso sigue ahí cuando se apagan las llamas.

La música que no se rinde

Hay algo que se repite en todas las habitaciones de esta casa: los instrumentos. Un violonchelo aquí, un piano allá, atriles de micrófono por el suelo. Es como si la casa hubiera sido, antes de la ruina, un lugar donde se hacía música. Un estudio, una sala de ensayo, un conservatorio olvidado.

Y la música no se ha ido. Se ha quedado entre los escombros.

Me parece una imagen muy precisa de lo que es crear después de un trauma. No lo haces en un estudio limpio y luminoso. Lo haces entre ruinas, con el humo todavía en el aire, con las paredes agrietadas alrededor. Mis canciones de esos años nacieron así. No a pesar de las ruinas, sino en ellas.

Una torre en el mar rosa

A los 29 segundos, antes de entrar en la casa, el clip se asoma al mar. Una playa oscura en primer plano, olas suaves que rompen en la orilla y, en mitad del agua, una torre de hierro alta y estrecha, de estructura entrelazada, que se levanta sola contra un cielo completamente rosa. En el horizonte, una franja de luz más clara, como un relámpago detenido.

Fotograma del videoclip de «¡Vaya director!»: una torre de hierro solitaria en mitad de un mar tranquilo bajo un cielo completamente rosa, vista desde una playa oscura

No hay barcos. No hay gente. Solo la torre, el agua y ese rosa imposible.

No sé qué fue esa torre. Quizá una antena, quizá un faro sin luz, quizá parte de un puerto que ya no existe. Por eso me parece una ruina perfecta: una estructura que sobrevive a su función. Ya no sirve para lo que se construyó, pero sigue en pie. Y el mar, en vez de tragársela, la rodea con calma.

Me reconozco mucho en esa torre. Hubo una época en la que pensé que, sin el papel que me habían asignado en aquellas relaciones, ya no servía para nada. Que mi única función era aguantar. Cuando esa función desapareció, me sentí como una torre en mitad del mar: sola, inútil, a la intemperie. Con el tiempo entendí que una torre no necesita una función para tener sentido. Basta con que siga en pie y mire el horizonte.

El mar que no derriba

Lo que más me gusta del plano de la torre es la tranquilidad del agua. Uno esperaría un mar furioso alrededor de una estructura así, olas que la golpean, espuma. Pero no. Las olas llegan suaves y se retiran. La torre y el mar parecen haber hecho las paces.

Creo que la recuperación se parece a eso. No es que la tormenta pase y todo vuelva a ser como antes. Es que aprendes a convivir con el agua. A dejar que te rodee sin que te derribe. Los días malos siguen llegando, como las olas. Pero ya no te tumban.

Un pasillo con la luz encendida

A los 158 segundos, el clip recorre un pasillo de la casa en ruinas. Las paredes están rotas, hay huecos donde antes había puertas y unos escalones de piedra llenos de polvo bajan hacia la oscuridad. Al fondo, en el techo, hay una lámpara encendida. Una sola, con su luz cálida, en mitad de todo ese abandono.

Fotograma del videoclip de «¡Vaya director!»: un pasillo de una casa en ruinas con paredes rotas, escalones de piedra cubiertos de polvo y una lámpara encendida en el techo

Es un detalle mínimo, pero me parece el más esperanzador de todo el clip. En una casa donde ya no vive nadie, alguien ha dejado una luz encendida.

Me recuerda a lo que hacían mis abuelos cuando alguien de la familia iba a volver tarde. Dejaban la luz del pasillo encendida. No decían nada, no esperaban despiertos, pero la luz estaba ahí. Para que quien llegara supiera que era bienvenido.

En los peores momentos, siempre hubo alguien que me dejó una luz encendida. Un amigo que escribía sin esperar respuesta. Mi psicóloga, que me recibía cada semana sin importar en qué estado llegara. Esas luces no arreglaban la casa. Pero me ayudaban a encontrar el camino por el pasillo.

Las ventanas rosas en la noche

Varias veces, el clip enseña la casa desde fuera, de noche. Una fachada oscura, casi invisible, y unas ventanas que brillan con una luz rosa intensa, como si dentro hubiera una fiesta o un incendio. No se sabe cuál de las dos cosas.

Me fascina esa ambigüedad. Desde fuera no puedes saber qué pasa dentro de una casa. Puede que estén celebrando algo. Puede que todo esté ardiendo. La luz es la misma.

Durante años, desde fuera, mi casa parecía tener las ventanas iluminadas de fiesta. Nadie sospechaba que dentro había fuego. Por eso ahora intento no juzgar las ventanas ajenas. Nunca sabes si esa luz rosa es alegría o es alguien pidiendo ayuda sin palabras.

La habitación rosa con una silla

Casi al final, a los 238 segundos, aparece una habitación inundada de luz rosa. Tan rosa que casi no se distinguen las paredes. Al fondo, una ventana que brilla. En el centro, una silla vacía de respaldo curvo.

Una sola silla. Para nadie.

Después de todo el fuego, de los instrumentos ardiendo y de los pasillos rotos, el clip termina su recorrido por la casa en un lugar casi sereno. Una habitación limpia de escombros, bañada en color, con un sitio para sentarse.

Me gusta pensar que esa silla es para quien sobrevive a la ruina. Un lugar donde descansar cuando todo ha pasado. No es un trono, no es un sillón de lujo como los de la recepción de la portada. Es una silla sencilla. Pero está ahí, esperando.

El arco de luz en la playa

Hay otro lugar en el clip que no es una ruina, pero que parece su respuesta. En la orilla del mar, al atardecer, se levanta un arco enorme de luz blanca que gotea como si estuviera hecho de hielo derritiéndose. Delante, tres figuras de espaldas lo miran en silencio.

Después de la casa en llamas, ese arco parece una puerta. Una salida. Un lugar por el que pasar hacia algo nuevo.

Las ruinas no son el final del camino. Son un sitio por el que se pasa. Y en algún momento, si sigues andando, llegas a la orilla y encuentras un arco de luz que te invita a cruzar.

Primera escala: otros pasillos abandonados

La casa de «¡Vaya director!» tiene parientes en el planeta. En el videoclip de «Me rindo» también hay un pasillo abandonado, que termina en un fénix. Y en el paseo por los muros del planeta escribí sobre cuatro paredes que se caen y dos muros de piedra que se abren a una galaxia. En Planeta Gayfolk, cuando algo se derrumba, casi siempre deja ver el cielo.

Segunda escala: el fuego y los restos

El fuego que lame el piano tiene un primo verde en «Green Fire», donde una hoguera de otro color ilumina un western nocturno. Y los escombros de la casa me llevan a el paseo por los vertederos del planeta, donde todo lo que alguien tiró acaba amontonado. Ruinas y vertederos son dos formas de lo mismo: lo que queda cuando algo deja de servir. Y en los dos casos, entre los restos, algo sigue vivo.

Lo que se reconstruye

Cuando salí de aquellas dos relaciones, me sentía como esa casa del clip. Me diagnosticaron trastorno de estrés postraumático, depresión mayor grave, ansiedad, fobia social y personalidad evitativa. Todo eso a la vez, como habitaciones distintas de una misma ruina, cada una con su propio fuego.

Con mi psicóloga y con mi psiquiatra he ido entrando en esas habitaciones una por una. Apagando brasas, quitando escombros, dejando que entre la luz por las ventanas rotas. No he reconstruido la casa tal como era, ni quiero. Estoy construyendo otra, con lo que se salvó del incendio. Hay días en que vuelvo a oler el humo. Pero ya no vivo dentro del fuego.

Si tú ahora sientes que tu vida es una ruina, que todo se ha venido abajo y no sabes por dónde empezar, no te quedes solo entre los escombros. En España puedes llamar al 024, gratis y a cualquier hora, si tienes pensamientos de suicidio o si te preocupa alguien cercano. Si la situación es urgente, marca el 112. Si vives fuera de España, en findahelpline.com puedes buscar el teléfono de ayuda de tu país. Siempre hay alguien dispuesto a dejarte una luz encendida.

Por qué cinco minutos

«¡Vaya director!» es uno de mis videoclips más largos. Cinco minutos es mucho tiempo para un vídeo, y lo sé. Pero quería que hubiera tiempo para recorrer la casa despacio. Para quedarse delante del violonchelo, para mirar arder el piano, para pasear por el pasillo sin prisa.

Las ruinas no se pueden ver deprisa. Hay que entrar, mirar cada rincón, dejar que los ojos se acostumbren a la penumbra. Si el clip fuera corto, solo veríamos el fuego. Con cinco minutos, se ve también lo que sobrevive.

Además, la canción tiene algo de enfado que necesita espacio para desinflarse. Una bronca no se acaba de golpe. Se grita, se repite, se baja el tono poco a poco y, al final, queda un silencio raro, como el de una casa después de un incendio. Esos cinco minutos son el tiempo que tarda el enfado en convertirse en calma. Y la casa en ruinas es el lugar donde ocurre ese cambio.

Para escuchar entre las ruinas

Puedes descargar gratis y sin registrarte todas las canciones de este paseo, y el resto de mi catálogo, en mi página de descargas. Y en la tienda de gayfolkplanet.com, https://gayfolkplanet.com/tienda, hay más descargas gratuitas y otras cosas del planeta.

Te propongo escucharla con la luz apagada y una sola lámpara encendida, como la del pasillo. Y pensar en qué habitaciones de tu vida necesitan que alguien entre a quitar escombros.

Cuatro postales desde la casa en ruinas

El violonchelo apoyado contra la pared agrietada, intacto, entre el polvo y unas brasas.

El piano de cola negro con las llamas bailando sobre la tapa y una luz rosa detrás de las ventanas.

La torre de hierro alzándose sola en mitad de un mar tranquilo bajo un cielo rosa.

El pasillo desconchado con los escalones llenos de polvo y una única lámpara encendida al fondo.

La salida de la casa

Cuando termina el clip, salgo de la casa con olor a humo en la ropa y polvo en los zapatos. Pero también con la imagen de un violonchelo que no se rompió y de una lámpara que alguien dejó encendida.

Las ruinas existen, en los videoclips y en la vida. No se pueden esconder ni pintar por encima. Pero dentro de cada una queda algo que merece la pena rescatar. Un instrumento, una luz, una silla donde sentarse a descansar.

Si este paseo te ha servido de algo, ponte el clip y recorre la casa conmigo. Y cuando salgas, busca la orilla. Quizá haya un arco de luz esperándote.