
By Mike Sain't Louis ·
Un títere en una jaula dorada y un diablo con los hilos: «Another Narcissist» en Planeta Gayfolk
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Existe en mi planeta una orilla con sombrillas de rayas, coches antiguos aparcados junto a la arena y un señor muy elegante que no suelta nunca una cruceta de madera. De la cruceta bajan hilos. Y de los hilos cuelga un muñeco con la cara pintada de blanco, los ojos perfilados de negro y un traje color galleta que le queda un poco grande. Así arranca el videoclip de «Another Narcissist», y así, con pequeñas variaciones, sigue durante tres minutos: alguien que mueve y alguien que es movido.
Voy a recorrer ese vídeo plano a plano. De «Another Narcissist» no copio ningún verso: su letra aún no aparece en mi web y prefiero esperar a que esté. Así que me quedo con las imágenes: los títeres, los diablos, las jaulas, el teatro, la plaza de toros y el final, que es lo que más me importa de todo el clip.
Por si es tu primera visita: me llamo Mike Sain't Louis y soy el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). Las letras son mías, igual que las decisiones de producción y el montaje de cada clip. Juntándolo todo ha ido saliendo un universo propio, Planeta Gayfolk, y este vídeo es uno de sus barrios más oscuros y, a la vez, más teatrales.
Un viernes de julio, tres minutos de hilos
Subí el videoclip de «Another Narcissist» a YouTube el viernes 11 de julio de 2025, a las seis de la tarde, hora de Madrid. Dura tres minutos y trece segundos. La canción pertenece a «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía, y en mi catálogo ocupa la pista 106 de 273. Los datos de la canción están en la ficha de «Another Narcissist», y el clip entero se puede ver en la página del vídeo dentro de Planeta Gayfolk.
Cuando lo compartí en mi diario, escribí solo dos frases: «Otro más. Cuando te pasa dos veces ya reconoces el patrón 🙄». No hacía falta más. El título ya lo dice todo, con ese another que significa «otro» y que suena a suspiro. No es la historia de un narcisista. Es la historia de haberse cruzado con uno más, de reconocer la coreografía a los pocos pasos porque ya la has bailado antes.
Y para contar esa coreografía elegí la imagen más vieja del mundo: el títere y quien lo maneja.
El cartel: un diablo con americana en la playa
El primer plano es el cartel. Un hombre alto, con traje negro, pañuelo rojo en el bolsillo y dos cuernos pequeños asomando entre el pelo, sostiene con las dos manos las crucetas de madera. Sonríe con media boca, como quien sabe algo que tú no sabes. Debajo de él, a la altura de su cintura, el muñeco: cara de porcelana, cejas finas, labios oscuros, la mirada perdida hacia la cámara.
Detrás hay una playa de postal antigua: sombrillas de rayas rojas, amarillas y azules, coches de carrocería redonda aparcados en fila, un mar tranquilo. Sobre la imagen, el título en letras naranjas muy gruesas y mi nombre en una cursiva rosa, de esas que parecen escritas con rotulador de purpurina.
Me gusta que el diablo vaya bien vestido. Nadie se acerca a alguien con rabo y tridente. Te acercas a quien lleva traje, pañuelo a juego y sonrisa de anuncio. Los cuernos están ahí, pero son pequeños, y si no te fijas parecen un peinado. Así es como empieza casi siempre: con algo que brilla y un detalle que preferimos no mirar.
Un muñeco con la cara pintada
El protagonista del clip es el muñeco. No siempre lleva el mismo traje, pero siempre es él: un chico de madera con la cara blanca, el pelo negro y peinado hacia un lado, y unos ojos que parecen haber llorado aunque no derramen nada. A veces viste de color galleta, a veces de naranja tostado, a veces de verde oliva, de azul marino o de gris con un broche en la solapa. Cambia de ropa como quien cambia de casa, pero los hilos son siempre los mismos.
Lo que más me impresiona de él, viéndolo ahora, es que nunca se resiste del todo. Camina, se deja llevar, se queda quieto donde lo dejan. Tiene los brazos sueltos y las piernas un poco flojas, como si no supiera muy bien dónde poner el peso. Es la postura de quien ya no decide. No está atado: está colgado. Y eso es peor, porque desde fuera puede parecer que se mueve solo.
En algunos planos le han pintado lágrimas en las mejillas, dos líneas negras que bajan desde los ojos. No son lágrimas de verdad. Son lágrimas de maquillaje, puestas por otro. Como si hasta su tristeza fuera parte del espectáculo de alguien.
Los diablos: siempre más de uno
Si el muñeco es casi siempre el mismo, los diablos no. Hay varios, y ese es el chiste amargo del título. Uno lleva traje negro y pañuelo rojo. Otro, un traje gris azulado y una careta roja de demonio clásico, con cejas puntiagudas. Otro viste de burdeos y tiene los cuernos curvados hacia atrás. Hay uno de esmoquin con la cara blanca y una sonrisa enorme, casi de vampiro de película antigua. Hay otro con bigote negro, traje gris y unos cuernos tan grandes que parecen de toro. Y hay sombras con cuernos que no llegan a tener cara.

Todos hacen lo mismo. Sujetan la cruceta, tiran de un hilo, apoyan la mano en el hombro del muñeco, se inclinan hacia él como si le contaran un secreto. Cambian de ropa, de cara y de escenario, pero el gesto es idéntico. Es lo que quería decir con «cuando te pasa dos veces ya reconoces el patrón». No importa el traje. Importa la mano.
Me hizo gracia, montándolo, que algunos diablos parecen simpáticos. El de traje gris de rayas y careta negra de la playa del principio, por ejemplo, se pega al muñeco de traje turquesa y le coge la mano con un gesto casi paternal, como un tío que te presenta en una fiesta. Detrás de ellos hay una feria con atracciones de colores. Todo parece una tarde de verano normal. Esa normalidad es lo que más miedo me da del clip.
La orilla: sombrillas, rascacielos y arena mojada
Buena parte del vídeo pasa en la orilla, y la orilla cambia según la hora. Al principio es una playa de mediodía, con sombrillas y coches antiguos. Luego llega el atardecer: el cielo se pone naranja, el agua se vuelve de cobre y, al fondo, aparecen bloques altos de apartamentos, torres blancas frente al mar que a mí siempre me recuerdan a una ciudad de vacaciones del Mediterráneo.
En uno de los planos más bonitos, un diablo con traje gris y careta roja sostiene la cruceta de un muñeco vestido de azul. Están sobre arena mojada, y el agua refleja a los dos, al revés, como si debajo de la playa hubiera otra playa donde pasa lo mismo. Detrás, los rascacielos y unas palmeras. Es una imagen tranquila y terrible a la vez.
En otro, el muñeco de traje marrón y un diablo vestido de negro caminan juntos hacia la cámara por la orilla, uno al lado del otro, como una pareja que pasea después de cenar. Solo si te fijas ves los hilos. Desde lejos, parecen dos que van juntos por gusto.
Hay también una playa con casetas de rayas y un embarcadero al fondo. Allí el muñeco va vestido de crema, con la cara muy blanca, y el diablo de burdeos estira el brazo para levantar la cruceta. El muñeco se eleva un poco, de puntillas, y se queda así, suspendido. A mí ese plano me parece el resumen de muchas relaciones: estar de puntillas todo el tiempo, por si acaso.
Jaulas doradas con vistas al mar
Otro de los escenarios del clip son las jaulas. No son jaulas feas. Son preciosas: doradas, con barrotes finos y una cúpula como de pajarera antigua, colocadas en terrazas y balcones con vistas espectaculares. Una está en una azotea desde la que se ve una ciudad entera y el mar. Otra, junto a una barandilla al atardecer. Otra, en lo alto de una colina sobre un pueblo con las luces encendidas y montañas al fondo.

Dentro, el muñeco. Fuera, un diablo que lo mira, que apoya la mano en los barrotes, que le habla. A veces el diablo está dentro también, de pie junto a él, como quien enseña su casa. En uno de los planos, el diablo de traje rojo sujeta los hilos desde fuera de la jaula, y los hilos entran entre los barrotes. Es decir: ni siquiera dentro de la jaula el muñeco está solo.
Me gusta mucho esa idea de la jaula bonita. Nadie se mete en una jaula oxidada. Te metes en una de oro, con vistas, en la que todo el mundo te dice qué suerte tienes. Y desde fuera, efectivamente, parece un lugar envidiable. Lo que no se ve desde la calle es que la puerta solo se abre por un lado.
Las jaulas aparecen y desaparecen varias veces a lo largo del vídeo, cada vez con una luz distinta: de día, al atardecer, con el cielo morado. Es como si el muñeco cambiara de jaula pero no de vida.
El teatro de telón rojo
Hacia la mitad, el clip se mete en un teatro. Primero vemos una sala enorme y vacía, con columnas, palcos dorados y un pasillo largo que se pierde al fondo. En primer plano, un muñeco pequeño vestido de rojo y blanco. Al fondo, muy lejos, una figura oscura con cuernos que no se mueve. Parece un sueño de esos en los que corres y no avanzas.
Después aparece el escenario, con un telón rojo de terciopelo a los lados. Sobre las tablas, el muñeco vestido de gris, con un broche en la chaqueta. Detrás de él, un diablo con capa negra y cuernos largos maneja los hilos desde arriba. En otro plano, el muñeco camina por el escenario con traje naranja, solo, iluminado por un foco, mientras unas columnas talladas lo vigilan a los lados.
El teatro es el sitio perfecto para este clip, porque allí todo es actuación. El muñeco hace un papel que no ha elegido para un público que no vemos. Hay un plano de uno de los palcos dorados en el que un diablo de pelo blanco y traje gris sujeta la cruceta con una sonrisa satisfecha, como un director que ve que todo sale según lo previsto.
Las manos con garras
Hay unos planos muy cercanos que son, para mí, los más duros del vídeo. En ellos no vemos al diablo entero, solo sus manos: manos grises, huesudas, con uñas largas como garras, que bajan desde arriba y tiran de los hilos. En uno, el muñeco de traje verde mira hacia arriba con la cara llena de lágrimas pintadas mientras las garras se cierran sobre su cabeza. En otro, el muñeco de gris tiene la boca abierta, como si gritara, y las manos le rodean por los dos lados.
El momento más fuerte llega casi al final. Un diablo que también es títere, con cuernos, orejas puntiagudas y una sonrisa de colmillos, sujeta la cabeza del muñeco con una mano y la echa hacia atrás. El muñeco tiene los ojos muy abiertos y la boca en un grito mudo. Es un plano rojo, oscuro, muy breve.
No quise que el clip fuera solo eso, pero tampoco quise esconderlo. Quien ha pasado por algo así sabe que no todo es elegante. Hay un momento en que la mano deja de fingir y aprieta.
La plaza de toros
Y entonces aparece la plaza. Es el escenario más grande del clip y el más inesperado. Una plaza de toros enorme, a veces con focos de estadio y el cielo morado del anochecer, a veces medio en ruinas, con columnas antiguas y el sol poniéndose detrás. Llena hasta arriba de gente que mira.
En la arena hay un torero con traje de luces dorado y blanco y una capa de arcoíris, de esas que pasan del rosa al azul. Delante tiene un toro negro que no es de carne: es mecánico, hecho de piezas metálicas, con ojos que brillan. En otros planos, una figura con cara de calavera, traje morado y cuernos sostiene hilos sobre otro torero vestido de colores. En otro, un diablo de esmoquin y careta blanca apoya la mano en la espalda de una torera con capa de arcoíris, entre humo rosa, junto a un toro caído.
La plaza es el sitio de las miradas. Todo el mundo opina, todo el mundo aplaude o abuchea, y nadie baja a la arena. Me interesaba que el muñeco y el torero vivieran lo mismo: uno en la intimidad de una jaula, otro delante de miles de personas. Las dos cosas pasan a la vez cuando alguien te maneja. Por dentro te encoges y por fuera tienes que seguir haciendo el paseíllo.
Hay un plano casi de ciencia ficción en el que la arena se ha vuelto azul y tiene dibujado un círculo de neón. Dentro del círculo, una figura iluminada de azul con una falda de arcoíris y, a su lado, el diablo de esmoquin con la cara blanca. Parece un número de circo del futuro. Me gusta mucho porque es el único momento en que el color del arcoíris y el color del diablo comparten la misma luz.
El final: un puño en alto entre el humo
Y llega el final. Para mí, el clip entero existe para llegar a estos últimos segundos.
En la plaza llena, entre una humareda morada, azul y amarilla, un torero se sube a lomos del toro mecánico. El toro tiene ruedas, chirría, echa humo, pero él se mantiene arriba. Detrás, el sol se pone justo a su espalda y le dibuja un halo. Y el torero levanta el puño. No hay diablo cerca. No hay hilos. Solo él, montado sobre lo que hace un momento lo amenazaba, con el brazo arriba y la plaza a sus pies.
El vídeo alterna ese plano con los últimos del muñeco: uno de perfil, iluminado por un foco de teatro, y otro con los brazos levantados delante del telón rojo, como si estuviera a punto de soltarse. Y acaba ahí, en la plaza, con el puño en alto y el humo de colores.
No hay un rótulo de «fin» ni una explicación. El clip deja que tú unas los dos hilos de la historia. El muñeco que estaba colgado y el torero que se sube al toro son la misma persona en dos momentos de su vida. Uno es antes. El otro es después.
Por qué hice un clip de títeres
Durante mucho tiempo, lo que más me costaba explicar de mi propia historia era eso: que no me ataron, que me fueron moviendo. Perdí veinte años en dos relaciones con dos personas narcisistas. Y cuando por fin se les cayó la máscara, consiguieron que parte de mi gente se pusiera en mi contra. Durante años me sentí exactamente como ese muñeco: cambiando de traje, cambiando de escenario, y con los mismos hilos.

Escribir canciones fue el modo que encontré de dar mi versión cuando nadie quería escucharla. Unas salieron con rabia, otras con humor y otras, como esta, con imágenes. Aquello me dejó varios diagnósticos: estrés postraumático, depresión mayor grave, ansiedad, fobia social y trastorno de la personalidad por evitación. Ahora me acompañan una psiquiatra y una psicóloga, y llegué a estar muy cerca del suicidio. Si lo menciono es porque hoy hablo desde otro lugar: el de quien ha conseguido montarse en el toro.
No nombro a nadie y no lo voy a hacer. No hace falta. Lo que me interesa contar es el patrón, porque el patrón es lo que te permite reconocerlo la siguiente vez. Por eso el clip tiene tantos diablos y un solo muñeco.
Si algo de esto te suena demasiado, pide ayuda: no hay que cargar con ello en soledad. Desde cualquier teléfono de España puedes marcar el 024, que atiende gratis, de día y de noche, a quien tiene pensamientos de suicidio o está preocupado por alguien. Si hay peligro inmediato, el número es el 112. Fuera de España, findahelpline.com te indica qué línea te corresponde. Contárselo a una persona de tu confianza, o a un profesional, es ya un primer hilo que se corta.
La calle de los narcisistas en Planeta Gayfolk
En mi planeta hay toda una calle dedicada a este tema, y «Another Narcissist» vive en ella con vecinas muy distintas. En «Not Your Supply» escribí sobre quien trata el cariño como una transacción:
You touch like it’s a business You stay like it’s a loan
Esa imagen de quedarse como quien pide un préstamo es la misma que hay en la cruceta del clip: alguien que está contigo mientras le sirves.
En «El narcisista» hay dos versos que podrían ser el pie de foto de la plaza de toros:
El narcisista nunca te vio como un artista, sino como un terrorista,
Y en «No Contact», que es la canción de la salida, la protagonista se despierta diciendo:
Hoy despierto feeling free You’re no longer part of me
Ese es el torero del final. Si «Another Narcissist» es el diagnóstico, «No Contact» es el alta. Entre una y otra están «Gaslighting», «El descarte del narcisista» y «Manual de escape de un narci», que de su larga receta para salir yo me quedo con un solo consejo, el más claro de todos: «Bloquea su número, bloquea su cara,».
Un clip del segundo disco
«Another Narcissist» está en «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el disco del deseo de irse. Es curioso que una canción tan atada viva justo ahí, en el álbum de las ganas de volar. Pero creo que tiene sentido. Nadie sueña tanto con irse como quien está colgado de unos hilos.

En el mismo disco vive «Fly Away», con sus chicos de alas rosas y negras sobre una ciudad de noche. A veces pienso en las dos canciones como un antes y un después. En una, el muñeco no puede ni levantar los pies del suelo si no se lo permiten. En la otra, todo el mundo vuela.
La portada de la canción, que se ve en su ficha, adelanta el clip: una mano enorme arriba del todo sujeta la cruceta, y de los hilos cuelga un chico con traje rosa, despatarrado. El vídeo coge esa imagen y la multiplica por plazas, playas, jaulas y teatros.
Dónde escucharla
Toda mi música se escucha y se baja gratis desde la sección de descargas de la web: no pide cuenta ni tarjeta. «Another Narcissist» también está ahí.
Mi recomendación es ponerla un día en que te hayas dado cuenta de algo. No necesariamente de algo grande. A veces basta con notar que una conversación te ha dejado de puntillas, como al muñeco de la playa de las casetas. Ese día, ponla, mira el clip hasta el final y quédate con el puño en alto.
Tres detalles para la próxima vez
La primera cosa son los cuernos pequeños del diablo del cartel. Sale al principio y luego vuelve un par de veces. Fíjate en que nunca deja de sonreír. Es el único que no cambia de cara en todo el vídeo.
La segunda, el reflejo en la arena mojada de la playa de los rascacielos. Es el plano en que mejor se ve que los hilos no tienen principio ni fin: bajan del cielo y siguen bajo el agua.
La tercera, el puño del final. Mira el sol justo detrás de él. Está colocado para que el torero, por un segundo, parezca hecho de luz. Es lo más parecido a un final feliz que hay en esta calle de mi planeta.
Preguntas frecuentes
¿Qué día salió el clip de «Another Narcissist»? Salió en YouTube el 11 de julio de 2025, a las 18:00 (hora de Madrid). Dura tres minutos y trece segundos.
¿En qué disco está «Another Narcissist»? En «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía de Planeta Gayfolk. En el catálogo es la pista 106 de 273.
¿Qué se ve en el videoclip? Un muñeco de madera con la cara pintada que pasa de mano en mano entre varios diablos trajeados: en una playa con sombrillas y coches antiguos, en jaulas doradas con vistas al mar, en un teatro con telón rojo y en una plaza de toros con un toro mecánico. Termina con un torero subido al toro, con el puño en alto entre humo de colores.
¿Qué significa el título? «Another narcissist» quiere decir «otro narcisista». Habla de reconocer el patrón cuando te pasa por segunda vez. Mike Sain't Louis lo resumió así: «Otro más. Cuando te pasa dos veces ya reconoces el patrón».
¿Cuesta algo descargar «Another Narcissist»? No. La canción, como el resto del catálogo de Mike Sain't Louis, se baja gratis y sin crear cuenta en la página de descargas de mikesaintlouis.com.