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Un novio con garantía de sinceridad: «Mi último ex era una IA disfrazada» verso a verso, del catálogo al chip de la traición

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«Mi último ex era una IA disfrazada» es una canción que se lee de arriba abajo, casi como una columna de periódico estrecha. Las frases no ocupan una línea: ocupan cinco, seis, siete. Una palabra, salto. Otra palabra, salto. En este texto me tomo esa forma en serio y la recorro despacio, renglón a renglón, con el videoclip abierto en la otra mitad de la pantalla, porque lo que pasa en las imágenes no siempre coincide con lo que dice la letra, y esa distancia también cuenta.

Primero, lo básico. La letra es mía; la música y la interpretación vocal están hechas con IA, como en todo el proyecto. Yo soy letrista, compositor y productor musical, y en esta canción en concreto esa mezcla tiene gracia, porque la canción se ríe de un novio fabricado con la misma tecnología que la viste. El videoclip llegó a YouTube el 3 de enero de 2025, pasadas las once y media de la noche en hora de Madrid, y dura cinco minutos y veinte segundos. Debajo del vídeo está la palabra «Letra:», la letra completa con sus saltos de línea tal cual, y una lista enorme de etiquetas. Todas las citas de este post salen de esa letra publicada, la misma que guarda esta web, sin tocar ni una tilde. Si en algún sitio falta un verso es porque he preferido describirlo antes que copiarlo entero otra vez.

En la web ya hay un texto que lee la canción como un parte de avería del desamor, con su garantía, su servicio técnico y sus repuestos. Ese ángulo está escrito y no lo repito. Aquí me interesa otra cosa: el orden exacto de las palabras, por qué cada una cae donde cae y qué hace el vídeo mientras tanto.

Antes de empezar, unas cuentas

La letra publicada tiene setenta y siete renglones con texto, contando la etiqueta que marca el estribillo. De ellos, solo treinta y tres son distintos. El resto son repeticiones exactas. En total hay unas ciento setenta palabras, y poco más de cincuenta diferentes. Es una canción con muy poco vocabulario y mucho aire alrededor.

Las palabras que más se repiten no son las del amor. Son «te», ocho veces, y «porque» y «con», seis cada una. Después viene un grupo de palabras que aparecen exactamente cinco veces y que son, todas, la pregunta final: me, estoy, quedando, flipada, entonces, mi, último, ex, era, una, disfrazada. Es decir, la frase del título y su reacción suenan cinco veces completas, y cada vez arrastran las mismas once palabras. La pregunta pesa más en la cuenta que cualquier otra idea de la letra.

Hay también un detalle que solo se ve en el papel: la palabra «Estribillo:» aparece una sola vez, hacia la mitad de la letra, justo antes de la segunda tanda de ventajas. La primera vez que llegan esas ventajas, la letra no las llama estribillo. La segunda, sí. Como si hiciera falta oírlas dos veces para darse cuenta de que eran el centro.

El cartel del principio

El vídeo arranca en una sala larga y blanca, iluminada en azul turquesa, con robots plateados de pie en fila, cada uno en su hueco de pared, como maniquíes en un escaparate. Un hombre con traje oscuro pasea entre ellos y los mira de cerca. Encima de esa imagen van apareciendo las palabras del título en amarillo y rosa: primero «MI», luego «ÚLTIMO», luego «EX», luego «ERA», y al final «IA DISFRAZADA» en rosa, con mi nombre en letra pequeña debajo.

Me gusta que el título también entre palabra a palabra, igual que la letra. Y me gusta todavía más el lugar: un almacén de novios. Robots en fila esperando a que alguien los elija. Es exactamente la tienda que «3 años de garantía» imaginaba cuando anunciaba un chico moreno por televisión. Esta canción nació como continuación directa de aquella, y el vídeo lo deja claro desde el primer plano sin decirlo: estamos en la sección de electrodomésticos del corazón.

Primer bloque: la propuesta

Tres fotogramas del videoclip de «Mi último ex era una IA disfrazada»: dos hombres con circuitos azules encendidos junto a los ojos, un hombre que toca un holograma junto a un robot tumbado en una camilla, y tres hombres con traje y tacones en un salón abovedado de luces blancas
Será mejor

Arranca con una conclusión. No hay presentación, no hay escena, no hay «había una vez». La primera frase es ya el resultado de una reflexión que no hemos visto. Alguien ha pensado mucho, ha sufrido algo y ha llegado a una solución. Nosotros entramos cuando ya está decidido.

Crear

El verbo va solo, con mayúscula, en su propio renglón. No es «comprar» ni «pedir» ni «encargar», que serían los verbos de la canción anterior. Es «crear», un verbo de dioses y de laboratorios. Quien habla no quiere elegir un novio de catálogo: quiere fabricárselo. La mayúscula le da a la palabra un aire de mandamiento.

Después llega el objeto de ese verbo, repartido en cuatro renglones: el novio, la preposición y las dos palabras de la tecnología, cada una en su sitio. Aquí está el truco de la forma. «Con» ocupa un renglón entero para él solo. Una preposición de tres letras con el mismo espacio que «inteligencia». Al leerlo así, cada palabra se convierte en una pieza que se coloca encima de la anterior, como quien monta algo siguiendo un manual de instrucciones. Paso uno, paso dos, paso tres. El novio se ensambla delante de nosotros.

Luego viene la repetición del mismo bloque, con una diferencia mínima: la segunda vez, «inteligencia artificial» va junto, en un solo renglón. La primera vez la idea se monta por piezas; la segunda ya sale de un tirón, como algo aprendido. Es la diferencia entre decir algo por primera vez y repetirlo convencida.

En el vídeo, mientras tanto, el hombre del traje sigue en la sala de robots. Se acerca a uno, le toca la cara, le mira los ojos. En otros planos aparecen dos hombres con traje en un laboratorio con luz naranja, muy cerca el uno del otro, y en un momento se besan. La letra habla de crear un novio y el vídeo ya nos lo enseña creado, en pareja, sin que sepamos todavía cuál de los dos es la máquina.

Segundo bloque: la lista de ventajas

Aquí empieza el argumento. Tres razones, cada una introducida por la misma palabra, «porque». La primera promete que el novio fabricado siempre dirá la verdad, y tiene un corte muy raro: el artículo «la» se queda colgando al final del renglón y el sustantivo baja al siguiente. Es un corte que nadie haría al hablar. Parece la pausa de quien busca la palabra exacta, o el salto de una máquina que procesa despacio. La verdad, literalmente, llega con retraso.

Segunda razón: contestará con sinceridad. Otra vez «con» aislado en su renglón, como en el primer bloque. Las dos veces que aparece esa preposición sola, sirve para presentar algo que el novio artificial tiene: inteligencia, sinceridad. «Con» es la palabra de los accesorios, de lo que viene incluido. Con inteligencia. Con sinceridad. Como en un anuncio que enumera lo que trae la caja.

La tercera razón es la más fragmentada de toda la canción: una negación partida en tres renglones, una palabra por renglón al final, y el verbo «engañará» cerrando abajo del todo. Ahí la letra se atasca más que nunca. Y tiene sentido que sea justo aquí. Las dos primeras ventajas son positivas. La tercera es una negación, la promesa de que algo no va a pasar. Y esa promesa es la que de verdad importa a quien habla. Por eso cuesta tanto decirla.

Un detalle de gramática: los tres verbos están en futuro. Dirá, contestará, engañará. El novio artificial todavía no existe; es un proyecto. Todo lo que se dice de él es una predicción. Esa es la gracia escondida de la lista: se habla con una seguridad absoluta de algo que nadie ha probado.

Tercer bloque: la letra pequeña

Porque lo único que no te podrá nunca dar

El cuarto «porque» cambia de dirección. Ya no enumera ventajas: anuncia el límite. Y lo hace con la misma estructura, como si fuera una razón más a favor. Es una trampa de la letra. Durante un segundo parece que vamos a oír otra ventaja, y lo que llega es el defecto.

Después vienen tres cosas que el novio de laboratorio no podrá dar nunca: besos, abrazos, y una tercera palabra, mucho más castiza, que convierte la lista en una carcajada. Me encanta el orden. De menor a mayor. Primero lo tierno, después lo cálido, al final lo carnal. Y entre la segunda y la tercera, en la letra publicada, hay un doble espacio después de la «y», un hueco mínimo que no he corregido. Lo dejo así porque parece una respiración antes de soltar la palabra.

me estoy quedando flipada

Y aquí aparece por primera vez quien habla, con género: flipada, en femenino. Hasta ahora la letra hablaba de «te», de «un novio», de futuros. De pronto hay un «yo» con adjetivo. La narradora reacciona. No a la lista de ventajas, sino a lo que acaba de comprender al decir la lista de defectos.

La frase entera

Foto de Mike Sain't Louis con gorra azul y camiseta oscura sobre papeles rasgados de colores, junto a la pregunta «¿Entonces mi último ex era una I A disfrazada?»
¿Entonces mi último ex era una I A disfrazada?

Este es el único renglón largo de verdad en el primer tramo de la canción. Después de tanta palabra suelta, de pronto una frase entera, de corrido, con sus signos de interrogación a los dos lados. La forma lo dice todo: la idea ha estado llegando a trozos y, al final, cae completa.

La lógica tiene algo de vodevil. Si lo único que una máquina no puede dar son besos y abrazos de verdad, y el último ex tampoco los daba, la conclusión es evidente. «Entonces» es la palabra clave. Es la palabra de los silogismos, la de los detectives cuando reúnen a todo el mundo en el salón.

Fíjate en cómo está escrita la sigla: «I A», con un espacio en medio. No «IA», junto, como en el título del vídeo. Separada, cada letra tiene su peso. Es como deletrear algo que da un poco de vergüenza decir. Y esa separación prepara lo que pasará al final de la canción con esas dos mismas letras.

En el vídeo, por esta zona, hay primeros planos de uno de los dos hombres con circuitos luminosos dibujados en la mejilla y el ojo: unos anillos azules que brillan sobre la piel, como un escáner. El otro le mira de cerca. La imagen confirma la sospecha antes que la letra. Uno de los dos tiene piezas.

Las ventajas, otra vez

Después de la pregunta, la letra vuelve al principio: dos veces el bloque de «Será mejor / Crear / un novio...». Y luego, con la etiqueta «Estribillo:» encima, las tres ventajas y la letra pequeña completas otra vez, exactamente igual.

Lo interesante es que ahora suenan distintas. La primera vez, la lista de virtudes era una propuesta ingenua. La segunda vez, ya sabemos que la narradora sospecha que su ex era una máquina. Así que «te dirá siempre la verdad» suena casi a reproche: el ex no la decía. «No te engañará» suena a acusación: el ex sí engañaba. Las mismas palabras, con otra música por debajo.

El vídeo acompaña esta vuelta con un cambio de escenario. Aparece un salón blanco con sofás que brillan en azul y unas esferas de luz en forma de red, como planetas de alambre. Los dos hombres del traje se dan la mano ahí, varias veces, como si cerraran un trato. En otro plano, uno de ellos se sienta delante de un panel y toca con el dedo un holograma en el aire, mientras al lado, tumbada en una camilla, descansa una figura negra y plateada con la cabeza llena de luces: un robot en reposo, esperando a que lo enciendan.

La pieza que fallaba

Aquí está el remate de la canción, y llega una sola vez. La segunda vez que suena la pregunta del título, en lugar de quedarse ahí, la letra añade una explicación en tres renglones: al ex se le estropeaba precisamente el componente encargado de la traición. La palabra «chip», en medio de una canción sobre besos, suena a manual de instrucciones. Es decir, que no era solo una máquina disfrazada: era una máquina defectuosa. Ni siquiera como robot funcionaba bien.

El chiste tiene dos capas. La primera: el ex era artificial. La segunda: ni así cumplía lo prometido en el anuncio, porque el novio de laboratorio se vendía precisamente como el que no engaña. Lo que tenía estropeado era exactamente lo que debía funcionar. «Justo» es la palabra que lo clava: no cualquier pieza, justo esa.

Y el último giro, en dos renglones más: en algún momento le sustituyeron ese componente. Es una frase muy ambigua y me gusta que lo sea. Puede leerse como un arreglo que no duró. O como que el chip se intercambió con el de otro modelo. O, si uno quiere ponerse malpensado, como que por el camino hubo recambios, gente que entraba y salía. La letra no lo aclara. Se queda en «en alguna ocasión», una expresión de informe técnico, fría, que contrasta con lo que está contando.

Traición y ocasión son las dos únicas palabras de toda la letra que terminan en «-ción», y riman entre sí. La otra rima clara de la canción estaba en la lista de ventajas, entre verdad y sinceridad. Es decir: las rimas aparecen justo donde se promete la honestidad y justo donde se averigua que fallaba. Después de tanto renglón suelto, ese eco suena casi a cierre de copla.

La sigla que se estira

Después del chip, la letra se dedica a una sola cosa: repetir la reacción y la pregunta, tres veces más. Pero dos de esas tres veces la sigla ya no va separada con un espacio. Se convierte en un renglón propio, enorme: una «i» minúscula repetida veinticinco veces seguida de una «A» mayúscula repetida quince. Cuarenta letras para decir dos.

Collage con la portada de «Mi último ex era una IA disfrazada», un rostro mitad piel y mitad máquina, junto a cuatro portadas vecinas, entre ellas «La ley de la exageración» y la del primer disco, con el verso «el chip de la traición»

Es mi momento favorito de la letra escrita. En el papel parece un error tipográfico o un gato pisando el teclado. Al oírlo, es un grito que sube de lo pequeño a lo grande: la «i» empieza en minúscula, contenida, y termina estallando en mayúsculas. Tiene algo de alarma de coche y algo de folclórica en el último acto. La sigla, que al principio se deletreaba con apuro, ahora se grita sin ninguna vergüenza.

Fíjate también en cómo se parte la frase en esas dos repeticiones: la pregunta se corta después de «una», la sigla estirada ocupa su propio renglón, y «disfrazada?» baja sola al siguiente, con el signo de cierre. El disfraz se queda colgando al final, como una prenda que se cae.

La última vez, para terminar, la pregunta vuelve a ser la de siempre, con la sigla separada por un espacio y en un solo renglón. Después del escándalo, la calma. La canción termina preguntando exactamente lo mismo que preguntó la primera vez, como si no hubiera aprendido nada o como si ya no necesitara gritarlo.

La narradora y la pareja del vídeo

Hay una diferencia evidente entre la letra y el vídeo que conviene decir claro. La letra habla en femenino. Quien se queda flipada es una mujer, o alguien que se nombra así, y a mí me divierte que la canción se lo permita. En cambio, el vídeo está protagonizado por dos hombres con traje que se miran, se dan la mano y se besan. No hay ninguna mujer que se haga la pregunta del título.

No lo veo como una contradicción. En el planeta, los géneros gramaticales se usan con mucha libertad, y «flipada» en boca de un chico es tan habitual en cualquier terraza de Chueca como en boca de una chica. Pero además el vídeo cambia el punto de vista. La letra es la reacción de quien destapa el engaño. El vídeo es la relación vista desde fuera, con sus dos piezas, una de carne y otra de circuitos, sin decirnos nunca del todo cuál es cuál. Hay planos en los que los dos parecen llevar circuitos encendidos en la cara. Esa duda es la misma de la letra: ¿con quién estaba yo?

Las palabras que no están

A veces una letra se entiende mejor por lo que deja fuera. En esta no aparece la palabra «amor». Tampoco «quiero», ni «corazón», ni «dolor», ni «llorar». No hay ni un solo nombre propio. No hay lugar: ni ciudad, ni casa, ni bar. No hay tiempo: ni noches, ni mañanas, ni años. Todo lo que hay son verbos de funcionamiento (crear, decir, contestar, engañar, dar, fallar, cambiar) y tres sustantivos de contacto.

Es una letra escrita casi como una ficha técnica. Y por eso, cuando por fin llega la lista de lo que la máquina no puede dar, esas tres palabras de piel sueltan tanto. Son las únicas cálidas en todo el texto. Lo demás es manual de usuario.

Tampoco hay rencor explícito. Nadie insulta al ex. No se le llama mentiroso ni se le desea nada malo. Se le acusa, como mucho, de estar mal ensamblado. Para mí es la forma más elegante de burlarse de un engaño: convertirlo en un problema de fábrica en lugar de una herida.

Lo que hace el vídeo con todo esto

El videoclip no cuenta la historia de una narradora. Cuenta la de dos hombres con traje, y la convierte en una especie de recorrido por un futuro de anuncio. Lo vi entero con fotogramas cada cuatro segundos para no perderme nada, y estos son los escenarios que encontré, en orden aproximado.

Ficha de «Mi último ex era una IA disfrazada» con su portada de rostro medio robot, el primer disco y el puesto 202 de 273 en la lista de canciones

La sala de robots en vitrinas del principio, azul turquesa, que vuelve más tarde con otra decoración: maniquíes de mujer con vestidos plateados dentro de urnas de cristal, y los dos hombres del traje bailando delante, como en una tienda cerrada de noche.

El laboratorio naranja, con hologramas circulares flotando entre los dos, y los primeros planos de ojos y mejillas con circuitos encendidos. Uno de los dos lleva gafas con una luz azul en los cristales; en otro plano sus ojos son directamente dos pantallas.

Un paisaje de colinas verdes atravesado por una cuadrícula de luz, como un decorado de videojuego antiguo, donde los dos hombres pasean y se dan la mano. Esa cuadrícula vuelve varias veces, a veces con árboles de luz rosa y blanca.

Un pasillo de neón morado con un marco luminoso en forma de puerta, por el que la pareja cruza.

Un salón con suelo dorado y pantallas, donde uno de los dos lleva pantalón corto y tacones, y más adelante tres hombres con traje y tacones caminan por un salón abovedado de luces blancas. Los tacones en hombres trajeados son un guiño muy del planeta y la letra no los menciona: son cosa del vídeo.

Una pareja de novios, ella con vestido blanco corto y él con esmoquin, bailando dentro de una enorme bola de cristal como las de nieve. Es la boda de anuncio, el final feliz de catálogo encerrado en un adorno de estantería.

Y, por último, algo que no esperaba: varias escenas de habitación de hotel donde grupos de amigos saltan sobre la cama, primero chicos, después chicas, con fuegos artificiales al otro lado de la ventana. Terminan tumbados, riéndose. Es el único momento del vídeo en que no hay ni trajes, ni robots, ni pantallas. Solo gente saltando en una cama.

Mi lectura es sencilla: el vídeo pasa del laboratorio a la habitación. Empieza en la tienda de novios perfectos y acaba en la fiesta desordenada de los amigos, que es justo lo que la letra dice que una máquina no puede dar: el contacto, el abrazo, el lío. No sé si la narradora acaba ahí, pero me gusta pensar que sí.

El vídeo se cierra con el cartel del primer disco, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», con tres hombres trajeados ante un planeta rosa, y después con una imagen de un chico con auriculares y gafas de luz en un estudio, con mi nombre en letras de neón.

Las etiquetas debajo del vídeo

Debajo de la letra hay una lista de etiquetas que ocupa más que la canción. Muchas son de relleno, pero algunas cuentan bien de qué va: amor virtual, romance digital, amor tecnológico, robot love, amor artificial, historia de amor tecnológico, amor y tecnología. Otras apuntan al tono: pop experimental, pop electrónico, música futurista. Y otras al mundo de siempre: música LGBTQ, historia gay. Leídas juntas son casi un resumen del vídeo: un romance entre hombres en un decorado del futuro.

Dónde vive la canción

En el catálogo de esta web, la canción pertenece al primer disco, el que da nombre al planeta, y ocupa el puesto 202 de 273 en la lista completa de canciones. Justo después va «La ley de la exageración», otra letra que se monta con muy pocas palabras repetidas una y otra vez, aunque allí las piezas son números.

Dentro del planeta, esta canción tiene familia directa. La madre es «3 años de garantía», que terminaba con la idea de fabricarse un novio con inteligencia artificial. Al lado está «He creado un novio con inteligencia artificial», que lleva la ocurrencia hasta el final, y «Discutiendo con la IA», donde el aparato ya no es pareja, sino rival de discusión. Y si buscas otra pareja que no está hecha de carne, en el catálogo está «No quiero otro novio cojín», donde el sustituto es de tela. También «El señor Garrison» termina casado con un muñeco, aunque allí la sospecha no se dirige a la máquina, sino al ordenador desde el que se vigila.

El vídeo completo está en la página de la canción en el planeta de los vídeos, y la letra entera, con todos sus saltos de renglón, en el apartado de letras. Y si quieres llevártela, se puede escuchar entera y bajar gratis en la sección de descargas de mi web, sin registro y sin pagar nada.

Para mí es una canción para poner en una sobremesa larga, cuando alguien saca el tema de su último desastre sentimental. Setenta y siete renglones, cincuenta y seis palabras distintas y una sigla estirada hasta el infinito para tomarse a broma lo que dolió.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Mi último ex era una IA disfrazada»? De alguien que, harta de que la engañen, propone fabricarse un novio con inteligencia artificial porque nunca mentiría. Al enumerar lo único que esa máquina no podría darle, besos, abrazos y sexo, se da cuenta de que su último ex tampoco se lo daba, y sospecha que era una máquina con el chip de la traición estropeado.

¿Por qué la letra está partida en palabras sueltas? Porque la forma es parte del chiste. Cada idea se coloca palabra a palabra, como piezas de un aparato que se monta siguiendo instrucciones, o como una máquina que procesa despacio. Cuando por fin llega la pregunta del título, cae en un renglón entero.

¿Qué relación tiene con «3 años de garantía»? Nació como su continuación directa. Aquella canción terminaba con un cliente harto del producto humano que decide fabricarse un novio artificial; esta empieza justo en ese punto.

¿Qué se ve en el videoclip? Dos hombres con traje en un futuro de anuncio: una sala con robots en vitrinas, un laboratorio con hologramas, ojos y mejillas con circuitos luminosos, paisajes cruzados por una cuadrícula de luz, una pareja de novios bailando dentro de una bola de cristal y, al final, grupos de amigos saltando en una cama con fuegos artificiales.

¿Dónde puedo escucharla y leer la letra? En la ficha de la canción de esta web, en su página de Planeta Gayfolk y en el canal oficial de YouTube, donde se publicó el 3 de enero de 2025. La letra completa está en el apartado de letras.