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Un hangar lleno de humo y un cuarto de espejos amarillos: el videoclip de «Gaslighting» escena a escena

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Hay canciones que piden un dormitorio, una cocina o una calle mojada. «Gaslighting» pedía una pista. La letra empieza con la frase más vieja del manipulador, que aquello nunca pasó, y en lugar de contestar con un portazo o con una carta, contesta bailando. Por eso el videoclip no tiene casa, ni pareja, ni discusión. Tiene una nave industrial enorme llena de humo, máquinas recreativas, láseres, focos y gente que baila sola.

Lo he repasado despacio, congelando la imagen a cada rato, porque de un tirón parece solo una fiesta y, detenido, tiene muchas capas. Dura tres minutos y diecinueve segundos. Llegó a mi canal el 14 de julio de 2025, de noche en Madrid, con el título «GASLIGHTING (VIDEOCLIP OFICIAL) – MIKE SAIN'T LOUIS | PLANETA GAYFOLK». En la lista de videoclips de Planeta Gayfolk es el 132 de 276, entre «Tu mendigo» y «Dark Corners», y pertenece a «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el disco central de la trilogía.

Lo recorro plano a plano: primero lo que aparece de verdad, luego mi lectura. Si a ti te sugiere otra cosa, perfecto: el clip está aquí, en la sala de vídeos de la web, y merece más de una pasada.

El rótulo amarillo sobre una nave en penumbra

El vídeo arranca con el nombre y el título en letras gruesas de color amarillo limón, «MIKE SAIN'T LOUIS» arriba y «GASLIGHTING» abajo, ocupando casi todo el ancho de la pantalla. Detrás, en una nave en penumbra iluminada de rojo y rosa, hay una figura con camiseta blanca de pie en el centro, quieta, y a su alrededor otras siluetas medio borradas por el humo. A los lados se ven filas de aparatos viejos, como consolas o mesas de mezclas abandonadas, con pilotos encendidos.

Lo primero que me llama la atención al pararlo es que la figura del centro no está bailando todavía. Está esperando. El rótulo amarillo es lo más estridente del plano y la persona es lo más callado. Me gusta empezar así: antes de la música ya hay alguien plantado en mitad del sitio, ocupando el centro sin pedir permiso.

El amarillo, además, no es un color que yo use mucho en los rótulos. Aquí tiene sentido. Es el color de las señales de peligro, de las cintas de «no pasar», de los chalecos que se ponen para que te vean. Una canción que se llama como una técnica de manipulación merecía letras de aviso.

La chica del vestido negro entre la niebla

Enseguida aparece la primera bailarina. Es una chica de pelo ondulado con una camiseta negra de manga corta, en una nave con tubos de luz azul en el techo y una niebla que le llega por la cintura. Se mueve con los ojos medio cerrados, se lleva una mano a la cabeza, la otra se le va hacia un lado. No mira a cámara. Baila para ella.

En los segundos siguientes el vídeo enseña a varias personas distintas, todas en el mismo tipo de espacio: una chica con camiseta azul y los ojos cerrados delante de un grupo que baila en rosa y morado; otra con camiseta de tirantes negra en un pasillo con carteles en la pared y un rayo de luz que la cruza; otra que se lleva las dos manos a las mejillas como quien no se cree algo, con humo rojo a un lado y turquesa al otro.

Me interesa mucho cómo están rodadas estas primeras caras. Ninguna tiene a nadie delante. No hay pareja de baile, no hay alguien que les hable al oído, no hay un antagonista. En la letra el «tú» está todo el rato presente, el que dice que no pasó, el que dice que todo fue culpa mía, el que dice «you're too much to love». En el vídeo ese «tú» no sale nunca. Y creo que esa es la decisión más importante del clip: a quien te hace luz de gas no se le da plano.

Las máquinas recreativas

A los veinte segundos llega la imagen que para mí define el vídeo. Una figura de espaldas, pequeña, con camiseta oscura y pantalón negro, de pie en mitad de un pasillo de máquinas recreativas. Las pantallas de las máquinas brillan en rosa y violeta a los dos lados, el techo está lleno de tubos de luz y delante de ella hay una nube de humo turquesa tan densa que no deja ver el fondo. La imagen vuelve más tarde casi igual, como si el vídeo quisiera que nos fijáramos en ella dos veces.

Tres planos del clip de «Gaslighting»: la bailarina de camiseta azul entre espejos amarillos, la figura de espaldas en el pasillo de máquinas recreativas y la chica que hace un corazón con las manos

Una sala de máquinas recreativas es un sitio de juego. De luces que te prometen premio, de pantallas que te piden otra moneda, de partidas que se reinician cuando pierdes. Y en la letra hay una frase que encaja como una llave: «game is done». La partida se acabó. La figura de espaldas no está jugando a ninguna máquina. Está de pie entre todas ellas, mirando el humo, como quien por fin ve el salón de juegos desde fuera.

Lo leo así porque la luz de gas funciona exactamente como una de esas máquinas. Te hace dudar, te da una pequeña recompensa, te vuelve a hacer dudar, y tú sigues metiendo monedas para ver si esta vez sí ganas, si esta vez sí te creen. Salir de ahí no es ganar la partida. Es dejar de jugar.

Brazos abiertos, palmas hacia arriba

Después el clip se llena de gestos amplios. Una chica de pelo largo abre los brazos en cruz con humo blanco detrás. Otra, con un top blanco corto y una chaqueta sobre los hombros, se pone las dos manos detrás de la cabeza y sonríe con los ojos entornados. Otra, con camiseta de tirantes negra, abre las manos con las palmas hacia arriba mientras dos tubos de neón rosa le pasan por detrás como si los sostuviera con los dedos.

Ese gesto de las palmas me parece precioso. Es el gesto de «¿y qué quieres que te diga?», el de quien ya no tiene nada que esconder y te enseña las manos vacías. Va muy bien con el estribillo, que despacha al otro con una cortesía total: «Gracias pero no». Sin gritos, sin insultos, con las palmas abiertas.

En esta parte del clip el humo cambia de color cada pocos segundos. Rosa, turquesa, blanco, violeta. Nunca es del mismo tono dos planos seguidos. En un tema sobre alguien que te hace dudar de lo que viste, me gusta que el vídeo no tenga un solo color fijo: la luz cambia, pero la persona que baila sigue siendo la misma.

El chico que no se mueve

Entre tantas bailarinas hay una figura que va a contracorriente. Es un chico joven con camiseta negra, de pie, con los brazos caídos a los lados, mirando de frente. Detrás tiene humo morado y fucsia y unas líneas de neón rosa que cruzan la nave en horizontal. No baila. No sonríe. No hace nada. Vuelve unas cuantas veces, y siempre igual: plantado.

También hay otro chico, con gorra y camisa abierta sobre una camiseta, que mira al suelo junto a unos altavoces y un monitor viejo encendido. Ese sí parece estar pensando algo.

Al chico quieto lo leo como el contrapunto de todo lo demás. Mientras los otros se sueltan, él se sostiene. Y las dos cosas son salida. Hay gente que después de años de manipulación necesita bailar hasta caerse, y hay gente que lo único que necesita es estar de pie en un sitio sin que nadie le diga que se está imaginando las cosas. La letra tiene una línea para cada uno: «Pero sorry, yo sé bien / Lo que vi, lo que sentí también». El chico quieto es la segunda mitad de esa frase hecha cuerpo. Sabe lo que sintió. No necesita moverse para demostrarlo.

El cuarto de los espejos amarillos

Hacia el minuto aparece el espacio más raro y más bonito del clip. Es una sala alargada con las dos paredes laterales cubiertas de espejos, un techo de tubos de neón azul y una niebla amarilla muy intensa al fondo. En el centro, una bailarina con camiseta azul levanta los brazos en uve, o los abre en cruz, y los espejos de los dos lados la repiten: a la izquierda y a la derecha se ven sus reflejos haciendo el mismo gesto, más pequeños, como si hubiera tres o cuatro bailarinas en vez de una. El suelo brilla y también la refleja.

Recorte en blanco y negro de Mike Sain't Louis sobre papeles rasgados de colores, junto a la frase del espejo de «Gaslighting»

El vídeo vuelve a este cuarto casi al final, durante varios segundos seguidos, y ahí la bailarina pasa de los brazos en cruz a las piernas abiertas y las manos en la cintura.

No puedo mirar esa sala sin pensar en el verso que más me importa de la canción: «En el espejo digo here I am». La luz de gas es, en el fondo, una guerra contra tu reflejo. Te convence de que lo que ves en el espejo no es verdad, de que exageras, de que la persona que recuerdas haber sido no existió. Este cuarto hace lo contrario. Te pone espejos a los dos lados y todos dicen lo mismo. Ninguno te deforma. Ninguno te lleva la contraria. Si levantas los brazos, todos los levantan.

Y el color es el mismo amarillo del rótulo del principio. El aviso del principio se convierte aquí en luz. Ya no es una señal de peligro, es un foco.

Esta imagen tiene una prima en mi catálogo: «El espejo de enfrente», donde el espejo es otra cosa, más inquietante. Y otra en «Soy marica sideral». En Planeta Gayfolk los espejos salen mucho, pero pocas veces son tan amables como aquí.

Un corazón con las manos

A partir del minuto y veinte hay una escena que se repite tres veces y que es la más tierna del vídeo. Una chica joven con camiseta blanca y pelo liso con flequillo, en una nave de techo alto con vigas metálicas y luces verdes y turquesas, levanta los brazos y junta las manos encima de la cabeza formando un corazón. Sonríe. Detrás de ella flotan puntos de luz cálida, como luciérnagas o como bombillas desenfocadas, y en un plano le brilla una luz naranja a la altura de la cintura.

Entre esos planos aparece otra chica con camiseta de tirantes blanca y el pelo largo que sonríe directamente a cámara, con humo rosa a un lado y turquesa al otro, y más tarde levanta un puño pequeño, casi de celebración.

El corazón hecho con las manos me parece un detalle muy bien elegido para esta canción, porque es un corazón que no se le da a nadie. No está dirigido a una pareja ni a un público concreto. Está por encima de su propia cabeza. Después de una relación en la que el amor se usaba para confundirte, lo primero que vuelve es eso: un corazón para ti, hecho con tus manos.

Cuerpos en el suelo

Y entonces el clip cambia de temperatura. Hacia el minuto y medio aparecen cuerpos tumbados en el suelo bajo una luz violeta muy fuerte. Son varias personas tiradas de cualquier manera, unas encima de otras, con las piernas levantadas, los brazos abiertos. Antes de eso, una fila de siluetas aparece sentada a contraluz delante de un foco blanco enorme.

Luego viene una secuencia de gente que cae o que se deja caer. Una chica se tumba de espaldas en el centro de una pista con focos que bajan del techo como columnas de luz, y alrededor hay gente de pie que la mira. Un chico se sienta en el suelo con el pelo revuelto en el aire, como si acabara de sacudir la cabeza. Un chico con chaleco se sienta sonriendo entre otros cuerpos tumbados. Otro, con camiseta blanca, se desliza por un suelo de baldosas entre humo blanco, apoyado en una mano, y la secuencia se repite dos veces más con el mismo chico en posturas distintas.

Al final del vídeo los cuerpos vuelven: alguien agachado con la cabeza entre las rodillas en medio de una pista rodeada de siluetas de pie, dos caras que asoman en primer plano tumbadas en el suelo, una de ellas con los ojos cerrados, y otra vez el montón de cuerpos con las piernas al aire bajo la luz morada.

Podría leerse como el cansancio de una noche de fiesta, y eso también está. Pero yo lo leo de otra manera. La luz de gas te deja agotado. Cuando por fin dejas de pelearte por tu propia memoria, el cuerpo se cae. No porque te hayan vencido, sino porque por primera vez en años no tienes que estar en guardia. Tirarse al suelo en mitad de una pista, con las piernas para arriba, es lo contrario de estar alerta.

La figura diminuta en la nave vacía

En medio de todo eso hay dos planos que funcionan como un respiro. En uno, una figura pequeña baila sola en una nave enorme y vacía, de suelo de cemento y columnas metálicas, con rayos de luz dorada que entran en diagonal desde los lados. Aparece de nuevo un poco más tarde con los brazos abiertos, casi en cruz, y la nave sigue igual de vacía. En el otro, una mujer con chaqueta de color melocotón y el pelo corto abre los brazos hacia arriba en un espacio oscuro con paredes de ladrillo, y más tarde gira con los brazos extendidos.

La portada roja de «Gaslighting» con las de sus vecinas «Tu mendigo», «Dark Corners», «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk» y «El espejo de enfrente»

Son los únicos planos del vídeo donde no hay humo cubriéndolo todo ni gente alrededor. Mucho espacio y una persona. A mí me recuerdan a la sensación de las primeras semanas después de salir de algo así: el mundo de repente es muy grande, y da un poco de vértigo, y a la vez es todo tuyo.

He elegido uno de esos planos, el de la figura diminuta con los brazos abiertos entre los rayos de luz, para la portada de este artículo.

Los láseres

Otra serie de planos usa líneas de luz roja y rosa que cruzan la pantalla en diagonal, como en una sala de seguridad de película de atracos. Una figura con camiseta oscura y zapatillas con suela de colores baila en medio de esas líneas, girando, y a veces parece que las esquiva y a veces parece que las atraviesa sin que pase nada.

Me gusta pensar que esos láseres son las reglas invisibles de una relación con alguien que manipula. Las cosas que no se pueden decir, los temas que no se pueden tocar, los tonos que no se pueden usar. Durante años las esquivas con mucho cuidado. Hasta que una mañana descubres que son solo luz. Que puedes pasar por encima.

El final: un hombre sentado en una sala enorme

El vídeo no termina con un cartel ni con un rótulo. Termina con un hombre de chaqueta oscura y pelo claro, sentado en el suelo de una sala gigantesca, con las piernas estiradas y una mano apoyada detrás. A los lados hay mesas y sillas, como en un comedor o una sala de juego vacía, y desde arriba bajan focos blancos en abanico que dejan el centro lleno de neblina. El último plano se acerca a él de lado: está sentado, mira hacia abajo, respira.

Después de tanto baile, tanto color y tanta gente, el final es de una sola persona sentada en el suelo, en silencio, en un sitio donde ya no queda nadie. No es triste. Es la calma de cuando se apagan las luces de la fiesta y te das cuenta de que sigues entero.

La última frase de la letra se repite tres veces al cerrar: «I won maricón». El insulto de patio de colegio, dicho ahora por quien lo recibía, se vuelve la firma de quien gana. Y el vídeo no la acompaña con fuegos artificiales. La acompaña con alguien que por fin puede sentarse.

Lo que el clip no enseña

Lo mejor de este videoclip, para mí, es lo que deja fuera. No hay ningún plano de una pareja discutiendo. No hay ningún hombre que señale, ni nadie que le cierre una puerta a otro, ni un teléfono con mensajes. Nada de la escena del abuso. La letra está llena de frases del otro: «Me dices baby no pasó», «Que lo soñé, que todo fui yo», «Me dices you're too much to love». En el clip, esas frases no tienen cara.

También me fijo en que casi todas las personas que bailan son chicas, con algún chico intercalado, y que ninguna lleva tacones, aunque la letra hable de «Cada paso sobre este tacón». El tacón del verso es una actitud, no un zapato. Lo que se ve en los pies son zapatillas, algunas con la suela de colores, y la manera de pisar es la misma: firme.

Y no hay ni un solo micrófono, ni un escenario, ni un público delante de nadie. Nadie actúa para otro. Esto es importante para mí, porque una canción sobre recuperar tu propia versión de los hechos no podía estar rodada como una actuación. Tenía que estar rodada como un desahogo.

Por qué esta canción me toca de cerca

Esta canción no sale de un libro. Durante dos décadas compartí mi vida con dos hombres narcisistas, uno tras otro, y en aquellas casas la luz de gas era el idioma de diario. Lo que yo recordaba no había pasado. Lo que había pasado lo había entendido mal. Lo que sentía era exagerado. Y cuando quedó a la vista quiénes eran, aún consiguieron que algunas personas de mi entorno se pusieran de su lado, porque contaron su relato antes que yo.

Datos de «Gaslighting»: canción 89 de 273 del catálogo, del disco «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», sello MIKE SAIN'T LOUIS

Escribir fue mi manera de dar mi propio relato. Hoy sigo con mi tratamiento, el psiquiátrico y el psicológico, y aquello tiene nombre en mi historial: TEPT, una depresión mayor grave, fobia social, un trastorno de la personalidad por evitación y ansiedad. Llegué a estar muy cerca de rendirme del todo. Lo escribo desde la orilla de la recuperación, porque de ahí se sale, y porque cada vez que veo a la chica del corazón con las manos pienso que ese gesto también me pertenece.

Si ahora mismo alguien te hace dudar de tu memoria, o acabas de salir y te falta el aire, no lo cargues a solas. Marca el 024 si estás en España: te atienden a cualquier hora, gratis y sin que nadie se entere, si tienes pensamientos de quitarte la vida. Ante un peligro inmediato, llama al 112. También puedes hablar con el Teléfono de la Esperanza (717 003 717) o, si eres menor, con ANAR (900 20 20 10). Fuera de España, findahelpline.com te dice qué número usar. Hablar con alguien que te cree es como entrar en el cuarto de los espejos amarillos.

Dónde vive «Gaslighting» en Planeta Gayfolk

En la lista de canciones del catálogo, «Gaslighting» es la número 89 de 273, entre «El día más ideal» y «No te vuelvo a mirar más». Pertenece a «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el disco del medio, el de las canciones que miran al planeta como un sitio al que escapar.

Mi oficio aquí es el de letrista, compositor y productor musical: escribo y produzco, y la música e interpretación vocal hechas con IA ponen el sonido. Las personas que salen en el vídeo están generadas: ninguna existe, y ninguna representa a nadie de mi vida. Eso también era importante aquí. Esta canción no señala a nadie; describe un mecanismo.

Tiene parientes muy claros en el catálogo. «Not Your Supply» es la negativa a seguir alimentando a quien vive de tu energía. «No Contact» es la decisión de cortar del todo. «Dark Corners», que va justo después en la lista de videoclips, se queda en las esquinas oscuras donde todo eso pasó. Y «Gaslighting» es la pista de baile que viene después: el momento en el que decides que tu versión vale y la bailas.

Visualmente, también tiene familia. La gente que baila sola en salones y azoteas de «I Want to Be a TikTok Star» es de la misma estirpe que estas chicas en la niebla. Y la orilla tranquila de «Flow / We Glow», que ya conté escena a escena, es lo que viene cuando la pista se vacía: el agua que brilla sola.

Tres detalles para la próxima vez que lo veas

El primero: fíjate en el suelo del cuarto de los espejos amarillos. Brilla tanto que la bailarina también se refleja hacia abajo. En ese plano hay una persona y, contando los reflejos, por lo menos cinco versiones de ella. Ninguna dice nada distinto.

El segundo: cuenta cuántas veces aparece el chico de la camiseta negra que no se mueve. Siempre en el mismo sitio, siempre con las mismas líneas de neón detrás. Es como un ancla en mitad del vídeo.

El tercero: mira el último plano hasta el final. El hombre sentado no se levanta. El vídeo se acaba antes. Yo lo prefiero así. No hace falta enseñar que se pone de pie para saber que va a hacerlo.

Preguntas frecuentes

¿Dónde se puede ver el videoclip de «Gaslighting»? En el canal oficial de YouTube de Mike Sain't Louis y en la sala de vídeos de mikesaintlouis.com. Se publicó el 14 de julio de 2025 y dura tres minutos y diecinueve segundos.

¿En qué disco está «Gaslighting»? En «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía de Planeta Gayfolk. En la lista del catálogo es la canción 89 de 273.

¿Qué aparece en el videoclip? Una nave industrial con máquinas recreativas, humo de colores, tubos de neón y láseres; gente que baila sola; un cuarto de espejos amarillos que multiplica a una bailarina; una chica que hace un corazón con las manos; cuerpos tumbados bajo luz violeta, y al final un hombre sentado en el suelo de una sala enorme.

¿Sale en el vídeo la persona que hace luz de gas? No. La letra está llena de frases de esa persona, pero el clip no le da ningún plano: solo enseña a quienes ya han salido y bailan.

¿Qué significa «I won maricón»? Es la última línea de la canción y se repite al cerrar. Le da la vuelta a un insulto y lo convierte en la firma de una victoria: la de quien deja de dudar de su propia memoria.