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Un esmoquin en un escenario vacío y un abanico rojo: «Mood» y el salón de baile de Planeta Gayfolk

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Hay una manera de estar de mal humor que es casi un arte. No es el enfado que grita, sino el que se cruza de brazos, levanta una ceja y espera. En inglés tienen una palabra corta para esos estados del ánimo, buenos o malos: «mood». Se usa para todo. Para decir que algo te representa, para decir que no estás para nadie, para decir que una canción te ha puesto en tu sitio.

Mi canción «Mood» es una lista de palabras. Su videoclip, en cambio, es un salón de baile. Durante dos minutos y cincuenta segundos vemos a un hombre de esmoquin bajo los focos de un teatro vacío, abanicos que se abren como llamaradas, una bailarina que gira entre humo azul, tres tipos con trajes fluorescentes en una ciudad de fantasía y, al final, a dos hombres que bailan juntos como si llevaran toda la vida ensayando.

Me presento antes de entrar en el salón: soy Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). Con mis canciones voy armando un planeta propio, Planeta Gayfolk, y dentro de ese planeta hay un teatro donde siempre hay alguien bailando. Hoy te lo enseño con «Mood» encendida.

Un martes de enero

El clip llegó a YouTube el martes 14 de enero de 2025, en plena cuesta de enero, cuando a casi todo el mundo le cuesta encontrar el ánimo. Dura dos minutos y cincuenta segundos. Entre mis 276 vídeos ocupa el puesto 228, justo después de «De mito a vómito».

En el catálogo, «Mood» es la canción 229 de 273, y detrás de ella viene «En un musical gay». La vecindad tiene gracia: de un clip con escenario y focos se pasa directamente a un musical. Es como si las dos se hubieran puesto de acuerdo para no bajarse de las tablas.

La canción pertenece a «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK», el primer disco de la trilogía, el del asombro de encontrar un planeta donde ser quien eres. El vídeo completo está en la pantalla de Planeta Gayfolk, y lo que toca a la portada y a la canción en general lo recojo en la ficha de «Mood».

Treinta palabras y un salón

La letra de «Mood» es corta y muy rara: una enumeración de palabras inglesas que en España usamos a diario sin traducir. Empieza así:

Retrato real en blanco y negro de Mike Sain't Louis junto al verso de «Mood» «mood, outfit, show, vibe, wild, track, hype.»
Party, baby, booty, flow, sexy, cool, check, beat,

Y cierra la lista con esta línea:

mood, outfit, show, vibe, wild, track, hype.

De esa lista y de cómo funciona como poema ya he escrito en otros sitios del blog, así que aquí no me voy a detener en ella. Lo que me interesa hoy es lo que pasa cuando esa lista suena dentro de un salón de baile. Porque el vídeo no ilustra las palabras una a una, no hay una fiesta cuando dice «party» ni un desfile cuando dice «outfit». Hace algo mejor: les pone un ánimo. Les da un «mood».

El hombre del esmoquin

El protagonista del vídeo es un hombre de pelo oscuro y rizado, con esmoquin negro, camisa blanca y pajarita. Lo vemos desde el primer plano, con el título en rosa chicle al lado, mirando a cámara con una mezcla de aburrimiento y desafío. A lo largo del clip vuelve una y otra vez: de frente, de medio perfil, con la cabeza ladeada, con los ojos entornados, con la mandíbula apretada.

Es un catálogo de caras de mal humor elegante. Cada gesto podría ser un estado de ánimo distinto: el que está harto, el que no se fía, el que espera a que le pidas perdón, el que ya ha decidido que esta noche va a bailar aunque nadie le saque. Me gusta pensar en él como en un diccionario visual de la palabra «mood». Cada plano es una entrada.

Hay un plano, hacia el segundo 104, en el que ese mismo hombre aparece en el centro de un escenario blanco, con los brazos abiertos a los lados y las palmas hacia arriba, como quien se encoge de hombros ante el público que no está. Es un gesto de «¿qué queréis que os diga?» que me hace sonreír cada vez. Sin decir nada, se ríe un poco de sí mismo y de su propio mal humor. A partir de ahí, el vídeo empieza a ablandarse.

Y lo mejor es el contraste con la ropa. Va vestido para una gala, para una ceremonia, para el momento más formal del año, y sin embargo su cara dice que no está para nadie. Esa tensión entre la etiqueta y el gesto es, para mí, el humor del vídeo.

El ruedo y el humo

Hacia el segundo 20 aparece otra figura: un hombre con una chaqueta negra bordada en oro, con hombreras recargadas y camisa roja, en mitad de una plaza llena de público, con el brazo extendido y una nube de humo naranja detrás. Es un traje que recuerda a los de luces, aunque no hay toro ni capote. Hay solo la pose, el brillo del bordado y una multitud desenfocada en las gradas.

Es la única vez en todo el vídeo que vemos público. Dura apenas un instante, pero basta para entender de dónde viene la teatralidad del resto: este clip es un homenaje a la gente que sale al centro de un círculo y se deja mirar. Después, el público desaparece y nos quedamos con el teatro vacío.

El escenario vacío

Uno de los planos que más me gustan llega hacia el segundo 68. El hombre del esmoquin camina de espaldas hacia el fondo de un escenario enorme y desierto, con suelo de madera clara, telón gris, dos focos que caen en diagonal desde arriba. No hay nadie más. Levanta los brazos un poco, como quien empieza a marcar un paso de baile para sí mismo.

Tres franjas del videoclip de «Mood»: un hombre de esmoquin de espaldas en un escenario vacío bajo dos focos, un hombre que baila solo entre columnas de luz violeta y una bailarina de negro que gira entre humo azul

Es un plano sobre la soledad del que baila sin testigos. Muchos hemos hecho eso alguna vez en el salón de casa, con la música alta y las cortinas cerradas. El vídeo lo convierte en algo solemne, con focos de teatro y suelo encerado, pero la idea es la misma: bailar aunque nadie esté mirando.

Los abanicos

El vídeo tiene dos abanicos y los dos son memorables. El primero es rojo, enorme, de varillas largas, y se abre de golpe delante de la cámara hacia el segundo 70, tapando casi toda la pantalla, con un hombre detrás. El segundo es naranja, de tela plisada, y aparece en una sala blanca de molduras barrocas con una lámpara de luces doradas al fondo. Un hombre con barba y esmoquin lo despliega despacio, mirándolo como quien mira una flor.

En nuestra cultura el abanico tiene un lenguaje propio. Se abre para lucirse, se cierra de golpe para cortar una conversación, se agita para dejar claro que hace calor o que alguien te está agobiando. Es uno de los objetos más expresivos que existen, y en manos de un hombre con esmoquin adquiere además un punto de provocación muy gayfolk. Un abanico es, en sí mismo, un «mood».

La bailarina del humo azul

En varios momentos el salón se llena de humo azul y aparece una bailarina. Lleva un vestido negro con falda de vuelo y tacones, y gira sobre sí misma con un brazo en alto mientras la falda se abre como un plato. La vemos de lejos, pequeña en mitad del escenario, con la luz entrando desde arriba como en una catedral. En otro plano se arquea hacia atrás con una falda de volantes rojos.

Fotograma del videoclip de «Mood»: las piernas de una bailarina con tacones y falda de vuelo girando sobre un escenario iluminado con luz azul fría

Ella no comparte escena con los hombres. Tiene su propio espacio, su propia luz fría, su propio ritmo. Es otro estado de ánimo dentro del mismo vídeo: si el hombre del esmoquin es el mal humor elegante, ella es la concentración absoluta, el momento en que el cuerpo se olvida de todo lo demás.

La ciudad fluorescente

Hacia el segundo 80 el vídeo da un volantazo de color. De pronto estamos en una ciudad de fantasía: torres de colores pastel, una cúpula transparente como una burbuja, una aguja puntiaguda de rayas, nubes turquesa y doradas y flores gigantes en primer plano. Delante, tres hombres con gafas de sol posan como en la portada de un disco: uno con traje negro, otro con traje fucsia, otro con traje turquesa, los tres con camiseta negra debajo.

Es el único tramo del clip que sale del teatro, y lo hace a lo grande. Si el resto es blanco, negro, oro y rojo, esto es una explosión de neón. Lo leo como el momento en que el ánimo cambia de golpe: del mal humor elegante al subidón. Es la palabra «hype» hecha paisaje. Y es también una postal del planeta: este es el aspecto que tiene Planeta Gayfolk cuando está de fiesta.

Bailar solo entre columnas de luz

Justo en medio de ese tramo de color, el vídeo vuelve un instante a un escenario oscuro, iluminado por columnas verticales de luz violeta y blanca que salen del suelo. En el centro, un hombre baila solo, con camiseta negra, los brazos abiertos y las rodillas flexionadas, marcando el ritmo. Al fondo se intuyen instrumentos y una silueta quieta.

Es un baile distinto al del esmoquin. Más suelto, más de discoteca. Me parece la respuesta física a la lista de palabras: si «Mood» enumera términos de pista, este hombre los está bailando todos a la vez.

Dos hombres que bailan

La última parte del vídeo es la que más me emociona. El hombre del esmoquin deja de estar solo. Aparece frente a otro hombre, primero en un juego de miradas bajo una luz cálida de bombillas, después en un baile de pareja propiamente dicho. En un plano, uno de ellos lleva una especie de levita oscura con cinturón dorado y el otro un esmoquin con una falda roja de volantes que se abre al girar. En otro, los dos van de esmoquin y se cogen de las manos en alto, a punto de dar una vuelta.

El baile no es delicado. Tiene fuerza, tiene algo de duelo, como esos pasodobles donde los dos bailarines parecen retarse. Y a la vez es inequívocamente una pareja: se buscan, se sujetan, se miran a los ojos. Ese momento convierte todo el vídeo en otra cosa. El mal humor del principio era, quizá, el de alguien que esperaba con quién bailar.

Una falda roja en un esmoquin

Me quiero detener un segundo en ese detalle: un hombre con esmoquin y falda de volantes. Durante siglos, la falda de volantes ha sido territorio de las bailaoras, y el esmoquin, territorio del caballero formal. Ponerlos juntos en el mismo cuerpo es un gesto pequeño en el vídeo, apenas un par de segundos, pero dice mucho de cómo se viste uno en Planeta Gayfolk: con lo que le da la gana, mezclando, sin pedir perdón.

Ilustración sin personas de un escenario vacío con suelo de madera bajo un foco cálido, una chaqueta de esmoquin y una pajarita sobre una silla, un abanico rojo abierto en el suelo y una falda roja de volantes extendida

Es el mismo espíritu que hay en otras canciones mías. En «Marica chill» hay una línea que podría ser la invitación a este baile:

Le dije: only if you dance flamenco, man

Y en «Mi salvador» hay otra que describe muy bien al hombre de la falda roja:

Reina on the dance floor, it’s true,

Una paleta de gala

Si se mira el vídeo con los ojos entornados, casi como una mancha de colores, aparece una paleta muy clara. El teatro es gris perla y madera clara. Los trajes son negros. Las camisas, blancas. Y sobre esa base sobria saltan tres colores calientes: el oro de los bordados y de las lámparas, el rojo de los abanicos y de las faldas, el naranja del humo y del segundo abanico. Es la paleta de una noche de gala antigua, de esas en las que todo el mundo se arreglaba para ir a ver bailar a alguien.

Contra eso choca el tramo de la ciudad fluorescente, con sus fucsias, sus turquesas y sus flores amarillas. Ese choque está buscado. El clip alterna dos maneras de estar de buen humor: la elegante, contenida, de esmoquin y abanico, y la desatada, de traje fosforito y gafas de sol. No elige entre las dos. Las pone una al lado de la otra, como quien tiene dos trajes en el armario y se pone uno u otro según el día.

La pajarita y las manos

Hay dos detalles del hombre del esmoquin que se repiten tanto que acaban contando cosas por sí solos. La pajarita, siempre perfecta, siempre en su sitio, incluso cuando el baile se vuelve brusco. Y las manos. Al principio están quietas, caídas a los lados o metidas en los bolsillos. Después se abren hacia los lados, como quien pregunta «¿y qué?». En el escenario vacío se levantan para marcar un paso. Y al final buscan las manos de otro hombre.

Seguir sus manos a lo largo del vídeo es una forma de ver cómo cambia su ánimo. De la mano escondida a la mano tendida hay todo un recorrido, y el clip lo cuenta sin una sola palabra, solo con gestos.

Por qué un salón de baile

Me han preguntado alguna vez por qué una canción hecha de palabras sueltas tiene un vídeo tan teatral, tan de gala. La respuesta es sencilla: porque esas palabras son de pista. «Beat», «groovy», «drop», «track», «club», «show»: casi todas hablan de bailar, de salir, de lucirse, de dejarse llevar por la música. Pero en vez de llevarlas a una discoteca, que habría sido lo obvio, quise llevarlas a un salón con historia, donde se ha bailado de etiqueta durante generaciones.

Es una forma de decir que el lenguaje de la fiesta cambia, que hoy lo decimos en inglés y mañana se dirá de otra manera, pero que el gesto de salir al centro y bailar es antiquísimo. Un abanico, un esmoquin y una falda de volantes son tan de pista como un «drop». Solo que llevan más años en ella.

Bailar enfadado

Hay algo que me hace mucha gracia de este clip: casi nadie sonríe. El hombre del esmoquin baila con el ceño fruncido. La bailarina está absolutamente seria. Los dos hombres del final se miran como si fueran a pelearse. Incluso los tres de los trajes fluorescentes posan con gafas oscuras y cara de póquer.

Y, sin embargo, es un vídeo alegre. Me parece una lección pequeña: no hace falta estar contento para bailar. A veces se baila precisamente porque uno está enfadado, o triste, o harto, y el cuerpo necesita sacar eso por algún sitio. El baile no exige una sonrisa. Solo exige moverse.

Otros salones del planeta

«Mood» no es el único sitio de Planeta Gayfolk donde se baila de etiqueta o con mucho teatro. En «Malena» la pista también es el centro de todo, con una protagonista que reina sobre los demás. En «Pura magia» el baile se vuelve celebración sin final. Y en «Flash» la noche de club se ilumina a golpe de cámara. Cada uno tiene su ánimo: el de «Mood» es el más contenido, el más de gala, el que baila con el ceño fruncido y la pajarita intacta.

Me gusta pensar que, si se pusieran todos estos clips seguidos, saldría una especie de noche completa en el planeta: se empieza en un teatro vacío con un esmoquin, se pasa por la ciudad fluorescente, se termina en una discoteca a las tantas. «Mood» sería la primera copa, la de antes de que llegue nadie, cuando todavía estás decidiendo si esta noche va a ser buena o no.

El último gesto

El vídeo termina como empezó: con el hombre del esmoquin de frente, en primer plano, mirando a cámara con esa expresión entre el enfado y la complicidad. Pero ahora ya no lo miramos igual. Sabemos que ha bailado, que se ha cogido de la mano de otro hombre en mitad de un escenario, que ha girado con una falda roja. Su cara de pocos amigos se ha vuelto un guiño.

Me gusta que el clip se cierre así, sin explicar nada. Igual que la canción, que termina repitiendo una sola palabra hasta que deja de significar y solo suena:

MOOD

El ánimo que costó encontrar

Escribir sobre el ánimo no es para mí un juego. Pasé alrededor de veinte años al lado de dos parejas narcisistas, una detrás de otra. Cuando al fin se supo cómo eran, se encargaron de que buena parte de mi gente se pusiera de su lado y no del mío. Aquello me dejó un estrés postraumático, una ansiedad constante, una depresión mayor grave, fobia social y una personalidad evitativa, que hoy trato con mi psiquiatra y mi psicóloga. En lo peor, llegué a pensar en el suicidio.

Durante mucho tiempo mi único «mood» fue el gris. No había esmoquin, ni abanicos, ni bailarinas: había una habitación con la persiana bajada. Por eso me hace tanta ilusión este clip. Es la prueba de que el ánimo se puede volver a vestir de gala. Que uno puede pasar del mal humor de brazos cruzados a bailar con alguien en el centro de un escenario. A mí me lo enseñaron, poco a poco, las canciones: escribirlas fue mi manera de contar lo que había pasado sin que nadie me interrumpiera.

Si tu ánimo lleva tiempo con la persiana bajada, pide ayuda. En España, el 024 atiende gratis, de día y de noche, a cualquiera que piense en quitarse la vida y a quien esté preocupado por alguien. Si corre prisa, el 112. Desde otros países, findahelpline.com te muestra la línea de ayuda más cercana. Nadie tiene que bailar solo para siempre.

Para ponértela

«Mood» se descarga gratis, como toda mi música, en la página de descargas de mi web, sin cuentas ni pagos. También tienes descargas gratuitas y cosas del planeta en la tienda de gayfolkplanet.com: https://gayfolkplanet.com/tienda.

Mi sugerencia: ponla un domingo por la tarde, cuando el ánimo flojea, y prueba a abrir un abanico, aunque sea imaginario.

Cinco planos para guardar

El hombre del esmoquin de espaldas, caminando hacia el fondo del escenario vacío.

El abanico rojo abriéndose de golpe delante de la cámara.

La bailarina girando sola entre el humo azul.

Los tres trajes fluorescentes en la ciudad de las flores gigantes.

Los dos hombres de esmoquin cogidos de las manos, a punto de girar.

Preguntas frecuentes

¿Cuándo se publicó el videoclip de «Mood»? El martes 14 de enero de 2025, en YouTube. Dura dos minutos y cincuenta segundos.

¿A qué disco pertenece? A «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK», el primer disco de la trilogía de Planeta Gayfolk.

¿Qué se ve en el clip? Un hombre de esmoquin en un teatro vacío, abanicos rojos y naranjas, una bailarina entre humo azul, tres hombres con trajes fluorescentes en una ciudad de fantasía y dos hombres que acaban bailando en pareja.

¿De qué trata la letra? Es una lista de palabras inglesas que se usan a diario en español, de «party» a «hype», y termina repitiendo «MOOD».

¿Se puede descargar gratis? Sí, sin registro, desde la página de descargas de mikesaintlouis.com.