
By Mike Sain't Louis ·
Coches que flotan, carreteras de luz y una torre de lanzamiento: los viajes de Planeta Gayfolk
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Hay planetas que se miran y planetas que se recorren. El mío, Planeta Gayfolk, es de los segundos. Lo he ido pintando canción a canción y vídeo a vídeo, y cuando repaso los clips uno detrás de otro me doy cuenta de algo que no planeé: casi nadie se queda quieto. Se va en coche, en descapotable, a pie por una avenida, en metro, por carreteras de noche, en nave espacial. Es un planeta de gente en camino.
Este texto es un paseo por esos viajes. No sigue el orden de los discos ni el de las fechas. Sigue el orden en que me gusta imaginarlos: primero se sale de casa, luego se cruza el cielo, después se recorre la costa, se atraviesa la ciudad y al final se vuelve de noche. Las paradas son vídeos míos, y casi todos tienen su propia historia en otros textos del blog. Aquí solo me interesa lo que tienen en común: el movimiento.
Soy Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). Y si algo he aprendido construyendo este planeta es que un sitio inventado también necesita caminos.
Salir: una torre de lanzamiento al atardecer
Todo viaje empieza por una despedida, y en el planeta la despedida más solemne está en «Fear Zero». Dos pilotos con cazadoras de vuelo, frente a frente, al pie de una torre metálica de lanzamiento. El cielo es azul de última hora y la estructura de hierro se recorta detrás como el esqueleto de algo que está a punto de irse.
No se ve el cohete. Se ve el andamio, las vigas, la escalera que sube. Me gusta que sea así. Lo que importa no es la máquina, sino el momento antes de subirse: dos personas que se miran muy de cerca porque saben que, a partir de ahí, ya no hay vuelta atrás.
Hay una palabra preciosa en castellano para eso: zarpar. Se dice de los barcos, pero yo la uso para todo. Zarpar es soltar la cuerda que te ata al muelle. En ese plano los dos pilotos están zarpando sin moverse.
Cruzar el cielo: coches sobre un mar de nubes
Y después del despegue, el cielo. Si hay un vídeo en el planeta que convierte el viaje en un sueño es «Brilla Bruma». Allí los coches no van por carretera. Flotan.
Hay un coche rosa pálido, de los antiguos, de líneas cuadradas, suspendido en el aire con el cielo azul detrás y unas nubes enormes abajo. Hay un coche pintado con franjas de arcoíris que se desliza de lado sobre la niebla. Hay filas de coches de colores, amarillo, azul, verde, morado, rosa, aparcados encima de un mar de nubes blanco mientras el sol revienta en el horizonte en un destello de rayos. Y hay chicas con vestidos de verano que saltan entre ellos, a la vez, con los brazos en alto, como si la gravedad hubiera dejado de cobrar.
Me encanta la idea de un aparcamiento en el cielo. Los coches están ahí, quietos, con las puertas cerradas, como si sus dueños se hubieran bajado a pasear por las nubes. Es la imagen más exacta que conozco de unas vacaciones de verdad: has llegado tan lejos que ya ni siquiera necesitas el coche.
En el mismo vídeo, el viaje también baja a tierra. Un coche verde claro avanza entre campos de girasoles con tres chicas dentro que miran hacia delante. Un descapotable rojo lleno de chicas posa en la playa. Y al final, una mujer descansa en una tumbona junto a una pared con buganvilla, como si el coche la hubiera dejado ya en su destino. Lo tienes en la sala de vídeos de mi web, por si quieres ir parando la imagen.
La costa: un descapotable con el mar al lado
Bajamos del cielo a la costa. En «Sunshine» hay un descapotable gris claro que recorre una avenida junto a la playa. Dentro van dos chicas, riéndose a carcajadas, con el pelo al viento. A un lado, palmeras y edificios altos blancos; al otro, una arena dorada y el mar azul intenso. La cámara va delante del coche, mirándolas, y el plano dura lo suficiente para que te entren ganas de subirte.

Ese trayecto es lo contrario de la torre de lanzamiento. No hay solemnidad, no hay despedida. Es un viaje sin destino, de ida y vuelta por la misma avenida, solo por el gusto de ir. Es el verano entendido como un paseo en coche: no vas a ningún sitio, ya estás en el sitio.
Hay una cosa que me hace gracia de ese vídeo. Va alternando una fiesta nocturna, con llamaradas, bengalas y gente bailando, con ese coche a plena luz del día. Es como si las dos chicas hubieran salido de la discoteca al amanecer y hubieran decidido seguir la fiesta por la costa, con el viento haciendo de música.
El bulevar: alguien que camina hacia el sol
No todos los viajes del planeta son en coche. En «Sunset Boulevard» hay un plano que para mí resume muy bien la soledad buena de los viajes. Un chico vestido de negro, de espaldas, camina por el centro de una avenida flanqueada de palmeras altísimas, con coches antiguos aparcados a los lados y letreros de neón en las fachadas. Al fondo, el sol se pone y lo vuelve todo dorado.
No sabemos adónde va. No hace falta. Caminar hacia el sol que se pone tiene algo de despedida y algo de promesa a la vez: el día se acaba, pero tú sigues andando.
Ese mismo bulevar, en otros momentos del vídeo, se llena de divas que desfilan entre fotógrafos, focos y llamaradas, como si la avenida fuera una pasarela. Me gusta que el mismo sitio sirva para las dos cosas: para pasear solo y para brillar delante de todos. Un camino no es solo el trozo de suelo que pisas, también es la manera en que decides pisarlo.
La ciudad: un metro donde no viaja nadie
Y luego está el viaje que nadie quiere hacer y que todos hacemos: el del metro. En «Contact Overwhelms Me» hay un vagón de metro completamente vacío. Asientos rosas a los dos lados, barras metálicas, luz blanca, las puertas cerradas. Nadie sentado, nadie de pie. En otro plano, un puente colgante de noche, teñido de magenta, sin un solo coche cruzándolo.
En el resto del planeta los viajes son para ir hacia algo. Aquí el viaje es para estar a salvo. Un vagón vacío es un lujo para quien se agobia entre la gente: es el metro que me gustaría coger los días malos, el que te lleva sin que nadie te roce.
Pongo este viaje en mitad del paseo porque también es parte del mapa. Hay días de descapotable y días de vagón vacío. Los dos llevan a algún sitio.
La noche: carreteras bajo la aurora
Y al final, la vuelta. El viaje de regreso del planeta está en «The Northern Lights», donde las carreteras son de luz. Una carretera de montaña serpentea entre colinas oscuras y los faros de los coches dejan líneas blancas y rojas en la exposición larga. Arriba, la aurora se derrama en verde y violeta sobre todo el cielo. En otro plano, la carretera misma brilla en verde, como si la luz del norte se hubiera caído sobre el asfalto.

Ahí no se ve a nadie conduciendo. Solo se ven los rastros que dejan. Me parece la imagen más bonita para hablar del regreso: cuando vuelves de un viaje largo, de noche, lo que queda no es el coche, es la estela. La sensación de haber pasado por algún sitio y haber dejado algo de luz detrás.
La paleta de los coches
Si te fijas solo en los colores, los coches del planeta cuentan una historia propia. Uno de los que más se repiten en «Brilla Bruma» es rosa pálido, casi del color de un helado de fresa. Hay otros amarillo limón, azul cielo, turquesa, morado, fucsia, y uno que lleva franjas de arcoíris, como una bandera que se hubiera convertido en carrocería. En «Sunshine» el descapotable es de un azul claro que brilla al sol, y en «Sunset Boulevard» los coches de la avenida parecen sacados de una película vieja.
Ninguno es negro. Ninguno es de esos coches serios que se ven en los anuncios de bancos. Son coches de juguete a tamaño real, coches que parecen elegidos por alguien que quiere que el viaje sea también una fiesta de colores. Eso, para mí, es Planeta Gayfolk en estado puro: hasta lo más práctico, un vehículo para ir de un sitio a otro, se vuelve un objeto alegre.
Y luego está la paleta del cielo, que es la otra mitad del viaje. En «Brilla Bruma», blanco de nubes y azul limpio. En «Sunshine», azul de mar y dorado de arena. En «Sunset Boulevard», naranja de atardecer. En «Contact Overwhelms Me», rosa y magenta. En «The Northern Lights», verde y violeta sobre negro. En «Fear Zero», el rosa de un planeta que todavía nadie ha pisado. Cada viaje tiene su cielo, y cada cielo tiene su hora.
Los que se quedan
Un mapa de viajes también tiene que acordarse de los que no se mueven. En el planeta hay personajes que se quedan quietos, y me parecen igual de importantes.
La mujer de la tumbona al final de «Brilla Bruma» es uno de ellos. Después de tanto coche flotando y tanto salto en el aire, ella está sentada, con las piernas estiradas, junto a una pared de flores fucsia. No va a ninguna parte. Ya ha llegado. O a lo mejor nunca salió, y el viaje de los demás pasó por delante de su casa.
En «Limón», otro vídeo del planeta, un chihuahua duerme sobre un edredón blanco y casi todo el clip gira alrededor de su siesta. En «Lai» hay columpios vacíos, una bicicleta aparcada entre lavandas, zapatos en la orilla. Son imágenes de pausa, de alguien que ha parado un momento.
Me gusta que estén. Un planeta solo de viajeros sería agotador. Hace falta gente que se quede, que guarde la casa, que espere con la luz encendida. Los viajes tienen sentido porque hay un sitio al que volver.
Por qué el viaje tiene algo de nuestro
No quiero hacer sociología, pero sí contar una sensación que creo que compartimos muchas personas LGTBI. Para muchos de nosotros, crecer ha tenido mucho de preparar una maleta. Irte del pueblo a la ciudad, de la casa familiar a un piso compartido, de un armario a la calle. Buscar un sitio donde no tuvieras que dar explicaciones.

Por eso el segundo disco de mi trilogía se llama como se llama. «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk» es un deseo de huida, sí, pero también de llegada: no se trata solo de irte de donde te hacían daño, sino de encontrar un lugar que sea tuyo. Y por eso creo que mis vídeos se llenaron de coches, naves y carreteras sin que yo lo decidiera. Es la forma que tiene el planeta de recordar de dónde venimos.
Lo bonito es que, en los vídeos, los viajes no son tristes. No hay maletas pesadas ni andenes de despedida con lágrimas. Hay descapotables, saltos, coches que flotan, carreteras de luz. Es el viaje contado desde la llegada, cuando ya sabes que mereció la pena.
Lo que tienen en común todos estos viajes
Cuando pongo estas imágenes juntas veo tres cosas que se repiten.
La primera es que casi nadie viaja solo del todo. Los pilotos de la torre son dos. Las chicas del descapotable son dos. Los coches del cielo están rodeados de gente que salta. Incluso el chico del bulevar camina hacia un sol que lo ilumina como si lo estuviera esperando. En el planeta, viajar es casi siempre ir con alguien o ir hacia alguien.
La segunda es que los vehículos son antiguos. Coches de los años sesenta y setenta, descapotables clásicos, aparcados con su cromado y sus colores pastel. No hay coches eléctricos ni pantallas en el salpicadero. Es una forma de decir que estos viajes no ocurren en un tiempo concreto, sino en el tiempo de los recuerdos, donde todo tiene un poco de postal.
La tercera es que el destino casi nunca se ve. Ni la torre de lanzamiento enseña adónde va el cohete, ni el descapotable llega a ninguna parte, ni el chico del bulevar alcanza el sol, ni las carreteras de la aurora terminan. En Planeta Gayfolk el viaje es el sitio. Llegar es lo de menos.
La brisa que levanta del suelo
Hay un viaje más que no es de coche ni de metro ni de nave, y que me gusta añadir al final del mapa. En la portada de «Breeze», alguien con camisa blanca y pantalón de lino se ha levantado del suelo y flota sobre un pueblo blanco junto al mar, al atardecer, entre nubes doradas. No hay vehículo. Solo una ráfaga de aire.
Es el viaje más ligero de todos. El que no necesita billete ni carretera. Y en «Stars Cibernéticas» ese mismo impulso sube todavía más arriba: un chico descalzo, de azul metalizado, flota sobre nuestro planeta azul, abierto de brazos, entre estrellas y estelas de neón.
Me gusta pensar que esos dos personajes son la forma final de todos los viajeros del planeta. Primero subes a un coche, luego a una nave, y un día descubres que puedes elevarte sin nada, solo porque ya no cargas tanto peso.
Un viaje entero en una sola noche
Me gusta jugar a imaginar que todos estos viajes son uno solo, hecho por la misma persona en una noche larga. Sería algo así.

Sales de casa al atardecer y alguien te espera al pie de una torre de hierro. No os decís casi nada. Subís. Desde arriba ves la Tierra encenderse por un borde, con el sol entrando de lado por las nubes, y piensas que todo lo que te pesaba se ha quedado ahí abajo, pequeño como un mapa.
Cuando bajas, ya no estás en ningún país conocido. Hay coches de colores aparcados sobre las nubes, y un grupo de chicas salta entre ellos como quien juega en el patio de su casa. Te prestan uno, rosa pálido. No hace falta arrancarlo: flota solo.
Aterrizas en una costa. Alguien te hace sitio en un descapotable y recorréis una avenida junto al mar, riéndoos de nada. Cuando el sol empieza a bajar, te apeas al principio de un bulevar de palmeras y lo cruzas andando, despacio, mientras el cielo se pone naranja.
Llega la noche. Bajas al metro y el vagón está vacío, todo para ti. Lo agradeces. Cruzas un puente de luz magenta sin nadie y sales a una llanura nevada donde la carretera brilla en verde bajo la aurora. Conduces sin prisa. Los faros dejan una estela.
Y al final, cuando ya amanece, aparcas delante de una casa blanca con buganvilla. Hay una tumbona libre. Te sientas. No has llegado a ningún sitio importante. Has llegado a casa.
El viaje que yo hice
No puedo escribir sobre viajes sin pensar en el mío, que no fue en coche ni en cohete. Durante años estuve atrapado en dos relaciones, una después de otra, que me hicieron mucho daño, y alrededor de aquello hubo personas que se pusieron en mi contra. Me quedé con ansiedad, depresión y estrés postraumático, y con la sensación de estar siempre en el mismo andén, viendo pasar trenes a los que no me atrevía a subir.
Las canciones fueron mi primer billete. Escribirlas era contar mi versión sin tener que discutirla con nadie, y sin dar nombres. Después llegó el tratamiento, psiquiátrico y psicológico, que sigo haciendo, y con él la sensación de que el tren por fin se movía. Hoy estoy mucho mejor. No he llegado a ningún destino perfecto, pero ya no estoy en el andén.
Si tú sientes que llevas demasiado tiempo esperando en el tuyo, no tienes que hacerlo a solas. En España, el 024 escucha gratis, de forma confidencial y a cualquier hora; si es una emergencia, el 112. Si vives fuera, findahelpline.com te dice qué teléfono tienes cerca. Y contarlo a alguien en quien confíes también es empezar a moverse.
Una banda sonora para la carretera
Si te apetece hacer este viaje con música, todas mis canciones se pueden escuchar y descargar gratis desde mi web, sin registrarte ni pagar, en la página de descargas de canciones. Puedes hacerte tu propia lista de carretera con las que salen aquí.
Yo la ordenaría así: «Fear Zero» para salir de casa, «Brilla Bruma» para cuando ya vas por encima de las nubes, «Sunshine» para la costa, «Sunset Boulevard» para el último rato de luz, «Contact Overwhelms Me» para el tramo en el que necesitas silencio y «The Northern Lights» para volver de noche. Y «Breeze» al final, con el coche ya aparcado, para seguir flotando un rato.
Por si te sirve el dato, son de discos distintos de la trilogía: «Fear Zero», «Sunshine» y «Sunset Boulevard» son del segundo, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», que ya en el título habla de un viaje; «Brilla Bruma», «The Northern Lights» y «Breeze» son del tercero, y «Contact Overwhelms Me» va por libre.
Para el próximo viaje
Te dejo tres invitaciones.
La primera: la próxima vez que veas un aparcamiento lleno, imagínalo encima de las nubes, como en «Brilla Bruma». Los coches quietos se vuelven otra cosa cuando les quitas el suelo.
La segunda: si algún día vas en un coche con el cristal bajado junto al mar, ponte «Sunshine» y no mires el mapa. El planeta funciona mejor sin destino.
La tercera: cuando vuelvas de noche, fíjate en las luces de los coches que pasan. Son estelas, como las de «The Northern Lights». Y la tuya también lo es.
Preguntas frecuentes
¿Qué videoclips de Mike Sain't Louis tratan el tema del viaje? Entre otros, «Fear Zero» (una torre de lanzamiento y un viaje espacial), «Brilla Bruma» (coches que flotan sobre las nubes), «Sunshine» (un descapotable por una avenida junto a la playa), «Sunset Boulevard» (un bulevar con palmeras al atardecer), «Contact Overwhelms Me» (un metro vacío) y «The Northern Lights» (carreteras bajo la aurora).
¿Qué es Planeta Gayfolk? Es el universo que Mike Sain't Louis ha ido creando con sus canciones y sus videoclips, organizado en una trilogía de discos: «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk» y «El día de la liberación».
¿En qué disco está «Brilla Bruma»? En «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía.
¿Se pueden descargar gratis estas canciones? Sí. Toda la música de Mike Sain't Louis se puede escuchar y descargar gratis, sin registro, desde la página de descargas de mikesaintlouis.com.