Saltar al contenido
← Canción a canción«Yeah… just dancing»: «Dark Corners» y el arte de decir que estás bien

Por ·

«Yeah… just dancing»: «Dark Corners» y el arte de decir que estás bien

Un chico de pelo negro rizado, barba corta y la cara manchada de algo oscuro está sentado en el suelo mojado de una catedral, medio tumbado, con la chaqueta negra abierta sobre el pecho tatuado y la mirada cansada clavada en la cámara. Detrás de él, colgado entre las columnas, hay un corazón gigante hecho de cadenas negras. A los lados arden velas en candelabros, y al fondo se ven las vidrieras altas de una iglesia gótica. A la izquierda, en letras de cartel, «DARK» en rojo y «CORNERS» en blanco.

Es la portada de «Dark Corners». Una catedral para una canción de discoteca. Un corazón de cadenas para alguien que dice que solo está bailando. Desde la imagen ya se ve que aquí lo de fuera y lo de dentro no coinciden.

La canción está en «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía, y en la lista completa de singles es el número 153. Su ficha en el blog ya recorre la letra estrofa a estrofa. Yo aquí quiero quedarme con el final, con esas dos líneas que cierran todo: alguien pregunta si estás bien, y la respuesta es que sí, que solo estás bailando. Quiero hablar de esa respuesta. De por qué la damos tanto, de lo que esconde y de lo que tiene de cuidado y de trampa a la vez.

La respuesta que damos todos

«Hey… are you okay?» «Yeah… just dancing…»

Son siete palabras y caben en un mensaje de WhatsApp. Pero en esas siete palabras está toda la canción. Alguien se acerca, nota algo, pregunta. Y quien está en la esquina oscura de la pista le contesta con lo más neutro que se puede contestar: estoy bailando. No dice que está bien. Tampoco dice que está mal. Dice lo que está haciendo, que es otra manera de no decir cómo está.

Esa respuesta la conoce cualquiera. La versión de oficina es «nada, cansado». La versión familiar es «bien, bien, liado». La versión de la una de la mañana en una discoteca es esta: «just dancing». Todas sirven para lo mismo: cerrar la puerta con educación. No me preguntes más, que si me preguntas más igual me echo a llorar aquí en medio.

Lo que me gusta de cómo termina la canción es que no hay nada después. No hay un último estribillo que lo arregle. La pregunta queda flotando y la respuesta también. Y se acaba.

Levantarse tarde y sin sol

Antes de la noche hay un día, y la canción empieza por ahí. Alguien se despierta tarde y no hay sol. Los colores se le apagan detrás de la sonrisa. Y camina lento, milla a milla.

Me gusta que la canción no empiece en la discoteca. Empieza en casa, con resaca o sin ella, en uno de esos días que ya nacen torcidos. Es importante porque explica la noche. Quien baila en la esquina oscura no ha llegado ahí de repente. Lleva todo el día cargando con algo. La fiesta no es el origen de la pena: es el sitio al que la lleva.

Ese caminar lento, milla a milla, tiene algo de cuesta arriba. No es un paseo. Es avanzar porque no queda otra. Y la sonrisa ya está puesta desde la mañana, como quien se pone las gafas de sol aunque esté nublado. Los colores se van apagando detrás, pero la sonrisa se queda. Cuando llega la noche, esa sonrisa ya lleva horas trabajando.

Bailar para no contestar

En la canción, bailar no es divertirse. Es una forma de esconderse.

Fotogramas del videoclip oficial de «Dark Corners», de Mike Sain't Louis

El estribillo lo dice con mucha claridad: bailar en las esquinas oscuras, con la sombra, que es la dueña de sus noches. Y la frase que remata: sonríe «pa' no sentir». Bailar pa' no decir adiós, dice otra estrofa. Todo lo que hace la persona de la canción tiene un «para no». Sonríe para no sentir. Baila para no despedirse. Contesta «just dancing» para no contar.

Hay algo muy reconocible ahí. La pista de baile tiene una ventaja enorme para quien está triste: nadie espera que hables. Puedes estar en medio de mucha gente sin tener que dar explicaciones a nadie. La música está alta, la luz es mala, todo el mundo está a lo suyo. Es el sitio perfecto para estar mal sin que se note.

Hasta que alguien se fija. Y te pregunta. Y entonces tienes que decir algo.

La esquina, no el centro

El título ya marca el sitio: no el centro de la pista, las esquinas. Los rincones oscuros.

En cualquier discoteca hay dos geografías. El centro, donde está la gente que viene a que la vean, la que se sube a la tarima, la que grita las canciones. Y las esquinas, donde está la gente que viene a estar sin que la vean. Las parejas que se besan, los que esperan a alguien que no llega, los que han bebido de más, y los que bailan solos con los ojos cerrados.

La persona de «Dark Corners» está en las esquinas. Y en la letra hay un pequeño orgullo en eso: la pista es mía. Pero enseguida viene la otra mitad: la pena igual. La pista y la pena son suyas por igual. Las dos le pertenecen, y nadie nota ninguna.

Me gusta mucho que la letra lo cuente así, sin exagerar. No es una tragedia. Nadie se desmaya. Es alguien bailando en un rincón mientras le pesa algo. Algo tan normal que, como dice la propia letra, resulta banal. Y justo esa banalidad es lo que hace que nadie lo vea.

La sombra como pareja de baile

La imagen más bonita de la canción, para mí, es la de la sombra. No baila solo: baila con su sombra. Y la sombra es la que manda. Es la dueña de sus noches y de su corazón, y además rompe las estrellas.

Es una forma muy elegante de hablar de la tristeza sin nombrarla. La sombra va contigo a todas partes. Se pega a ti cuando hay luz y se hace enorme cuando la luz es mala. En una discoteca, con los focos girando, la sombra cambia de tamaño todo el rato, se estira, se encoge, aparece en la pared de enfrente. Es la pareja de baile perfecta para alguien que no quiere bailar con nadie de verdad.

Y lo de que sea «she», ella, me hace gracia. La sombra es una señora. Una señora que manda. Hay algo de diva en esa sombra, de mujer fatal de película antigua que no te deja ir. Bailas con ella porque no te queda otra, pero también porque, de alguna manera, ya te has acostumbrado a su compañía.

El rey de nada

Hay un verso que me parece muy de mi forma de escribir: aquí soy el rey de nada.

Sin aplausos, sin rumores. Eso es lo que hay alrededor. Nadie le aplaude, pero nadie habla de él tampoco. Ni para bien ni para mal. Es una forma de invisibilidad muy concreta: no es que te odien, es que no estás en la conversación.

Ser el rey de nada tiene algo de chiste y algo de herida. Por un lado es una corona, un poco de dignidad, un «esta esquina es mía». Por otro, es reconocer que esa corona no vale nada. Es lo que pasa cuando te haces fuerte en un sitio que a nadie le importa. Tienes el control, sí. Pero de un rincón oscuro.

Y hay dignidad en esa corona, aunque sea de cartón. Es una forma de no mentir sobre dónde estás sin dejar de ponerte algo en la cabeza.

Tacones altos, ánimo bajo

Luego está ese verso que hace de bisagra: los tacones altos, el ánimo bajo.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «My heels are high, mi mood is low I fake a show they’ll never know» de «Dark Corners»

Es casi un refrán. Lo de fuera sube, lo de dentro baja. Cuanto más alto el tacón, más bajo el ánimo. Y no es casualidad que sean tacones: hay algo muy drag en toda la canción, en ese montarse para salir, en ese brillar en la calle mientras por dentro no queda gasolina.

El drag, y en general cualquier forma de montarse para salir de noche, tiene esa doble cara. Puede ser una celebración, una forma de jugar con quién eres y de pasarlo en grande. Y puede ser también una armadura. Te pones las pestañas, el taconazo, la purpurina, y con todo eso encima nadie te ve la cara de verdad. La letra juega con las dos cosas. Lo dice así: finjo un show que nunca sabrán. El show es real. Lo que hay debajo, también.

Y luego remata con algo que me encanta: en las calles brillo más, pero por dentro no hay más gas. Esa imagen de quedarse sin gasolina es muy de coche viejo, muy de barrio. Ni siquiera es tristeza poética. Es estar vacío. Seco. Sin combustible.

Sin purpurina en las lágrimas

Al principio de la canción hay dos negaciones que me parecen muy importantes. No hay arcoíris en su cielo. No hay lágrimas con purpurina.

Para una canción gay, decir que no hay arcoíris tiene su miga. El arcoíris es la bandera, el orgullo, la fiesta. Y la purpurina es el brillo que muchas veces le ponemos a todo, incluso a las penas, para que parezcan más llevaderas. Llorar con purpurina es llorar con estilo. Es el drama bonito.

Aquí no. Aquí solo hay ojos tranquilos. Una tristeza sin espectáculo. Y eso, curiosamente, es más difícil de ver que el drama. Si lloras con purpurina en mitad de la pista, todo el mundo se da cuenta. Si estás triste con los ojos tranquilos, nadie se entera. Por eso la pregunta del final tiene tanto mérito: quien la hace ha visto algo que no se veía.

Triste en dos idiomas

La canción salta todo el rato del inglés al español. Empieza en inglés, el espejo le contesta en castellano, preguntándole qué ha pasado, y a partir de ahí los dos idiomas se mezclan en cada verso.

Hay mucha gente que vive así. Que piensa en un idioma y siente en otro. Que se pelea en español y liga en inglés, o al revés. En la noche gay de cualquier ciudad grande, el spanglish es casi el idioma oficial. Las canciones que suenan están en inglés, los amigos están en castellano y los mensajes de madrugada, en una mezcla de los dos.

Lo que me interesa de esa mezcla en esta canción es que el idioma también sirve para esconderse. Hay cosas que cuesta decir en tu lengua. Suenan demasiado verdad. En inglés, de repente, se pueden decir, porque hay una pequeña distancia, como si lo dijera otro. Lo de ser el rey de nada, por ejemplo, llega en inglés. Y luego, cuando hay que decir lo más importante, la letra vuelve al castellano: pa' no sentir.

La frase más honda del estribillo está en el idioma de casa.

El espejo que pregunta

Me quedo un momento con el principio, porque lo que pasa ahí rima con el final.

Collage con un detalle de la carátula de «Dark Corners» y las carátulas de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», «Dans la nuit», «Scott Bonehill»

La canción empieza con alguien que se levanta tarde, sin sol, y se mira al espejo. Y el espejo le pregunta qué ha pasado. En castellano. Como si el reflejo fuera un amigo de toda la vida que te pilla con mala cara.

Y termina con otra pregunta: ¿estás bien? Esta vez la hace otra persona, en la discoteca, en inglés.

Entre esas dos preguntas está toda la canción. Una al despertar, en casa, en tu idioma. Otra de madrugada, en la pista, en el idioma de la noche. Y a ninguna de las dos le da una respuesta de verdad. Al espejo no le contesta. A la persona de la pista le dice que solo está bailando.

Me parece una estructura muy bonita para una canción tan sencilla: empieza y acaba con alguien preguntando por él, y él esquivando.

Brillo por fuera, papel por dentro

En el puente la luz baja más. Sombras y luces, dice, ese es mi papel. Fingiendo siempre bajo la farola. Lágrimas rotas, brillo en la piel, pero por dentro es puro papel.

Lo de ser de papel por dentro me parece una imagen muy precisa. El papel aguanta mientras nadie lo moje. Tiene forma, se sostiene, puedes escribir encima. Pero basta un poco de agua para que se deshaga. La persona de la canción brilla por fuera y por dentro está hecha de algo que se rompe con una lágrima.

Y aun así, el puente no termina en derrota. El corazón se le va, sí. Pero sigue aquí, de verdad. Con su sombra, sin color. Y lo finge con amor. Esa última línea me parece clave: no finge por cinismo, ni por orgullo. Finge con amor. Como quien sonríe en un cumpleaños aunque esté fatal para no amargarle la fiesta a nadie.

Hay algo generoso en ese fingimiento. Y algo agotador.

Lo que la canción no explica

Hay algo que «Dark Corners» no cuenta en ningún momento: por qué. No sabemos qué le ha pasado a la persona que baila en la esquina. No hay un ex con nombre, no hay una traición, no hay una noticia. Solo hay tristeza.

Me parece una decisión acertada. Mucha gente está triste sin una causa que se pueda contar en una frase. O la causa existe pero es tan larga, tan enredada, que no cabe en una respuesta en mitad de la pista. Y por eso contestas «just dancing». No porque no haya nada que decir, sino porque hay demasiado.

Si la letra explicara el motivo, la canción sería sobre ese motivo. Al no explicarlo, la canción es sobre el gesto de esconderlo. Y ese gesto es universal. Da igual por qué estés mal: el baile en la esquina, la sonrisa puesta y la respuesta corta son los mismos.

La sombra que rompe las estrellas

Hay un detalle del estribillo que he dejado para el final: la sombra no solo manda en sus noches y en su corazón. Además rompe las estrellas.

Las estrellas, en una discoteca, son las luces. Los focos, la bola de espejos, los puntitos que giran por el techo y por la cara de la gente. Son lo que hace que la noche parezca mágica. Y la sombra las rompe. Las hace pedazos. Donde los demás ven brillo, la persona de la canción ve trozos.

Pero también se puede leer más allá de la pista. Las estrellas son los deseos, lo que uno espera de la vida, lo que se pide cuando pasa una fugaz. Si la sombra rompe eso, la tristeza no solo te estropea la noche: te estropea las ganas de pedir algo.

Por eso me parece tan importante que, aun así, siga bailando. Con las estrellas rotas encima, sigue moviéndose. Es poco. Pero no es quedarse quieto. Y a veces, en noches así, no quedarse quieto es lo único que se puede pedir, y con eso basta para llegar hasta el taxi de vuelta.

La portada: una catedral con corazón de cadenas

Vuelvo a la portada, porque creo que es de las más potentes del segundo disco.

Ficha de la canción «Dark Corners» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Una canción de pista y de esquina oscura, y la imagen es una catedral. Velas, vidrieras, suelo de piedra mojado. Es un sitio de silencio, de recogimiento, justo lo contrario de una discoteca. Y sin embargo tiene algo en común: los dos son sitios donde mucha gente va a estar sola entre otros, a sentir algo grande sin tener que hablar con nadie.

El corazón de cadenas que cuelga detrás del chico es enorme, más grande que él. Pesado, negro, de hierro. No es un corazón roto: es un corazón que encadena. Y el chico está sentado en el suelo, a sus pies, con la chaqueta abierta y cara de haber pasado la noche entera bailando, o llorando, o las dos cosas.

Es la imagen que tendría la sombra de la canción si se pudiera fotografiar.

Entre «Dans la nuit» y «Scott Bonehill»

En la lista de singles, «Dark Corners» va justo después de «Dans la nuit» y justo antes de «Scott Bonehill». Me hace gracia ese tramo de la lista porque «Dark Corners» queda entre un título en francés y un nombre propio en inglés, en un segundo disco que se pasea mucho por otros idiomas.

En un disco que se llama «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», esta canción funciona como una de esas paradas en las que la cosa se pone seria. Gayfolk como planeta de fiesta y de libertad está muy bien, pero hasta en el mejor planeta hay esquinas oscuras.

Si alguien te contesta «just dancing»

Esta canción me hace pensar en el otro lado. En quien pregunta.

Si alguna vez te acercas a alguien en una esquina de la pista y le preguntas si está bien, y te contesta que solo está bailando, no hace falta que insistas. Pero tampoco hace falta que te vayas. A veces basta con quedarte un rato bailando al lado. Sin preguntar más. Que la sombra tenga un poco de competencia.

No digo que eso arregle nada. Pero la persona de la canción no pide que le arreglen. Pide, como mucho, que alguien se dé cuenta. Y la pregunta del final demuestra que alguien se dio cuenta. Eso ya es muchísimo.

Para el alma de la fiesta

«Dark Corners» es para quien siempre parece estar bien. Para quien sale todos los fines de semana, se monta, brilla y vuelve a casa sin gasolina. Para quien contesta «nada, cansado» o «just dancing» porque decir la verdad en ese momento sería demasiado.

Y es para quien pregunta. Para quien se fija en el que baila solo en la esquina y, aunque no sepa qué decir, se acerca.

Como letrista, me gusta mucho haber cerrado una canción con un diálogo de dos líneas y nada más. Me presento como «el primer cantautor IA» porque la música y las voces las hago con inteligencia artificial, pero esa pregunta y esa respuesta del final son mías. Si quieres llevártela de madrugada en el taxi, está en descargas, gratis.

Preguntas frecuentes

¿En qué disco está «Dark Corners»? En «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis. En la lista completa de singles es el número 153.

¿De qué habla «Dark Corners»? De alguien que baila solo en los rincones oscuros de la pista, con su sombra, sonriendo para no sentir. Habla de la tristeza que se esconde detrás de la fiesta y termina con alguien que le pregunta si está bien y una respuesta evasiva: solo estoy bailando.

¿Por qué mezcla inglés y español? La letra pasa de un idioma a otro en casi todos los versos, como se habla en muchas pistas de baile. Las frases más íntimas, como sonreír «pa' no sentir», quedan en castellano.

¿Qué aparece en la portada? Un chico de pelo rizado sentado en el suelo mojado de una catedral gótica, con velas y vidrieras, y detrás un enorme corazón hecho de cadenas negras.

¿Quién hizo la canción? La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces se hicieron con herramientas de inteligencia artificial.

Compartir