Saltar al contenido
← Canción a canciónUna alfombra de pétalos sobre el césped, ángeles dorados en la grada y un arcoíris tras el cristal: los estadios de Planeta Gayfolk

Por ·

Una alfombra de pétalos sobre el césped, ángeles dorados en la grada y un arcoíris tras el cristal: los estadios de Planeta Gayfolk

De pequeño, los estadios me daban miedo. No por el tamaño, sino por el ruido. Ese rugido que se oía desde la calle los domingos por la tarde, como si una ciudad entera se hubiera puesto de acuerdo para gritar lo mismo a la vez. Yo pasaba por delante con la cabeza agachada, convencido de que aquel sitio no estaba hecho para alguien como yo.

Durante años, el estadio fue para mí el templo de todo lo que se suponía que tenía que ser y no era. Un lugar con reglas que no entendía, con himnos que no me sabía y con una forma de ser hombre que me quedaba como un traje prestado. Por eso, cuando quise escribir sobre los lugares más ruidosos de Planeta Gayfolk, supe que tenía que volver a uno. Pero esta vez, al mío.

Soy Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). Escribo cada letra, compongo y produzco cada canción, y después imagino el videoclip que la acompaña. Este paseo entra en los estadios de mis vídeos, recorre el césped, sube a la grada y baja a las habitaciones donde se espera antes del partido. Sin balón. Sin marcador.

La entrada: una canción contra el rugido

«No me gusta el fútbol» es, de entrada, una confesión. De esas que muchos hemos tenido que tragarnos el lunes en la oficina o en la comida familiar del domingo, cuando la conversación gira hacia el partido y uno asiente sin tener ni idea de quién ha ganado. El videoclip se estrenó el 7 de octubre de 2025, dura 2:21 y forma parte del disco «El día de la liberación». En el canal de Planeta Gayfolk es el vídeo 64 de los 276 que tiene el planeta, y puedes verlo junto al resto en la sala de vídeos de Planeta Gayfolk.

Lo que no esperaba nadie, ni siquiera yo al principio, es que una canción que dice que no le gusta el fútbol acabara transcurriendo casi entera dentro de un estadio. Pero tiene todo el sentido. No se trata de huir del templo. Se trata de entrar y redecorarlo.

En el clip hay mucha gente: bailarinas de rojo, figuras con coronas, chicos que esperan en un vestuario. Hoy no me voy a quedar con ellos. Me voy a quedar con el estadio en sí. Con el césped, con la grada, con los arcos de piedra, con las habitaciones vacías. Y con la única figura que lo atraviesa de espaldas.

Una alfombra de pétalos sobre el césped

A los 61 segundos aparece el plano que da título a este paseo. El césped ha desaparecido bajo una alfombra espesa de pétalos rojos. Un hombre vestido de blanco, de espaldas a la cámara, camina sobre ellos hacia el centro del campo. Al fondo, la grada está llena hasta arriba y los focos del estadio se encienden contra un cielo de atardecer.

Fotograma del videoclip de «No me gusta el fútbol»: un hombre vestido de blanco camina de espaldas sobre una alfombra de pétalos rojos que cubre el césped, con la grada llena y los focos encendidos al atardecer

No hay balón. No hay porterías a la vista. No hay árbitro ni jugadores. Solo pétalos, miles, como si alguien hubiera vaciado sobre el campo todas las floristerías de una ciudad.

Me impresiona ese plano porque cambia por completo el significado del lugar. El césped de un estadio es un sitio de choque, de carreras, de tacos que levantan tierra. Aquí se ha convertido en un jardín. Y el hombre de blanco no corre ni compite. Camina despacio, como quien entra en una iglesia o en una boda.

Durante mucho tiempo pensé que, para pisar ciertos lugares, tenía que convertirme en otra persona. Hablar más grave, moverme de otra forma, fingir que me interesaban cosas que no me interesaban. Este plano dice lo contrario: que se puede entrar en el centro del templo siendo exactamente quien eres. Y que, si hace falta, se cambia el suelo.

Lo que pesa un pétalo

Un pétalo no pesa nada. Si lo sueltas, tarda en caer, gira en el aire, se posa sin hacer ruido. Pero miles de pétalos juntos forman una alfombra que cubre un campo entero. Y ahí ya no son nada. Son un paisaje.

Me gusta pensar en eso cuando hablo de las cosas pequeñas que me ayudaron a salir del pozo. Ninguna, por separado, parecía importante. Un mensaje de un amigo. Una canción terminada un martes. Una tarde en la que conseguí salir a comprar el pan sin que me temblaran las manos. Cada una era un pétalo. No pesaban nada. Pero un día miré atrás y vi que habían cubierto todo el campo.

Lo bonito de una alfombra de pétalos es que nadie la ha colocado de golpe. Se ha ido formando, flor a flor. Y lo mismo pasa con la confianza en uno mismo, que no llega en forma de revelación, sino de acumulación lenta.

Ángeles dorados en la grada

A los 72 segundos, la cámara mira hacia arriba. El estadio ya no parece un estadio moderno, sino un coliseo de piedra clara, con hileras de arcos superpuestos. En lo alto del graderío, recortados contra un cielo azul limpio, hay una fila de ángeles dorados con las alas abiertas. Delante de los arcos flotan otros dos, de alas blancas y cabeza dorada, como si vigilaran la entrada.

Fotograma del videoclip de «No me gusta el fútbol»: un estadio de arcos de piedra con una fila de ángeles dorados en lo alto del graderío y dos ángeles de alas blancas delante de los arcos

Es el plano más extraño del clip. Y uno de mis favoritos.

En los estadios de verdad, en lo alto de la grada suele haber banderas, marcadores, anuncios. Aquí hay ángeles. Figuras que no animan a ningún equipo, que no gritan, que no insultan al árbitro. Solo están ahí, quietas, mirando hacia abajo.

Siempre he sentido que en los lugares ruidosos hay alguien que mira en silencio. Alguien que no grita con la masa. Durante años ese alguien fui yo: el que estaba en la grada sin entender el juego, mirando a la gente gritar y preguntándose qué le pasaba para no sentir lo mismo. Ahora pienso que esos ángeles dorados son una versión amable de aquel chico. Ya no son el raro de la grada. Son los que vigilan desde arriba que todo el mundo pueda estar a salvo.

Un coliseo que fue otra cosa

El estadio de «No me gusta el fútbol» tiene algo de ruina antigua. Los arcos, la piedra, la forma ovalada recuerdan a los anfiteatros donde hace dos mil años se celebraban espectáculos mucho más crueles que un partido. Lugares donde el público decidía, con el pulgar, quién vivía y quién no.

Me hace pensar en cuánto se parecen a veces los estadios y las redes sociales. Miles de personas mirando a la vez a una sola figura en el centro, juzgando, aplaudiendo o abucheando. Yo he estado en ese centro, en sentido figurado. Durante una campaña de desprestigio, sentí que una grada entera me miraba y que nadie me iba a dejar explicar nada.

Por eso me emociona tanto que, en mi coliseo, la arena esté cubierta de pétalos y en lo alto haya ángeles. Es el mismo edificio, la misma forma de ojo gigante que mira hacia dentro. Pero ya no es un sitio de juicio. Es un sitio de celebración.

Un arcoíris tras el cristal

A los 70 segundos, el clip abandona el césped y entra en una habitación. Paredes de azulejo verde agua, dos camas estrechas con sábanas a juego, una maleta en el suelo y una mesita metálica. Al fondo, una ventana enorme de cristal empañado, con gotas que resbalan. Y, detrás del cristal, una franja de neón con todos los colores del arcoíris.

Fotograma del videoclip de «No me gusta el fútbol»: una habitación vacía de azulejos verdes con dos camas y una franja de neón arcoíris detrás de una ventana de cristal empañado

Es la habitación donde se espera antes del partido. La concentración, la llaman en el fútbol. El sitio donde el equipo duerme, se aburre, se pone nervioso.

No hay nadie. Las camas están hechas. La maleta está cerrada. Solo el arcoíris brilla, borroso, al otro lado del vidrio mojado.

Este plano me toca muy de cerca porque así recuerdo muchos años de mi vida. Encerrado en una habitación pequeña, ordenada, con todo en su sitio, mientras al otro lado del cristal había algo de colores que no me atrevía a tocar. Lo veía. Sabía que estaba ahí. Pero el vidrio estaba empañado y yo no me atrevía a abrir la ventana.

Lo que me gusta de ese arcoíris es que no está pintado en la pared, sino fuera. No es decoración: es lo que te espera cuando sales. Y la habitación entera, con su luz verde y fría, parece estar esperando a que alguien se levante de una de esas camas y vaya hacia él.

Las gotas en el cristal

Me he quedado mucho rato mirando las gotas de esa ventana. Bajan despacio, se juntan con otras, trazan caminos que no se repiten. Algunas se quedan quietas a mitad del cristal y otras caen de golpe hasta el marco.

La humedad en un cristal aparece cuando dentro y fuera hay temperaturas distintas. Cuando lo de dentro está caliente y lo de fuera, frío, o al revés. Es casi una definición del armario. Una diferencia de temperatura entre lo que uno siente y lo que el mundo espera que sienta. Y esa diferencia empaña todo.

Con los años he aprendido que la única forma de que un cristal deje de empañarse es igualar las temperaturas. Abrir la ventana. Dejar que el aire de dentro y el de fuera se mezclen. Da miedo, porque entra frío. Pero después se ve con claridad.

La habitación del motel

A los 100 segundos aparece otra habitación, muy distinta. Una de motel de carretera, con moqueta, colcha de flores, una lámpara de pie con pantalla de tela y un televisor antiguo encendido sobre una cómoda de madera. La puerta está abierta de par en par. Fuera, al anochecer, se ve un aparcamiento casi vacío, unas farolas y un coche antiguo de color claro esperando.

Fotograma del videoclip de «No me gusta el fútbol»: una habitación de motel vacía con un televisor antiguo encendido y la puerta abierta a un aparcamiento con un coche antiguo al anochecer

Tampoco hay nadie. La tele parpadea en azul para nadie. La puerta abierta deja entrar el aire de la noche.

Es la otra cara del estadio. Las afueras. El lugar donde uno se queda la noche anterior o la noche después. Cuando el ruido ya ha pasado o todavía no ha empezado.

Me gusta mucho que la puerta esté abierta. Durante años mis habitaciones tuvieron siempre la puerta cerrada, con pestillo. Ver una puerta así, abierta a un aparcamiento cualquiera, con un coche dispuesto a arrancar, me parece un pequeño milagro. Es la libertad en su versión más modesta: poder irte cuando quieras.

El humo de colores

En varios momentos del clip, el campo se llena de humo. Rosa, azul, amarillo, rojo. Sale de botes que no vemos y se extiende sobre el césped mientras un grupo de bailarinas vestidas de rojo da vueltas con los brazos abiertos. Desde la grada, el estadio parece un cuadro que se pinta solo.

En los estadios de verdad, el humo de colores suele ser de bengalas. A veces es fiesta y a veces es amenaza. Aquí es solo color. No quema, no asusta, no tapa a nadie. Se levanta, se mezcla y se va con el viento.

Me recuerda a esos días en los que todo lo que sentía era confuso, mezclado, imposible de separar. Tristeza con rabia, miedo con alivio. Durante mucho tiempo pensé que tenía que ordenar esas emociones antes de seguir adelante. Ahora sé que a veces basta con dejar que el humo suba. Con el tiempo, se disipa solo.

El silencio de un estadio vacío

Aunque el clip tiene música todo el tiempo, cuando miro los planos de la habitación vacía o del coliseo con sus ángeles imagino un silencio muy concreto. El de un estadio vacío al día siguiente del partido. Las gradas desiertas, los asientos de plástico, el viento que mueve un papel olvidado.

Pocos sitios hay tan silenciosos como un estadio vacío. Precisamente porque sabes cuánto ruido cabe en él. El silencio se nota más porque es enorme.

Yo he vivido muchos días así. Después de mucho ruido, de mucho conflicto, de muchas opiniones ajenas dentro de mi cabeza, de repente llega un silencio gigante. Al principio asusta. Parece vacío. Pero con el tiempo aprendí que ese silencio es justo el espacio que necesito para escribir. En los estadios vacíos de mi cabeza es donde nacen las canciones.

El hombre de blanco

He hablado poco de él, pero el hombre de blanco es la figura que atraviesa este paseo. Aparece varias veces: caminando de espaldas sobre los pétalos, de pie en mitad del estadio, saltando sobre la alfombra roja como si el campo fuera un escenario. Siempre de blanco, siempre solo frente a la grada.

No es un jugador. No lleva camiseta ni número. Va vestido como para una gala, o como para una boda. Y su forma de moverse no tiene nada de deportiva. Es la de alguien que baila.

Me gusta pensar que es lo que habría querido ser yo en aquellos patios del colegio, cuando el fútbol era la única forma aceptada de jugar. No el que se queda en la esquina mirando. Tampoco el que finge que le interesa. Sino el que entra en el campo vestido de blanco y lo convierte en otra cosa.

Primera escala: los vestuarios y las gradas de verdad

Este paseo es poético, pero el tema que hay debajo es muy real. En el artículo sobre la LGTBIfobia en el deporte escribí sobre los vestuarios, las gradas y los armarios que todavía existen en muchos estadios. Allí no hay pétalos ni ángeles. Hay cánticos, insultos y jugadores que no se atreven a decir quiénes son.

Mi estadio de pétalos no pretende negar eso. Pretende imaginar lo contrario. Porque creo que, para cambiar un lugar, antes hay que poder verlo de otra forma.

Segunda escala: otros ángeles, otras plazas

Los ángeles dorados del coliseo tienen parientes en otros rincones del planeta. Están los ángeles que se besan entre nubes de el videoclip de «Float», y todo el imaginario religioso del que hablé en el paseo por lo sagrado en mis letras. En Planeta Gayfolk los ángeles no castigan. Cuidan.

Y el coliseo tiene un hermano muy claro: la plaza de toros rosa de «Cada cornada», otro recinto circular, otro templo de una masculinidad muy concreta, que en el planeta se queda sin sangre y se llena de besos.

Tercera escala: del túnel al césped

Todo estadio tiene un túnel que lleva del vestuario al campo. Un pasillo estrecho, en penumbra, donde los jugadores esperan antes de salir. En el clip no aparece entero, pero se intuye en el paso de la habitación de azulejos al césped de pétalos. Me recuerda a los pasillos de los que escribí en el paseo por los pasillos del planeta. Lugares de paso, de espera, que separan un mundo de otro.

Salir del túnel es, quizá, el momento más difícil para un jugador. La luz de golpe, el ruido, las miradas. Y para alguien que sale del armario, igual.

Lo que me dejó el estadio

Durante veinte años viví con dos narcisistas, uno detrás de otro. En esas relaciones aprendí a jugar en un campo que no era el mío, con unas reglas que cambiaban cada día y un árbitro que siempre pitaba en mi contra. Cuando por fin salí, vino la campaña de desprestigio: rumores, mentiras, una grada entera de gente que creía saber quién era yo sin haberme preguntado nunca.

Me diagnosticaron trastorno de estrés postraumático, depresión mayor grave, ansiedad, fobia social y personalidad evitativa. Durante meses, salir de casa era como salir a un estadio lleno donde todo el mundo me miraba. Con mi psicóloga y con mi psiquiatra he ido bajando el volumen de esa grada, poco a poco. No ha desaparecido del todo. Pero ahora sé que el ruido no es la verdad.

Si tú estás ahora en el centro de un campo que te da miedo, con la sensación de que todo el mundo te mira y nadie te escucha, no te quedes solo. En España, el 024 te atiende gratis a cualquier hora del día y de la noche si piensas en el suicidio o si te preocupa alguien que lo piensa. Si es una urgencia, llama al 112. Y si vives en otro país, en findahelpline.com encontrarás la línea de ayuda más cercana. Hay gradas que, aunque no lo parezca, están de tu parte.

El estadio como escenario

Un estadio y un escenario no son tan distintos. Los dos tienen un centro iluminado y una multitud que mira. Los dos sirven para que alguien haga algo delante de mucha gente. La diferencia es qué se espera de quien está en el centro.

En el estadio se espera que ganes. En el escenario, que te muestres. Y lo que hace «No me gusta el fútbol» es convertir el primero en el segundo. El césped deja de ser un campo de batalla y pasa a ser una pista de baile. La grada deja de ser un tribunal y pasa a ser un público.

Creo que eso es, en el fondo, lo que he hecho con mi propia historia. Coger los lugares donde me sentí juzgado y convertirlos en lugares donde me muestro. No es fácil. Pero es la única forma que conozco de dejar de tenerles miedo.

Por qué no me gusta el fútbol

Cuando la gente oye el título, a veces piensa que la canción es un ataque. No lo es. No tengo nada contra quien disfruta de un partido. Lo que cuenta la canción es otra cosa: el cansancio de fingir. El esfuerzo de pasarse años asintiendo en conversaciones que no te interesan para que nadie sospeche que eres distinto.

Hay una libertad enorme en poder decir, por fin, que algo no te gusta. Sin justificarte. Sin pedir perdón. Y esa libertad es la que quise poner en el estadio de pétalos. No destruyo el templo. Simplemente entro en él y lo vivo a mi manera.

Para escuchar con la grada en silencio

Todas las canciones de este paseo y el resto de mi catálogo se pueden descargar gratis, sin registrarse, desde mi página de descargas. También hay descargas gratuitas y otras sorpresas del planeta en la tienda de gayfolkplanet.com: https://gayfolkplanet.com/tienda.

Mi consejo: escucha «No me gusta el fútbol» un domingo por la tarde, a la hora del partido, con la ventana abierta. Que se mezcle con el rugido lejano del estadio de tu barrio. Y que gane la tuya.

Cuatro postales desde la grada

El hombre de blanco caminando de espaldas sobre una alfombra de pétalos rojos, con la grada llena al fondo.

Los ángeles dorados en lo alto de los arcos de piedra, recortados contra el cielo azul.

La habitación de azulejos verdes, con dos camas hechas y un arcoíris de neón detrás del cristal empañado.

La puerta abierta del motel, con la tele encendida para nadie y un coche esperando en el aparcamiento.

La salida del estadio

Cuando termina el clip, siempre me queda la sensación de haber salido de un estadio después de un partido que no era de fútbol. Con pétalos pegados a los zapatos, con el humo de colores todavía en la ropa y con la mirada de los ángeles dorados en la nuca.

Los estadios seguirán existiendo, con su ruido y sus reglas. Pero ya no me dan miedo. Ahora sé que dentro de cada uno cabe una alfombra de pétalos, un coro de ángeles y una habitación con un arcoíris esperando al otro lado del cristal.

Si este paseo te ha servido de algo, ponte el clip, sube el volumen y, la próxima vez que pases por delante de un estadio, levanta la cabeza. Quizá veas un ángel en lo alto de la grada.

Compartir