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Un caleidoscopio azul, un mar de fractales verdes y una flor de luz color crema: los caleidoscopios de Planeta Gayfolk

Dentro de un caleidoscopio no hay nada bonito. Si lo abres, encuentras un puñado de cristalitos de colores, trozos de plástico, alguna cuenta suelta, quizá un poco de purpurina. Restos. Cosas pequeñas y rotas que nadie guardaría en una vitrina. Lo bello no está en los cristales. Está en los espejos que los multiplican y en la mano que gira el tubo.

Pienso mucho en esto últimamente. En cómo lo roto puede convertirse en una figura perfecta si se mira desde el ángulo adecuado. Y cuando me puse a buscar caleidoscopios en mis videoclips, encontré el sitio donde más abundan en el lugar que menos esperaba: en «Ataúd de neón», una canción oscura, de figuras enmascaradas y féretros iluminados, que de pronto se abre en flores de luz.

Soy Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). Escribo cada letra, compongo y produzco cada tema, y después imagino el videoclip que lo acompaña. Este paseo es un giro lento por los caleidoscopios del planeta, plano a plano, con un ojo pegado al tubo.

La guía: una canción con dos caras

«Ataúd de neón» salió el 5 de octubre de 2025, un domingo. Dura 4:15 y pertenece al tercer disco, «El día de la liberación». Ya escribí sobre su letra en el texto sobre las jaulas tapizadas y el lujo que te encierra, y sobre sus enmascarados en el paseo por las máscaras de Planeta Gayfolk. Hoy no voy a hablar de ellos. Hoy voy a mirar lo que pasa entre plano y plano, cuando las figuras desaparecen y la pantalla se llena de dibujos que giran.

Porque el clip tiene dos caras. Una es nocturna y solemne: un ataúd brillante, gente con capucha, velas, campos con niebla. La otra es abstracta: caleidoscopios, espirales, fractales, olas de luz líquida. Durante mucho tiempo pensé que eran dos clips distintos pegados. Ahora creo que son el mismo, visto con dos ojos diferentes.

Un caleidoscopio azul

Hacia el segundo 8, antes casi de que empiece nada, la pantalla se convierte en un caleidoscopio. Es azul y blanco, con destellos violetas en el centro. Formas que parecen pétalos de cristal, rombos, triángulos, todo repetido en círculos perfectos alrededor de un punto central. La figura gira despacio y cambia sin que te des cuenta.

Fotograma del videoclip de «Ataúd de neón»: un caleidoscopio azul y blanco de formas de cristal repetidas en círculos alrededor de un centro violeta

Es una imagen fría, casi de hielo. Recuerda a un copo de nieve visto al microscopio o a la cúpula de una catedral gótica mirada desde abajo. Y, sin embargo, se mueve. No es un adorno estático. Es algo vivo.

Lo que más me fascina es su centro. Todas las formas salen de él y vuelven a él. Es como un ojo que te mira desde el fondo del tubo. Y ese ojo no juzga. Solo refleja.

Durante años yo me sentía como uno de esos cristalitos sueltos dentro del tubo. Un trozo pequeño, roto, sin valor. Lo que no sabía es que, puesto junto a otros trozos y entre espejos, podía formar parte de algo así. De una figura que alguien miraría con asombro.

Un mar de fractales verdes

Hacia el segundo 97, el clip cambia de color de golpe. Ahora todo es verde. Un mar de manchas brillantes, de un verde casi fosforito, rodeadas de puntos y burbujas más pequeñas, que se repiten hasta perderse en los bordes. Parece un tejido visto al microscopio, una colonia de algas o la piel de un animal fantástico.

Fotograma del videoclip de «Ataúd de neón»: un mar de manchas verdes brillantes rodeadas de puntos y burbujas que se repiten como un fractal

Son fractales. Formas que contienen copias más pequeñas de sí mismas, una y otra vez, sin fin. El matemático Benoît Mandelbrot puso nombre a esta idea en 1975, y desde entonces sabemos que la naturaleza está llena de ellos: en los helechos, en las costas, en los rayos, en los pulmones.

Este plano me tranquiliza mucho. Tiene algo orgánico, de vida que se reproduce. Después de la oscuridad de las capuchas y los féretros, aparece de pronto un estallido verde, como un jardín que crece en un sitio donde no debería.

Me recuerda que la sanación también es fractal. No ocurre de golpe, en un solo gesto grande. Ocurre en gestos pequeños que se repiten. Levantarse. Ducharse. Salir a comprar el pan. Contestar un mensaje. Cada uno es una copia pequeña de la recuperación entera.

Una flor de luz color crema

Hacia el minuto 2:58, otro caleidoscopio, pero ahora de colores cálidos. Crema, marrón oscuro, toques violetas. Las formas se abren como una flor de pétalos puntiagudos, o como una estrella de muchos brazos, con un centro pequeño y morado. Es el caleidoscopio más luminoso del clip.

Fotograma del videoclip de «Ataúd de neón»: un caleidoscopio de tonos crema y marrón oscuro con forma de flor de pétalos puntiagudos y un centro morado

Si el azul del principio era hielo, este es pan recién hecho, madera, papel antiguo. Es una imagen que da calor. Y aparece casi al final, cuando la canción ya ha recorrido todo su camino nocturno.

Me gusta pensar que no es casualidad. Que el clip empieza con un caleidoscopio frío y termina con uno cálido. Como si los mismos cristales, al girar durante cuatro minutos, hubieran cambiado de temperatura. Los trozos son los mismos. Lo que cambia es la luz que los atraviesa.

Esto es, para mí, lo que hace la terapia. No te cambia las piezas. Las piezas son las que son: lo que viviste, lo que te hicieron, lo que perdiste. Pero cambia la luz con la que las miras. Y con otra luz, las mismas piezas forman una flor.

Un remolino violeta

Hacia el segundo 41, el clip se hunde en una espiral. Anillos concéntricos de luz violeta y blanca giran alrededor de un círculo claro, como el ojo de un huracán visto desde dentro, o como el fondo de un tubo de caleidoscopio cuando lo apuntas a una lámpara. A los lados, pequeños destellos como estrellas.

Fotograma del videoclip de «Ataúd de neón»: anillos concéntricos de luz violeta y blanca giran alrededor de un círculo claro con pequeños destellos a los lados

Es el único caleidoscopio que no tiene simetría de pétalos. Es puro giro. Y precisamente por eso me parece la clave de todos los demás: es el movimiento que los hace posibles. Sin giro no hay caleidoscopio. Sin giro solo hay cristales quietos en el fondo de un tubo.

Este remolino me recuerda a los momentos en que todo da vueltas. Las crisis de ansiedad, cuando el mundo se mueve demasiado rápido y no encuentras el centro. Pero el plano también enseña otra cosa: que en mitad del giro hay un círculo claro, tranquilo, quieto. El ojo del huracán. Y que se puede aprender a ir hacia él.

Un reloj de arena entre dos mundos

Entre los caleidoscopios y las figuras encapuchadas hay un objeto pequeño que aparece muy pronto y que funciona como bisagra: un reloj de arena de cristal, iluminado en azul y rosa, flotando sobre un fondo negro. La arena cae despacio de una ampolla a la otra.

Un reloj de arena es, en cierto modo, un caleidoscopio que gira solo. Cada grano cae en un sitio distinto, y la montañita de abajo nunca tiene exactamente la misma forma. Pero, sobre todo, es un objeto que se puede dar la vuelta. Cuando se acaba la arena, lo giras y el tiempo vuelve a empezar.

Me gusta que el clip lo ponga ahí, al principio, antes de los caleidoscopios. Como si dijera: lo que vas a ver es tiempo que gira. Nada se queda quieto. Todo se puede volver a poner del revés.

Olas de luz líquida

Hay otros planos abstractos en el clip que no son caleidoscopios, pero que pertenecen a la misma familia. Olas de luz que parecen metal líquido, con reflejos azules, rosas y anaranjados. Superficies que se ondulan como seda mojada, como si alguien hubiera derretido un espejo y lo hubiera dejado correr.

Son planos de pura textura. No hay nada que reconocer en ellos, ni un objeto ni un paisaje. Solo movimiento y color. Y, sin embargo, transmiten algo muy claro: que lo sólido puede volverse fluido. Que lo que parecía duro e inmóvil puede empezar a moverse.

Para alguien que estuvo años sintiéndose congelado, como yo, esa idea es enorme. El trauma te solidifica. Te deja rígido, en guardia, con los músculos tensos y el pensamiento atascado. Volver a ser líquido, aunque sea un poco, es una de las mejores cosas que me han pasado en la recuperación.

Un círculo de velas en la oscuridad

En la parte nocturna del clip hay una imagen que se parece mucho a un caleidoscopio, aunque esté hecha de objetos reales: un círculo de velas encendidas en el suelo, dispuestas en espiral, con sus pequeñas llamas temblando. Visto desde arriba, el dibujo es casi el mismo que el de los caleidoscopios: un centro, anillos alrededor, luz que se repite.

Me parece precioso que el clip encuentre la misma forma en dos lenguajes distintos. Una vez en abstracto, con cristales y espejos. Otra vez en concreto, con cera y fuego. Como si quisiera decir que la belleza de los caleidoscopios no es solo un truco óptico. Que también se puede construir con las manos, vela a vela.

La trampa de la simetría

Un caleidoscopio es simétrico por definición. Todo se repite, todo encaja, todo está ordenado alrededor del centro. Y eso es lo que lo hace tan agradable de mirar.

Pero yo he tenido una relación complicada con la simetría. Durante años quise ser perfecto. Que todo encajara. Que no hubiera una pieza fuera de su sitio. Creía que si conseguía esa perfección nadie podría hacerme daño, nadie encontraría el defecto por el que atacarme. Y, por supuesto, nunca lo conseguí.

Lo que me enseñan los caleidoscopios es que la simetría no está en las piezas, sino en los espejos. Las piezas son irregulares, torcidas, rotas. Son los espejos los que crean el orden. Y eso cambia todo: no tengo que ser perfecto. Solo tengo que rodearme de espejos amables. De personas, de rutinas, de canciones que me devuelvan una imagen ordenada aunque yo esté hecho trizas.

Mirar con un solo ojo

Para ver un caleidoscopio hay que cerrar un ojo. Es inevitable. El tubo es estrecho y solo deja mirar por un agujero. Durante ese rato, el resto del mundo desaparece. Solo existe la figura que gira.

Me parece una forma muy sana de mirar a veces. No todo el tiempo, claro. Pero hay momentos en que el mundo entero es demasiado. Demasiados estímulos, demasiadas caras, demasiadas opiniones. Y entonces viene bien cerrar un ojo y mirar solo una cosa bonita durante un rato. Una canción. Un clip. Un caleidoscopio.

Mi psicóloga lo llamaría atención plena. Yo lo llamo mirar por el tubo.

Una figura que no se repite

Hay una curiosidad de los caleidoscopios que siempre me ha parecido un pequeño milagro. Con solo unos pocos cristales de colores, el número de figuras posibles es tan grande que en la práctica nunca verás dos veces la misma. Cada giro produce una imagen nueva. Y en cuanto vuelves a girar, esa imagen se pierde para siempre.

Eso convierte cada mirada en algo único. Lo que ves en un caleidoscopio lo ves solo tú, solo en ese momento. Nadie podrá verlo igual. Ni siquiera tú mismo, un segundo después.

Pienso que los días también son así. Incluso los días malos, incluso los que parecen idénticos a los anteriores. Ninguno se repite del todo. Siempre hay algún cristal que cae en un sitio distinto. Y aprender a buscar ese cristal nuevo, aunque sea pequeño, ha sido una de las cosas que más me han ayudado a salir.

Cómo funciona un caleidoscopio

El caleidoscopio lo inventó el físico escocés David Brewster en 1816 y lo patentó al año siguiente. El nombre viene del griego y significa algo así como «observar formas bellas». Por dentro es muy sencillo: dos o tres espejos alargados, colocados en ángulo, y al fondo una cámara pequeña con trozos de cristal de colores.

Cuando miras por el ojo del tubo, los espejos multiplican esos trozos y los ordenan en una figura simétrica. Y cada vez que giras el tubo, los cristales caen en una posición nueva y aparece otra figura distinta. Nunca se repite exactamente la misma.

Me parece una máquina perfecta para hablar de la memoria. Los recuerdos son los cristales. Siempre son los mismos. Pero cada vez que los miramos caen de otra forma, y lo que vemos depende de cómo hayamos girado el tubo ese día.

Lo que cabe dentro de un ataúd de neón

Es curioso que todo esto pase en un clip que se llama «Ataúd de neón». Un ataúd es el lugar más cerrado del mundo. Una caja que no se abre. Y el neón es una luz que brilla mucho pero que no calienta.

La canción, como conté en su momento, habla de un lujo que encierra. De una vida brillante por fuera que en realidad es una caja sin salida. Y yo he vivido dentro de cajas así. Relaciones que parecían maravillosas desde fuera y que eran, por dentro, un encierro iluminado.

Por eso los caleidoscopios del clip me parecen una respuesta. Un caleidoscopio también es un tubo cerrado. También tiene luz dentro. Pero no encierra: transforma. La diferencia entre un ataúd de neón y un caleidoscopio es que el segundo deja que la luz entre desde fuera, y que alguien lo gire.

Primer reflejo: el ataúd de luz de «In the Quiet Room»

En mi catálogo hay otro féretro luminoso, el de «In the Quiet Room», del que hablé en el texto sobre la autovía en blanco y negro y el ataúd de luz. Allí el ataúd es silencio, quietud, un lugar donde todo se detiene.

Pongo los dos clips uno al lado del otro y veo dos maneras de mirar la misma caja. En «In the Quiet Room» la luz del ataúd es serena, casi de descanso. En «Ataúd de neón» la luz se rompe en mil pedazos y forma flores. Una es la calma y la otra es el estallido. Las dos me han hecho falta.

Segundo reflejo: los espejos que estallan

Un caleidoscopio está hecho de espejos, y en mi planeta los espejos tienen su propia historia. En «Mirror», un chico de chaqueta roja camina entre espejos que estallan, como conté en el paseo por sus reflejos. Allí los espejos se rompen. En «Ataúd de neón», los cristales rotos se ordenan.

Es como si un clip continuara al otro. Primero el espejo se rompe en pedazos. Después, alguien recoge esos pedazos, los mete en un tubo y los gira. Y lo que antes era un desastre se convierte en una figura que da gusto mirar.

Tercer reflejo: las casas de cristal

Y luego están las casas de cristal de Planeta Gayfolk: una pirámide, una cúpula, una burbuja. Arquitecturas transparentes donde la luz entra por todas partes. Son caleidoscopios del tamaño de un edificio, si lo piensas. Lugares donde vivir rodeado de reflejos.

Me gusta que mi planeta esté lleno de cristal. No porque sea frágil, sino porque deja pasar la luz. Y porque, cuando se rompe, sus trozos todavía pueden servir para algo.

Mis cristales rotos

Viví veinte años con dos narcisistas, uno después de otro. Cuando terminó, una campaña de desprestigio me hizo añicos delante de mucha gente. Rumores, mentiras, personas que dejaron de saludarme. Me diagnosticaron trastorno de estrés postraumático, depresión mayor grave, ansiedad, fobia social y personalidad evitativa.

Durante mucho tiempo me sentí exactamente como el fondo de un caleidoscopio abierto: un montón de trocitos sin forma. Con mi psicóloga y mi psiquiatra fui aprendiendo a colocar espejos alrededor. A mirar los pedazos con otra luz. A girar el tubo despacio, sin forzarlo.

No he terminado. Hay días en que los cristales vuelven a caer en una figura fea. Pero sé que basta con un pequeño giro para que cambie. Si tú ahora mismo te sientes roto en mil trozos, no te quedes solo con ellos. En España tienes el 024, gratuito y abierto las veinticuatro horas para quien piensa en el suicidio y para quien se preocupa por alguien. En una urgencia, llama al 112. Si vives en otro país, en findahelpline.com encontrarás la línea de tu zona. Tus pedazos todavía pueden formar una flor.

Girar el tubo con los ojos

Los caleidoscopios de este paseo solo tienen sentido en movimiento. Si quieres verlos girar, el videoclip completo de «Ataúd de neón» está en el reproductor de Planeta Gayfolk, dentro de mikesaintlouis.com. Te propongo verlo dos veces: la primera fijándote en las figuras y el ataúd, la segunda fijándote solo en los planos abstractos. Verás que son dos clips distintos y, a la vez, el mismo.

Presta atención a cómo cambian los colores: del azul helado al verde vivo, del violeta del remolino al crema del final. Es un viaje de temperatura, del frío al calor.

Para escuchar con un ojo cerrado

«Ataúd de neón» y el resto de las canciones que aparecen en este paseo se descargan gratis y sin registro en mi página de descargas. En la tienda de gayfolkplanet.com, https://gayfolkplanet.com/tienda, hay más descargas gratuitas y otras cosas del planeta.

Mi recomendación: escúchala a oscuras, tumbado, con una lámpara pequeña encendida a lo lejos. Cierra un ojo, como si miraras por un tubo. Y deja que la música gire sola.

Cuatro postales de cristal

El caleidoscopio azul y blanco con su ojo violeta en el centro.

El mar de fractales verdes que crece como un jardín en la oscuridad.

La flor de luz color crema, cálida, abriéndose casi al final.

El remolino violeta con su círculo claro en mitad del giro.

Un giro más

Hay una cosa que hago desde hace un tiempo cuando un recuerdo me duele. Me imagino que lo meto en un caleidoscopio. No lo borro. No lo niego. Solo lo meto en el tubo y lo giro un poco. Y a veces, no siempre, el mismo recuerdo cae en otra posición y ya no corta tanto.

«Ataúd de neón» empieza en un sitio muy oscuro y termina en una flor. No porque la oscuridad desaparezca, sino porque los mismos cristales, girados con paciencia, acaban formando otra cosa.

Si este paseo te ha acompañado, la próxima vez que te sientas hecho pedazos, acuérdate de los caleidoscopios de Planeta Gayfolk. Lo roto, bien mirado, también puede ser bello. Solo falta un giro más.

Preguntas frecuentes

¿Dónde puedo ver el videoclip de «Ataúd de neón»? En el reproductor de Planeta Gayfolk, dentro de mikesaintlouis.com, junto al resto de mis videoclips.

¿De qué disco es «Ataúd de neón»? Del tercer disco, «El día de la liberación». Salió el 5 de octubre de 2025 y dura 4:15.

¿Quién hace la música? Yo, Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA).

¿Puedo descargar las canciones gratis? Sí, todas, sin registro, desde la página de descargas de mikesaintlouis.com y en la tienda de gayfolkplanet.com.

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