
Por Mike Sain't Louis ·
Casas de cristal: una pirámide, una cúpula y una burbuja en Planeta Gayfolk
Hay un material que se repite en mi planeta más que la purpurina, más que el neón y casi tanto como el mar: el cristal. No lo busqué a propósito. Me di cuenta un día, ordenando fotogramas de mis videoclips para otra cosa, de que tenía una carpeta llena de cúpulas, cubos, burbujas, pasillos de espejos y una pirámide. Casas transparentes. Sitios donde se puede estar dentro y, a la vez, ser visto desde fuera.
Este texto es un paseo por esas casas. No es un análisis ni una guía: es más bien una carta escrita desde dentro de ellas, de noche, con la luz apagada para que el cristal no refleje y se pueda mirar a través. Empieza en una pirámide de París y termina en la palma de una mano.
Soy letrista, compositor y productor musical; la música y la interpretación vocal de mis canciones están hechas con IA, y en los videoclips monto imágenes generadas que voy eligiendo y ordenando una a una. Las letras de las canciones de las que hablo aquí no están todavía publicadas en la web, así que no copio ningún verso. Me quedo con lo que se ve.
La pirámide
El vídeo de «Louvre» es una fiesta delante de la pirámide de cristal del museo. Bailarinas con vestidos de luz, rayos láser que barren el patio, una figura con alas de mariposa, una mujer con un vestido rojo de volantes como una tarta de boda. La pirámide está casi siempre al fondo, iluminada, con sus rombos encendidos en la noche azul.
Pero a mí lo que me importa de ese vídeo pasa dentro. Hay un momento en que la cámara entra en la estructura y, bajo la red de hierro y vidrio, aparecen dos chicos de pie, cogidos de la mano, mirando hacia arriba. Uno con camiseta negra, otro con camiseta blanca. No bailan, no posan. Solo están ahí, juntos, debajo de un techo transparente, como quien se refugia de la lluvia en una marquesina y descubre que no quiere salir.
Más tarde, los dos saltan el uno hacia el otro delante de la pirámide, al anochecer, y al final vuelan en horizontal, estirados como nadadores, delante de una pirámide dibujada con neón rosa. Pero la imagen que me quedo es la primera: dos manos cogidas bajo el cristal.
Por qué el cristal
Una pared de ladrillo te esconde. Una de cristal te enseña. Durante muchos años viví detrás de paredes de ladrillo: no se veía nada de lo que me pasaba, y yo mismo me ocupaba de que no se viera. El cristal es lo contrario. Es una casa que no miente. Lo que hay dentro está a la vista de cualquiera que pase.
Por eso me fascina y me asusta a la vez. Estar detrás de un cristal puede ser una exposición, como en un escaparate. Pero también puede ser una manera de decir: aquí estoy, esto es lo que hay, no me escondo. Los dos chicos de la pirámide no están en una vitrina. Están en una casa transparente que han elegido. Y eso lo cambia todo.
En mi planeta hay cristales de los dos tipos, y alguno que está a medio camino. Los voy a ir visitando uno a uno, como quien recorre las habitaciones de una casa grande que no termina de conocer.
La cúpula del torero
En «No te vuelvo a mirar más» hay un torero con alas que pasa buena parte del vídeo bajo una cúpula enorme de hierro y cristal, como la de un invernadero antiguo o una estación de tren del siglo diecinueve. La luz entra por todas partes y cae sobre él en polvo dorado. Abre las alas, las cierra, mira hacia arriba. En el último plano en que aparece la cúpula, vuelan plumas por el aire.

Un invernadero es una casa de cristal pensada para que algo crezca. Se protege a la planta del frío sin quitarle la luz. Me gusta pensar en esa cúpula así: no como una jaula, sino como el sitio donde el torero se recupera antes de salir. En otro momento del mismo vídeo aparecen unas jaulas doradas abiertas, vacías, con plumas alrededor. La diferencia entre la jaula y el invernadero es justo esa: en uno te encierran, en el otro te cuidan.
El cubo de las grullas
El cristal más extraño de mi planeta está en «Tangled Light». Es un cubo transparente, iluminado por dentro con tubos de luz, y en el centro hay una figura dorada que estira los brazos. A su alrededor vuelan grullas de papel, pequeñas, como si alguien hubiera soltado dentro un puñado de deseos doblados.
Ese cubo es el cristal que encierra. La figura está sola, no hay puerta a la vista y las grullas no pueden salir. Y sin embargo hay algo esperanzador en la escena: las grullas vuelan. Aunque el espacio sea pequeño, aunque todo esté cerrado, alguien ha conseguido que dentro haya movimiento. Las grullas de papel, en muchas tradiciones, se doblan para pedir algo. Yo no sé qué pide esa figura dorada, pero sé que lo está pidiendo con los brazos abiertos.
En el mismo vídeo hay gente con chubasqueros transparentes, de plástico brillante, que caminan entre filas de corazones rojos. Es otra forma de cristal: uno que llevas puesto. Una piel extra que te deja ver y que te deja ser visto, pero que impide que te mojes. Hay días en los que yo también saldría a la calle con un chubasquero así, aunque no lloviera.
El pasillo de espejos
En «Mirror» el cristal tiene azogue. Un chico con chaqueta roja de cuero y camiseta blanca camina por pasillos de paneles blancos y espejos, y en cada panel aparece otro como él, con la misma chaqueta, a veces de frente y a veces de espaldas. Hay luces que estallan como burbujas a su alrededor, y en algunos tramos los espejos están rodeados de cristales morados, como geodas partidas.
El espejo es el cristal que te devuelve a ti. No deja ver lo que hay detrás: solo te enseña lo que eres, multiplicado. Ese pasillo me parece el retrato perfecto de una época de mi vida en la que me veía en todas partes y no me reconocía en ninguna. Copias de mí que caminaban a mi lado sin decirme nada.
Lo que me consuela del vídeo es que el chico sigue andando. No se para delante de ninguna de sus copias. Atraviesa el pasillo entero, entre luces y cristales, hasta el final.
La cápsula en el mar
El cristal más feliz del catálogo flota. En el videoclip de «Breeze» hay, lejos de la orilla, una especie de salón esférico: paredes transparentes, una corona luminosa en lo alto, un anillo de luz en la base que tiñe el agua de violeta. Dos personas están sentadas dentro, a una mesa, diminutas en el encuadre. El mar alrededor está liso como un plato.
Al principio de ese vídeo salen también unas agujas tornasoladas que se levantan sobre el agua, como cuarzos gigantes. Me gustan, pero nadie vive en ellas. El salón flotante sí está habitado. Esa es para mí la diferencia entre el cristal que se admira y el cristal que se habita. En una casa así no hace falta cortinas, porque no hay vecinos: solo hay horizonte, y la persona que tienes enfrente.
La burbuja sobre la arena
En «Lai» el cristal se vuelve tan fino que casi no existe. Sobre unas dunas de arena rosa flota una burbuja, una esfera transparente con reflejos de arcoíris en la superficie. No hay nadie dentro. No hay nada. Es solo aire envuelto en una piel de luz.

Es la portada de este texto y la imagen que más me ha acompañado mientras lo escribía. Una burbuja es la casa de cristal más frágil que existe. Puede romperse con un soplo. Y aun así ahí está, quieta sobre la arena, sin que nada la toque. A veces la curación se parece a eso: a algo muy frágil que consigue mantenerse en el aire un rato más de lo que esperabas.
La caja de música
En el mismo vídeo de «Lai» aparece una caja de música antigua, plateada, con un espejo ovalado en la tapa y luces que salen de dentro como si estuviera llena de luciérnagas. Esas cajas, cuando eras pequeño, tenían una bailarina que giraba delante del espejo mientras sonaba la melodía.
En la caja del vídeo no se ve bailarina. Solo el espejo y la luz. Me gusta imaginar que la bailarina se ha ido, que ha salido por fin de su caja después de toda una infancia dando vueltas delante de su propio reflejo. El espejo se queda, la luz se queda, y ella baila en otra parte.
Lo que brilla en la mano
Y llegamos a la casa de cristal más pequeña. Hacia el final de «Lai» hay unos dedos que sostienen, a contraluz, una pieza diminuta y brillante, como un anillo de cristalitos. Luego, en otro plano, dos manos ahuecadas que sujetan una piedra que centellea, como si fuera algo vivo.
Ya no es una casa. Es lo que cabe en una mano. Y me parece el final lógico de este paseo: después de las pirámides, las cúpulas, los cubos y las cápsulas, el cristal se vuelve algo que se lleva encima, con cuidado, como quien lleva un huevo o un pájaro herido. Lo frágil ya no te encierra: lo sostienes tú.
Gramática del cristal
Si junto todas estas casas, me sale una pequeña gramática. Hay cristales que encierran: el cubo de las grullas, las jaulas de oro. Hay cristales que cuidan: la cúpula del torero, el chubasquero transparente. Hay cristales que devuelven: el pasillo de espejos, la tapa de la caja de música. Hay cristales que acogen: la cápsula en el mar, la pirámide con dos chicos de la mano. Y hay cristales que se sostienen: la burbuja sobre la arena, la piedra que brilla en la palma.
El orden no es casual. Es el orden en que yo los he vivido. Primero estuve encerrado sin saber que el cristal se podía romper. Luego tuve que aprender a protegerme sin dejar de ver. Después me tocó mirarme en los espejos, muchas veces, hasta reconocerme. Y solo entonces pude compartir una casa transparente con alguien y sostener lo frágil sin miedo a que se me cayera.
Lo que se ve desde fuera
Una casa de cristal tiene un problema evidente: todo el mundo puede mirar. En mi planeta eso es un problema y un regalo. Durante mucho tiempo ser visto me daba pánico. Cada mirada me parecía un juicio. Por eso vivía detrás de ladrillo.
Pero hay otra forma de ser visto, y es la que me interesa ahora. Cuando los dos chicos se cogen de la mano dentro de la pirámide, cualquiera que pase por el patio del museo puede verlos. Y eso es justo lo que quieren. No están exhibiéndose; están existiendo, a la vista. Para mucha gente como nosotros esa normalidad ha costado siglos. Que dos chicos puedan estar de la mano en el sitio más visible de una ciudad, bajo un techo transparente, me parece una de las imágenes más políticas que he montado, aunque no lleve ninguna pancarta.
Mi propio cristal
Durante unos veinte años viví relaciones que no eran amor. Hubo dos parejas que me hicieron mucho daño y, alrededor, gente que se puso en mi contra. Yo llevaba una máscara: por fuera todo parecía bien, por dentro todo se rompía. Tardé en entender lo que me pasaba. Llegaron los diagnósticos, el tratamiento psiquiátrico y psicológico, y con ellos, muy despacio, la posibilidad de contar mi versión. Mis canciones son esa versión.

Si tuviera que decir qué ha cambiado, diría que he cambiado de material. Antes vivía detrás de una pared que no dejaba ver nada. Ahora intento vivir detrás de un cristal. Sigue habiendo una superficie entre el mundo y yo, porque la necesito, pero esa superficie ya no esconde. Deja pasar la luz. Y de vez en cuando alguien se asoma, me ve tal como soy y se queda.
Cristales rotos
No todo el cristal de mi planeta tiene por qué estar entero. Una burbuja dura lo que dura, y un espejo se puede partir. Y no me parece mal. Hay casas transparentes que es mejor romper: las que eran jaulas disfrazadas, las vitrinas donde alguien te puso para enseñarte como un trofeo.
Lo que he aprendido es que un cristal roto también brilla. Los trozos reflejan la luz desde mil ángulos y, si los miras de cerca, cada uno tiene un arcoíris dentro. No pretendo que eso consuele a nadie en el momento de la rotura. Solo digo que, con el tiempo, lo que se rompió también puede verse bonito. Las geodas moradas del pasillo de «Mirror» son eso: piedras partidas que por dentro estaban llenas de cristales.
Lo que se ve a través
Hago aquí una lista, porque las listas son lo más parecido a un inventario de una casa. A través de los cristales de mi planeta se ven, por lo menos, estas cosas: un cielo nocturno azul por los rombos de una pirámide; polvo dorado cayendo sobre un traje de luces; grullas de papel dando vueltas sin encontrar la salida; un chico con chaqueta roja que se cruza consigo mismo diez veces; un mar tan quieto que parece de mentira; arena rosa curvada como una ola; una mano que se cierra con cuidado.
Nada de eso es espectacular por separado. Juntas, esas imágenes cuentan algo que a mí me ha costado mucho decir: que se puede estar a la vista sin estar en peligro. Que el cristal, en lugar de ser una frontera, puede ser una ventana compartida.
Las torres vacías
Vuelvo un momento a las agujas de cristal del mar, las que no tienen a nadie dentro. Me pregunto para quién son. En mi planeta casi todo se construye para alguien: una cúpula para el torero, una cápsula para dos, un cubo para la figura dorada. Esas torres, en cambio, parecen esperar.
Me gusta pensar que son casas para quien todavía no ha llegado a Planeta Gayfolk. Para quien está leyendo esto desde una habitación con la persiana bajada, convencido de que ningún sitio será nunca suyo. Las torres están ahí, encendidas al atardecer, vacías a propósito. Cuando llegues, habrá una libre.
De noche, con la luz encendida
Hay un detalle que tiene cualquier casa de cristal y que solo se nota de noche. Si dentro está oscuro y fuera hay luz, el cristal hace de espejo y no deja ver. Si dentro hay luz y fuera está oscuro, se ve todo lo que hay dentro, hasta el último gesto.

Casi todas las casas transparentes de mis vídeos están encendidas por dentro. La pirámide brilla en la noche azul, el cubo de las grullas tiene sus tubos de luz, la cápsula lleva su corona de neón, la caja de música suelta luciérnagas. Eso significa que han decidido ser vistas. Quien enciende la luz en una casa de cristal sabe lo que hace. Y yo, después de tantos años con la luz apagada, he empezado a encenderla.
La mañana después
Las casas de cristal tienen también una mañana. Cuando sale el sol, el vidrio se llena de reflejos y lo que de noche era un escaparate se convierte en un destello. Desde fuera ya no se ve a nadie: se ve luz. Es como si la casa, después de haberse dejado mirar toda la noche, devolviera el favor. Y quien estaba dentro puede por fin descansar, sin ojos encima, con el sol entrando por todas las paredes a la vez. Esa es la mañana que deseo para cualquiera que haya pasado una noche demasiado larga a la vista de todos.
La casa del disco
«Louvre» está en el segundo disco de la trilogía, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk». Es la pista 62 de 273 del catálogo, entre «La música me está salvando» y «Sing Me a Sad Song». En la lista de vídeos es el 139 de 276, entre el de «Una ilusión» y el de «Boys Like Us». Lo subí a YouTube el 7 de julio de 2025, un lunes, sobre las siete y media de la tarde (hora de Madrid). Dura algo más de cuatro minutos.
Los otros cristales de este paseo están casi todos en el tercer disco, «El día de la liberación»: «Tangled Light», «Mirror», «Lai» y «Breeze» viven ahí. Es curioso, porque el título de ese disco habla de liberación y, sin embargo, está lleno de casas transparentes. Quizá no sea una contradicción. Liberarse no siempre es quedarse a la intemperie. A veces es cambiar una pared por un cristal.
Una noche en la pirámide
Si pudiera elegir una noche en mi planeta, elegiría esta. Una noche azul, tibia, en el patio del museo. La pirámide encendida. La gente bailando fuera, con vestidos de luz y rayos láser. Y dentro, bajo el hierro y el vidrio, dos chicos que se cogen de la mano y miran hacia arriba, hacia un cielo que se ve entero a través del techo.
Nadie les pide que salgan. Nadie les dice que escondan su cariño. Están ahí, a la vista, y la casa que han elegido es transparente. No sé si es un sueño o un recuerdo del futuro. Pero sé que la monté con imágenes, fotograma a fotograma, porque necesitaba verla al menos una vez.
Para visitar las casas
Si quieres hacer este paseo a tu manera, empieza por el vídeo de «Louvre» en Planeta Gayfolk y busca el momento en que la cámara entra en la pirámide. Después ve a la cúpula del torero, al cubo de las grullas, al pasillo de espejos, a la cápsula del mar y a la burbuja de la arena rosa. Cada vídeo tiene su casa, y cada casa su manera de dejar pasar la luz.
Y si te apetece llevarte «Louvre» para escucharla en tu propia casa, de cristal o de ladrillo, puedes escucharla y descargarla gratis en la sección de descargas de mi web, sin registrarte y sin pagar nada.
Preguntas frecuentes
¿Qué casas de cristal aparecen en los videoclips de Mike Sain't Louis? Entre otras, la pirámide del Louvre en «Louvre», la cúpula de hierro y cristal del torero en «No te vuelvo a mirar más», el cubo con grullas de papel de «Tangled Light», los pasillos de espejos de «Mirror», la cápsula flotante y las torres de cristal de «Breeze» y la burbuja sobre la arena rosa de «Lai».
¿Qué pasa dentro de la pirámide en el videoclip de «Louvre»? Bajo la estructura de hierro y vidrio aparecen dos chicos de pie, cogidos de la mano, mirando hacia arriba. Más tarde saltan el uno hacia el otro delante de la pirámide y vuelan juntos ante una pirámide de neón rosa.
¿En qué disco está «Louvre»? En «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía. Es la pista 62 de 273 del catálogo.
¿Está publicada la letra de estas canciones? Todavía no están en la web, por eso este texto se centra en las imágenes de los videoclips.
¿Se puede descargar la canción? Sí. «Louvre» se puede escuchar y descargar gratis en la página de descargas de mikesaintlouis.com.