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Jaulas tapizadas: el ataúd de neón y el lujo que te encierra

Capitoné rosa.

Ese acolchado de botones que tienen los sofás Chester de los despachos de abogado, los cabeceros de las camas de hotel de cinco estrellas y los ataúdes de lujo de las funerarias que salen en las series americanas. Esa piel blandita, hundida en rombos, que te invita a apoyarte. Pues imagina una caja entera forrada así, en rosa, con tubos de neón fucsia en los bordes. Y dentro, sentado, un chico con sudadera clara, las piernas abiertas y las manos tatuadas en las rodillas.

Así es la portada de «Ataúd de neón». Y así son, para mí, algunas de las relaciones más peligrosas que conozco: bonitas por dentro, iluminadas como un escaparate y sin manilla para salir.

Lo que no voy a destripar

Antes de seguir, una aclaración honesta. La letra de esta canción todavía no está publicada en la sección de Letras, así que no voy a citarla ni a contarte lo que pasa en ella. Sería hacer trampa. En la ficha dejé que cada uno la lea a su manera, y lo mantengo.

De lo que sí voy a hablar es de la imagen. Del título. De lo que me sugieren dos palabras que no deberían ir juntas. Y de cómo esa imagen se conecta con cosas que sí he escrito y que están publicadas, porque en mi cabeza todo está conectado, como en un tablero de detective con chinchetas y lana roja.

Dos palabras que se pelean

Ataúd. Neón.

La primera es el final de todo. Silencio, madera, tierra, una cola de gente vestida de negro en un tanatorio de la M-40 con máquina de café que no funciona. La segunda es la noche. El cartel de una discoteca, la farmacia de guardia, la barra de un bar de Chueca a las tres de la mañana, los letreros de los locales de Benidorm que se encienden cuando se va el sol.

Juntarlas es una burrada. Y por eso me gustan. Es lo que hago siempre: coger algo solemne y ponerle luces de feria. Un réquiem que acaba con una vecina gritando, un crucero que parece un tanatorio, un funeral con gafas de sol. Lo macabro y lo hortera son dos primos que se llevan muy bien, aunque la familia no quiera sentarlos juntos en la boda.

En El camp no es un chiste, aunque te rías conté por qué me tomo en serio lo exagerado. Este título es exageración pura. Si un día toca despedirse, que sea con buen tapizado.

Pero hay algo más debajo del chiste.

Un sitio precioso del que no se sale

Fíjate en la postura del chico de la portada. No está tumbado, como un muerto. Está sentado. Con los ojos medio cerrados, tranquilo, casi cómodo. Como quien está en el reservado de una discoteca esperando a que le traigan la botella.

Eso es lo que me inquieta. Que no parece que quiera salir.

Hay sitios así. Bonitos, cálidos, bien iluminados. Sitios donde te tratan bien al principio, donde todo está pensado para que te sientas especial. Y un día te das cuenta de que no hay puerta. De que las paredes acolchadas no son para que estés cómodo: son para que no te hagas daño cuando empieces a golpearlas.

Una celda de manicomio también está acolchada. Solo que en blanco.

El lujo como cerradura

Te lo bajo a tierra, que si no me pongo poético y me pierdo.

Fotogramas del videoclip oficial de «Ataúd de neón», de Mike Sain't Louis

Hay relaciones que te encierran con dinero. Con regalos, con escapadas a Ibiza, con cenas en sitios donde el camarero te pone la servilleta en las piernas. Con un piso bonito en un barrio que tú solo no podrías pagar. Con la ropa que te compra, los perfumes, el reloj. Todo eso es capitoné. Blando, caro, agradable al tacto. Y cada botón del acolchado es un hilo que te ata un poco más.

No digo que el que tiene dinero sea malo. Digo que el lujo puede ser una cerradura. Que cuando alguien te lo da todo, también te puede quitar todo. Y que, a veces, eso es exactamente lo que quiere: que sepas que te lo puede quitar.

En una de mis letras más bestias lo dije con una frase que todavía me hace reír y me da escalofríos a la vez:

«Ahora es un bloque de cemento. Si tienes pasta podrás mantenerlo.»

Es de «El castigo más duro». Allí el moreno guapete resulta que era un holograma, y cuando dejas de pagarlo se convierte en cemento. Es un chiste de ciencia ficción cutre. Pero lo que dice es serio: hay amores que solo existen mientras pagas. En dinero, en paciencia, en silencio, en autoestima.

El ataúd de neón es ese holograma visto desde dentro. Muy bonito mientras está encendido.

Luces de escaparate

Lo del neón me interesa por otra razón: el neón es de escaparate. Es la luz de lo que se enseña.

Las tiendas lo usan para que mires. Los bares, para que entres. Las discotecas, para que te quedes. Es una luz que vende. Y hay relaciones que también son de escaparate. Que funcionan para fuera. Para las fotos de Instagram, para la cena con los amigos, para la boda de la prima. Todo el mundo ve lo bien que estáis, lo guapos que salís, lo mucho que os queréis. Y dentro de la caja, sentado con los ojos medio cerrados, uno de los dos está apagándose.

Lo he visto mucho en el ambiente, y no solo en el ambiente. La pareja perfecta de las redes que en casa no se habla. El novio que te presenta a todo el mundo como un trofeo y luego te trata como un mueble. El escaparate lleno de luz y la trastienda a oscuras.

El neón no ilumina hacia dentro. Ilumina hacia fuera. Por eso el chico de la portada tiene los ojos medio cerrados: la luz no es para él.

Esperanza convertida en sal

Hay un verso mío que siempre me viene a la cabeza cuando pienso en estas cajas preciosas.

«Te alimentas de esperanza y la conviertes en sal»

Es de «Como en la matanza de Texas», la del vampiro emocional. Allí hablaba de alguien que se come tus ganas y te devuelve lágrimas. La sal es lo que queda cuando se evapora el agua. Lo que queda cuando has llorado mucho.

El ataúd de neón, para mí, es el sitio donde pasa eso. Entras con esperanza, porque todo es bonito, porque la luz es rosa, porque el cuero es blando. Y poco a poco, sin darte cuenta, la esperanza se te va secando. Te quedas sentado, tranquilo, con los ojos medio cerrados. Salado por dentro.

Y lo más perverso es que desde fuera parece que estás bien. Hasta cómodo. Hasta afortunado. Mira qué ataúd más bonito tiene.

Sentado, no tumbado

Vuelvo a la postura, porque es la clave.

Collage con un detalle de la carátula de «Ataúd de neón» y las carátulas de «Croquetas en el Crucero», «Franco ha muerto», «Vampiro Emocional», «El día de la liberación»

Si el chico estuviera tumbado, sería un muerto. Fin de la historia. Una imagen macabra y ya está. Pero está sentado, y eso significa que está vivo. Que se ha metido él. O que lo han metido, pero sigue consciente.

Las personas que viven dentro de un ataúd de neón no están muertas. Están en pausa. Siguen yendo a trabajar, siguen quedando con amigos, siguen sonriendo en las fotos. Pero una parte de ellas se ha sentado en esa caja y no se levanta.

Lo he escrito de mil maneras, la verdad. Llevo media obra hablando de narcisistas, de castigos, de silencios que duran semanas. Pero esta imagen lo resume mejor que muchas de mis letras: el problema no es que te maten. Es que te acomodan.

Te ponen un cojín. Te bajan la luz. Te dicen que ahí estás bien.

Las piernas abiertas

Hay otro detalle de la portada que me hace gracia y que no quiero dejar pasar. Las piernas abiertas. Las manos en las rodillas. La postura de un chico de barrio en un banco del parque, en el metro, en la puerta del instituto.

Esa postura es muy de macho. De ocupar sitio. Y está dentro de un ataúd rosa acolchado con neón fucsia. Es como poner a un portero de discoteca de Tetuán en el camerino de Rocío Jurado.

Me encanta ese choque. Porque dice que el ataúd tampoco distingue entre débiles y fuertes. Cualquiera puede acabar sentado ahí. El más chulo, el más tatuado, el que va de que nadie le toca. La caja rosa no distingue.

Y también dice algo de cómo nos encerramos nosotros mismos. Con nuestra pose. Con nuestro aquí no pasa nada. Con las piernas abiertas para que nadie vea que estamos atrapados.

Enterrar al otro, no a uno mismo

Ahora le doy la vuelta, porque no todo en mi obra es encierro. También hay muchos entierros donde el que se queda en la caja es el otro.

«Hoy te he olvidado y te he enterrado»

Eso lo escribí en «La casa de los mil cadáveres», justo antes de compararme con Pepi Valladares. Ahí el ataúd es una venganza. Una manera de decir: se acabó, a la tierra, que te coman los gusanos y que te escriban en la lápida lo que te mereces.

Me gusta pensar que hay dos ataúdes en mi universo. El de neón, el bonito, donde te encierran. Y el de pino, el de verdad, donde por fin metes al que te encerraba. Y que el paso de uno a otro es lo que cuento en muchas canciones. Salir de la caja rosa para meter en la caja de madera a quien te metió.

No sé si esta canción va de eso. Ya te he dicho que no voy a destriparla. Pero si me preguntas qué ataúd prefiero, el de neón me parece más bonito y el de pino más justo.

La noche como tanatorio

Hay una lectura más del título que me ronda, y tiene que ver con la noche.

El neón es la noche. Y la noche, para mucha gente de mi generación, ha sido a la vez la fiesta y el entierro. Los bares donde fuimos libres por primera vez y los bares donde algunos se quedaron para siempre. Las madrugadas de baile y las madrugadas de no saber volver a casa. La discoteca como refugio y como trampa.

No voy a dar nombres ni a contar historias que no son mías. Pero cualquiera que haya salido mucho por Madrid sabe de qué hablo. Hay gente que se metió en la noche como en una caja de luz rosa y no salió. Que se quedó sentada, con los ojos medio cerrados, mientras el neón seguía parpadeando. Por las drogas, por la soledad, por un novio, por todo a la vez.

El ataúd de neón también puede ser eso. Una pista de baile que no se acaba. Una fiesta que se convierte en encierro.

Y ahí se acaba el chiste.

Cinco cajas bonitas que conozco

Para que no se quede en metáfora, te hago una lista. Cinco ataúdes de neón que cualquiera que se haya movido un poco por el ambiente reconocerá, sin nombres ni apellidos. Si te ves en alguno, no te preocupes: no es una acusación, es un inventario. Yo también me he reconocido leyéndolo, y eso que lo he escrito yo, que ya tiene delito.

Más fotogramas del videoclip oficial de «Ataúd de neón», de Mike Sain't Louis

El piso de Malasaña con vigas de madera vistas y terraza, pagado por él, donde no puedes invitar a tus amigos porque a él no le caen bien. Precioso. Con la luz de la tarde entrando por el balcón. Y tú cada vez más solo dentro.

El grupo de WhatsApp de la pareja perfecta, con trescientas fotos de brunch, en el que nadie sabe que lleváis dos semanas durmiendo en habitaciones separadas. Luz de escaparate pura.

El reservado VIP de la discoteca, con botella de ginebra cara y cubitos con forma de diamante, del que no te puedes mover porque él quiere que todo el mundo vea que estás con él. Capitoné de sofá y cordón rojo en la entrada.

El armario empotrado de una casa de pueblo, con olor a naftalina y abrigos de visón de la abuela, donde muchos pasamos años escondidos sin que fuera feo. Era cálido. Era nuestro. Y era una caja.

Y el crucero. Ya sabes que tengo una canción con croquetas en el crucero donde me pregunto si aquello era un barco o un tanatorio de alta mar. Un sitio lleno de luces, de buffet libre y de espectáculos, rodeado de agua por todas partes. No hay ataúd más grande ni con más neón.

Cinco cajas. Todas bonitas. Ninguna con manilla por dentro.

Funerales con gafas de sol

Si te gustan los entierros con estilo, en mi discografía hay otro. En la portada de «Franco ha muerto» aparezco de negro de pies a cabeza, con gafas de sol y una rosa negra, delante de un féretro cubierto de flores blancas. Allí el ataúd es de otro, y el luto tiene más de pose que de pena.

Me gusta poner las dos portadas una al lado de la otra. En una, el chico está dentro de la caja, sentado, quieto. En la otra, el de la caja es otro y yo estoy fuera, posando. Es casi una secuencia: primero te encierran, luego entierras.

Y entre una y otra, la vida. Que es lo que cuento en casi todo lo que escribo. Si quieres saber qué tipo de criatura te mete en la caja rosa, tengo una ficha entera dedicada al vampiro emocional. Spoiler: no tiene colmillos de plástico. Tiene buen gusto para el tapizado.

Un disco que se llama liberación

La canción está en «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía. Y me parece muy significativo, porque es un disco sobre salir. De armarios, de relaciones, de miedos.

Para salir de algún sitio, primero hay que saber que estás dentro. Y eso es lo más difícil cuando el sitio es bonito. Cuando tiene capitoné rosa y luz de discoteca. Nadie quiere escapar de un sitio precioso. Hasta que te das cuenta de que es una caja.

Por eso me gusta que esté en ese disco. Es la imagen del antes. La foto de la jaula tapizada antes de la liberación. Como esas fotos de antes y después de las reformas de casas en la tele, solo que aquí el antes es lujoso y el después es la calle, a cielo abierto, sin cojines.

Entre Barcelona y otra pandemia

En la discografía de la web, la canción ha quedado entre «Barcelona» y «Otra pandemia». Me hace mucha gracia ese vecindario. Primero una ciudad, luego un ataúd y después una plaga. Parece la programación de un festival de cine de terror de Sitges.

Ficha de la canción «Ataúd de neón» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

Y lo de otra pandemia, justo después del ataúd, tiene una lógica macabra que no planeé pero que agradezco. Primero la caja. Luego, otra vez, el encierro de todos. Quien pasó aquellos meses de 2020 metido en casa sabe lo que es estar en un sitio cómodo del que no puedes salir. Muchos pisos de Madrid fueron ataúdes de neón durante semanas, con la tele encendida y la luz del móvil en la cara.

Lo que me dice la portada a mí

Te cuento lo que siento cuando miro la carátula, que es otra forma de leerla.

Siento que el chico sabe dónde está. Que no es ingenuo. Que se ha sentado ahí sabiendo que es un ataúd, y que lo ha elegido porque, de momento, fuera hace más frío. Esa es la parte más humana y más triste. A veces nos quedamos en la caja no porque no veamos la salida, sino porque la salida da más miedo.

Lo entiendo. No lo juzgo. Lo he visto en mucha gente que quiero.

Y también siento que en cualquier momento se va a levantar. Que esa postura de piernas abiertas no es de rendición. Es de espera. Como quien está sentado en el banquillo antes de salir al campo.

Ojalá se levante. Ojalá le dé una patada al cuero rosa y salga con la sudadera manchada de purpurina. Eso sí que sería una portada.

El rosa no es inocente

Una última cosa sobre el color, porque el rosa en mi obra nunca es casual.

El rosa es el color de la nave de «La despedida», del cohete que se va de la Tierra, del planeta GAYFOLK. Es el color de la utopía. Y aquí es el color del ataúd. Del encierro. De la trampa.

Me gusta esa doblez. Porque dice que lo bonito no es siempre lo bueno. Que el mismo rosa que te lleva a un planeta libre puede tapizar una caja. Que hay que mirar bien antes de subirse a cualquier cosa rosa.

Incluso a las mías.

Hecha con IA, pensada por mí

Como siempre: la letra de «Ataúd de neón» es mía, escrita sin inteligencia artificial, aunque todavía no la he subido a la web. La música y las voces están hechas con herramientas de IA como Suno. Yo soy letrista, compositor y productor, y no pongo la voz en ninguna de mis canciones.

Te diré algo que me hace gracia. La IA tampoco sabe lo que es un ataúd de neón. No ha estado nunca dentro de una relación de cuero rosa. No sabe lo que es quedarte sentado en una caja bonita porque fuera hace frío. Lo que le doy son las palabras, y ella les pone sonido. La caja la pongo yo.

Para escucharla

De noche, como dije en la ficha. Con las luces bajas y alguna lámpara de color encendida. Y ahora añado otra cosa: escúchala pensando en las cajas bonitas que conoces. En las tuyas y en las de los demás.

Si estás en una, no te voy a decir que salgas mañana. Te diré que mires bien el tapizado. Que cuentes los botones. Y que te preguntes si la luz es para ti o para el escaparate.

Lo demás lo cuenta la canción.

Preguntas frecuentes

¿De qué va «Ataúd de neón»? La letra aún no está publicada en la web, así que Mike Sain't Louis no la destripa. La portada muestra a un chico sentado dentro de un ataúd forrado de capitoné rosa con luces de neón fucsia, y él la lee como imagen de los sitios bonitos de los que no se sale.

¿Qué significa la imagen del ataúd de neón? Junta el final, el ataúd, con la noche y el escaparate, el neón. Mike la usa para hablar de relaciones que encierran con lujo y apariencias, y de la noche como fiesta y como trampa.

¿En qué disco está? En «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía Planeta Gayfolk.

¿Quién pone la voz en sus canciones? Las voces y la música están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno. Mike escribe las letras sin IA y es compositor y productor.

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