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Siento pena por el nuevo: la carta que nunca le llegará al sustituto

Hay una persona en esta canción a la que nunca he visto la cara y a la que, sin embargo, le tengo cariño. No es el que me dejó plantado. Es el que vino después.

La canción se llama «El concierto de Ismael Serrano» y casi todo el mundo la recuerda por el plantón: alguien que promete acompañarte, tú esperando en la fila desde bien temprano, y al final solo, entre cientos de personas, escuchando «Caperucita». Es una imagen muy de pataleta, con su grito de tirano al final del estribillo, y me encanta. Pero no es de eso de lo que quiero hablar aquí.

Quiero hablar del final. De los últimos versos, que la gente se salta porque llegan cuando ya llevas un rato tarareando la parte pegadiza. Ahí la canción gira y deja de mirar al que se fue para mirar al nuevo. Y lo que siente por él no es celos ni rabia. Es pena.

Este post es la carta que nunca le voy a mandar.

Primero, la fila

Para entender la pena hay que empezar por la espera, así que te dejo la primera cita, que es el principio de todo:

«¿Por qué me prometiste acompañarme al concierto de Ismael Serrano? / He estado esperando en la fila desde bien temprano»

La pregunta se repite muchísimas veces a lo largo de la canción, y lo hice así porque eso es lo que pasa en una fila. No hay nada que hacer. Miras el móvil, miras la puerta, vuelves a mirar el móvil. Le das vueltas a lo mismo. ¿Por qué me lo prometiste? Si no ibas a venir, ¿para qué me dijiste que sí?

La fila de un concierto es un sitio muy cruel para que te dejen tirado. Todo el mundo va en pareja o en grupo. Hay gente compartiendo bocadillos, gente con camisetas iguales, parejas abrazadas para combatir el frío. Y tú con dos entradas en el bolsillo, o en la aplicación, que es peor porque ni siquiera puedes romperlas con dramatismo.

Ismael Serrano no es un nombre elegido al azar. Es de esos artistas que la gente escucha en pareja, que forman parte de historias de amor, de esos discos que se regalan cuando empiezas a salir con alguien. Ir a verle juntos tenía algo de ritual. No dejarte plantado en uno de reguetón, que también duele, sino en uno de los que se escuchan de la mano.

Si quieres la parte del plantón contada con más calma, la tienes en la ficha de la canción. Y si quieres seguirle el rastro al propio Ismael en mi catálogo, hay otra canción que lo nombra desde el título: «Hoy toca escuchar a Ismael Serrano».

La boda exprés

Luego la letra cambia de tono. Se pone ácida, de comadre en la puerta de la iglesia. Y llega la segunda cita:

«Que rápido te enamoras, dentro de un mes ya estáis casados, y muy bien acompañados.»

Esa velocidad me sigue pareciendo lo más revelador de la canción. Un mes. En un mes, el que no fue capaz de venir a una fila contigo ya está casado con otro. Con suegros nuevos. Con fotos nuevas. Con todo montado.

Quien haya salido con alguien así lo reconoce enseguida. Hay personas que no saben estar solas ni una semana. Que saltan de una relación a otra sin pisar el suelo, como quien cruza un río de piedra en piedra. Y lo curioso es que cada vez lo viven como si fuera el gran amor de su vida. Con la misma intensidad, con las mismas palabras, con los mismos planes. Es como si tuvieran un guion fijo y solo cambiaran al actor.

La letra añade que van con suegros nuevos y, de propina, condenados. Esa última palabra me la guardé para el final de la línea porque es una predicción. No es un insulto, es un pronóstico del tiempo. Y el pronóstico viene en el verso siguiente: al año que viene, separados.

Me gusta que el narrador no se alegre de esa predicción. La dice con una media sonrisa, sí, con un poco de veneno de copla. Pero no la celebra. La dice como quien ya ha visto la película y sabe cómo acaba.

El día que me di cuenta de que el nuevo era yo

Aquí tengo que confesar una cosa que no está en la canción pero que me vino a la cabeza al escribirla, como interpretación mía, sin anécdota de por medio: el nuevo siempre fue el anterior de alguien.

Fotogramas del videoclip oficial de «El concierto de Ismael Serrano», de Mike Sain't Louis

Es decir, que si el que me dejó en la fila tiene un patrón de bodas exprés, es muy probable que antes de mí hubiera otro. Uno que también esperó en alguna fila. Uno que también se enteró por redes de que todo había terminado. Uno al que, a lo mejor, le contaron cosas de mí para justificar el cambio.

Esa idea me dio mucho vértigo. Porque te saca del papel de víctima única y te coloca en una cadena. Eres un eslabón. El anterior del nuevo y el nuevo del anterior. Y en todos los eslabones se repite la misma historia: la intensidad del principio, las promesas, el plantón, la siguiente boda.

Por eso la pena por el nuevo no es condescendiente. No es «pobrecito, qué tonto». Es reconocimiento. Es mirar a alguien que está justo donde tú estuviste hace un año y saber exactamente lo que siente, lo que cree y lo que le espera.

Es mirarse en un espejo con retraso.

El rumor del anterior

Y entonces llega la parte que más me interesa de toda la letra. La tercera cita, que es casi un informe clínico:

«haciéndole creer que estoy oficialmente diagnosticado de esquizofrenia o alcoholismo moderado.»

Oficialmente diagnosticado. Me hace mucha gracia ese adverbio, porque es el que usan los que se inventan cosas para que suenen serias. No dice «le habrás dicho que estoy loco». Dice que le habrá hecho creer que hay un diagnóstico oficial, con su informe y su sello. Esquizofrenia. O, si eso es demasiado, alcoholismo moderado. Que es una categoría que no existe en ningún manual y que, precisamente por eso, me parece tan cómica. Moderado. Como si hubiera un alcoholismo light, desnatado, de marca blanca.

Pero debajo del chiste hay algo muy serio. Esto tiene nombre en el mundo de las relaciones con narcisistas: es la campaña de desprestigio. Cuando alguien así termina contigo, necesita que tú quedes como el malo. No le basta con irse. Tiene que contar a la siguiente persona, y a los amigos comunes, y a la familia, que tú eras el inestable, el borracho, el loco. Así él queda como la víctima que por fin escapó de una relación difícil, y el nuevo le cuida y le consuela por todo lo que sufrió contigo.

Es un mecanismo perfecto, si lo piensas. Te deja plantado, te sustituye en un mes y además consigue que el sustituto te tenga miedo.

Lo he contado de otras formas en otras canciones. En «Gaslighting» va de cómo te hacen dudar de tu propia cabeza. En «El narcisista» hay un lanzallamas y algo que está frozen. En «Manual de escape de un narci» busco la salida. Pero en esta el foco está en lo que pasa después de la salida, cuando ya no estás y alguien sigue hablando de ti.

Y yo qué sé qué más

La letra remata esa parte con una exclamación que me gusta mucho porque es de pura resignación: no sé qué más habrás adulterado.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Y en el fondo siento pena por él, porque lo habrás manipulado.» de «El concierto de Ismael Serrano»

Adulterado. Como el aceite, como el vino de garrafón, como el champú de imitación. Los recuerdos adulterados. La historia de la relación rebajada con agua y con mentiras para que el nuevo se la beba sin hacer preguntas.

Y ese yo qué sé es lo más honesto del verso. Porque no lo sabes. Nunca lo vas a saber. No vas a estar en las cenas donde se cuenta tu historia. No vas a poder defenderte. Lo que digan de ti, lo dirán en tu ausencia, y tú solo te enterarás por las caras raras de algún amigo común o por un comentario suelto meses después.

Es una forma de impotencia muy concreta. No puedes mandar un comunicado oficial. No puedes ir de casa en casa con un certificado médico diciendo «miren, no tengo esquizofrenia, y lo del alcoholismo moderado tampoco». Bueno, puedes, pero quedarías justamente como el loco que te han pintado.

Así que lo único que te queda es escribir una canción. Que es lo que hice.

La pena

Y aquí está el verso que da título a este post. La cuarta y última cita:

«Y en el fondo siento pena por él, / porque lo habrás manipulado.»

En el fondo. Esas dos palabras son importantes. No dice que sienta solo pena, ni que la sienta en la superficie. Arriba hay otras cosas: el enfado del plantón, la rabia por los rumores, el veneno de la boda exprés. Pero si rascas, si bajas, al fondo del todo lo que queda es lástima por el otro.

Me sorprendió a mí mismo escribirlo. Lo normal en mis canciones es que el narrador se defienda con uñas y dientes, que lance insultos creativos, que se ría del ex con nombre y apellidos. Y aquí, de repente, en lugar de atacar al nuevo, o de competir con él, o de burlarse de lo ingenuo que es, el narrador lo compadece.

Ahora estará ilusionado, dice la letra. Creyéndose las mentiras.

Es una línea que me parece muy tierna dentro de una canción tan ácida. Porque ilusionado es una palabra bonita. Es la palabra del principio de las relaciones, de las mariposas, de los planes. Y el narrador sabe que esa ilusión está construida sobre un suelo que se va a hundir. No se alegra. Le da pena.

La carta

Si le pudiera mandar una carta al nuevo, al de la canción, no sería una advertencia. Ya he escrito canciones de advertencia y no funcionan, porque nadie escucha cuando está ilusionado. Tampoco sería una defensa: no voy a perder el tiempo explicándole que no estoy oficialmente diagnosticado de nada.

Sería algo más corto. Le diría que cuando le prometan acompañarle a un concierto, compre su entrada por separado. Que no espere en la fila más de lo razonable. Y que si un día se encuentra solo, entre cientos de personas, escuchando a Ismael Serrano, que no se avergüence. Que esa canción también se disfruta a solas. Que no es el primero.

Y que si alguien le cuenta cosas raras de su anterior, que se pregunte quién se las cuenta.

Nada más. Una carta de cuatro líneas. La canción es la versión larga, con estribillo.

Un lobo en el título

Hay un detalle que me hace gracia cada vez que pienso en la canción, y es el título de la que suena en el concierto. «Caperucita». El cuento de la niña, la abuela y el lobo disfrazado.

Collage con un detalle de la carátula de «El concierto de Ismael Serrano» y las carátulas de «Hoy toca escuchar a Ismael Serrano», «Gaslighting», «El narcisista», «Manual de escape de un narci»

No voy a explicar aquí la canción de Ismael, que es suya y tiene su propia historia. Me quedo solo con el título, que es lo que entra en mi letra. Y el título trae consigo un cuento entero que todos conocemos desde niños: el de alguien que se presenta con una cara amable y debajo esconde otra cosa. El lobo con el camisón de la abuela. Qué ojos tan grandes tienes. Qué dientes tan grandes tienes.

Cuando el narrador se queda solo en el concierto escuchando «Caperucita», está, sin saberlo, escuchando la historia de lo que le ha pasado. Y de lo que le va a pasar al nuevo, que ahora mismo está en la casa de la abuela, encantado con lo bien que le habla el lobo y sin fijarse en los dientes.

No lo planeé así cuando escribí el verso. Elegí «Caperucita» porque era la canción que tenía en la cabeza para esa escena. Luego, releyendo la letra, vi el lobo ahí, tan tranquilo, y lo dejé. Hay cosas que salen bien sin que uno las busque.

Tirano, y otras pataletas

En el estribillo, el narrador acaba gritando que el otro es un tirano. Y cada vez que lo escucho me río, porque es una palabra desproporcionada para un plantón. Tirano es Calígula. Tirano es el dictador de una república bananera. Tirano no es alguien que no aparece en la puerta del WiZink.

Pero esa desproporción es exactamente lo que se siente. Cuando te dejan tirado en una fila, el cuerpo no mide. Te sale el insulto gordo, el de película histórica. No le llamas desconsiderado ni impuntual. Le llamas tirano, con signos de exclamación, como si te hubiera subido los impuestos y quemado la cosecha.

Me gusta mucho esa mezcla en mis canciones: la palabra enorme para el agravio pequeño. Es una forma de hacer camp con el dolor. Exagerar tanto que el propio exceso te saca una sonrisa en mitad del enfado. Y luego, cuando ya te has reído, aparece el verso serio, el de la pena, y te pilla con la guardia baja.

Si toda la canción fuera tan seria como el final, se haría muy pesada. Si fuera toda pataleta, sería solo un berrinche. La gracia está en pasar de una cosa a otra sin pedir permiso.

Qué hacer con la entrada que sobra

Como sé que esto le ha pasado a mucha gente, te dejo una pequeña lista, sin ninguna pretensión de consejo profesional, de lo que se puede hacer con una entrada que sobra en un concierto. Es una lista de las mías, absurda y concreta:

  • Vendérsela en la misma fila al chico que está solo detrás de ti, que a lo mejor también le han dejado tirado y podéis compartir la tristeza.
  • Regalársela a la señora de la taquilla para que vaya su hija.
  • Guardarla en el móvil para siempre, como prueba documental de la tiranía.
  • Hacerle una foto y subirla a stories con el texto «un asiento libre, gracias por nada», que es mala idea, pero muy humana.
  • Entrar sola, sentarte en la tuya y dejar el asiento de al lado vacío para que se vea el hueco. Eso es lo que hace, más o menos, el de la canción.

Yo, si me pasara, haría la primera. Que de una fila de plantados han salido historias peores.

Por qué la canción repite tanto

La letra completa, que tienes en la página de letras, repite la pregunta del concierto un montón de veces, y la parte de la boda exprés casi otras tantas. La parte de la pena, la del nuevo, aparece solo hacia el final y se repite dos veces.

Ficha de la canción «El concierto de Ismael Serrano» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Eso no es casualidad. La rabia y la pataleta son lo que te ocupa la cabeza durante semanas. Lo repites, lo piensas, lo vuelves a contar a cualquiera que te escuche. La pena por el otro llega tarde, cuando ya se ha gastado un poco la rabia, y ocupa menos espacio. Pero es más verdadera. Por eso la puse al final, como quien deja lo importante para cuando ya te estás quitando el abrigo.

Si la escuchas entera notarás ese cambio de peso. Durante casi toda la canción estás en la fila, enfadado. Y al final, sin darte cuenta, has salido de la fila y estás mirando a otro desde lejos.

Dónde está en la trilogía

La canción forma parte de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía de Planeta Gayfolk. Es el disco del deseo de escapar, de querer irse a otro sitio donde las cosas funcionen de otra manera. Y me parece que esta canción encaja ahí por la fila: es el sitio del que querrías haberte ido, el sitio donde no te gustaría estar.

En la lista de singles la encuentras rodeada de otras de ese mismo tiempo. Si te gusta el registro de la copla ácida, de la vecina que anuncia desgracias ajenas, hay muchas más. Y si prefieres la parte seria, la del narcisismo explicado sin chiste, también.

Lo que no es esta canción

Alguien podría pensar que es una canción contra Ismael Serrano. No, por Dios. Ismael no tiene culpa de nada. Él estaba en el escenario haciendo su trabajo, y lo hizo bien, porque el narrador acaba escuchando «Caperucita» aunque esté solo. Si acaso, es una canción a favor: su música es lo único que acompaña al plantado esa noche.

Tampoco es una canción de odio al ex, aunque lo parezca por lo de tirano. El tirano es una pataleta de estribillo. Lo que queda al final, ya lo he dicho, es pena.

Y no es, sobre todo, una canción contra el nuevo. Al nuevo le deseo suerte. De verdad. La va a necesitar.

Cómo la escribí y cómo está hecha

La letra es mía y la escribí sin inteligencia artificial. Soy letrista, compositor y productor musical, y la música y las voces de mis canciones las hago con herramientas de IA como Suno. Todo eso lo cuento sin rodeos en la página sobre mí.

Lo que sí te puedo decir es que esta canción me obligó a hacer algo que no suelo hacer: cambiar de bando a mitad de letra. Empezar en primera persona, quejándome, y terminar mirando a un tercero con compasión. Es un movimiento difícil porque corres el riesgo de que suene a superioridad moral, a «yo ya estoy por encima de todo esto». Y no quería eso. Quería que se notara que la pena viene de haber estado ahí.

Si te ha pasado, ya sabes de lo que hablo. Y si te está pasando ahora, si eres tú el nuevo y estás leyendo esto ilusionado, no te preocupes. No es una canción sobre ti.

O sí. Pero con cariño.

Y si eres el anterior, el de antes que yo, el que esperó en otra fila que yo no conocí, también te mando un abrazo. Llevamos la misma entrada sin usar en el bolsillo, aunque cada uno de un concierto distinto. A lo mejor algún día coincidimos en uno y nos sentamos juntos, en los dos asientos que sobraban. Y que suene «Caperucita», a ser posible. Por los viejos tiempos.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «El concierto de Ismael Serrano»? De un plantón: alguien promete acompañar al narrador al concierto de Ismael Serrano y no aparece. La canción sigue con la boda exprés del ex con otra persona y termina con el narrador sintiendo pena por el nuevo, al que imagina manipulado con mentiras sobre él.

¿Qué canción de Ismael Serrano se menciona? «Caperucita». La letra dice que el narrador acaba solo escuchándola en el concierto.

¿En qué disco está? En «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía Planeta Gayfolk de Mike Sain't Louis.

¿Quién escribió la letra? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La letra es suya, sin IA; la música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno.

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