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«¿Quién vive en medio del bosque?»: el final de dibujos animados de «El panda del acoso sexual»

Un panda. De todos los animales del mundo, al final de esta canción aparece un panda. No un lobo, que sería lo previsible en un bosque, ni un cerdo, que ya había salido unos versos antes con su San Martín. Un panda, ese bicho blanco y negro que parece un peluche de feria y que en la tele de los noventa servía para vender pañuelos, juguetes y campañas de lo que hiciera falta. Y a ese peluche le hago una pregunta de sintonía infantil, una y otra vez, como si estuviera delante de una pandilla de críos sentados en la alfombra del salón: «¿Quién vive en medio del bosque?».

La respuesta es lo que no se dice en un salón.

En la ficha de «El panda del acoso sexual» ya está la letra entera y el contexto del disco, y en el texto sobre la pareja como piso compartido me quedé con la casa, con esa pareja que compartía techo y casi nada más. Aquí quiero hacer otra cosa: mirar solo el final. Los últimos minutos de la canción, cuando la letra deja de discutir con el ex y se convierte en un capítulo de dibujos animados. Quiero entender por qué terminé así, con un estribillo de cartón piedra, una canción que empieza hablando de mentiras y acaba hablando de abuso.

Lo digo desde ya, para que nadie se lleve un susto a mitad de lectura: este texto habla de acoso y de abuso sexual. No voy a describir nada. Voy a hablar de palabras, de cómo se colocan y de por qué a veces la única manera de decir una cosa es disfrazarla de chiste. Al final hay teléfonos de ayuda, por si te hace falta alguno.

Mi vida es como un capítulo de South Park

La frase que abre la puerta es esta, copiada tal cual de la letra publicada: «y luego me preguntan por qué / mi vida es como un capítulo de / South Park».

South Park es una serie de dibujos animados estadounidense creada por Trey Parker y Matt Stone, que se estrenó en 1997. Cuatro niños recortados en cartulina, con ojos de botón y gorros de lana, viven en un pueblo de montaña de Colorado donde pasa de todo y casi siempre lo más bestia. La gracia de la serie siempre ha sido esa. Dibujos que parecen hechos para críos y que cuentan cosas que no se pueden contar delante de los críos. Entre sus episodios hay uno, de finales de los noventa, con un panda que va por los colegios dando charlas sobre acoso sexual. Ese es el panda que se me coló en la canción.

Cuando escribí que mi vida parecía un capítulo de esa serie no estaba haciendo una cita culta. Estaba describiendo una sensación muy concreta. La de mirar hacia atrás y ver una sucesión de escenas tan desproporcionadas que si las contaras en serio nadie te creería. Y si las cuentas en dibujos, de pronto sí. De pronto se ríen. Y mientras se ríen, escuchan.

Hay una cosa que he aprendido escribiendo estas canciones: lo increíble necesita un formato. Si cuentas una historia terrible con la cara seria, la gente aparta la mirada. Si la cuentas con la cara pintada, la gente se acerca a ver qué pasa. Y cuando ya están cerca, ya no se pueden ir.

La anécdota de la almorrana

Justo antes de South Park, la letra hace algo que me sigue haciendo gracia y que, visto ahora, es una pista de lo que viene. De pronto, sin venir a cuento, la letra se acuerda de la anécdota de la almorrana y de cómo alguien metió a la hermana en el lío, y lo despacha con un es de traca de toda la vida.

No voy a explicar esa anécdota. La canción tampoco la explica. Ese es el truco. La letra te pone delante una puerta con un cartel que dice anécdota de la almorrana, te la deja entreabierta y sigue andando. Tú te quedas con la duda, con la risa floja, con la imaginación disparada. Y la canción ya está en otra parte.

Esto lo hago mucho y no siempre me doy cuenta. Nombro algo tan cutre, tan doméstico, tan de sobremesa familiar, que el oyente se ríe antes de entender. Una almorrana. Una hermana metida en un lío. Es de traca, que es lo que dice tu tía cuando le cuentas algo que no se puede creer. Fallas de Valencia, petardos, ruido. Traca.

Y justo después de la traca, el panda.

Esa es la secuencia: el chiste más bajo, la frase hecha de toda la vida, la serie de dibujos, y entonces la palabra que nadie espera. Si me preguntas por qué lo ordené así, te diría que es la única manera en que me salía. Primero hay que bajar la guardia del que escucha. Luego, cuando se está riendo, se le dice la verdad.

Puesto todo empezó también con un abuso sexual

La línea seria de la canción es corta y está escondida entre dos bromas. Dice: «puesto todo empezó también / con un / abuso sexual». Así, partida en tres trozos en la letra publicada, con ese «con un» suelto, como si costara llegar a la palabra.

No voy a interpretar esos saltos de línea, porque el formato de la letra que está publicada lo revisó una herramienta automática y no quiero inventarme intenciones que no sé si estaban. Pero sí puedo decir lo que esa línea significa para mí al leerla hoy.

En «La bomba de relojería» conté que de niño sufrí acoso en el colegio y abusos sexuales. Lo conté una vez y no voy a contar más de lo que ya conté. Lo que quiero decir aquí es otra cosa: que antes de poder escribir aquel texto, con nombre y apellidos de lo que pasó, con todas las palabras en su sitio y sin ningún chiste, existió esta canción. Y en esta canción, la palabra estaba. Rodeada de almorranas, de pandas, de cerdos con su San Martín y de dibujos de Colorado, pero estaba.

Hay cosas que no se pueden decir de frente la primera vez. Se dicen de lado. Se dicen con la boca torcida, en mitad de un chiste, como quien deja caer un objeto pesado en una bolsa llena de confeti para que no haga ruido al llegar al fondo. Para mí, la ironía fue eso: una bolsa de confeti. Me dejó meter dentro lo que pesaba sin que el peso me tirara al suelo.

¿Quién vive en medio del bosque?

Y ahora el estribillo. La pregunta se repite y la respuesta cambia de una palabra:

¿Quién vive en medio del bosque? / El panda de acoso sexual / ¿Quién vive en medio del bosque? / El panda de abuso sexual

Es una pregunta y una respuesta, como en las sintonías de los dibujos animados de toda la vida. Ese formato lo tenemos grabado desde la infancia: alguien pregunta en alto, un coro de niños contesta. En España, mucha gente de mi generación y de las siguientes reconoce el esquema al instante por la sintonía de Bob Esponja, que también empieza preguntando quién vive en un sitio raro. La pregunta convoca a la infancia. El oyente, sin querer, se convierte en uno de esos niños que contestan a coro.

Y entonces la respuesta no es un personaje simpático.

Me fijo mucho en el cambio de «acoso» a «abuso». Son dos palabras que se parecen tanto que casi se confunden, una vocal arriba, una consonante abajo. Acoso. Abuso. En la canción van una detrás de la otra, la primera vez una, la segunda vez la otra. Para quien escucha deprisa, es la misma frase repetida. Para quien escucha despacio, es una escalera: del acoso al abuso hay un escalón, y la letra lo baja delante de ti.

Ese es, para mí, el corazón poético de la canción. No hace falta subrayarlo. Basta con cambiar una palabra en un estribillo que suena a juego.

El bosque como lugar donde pasan las cosas

¿Por qué en medio del bosque? Podría haber sido en medio de la ciudad, en medio del patio, en medio de la tele. Pero es el bosque.

El bosque de los cuentos es el sitio donde los niños se pierden. Caperucita, Pulgarcito, Blancanieves, los dos hermanitos de la casita de chocolate. En la tradición popular europea, el bosque es lo que está fuera del pueblo, lo que no se ve desde la plaza, el lugar donde los adultos no miran. Ahí vive el lobo. Ahí vive la bruja de la casita de chocolate. Los cuentos que nos leían de pequeños ya sabían que lo peor pasa donde nadie está mirando.

En mi canción, en medio del bosque vive el panda. Que es un animal tierno. Que es lo contrario de un lobo. Y ahí está el escalofrío: lo que da miedo no tiene cara de lobo, tiene cara de peluche. Tiene cara de alguien en quien se supone que puedes confiar.

No escribí esto pensando en los hermanos Grimm, lo reconozco. Pero cuando hoy releo la letra, el bosque se me llena de cuentos. Y entiendo por qué el estribillo funciona aunque nadie lo explique: porque el oyente trae su propio bosque. Todos tenemos uno.

No me hagas hablar, que ni Almodóvar

Después de cada pregunta y cada respuesta llega el remate: «no me hagas hablar / que ni Almodóvar en sus mejores / tiempos».

Es el gesto de la vecina en el portal. Ese «no me hagas hablar» que en realidad significa «tengo tanto que contar que si empiezo no acabo». Y luego la comparación: ni Almodóvar. Ni el director de cine que convirtió en arte los melodramas más retorcidos de España, las madres, las monjas, las travestis, los secretos de familia, las tragedias contadas con colores de anuncio de detergente.

En la ficha de «AlmodóVar», mi canción dedicada a ese universo, ya jugaba con esto. Aquí el nombre aparece como unidad de medida. Mi historia no es un capítulo de South Park: es tan exagerada que ni Almodóvar se atrevería a rodarla.

Hay algo muy español en esto, y lo digo con cariño. Tenemos una tradición entera de contar lo terrible con muecas. Valle-Inclán lo llamó esperpento. En «Luces de bohemia», su personaje Max Estrella dice que los héroes clásicos, reflejados en los espejos cóncavos del callejón del Gato, dan el esperpento: la tragedia española solo se puede contar deformada. Goya pintó a la gente de su tiempo con caras de animal. La copla convirtió crímenes pasionales en estribillos de feria. Y Almodóvar llenó la pantalla de sangre rojo pintalabios.

Cuando digo «ni Almodóvar», me pongo en esa fila, sin pedir permiso. Es mi manera de decir: esto que os cuento es un esperpento, y lo cuento como se cuentan aquí los esperpentos. Con la cara pintada.

La repetición como mareo

El estribillo final se repite tres veces seguidas en la letra publicada. Pregunta, respuesta, pregunta, respuesta, «no me hagas hablar», Almodóvar. Otra vez. Otra vez.

La repetición tiene en la canción dos efectos que se pisan. El primero es el de la sintonía: lo que se repite se pega, se aprende, se tararea en la ducha sin querer. El segundo es el del mareo. Llega un momento en que la pregunta ya no hace gracia. La tercera vez que alguien te pregunta quién vive en medio del bosque, el panda ya no es un chiste. Es una presencia.

Creo que esto pasa también con la memoria del daño. Al principio lo cuentas como anécdota. Luego lo cuentas como chiste. Y a fuerza de contarlo, un día te das cuenta de que lo que repites ha dejado de ser broma y se ha quedado en hecho. La repetición, que empezó siendo un juego, acaba siendo una forma de mirar la cosa de frente.

En «Ruido en mi mente» hay otra clase de repetición, la del pensamiento que no para. Aquí la repetición es más amable en la superficie y más dura por debajo. Es la repetición de los columpios, que suben y bajan con la misma risa, hasta que te mareas.

Por qué el humor negro y no otra cosa

Me han preguntado alguna vez por qué tengo que meter chistes en todo, incluso en las canciones que hablan de lo que más me ha dolido. Y la respuesta honesta es que no conozco otra manera.

La ironía tiene mala fama. Se dice que es una forma de esconderse, de no comprometerse, de reírse para no llorar. Y a veces lo es. Pero en mis letras pasa una cosa distinta: el chiste señala la herida en vez de taparla. Como cuando alguien te pone una tirita de dibujos en la rodilla. La tirita no oculta que te has caído. Al revés, todo el mundo ve dónde te has hecho daño, porque tienes a Mickey Mouse pegado en la pierna.

En «La casa de los mil cadáveres» me llamaba a mí mismo tonto y fracasado antes de que nadie pudiera hacerlo. Aquí el mecanismo es parecido, pero apunta a otro sitio. No me río de mí. Me río del formato. Me río de que algo tan serio quepa en una sintonía de dibujos. Y en esa risa hay rabia, porque es verdad que cabe. Es verdad que lo terrible a veces ocurre en sitios que parecen de dibujos animados, en casas con cortinas de flores, en colegios con murales de colores.

El humor negro, para mí, fue un permiso. El permiso de decir lo que no se podía decir, porque estaba diciéndolo de broma. Y la broma, cuando la escuchas tres veces seguidas, deja de ser broma.

Lo que me dejó sacarlo

No quiero vender esta canción como una terapia ni como un milagro. La terapia, la de verdad, está en una consulta con una profesional, y de eso ya escribí en «Gracias a mi psicóloga». Lo que sí puedo decir es qué hizo por mí escribir este final.

Me dejó sacarlo de dentro. Eso es lo primero y lo más simple. Mientras una cosa no tiene palabras, ocupa todo el sitio. Es una niebla. En cuanto tiene palabras, aunque sean palabras de chiste, la niebla se convierte en un objeto, y un objeto se puede coger, mirar, dejar en una estantería. Esta canción fue la primera estantería donde puse esa palabra.

Me dejó decidir el tono. Cuando algo te ha pasado sin que tú decidieras nada, poder decidir cómo lo cuentas es una forma pequeña de recuperar el mando. Lo cuento con un panda. Lo cuento con South Park. Lo cuento con Almodóvar. Lo cuento como me da la gana. Nadie me lo dicta.

Y me dejó compartirlo sin desnudarme del todo. Quien escucha la canción por primera vez puede quedarse en el chiste, y está bien. Quien necesita escuchar algo más, lo escucha. La canción tiene dos puertas y cada uno entra por la que puede.

El panda en el Planeta Gayfolk

«El panda del acoso sexual» está en el primer disco de la trilogía, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk». Ese primer capítulo es, para mí, el disco del inventario: el momento en que descubro el planeta y hago la lista de todo lo que traía en la maleta. Hay narcisistas, hay casas encantadas, hay vampiros emocionales, hay cruceros que parecen tanatorios. Y en medio de todo eso, un panda.

En el universo de Planeta Gayfolk los animales nunca son solo animales. Están los canarios que mienten, los chihuahuas, los cerdos con su San Martín, las mariposas en el estómago y en el cuaderno. Son como las fábulas de toda la vida, pero al revés: no enseñan una moraleja para que los niños se porten bien, enseñan lo que hacen algunos adultos cuando nadie los ve.

El panda es el animal más tierno del bestiario y el que más miedo da. Porque es el que menos te esperas.

La pregunta que se queda colgando

Lo que más me gusta del final es que la pregunta no se cierra. La canción acaba en el bucle. No hay un último verso que lo explique todo, no hay moraleja, no hay justicia. Hay una pregunta que se repite y alguien que dice «no me hagas hablar».

Eso, en el fondo, es muy honesto. Porque así es la memoria de estas cosas. No termina con un acorde final y un aplauso. Se queda dando vueltas, como una sintonía que se te ha pegado y que vuelve cuando menos lo esperas, en la cola del Mercadona, en el metro, en la sala de espera del ambulatorio, a las tres de la mañana.

La diferencia es que ahora la sintonía la he escrito yo. Ha dejado de ser un ruido que me llega de fuera y se ha convertido en una canción con mi letra y mi chiste. Y eso cambia algo. No borra nada, pero cambia algo.

Lo que la canción no dice

Quiero ser cuidadoso con lo que esta canción cuenta y con lo que no.

La canción no da detalles. No dice quién, ni cuándo, ni dónde. No los va a decir nunca, y este texto tampoco. Los nombres que aparecen en mis letras son personajes, aunque a veces se parezcan a la vida. Eso lo tengo claro desde el principio, y está escrito en las reglas de la casa que puse en la página sobre mí.

La canción tampoco es una denuncia en sentido legal ni un testimonio con fechas. Es una canción. Tiene la libertad de una canción y sus límites. Y uno de sus límites es que no puede hacer justicia. Lo que sí puede hacer es nombrar. Y nombrar, a veces, ya es mucho.

Si tú estás leyendo esto y algo de lo que he contado te ha removido, no necesitas tener una canción para ponerle palabras. Puedes empezar contándoselo a alguien de confianza o a un profesional. No hace falta que sea con chistes. No hace falta que sea bonito. Basta con que sea.

Si necesitas hablar con alguien

Si estás pasando por un momento difícil, si lo que has leído te ha traído recuerdos que pesan, hay gente al otro lado del teléfono:

  • 024, línea de atención a la conducta suicida y a cualquier crisis emocional en España: gratuita, confidencial y atendida a cualquier hora. También tiene chat.
  • 112, si hay un peligro inmediato.
  • Teléfono de la Esperanza, 717 003 717, para hablar con alguien en un momento de crisis.
  • Fundación ANAR, 900 20 20 10, para niños, niñas y adolescentes, y para las personas adultas que se preocupan por ellos.
  • Si vives fuera de España, en findahelpline.com puedes buscar el teléfono de ayuda de tu país.

Pedir ayuda no es exagerar. Y si alguien te dice que lo tuyo es de dibujos animados, que sepas que los dibujos animados también cuentan verdades.

Una sintonía para el final

Me gusta pensar que, si un día alguien escucha «El panda del acoso sexual» sin saber nada de mí, se reirá en la parte de la almorrana, levantará una ceja en South Park, se quedará quieto en la palabra «abuso» y luego, sin querer, tarareará el estribillo mientras friega los platos. Y en algún momento de ese tarareo, quizá, se preguntará de verdad quién vive en medio del bosque.

Esa pregunta es el regalo envenenado de la canción. No te la puedo quitar. Te la dejo.

Yo, de momento, sigo escribiendo. Con pandas, con cerdos con San Martín, con canarios mentirosos, con mariposas en un cuaderno. Las canciones de la trilogía se pueden escuchar en orden en la página de singles, y las letras completas están en la sección de letras. La de esta está entera, sin cortar, aunque sea cruda. Porque si algo he aprendido escribiendo es que una cosa solo deja de pesar cuando la sacas de dentro. Aunque la saques vestida de panda.

Preguntas frecuentes

¿Qué tiene que ver «El panda del acoso sexual» con South Park? La letra dice que la vida de quien la cuenta «es como un capítulo de South Park», la serie de dibujos animados creada por Trey Parker y Matt Stone en 1997, que tiene un episodio con un panda que da charlas sobre acoso sexual. El estribillo final juega con ese panda y con el formato de pregunta y respuesta de las sintonías infantiles.

¿Por qué el estribillo cambia de «acoso» a «abuso»? En la letra publicada, la respuesta alterna entre «El panda de acoso sexual» y «El panda de abuso sexual». El cambio de una sola palabra convierte una frase que parece repetida en un escalón: del acoso al abuso.

¿En qué disco está esta canción? Está en el primer disco de la trilogía GAYFOLK, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk». La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical; la música y la interpretación vocal están hechas con inteligencia artificial.

¿Dónde puedo pedir ayuda si he sufrido abusos? En España puedes llamar al 024 (crisis emocional, gratuito y a cualquier hora), al 112 en caso de peligro inmediato, al Teléfono de la Esperanza (717 003 717) o, si eres menor o te preocupa un menor, a la Fundación ANAR (900 20 20 10). Fuera de España, en findahelpline.com.

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