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La letra entera, en casa: por qué guardo cada canción escrita en mi web

Una canción se puede escuchar mil veces sin saber lo que dice. Pasa con las canciones en inglés, pasa con las que suenan de fondo en un bar y pasa, más de lo que parece, con las canciones en tu propio idioma. Oyes una palabra que no es, te inventas un verso, cantas en la ducha algo que el autor nunca escribió.

Yo escribo mis letras. La música la produzco con inteligencia artificial, y por eso me presento como el primer cantautor IA. Pero la letra es lo que sale de mí palabra por palabra. Y por eso, en mikesaintlouis.com, cada canción tiene la suya, completa, en su página, y todas juntas en el archivo de letras.

Ya he contado en otros textos cómo las ordené y qué aprendí haciéndolo. Hoy quiero contar el porqué de fondo. No el cómo, sino la razón. Son tres, y se parecen a tres palabras: archivo, memoria y autoría.

Lo que se escucha no es lo que se lee

Una canción tiene dos vidas. Una suena: dura unos minutos, va deprisa, mezcla la voz con la música y no se para a esperar a nadie. La otra se lee: está quieta, puedes volver atrás, puedes detenerte en una coma.

Las plataformas de música están hechas para la primera vida. Y está bien, para eso existen. En algunas aplicaciones la letra aparece línea a línea mientras suena, en otras no aparece, y casi nunca se ve entera, de arriba abajo, como un texto. Lo dije en Lo que Spotify no cuenta de un artista: una plataforma de escucha está hecha para escuchar, y leer es otra actividad.

Mis letras viven mucho de esa segunda vida. Juegan con el giro, con la frase hecha que se tuerce al final, con el chiste que solo se entiende cuando ves la estrofa entera. Si la letra se queda en el aire, se pierde la mitad. Por eso necesito un sitio donde esté quieta.

Primera razón: el archivo

Un archivo no es un escaparate. En un escaparate pones lo que más luce. En un archivo guardas todo, lo que luce y lo que no.

Las canciones que más se escuchan acaban tapando a las demás. Es la ley de cualquier lista: lo de arriba se queda arriba. Con un archivo de letras pasa lo contrario. Cada canción ocupa su sitio, y una letra que casi nadie ha leído pesa lo mismo que la más conocida.

Hay letras mías de las que me río y letras que me cuesta releer. «Entre cuatro paredes», por ejemplo, es una letra hecha de noes, casi sin respiro, y termina con un verso muy pequeño: «No, pero algo en mí pide respirar». Ese verso, escuchado de pasada, puede perderse. Escrito, se queda. Y para mí es el centro de la canción.

Un archivo también protege de las erratas. Las letras que circulan por ahí, copiadas a oído, a veces llevan palabras cambiadas, versos que faltan o un estribillo cortado. No pasa nada grave, pero la letra deja de ser la mía. Cuando hay un original publicado por su autor, cualquiera puede comparar. Ese original es el que pongo en mi web.

Segunda razón: la memoria

La segunda razón es más íntima. Las letras son una forma de diario.

Cada canción la escribí en un momento concreto, con un enfado concreto, una broma concreta o una pena concreta. Al releerlas, encuentro lo que me rondaba la cabeza entonces. Algunas cosas ya no me duelen. Otras sí. Y eso también es información sobre mí.

No me acuerdo de todas mis letras verso a verso. Lo confesé en el texto sobre el buscador de mi web. Si las letras solo estuvieran en el audio, mi propia memoria dependería de ponerme a escuchar canción por canción. Con las letras escritas, la memoria se puede consultar.

Y luego está la memoria de los demás. Una canción que se escucha mucho un verano se olvida al siguiente. Es normal: la música se renueva sin parar. Pero un texto publicado en un sitio estable sigue ahí cuando la canción ya no suena en ninguna parte. Alguien puede llegar a él años después, buscando una frase que oyó una vez y no sabe de dónde viene.

En «Nadie hablará de mí cuando haya muerto» escribí, en clave de humor negro, sobre lo rápido que se olvida a una persona: «Y en dos semanas eso es pasado». La canción se ríe de ese olvido. El archivo, en cambio, intenta ponérselo un poco más difícil.

Tercera razón: la autoría

Esta es la razón que más me importa, y la que tiene más que ver con cómo trabajo.

Cuando alguien sabe que mi música está hecha con IA, a veces da por hecho que todo lo está. Que la máquina lo ha hecho todo sola. No es así. Las letras las escribo yo. Las corrijo, las tacho, las vuelvo a escribir. Ninguna herramienta me da las ideas, los personajes ni los chistes. Lo expliqué con calma en Inteligencia artificial y autoría.

Publicar la letra completa, firmada, en mi propia web, es la forma más clara de decirlo sin discursos. Aquí está el texto. Lo he escrito yo. Léelo.

No es solo una cuestión de orgullo. La ley española lo dice con bastante claridad. La Ley de Propiedad Intelectual arranca diciendo que la propiedad intelectual de una obra corresponde a su autor por el solo hecho de crearla. Entre las obras protegidas cita expresamente las composiciones musicales, con o sin letra. Y entre los derechos morales del autor, que la propia ley califica de irrenunciables, está el de exigir que se le reconozca como autor y el de que se respete la integridad de su obra.

No soy jurista y no voy a interpretar la ley más allá de lo que dice. Pero me gusta leer esas dos ideas juntas: reconocimiento e integridad. Una letra publicada por su autor, completa y sin cambios, es justo eso. Es decir quién la escribió y cómo es exactamente.

En «Discutiendo con la IA» me reía de quien piensa que usar estas herramientas es «dar a un botón». La letra entera de esa canción, colgada en mi web, contesta mejor que cualquier argumento. Ningún botón escribe eso por mí.

Mi casa, mis reglas

Hay otra cosa que aprendí con los años: lo que depende de otro puede desaparecer. Una aplicación cambia su diseño y quita una función. Una web de letras cierra. Una red social decide que los textos largos no le interesan. No lo digo como queja. Es como funcionan las cosas que no son tuyas.

Mi web sí es mía. Ahí decido cómo se ve una letra, cómo se ordena, si lleva una nota al lado o una explicación. Ahí puedo corregir una errata el mismo día que la descubro. Ahí la letra no compite con un anuncio ni con la siguiente canción que la aplicación quiere que escuches.

Por eso cada canción tiene su página, con su letra, su videoclip y los enlaces para escucharla donde prefieras. Las plataformas son la calle por donde pasa la gente. La web es la casa. Las dos cosas hacen falta, pero no hacen lo mismo.

Para quién es todo esto

Pienso en varias personas cuando cuelgo una letra.

Pienso en quien escucha en otro idioma. Mi público está en España, en Latinoamérica y en el resto de Europa, y no todo el mundo pilla una expresión de Madrid a la primera. Con la letra delante, puede pararse, buscar una palabra, preguntarse qué significa.

Pienso en quien escucha con dificultad, o directamente no puede escuchar. Para esas personas, la letra escrita no es un extra: es la canción.

Pienso en quien escribe. Mucha gente que lee este blog también escribe letras, y leer las de otros es la mejor escuela que conozco. Que estén enteras, con sus estrofas y su estribillo en su sitio, permite ver cómo está construida una canción por dentro.

Y pienso en mí mismo dentro de unos años, buscando qué decía yo de algo que hoy me parece importante.

Lo que todavía falta

No todo está terminado. Voy reuniendo las letras en el archivo poco a poco, y algunas canciones todavía esperan su texto. Revisar cada letra contra la versión que suena lleva tiempo, y prefiero tardar a publicar algo que no coincide.

Tampoco creo que una letra sea mejor por estar escrita. Muchas canciones se defienden solas, sin que nadie lea una línea. Pero las mías se apoyan mucho en la palabra. Si quitas la palabra, queda menos de lo que parece.

Una invitación

Si te apetece, haz una prueba. Elige una canción mía que hayas escuchado varias veces y lee su letra en el archivo sin poner la música. Fíjate en lo que no habías oído. En la palabra que creías que era otra. En el verso que, leído, cambia de tono.

Para eso guardo cada letra en mi web. Para que la canción, además de sonar, se pueda leer, volver a leer y recordar. Y para que, quien la lea, sepa quién la ha escrito.

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