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Escribir en dos idiomas: lo que cambia cuando mis letras van en español o en inglés

Muchas veces sé en qué idioma va a ir una canción antes de tener el primer verso, por la forma en que empieza a salir. Cuando viene en español, llega deprisa y con las frases largas, empeñadas en contar algo con nombre y apellido. Cuando viene en inglés, llega más despacio, con huecos en blanco entre línea y línea, como quien coloca piedras para cruzar un río.

La mayoría de mis letras están en español. Pero en el archivo también hay canciones escritas enteras en inglés: «Gatekeeping», «Holy Stillness», «Boys Like Us», «The Great Depression». Y en la otra orilla del catálogo están las que solo podían salir en castellano, como «Mi novio de Albacete», «Eso es lefa» o «No quiero otro novio cojín». Ya escribí sobre las letras que saltan de idioma a mitad de verso. Este texto va de otra cosa: de lo que cambia en el oficio según la lengua, de para quién escribo cuando escribo en español y de cómo suena cada idioma cuando la música y la interpretación vocal salen de una herramienta de inteligencia artificial.

Palabras cortas, palabras largas

Lo primero que cambia es el tamaño de las palabras.

El inglés está lleno de monosílabos. Pain, truth, door, night, hide, fall. Una sola sílaba, un solo golpe. En español, lo normal es que una palabra tenga dos o tres sílabas, y muchas de las que uso en mis letras tienen cuatro o cinco: reclamación, desenmascarado, garantía, tentación. Eso significa que en el mismo compás caben muchas más palabras inglesas que españolas. O, dicho al revés: en español, para decir lo mismo, necesito más espacio.

Se nota muchísimo en «Gatekeeping». La letra está construida con frases mínimas, casi telegráficas: «You measure pain / with a ruler, / not with truth.» Mides el dolor con una regla, no con la verdad. Son nueve palabras, casi todas de una sílaba, repartidas en tres renglones. Si lo traduzco, la idea sobrevive, pero el ritmo se rompe: «mides el dolor con una regla y no con la verdad» ya es una frase de sobremesa, no un golpe seco.

Por eso, en inglés tiendo a quitar y en español tiendo a añadir. En español me salen retahílas, nombres propios y una segunda frase que remata la primera. En inglés me sale el esqueleto. Con el inglés pienso en el hueco. Con el español, en lo que lo llena.

Rimar con las vocales o con las consonantes

Lo segundo que cambia es la rima, y aquí el español juega con ventaja.

En castellano muchísimas palabras acaban en vocal, y solo hay cinco vocales. Eso hace que rimar sea relativamente fácil, sobre todo si te conformas con la rima asonante, la que solo exige que coincidan las vocales desde la última sílaba con acento. Pecho y derecho riman del todo; tatuado y guapo, solo en las vocales, pero suenan a familia. La tradición popular, del romance a la copla, lleva siglos aprovechándolo.

El inglés tiene muchas más vocales, muchas más palabras que terminan en consonante y una ortografía que no se parece a lo que se pronuncia. Rimar bien cuesta más, y por eso el pop en inglés vive de rimas que casi riman: heart con apart, night con light, fire con higher, las mismas parejas de siempre. En «Boys Like Us» lo acepté sin complejos: hide con pride, fall con tall. Son rimas de estribillo, previsibles a propósito, de las que se corean sin pensar.

Lo curioso es que en inglés me permito más a menudo no rimar. Las estrofas de «Gatekeeping» casi no riman: se sostienen sobre la repetición, «You say», «You say», «You say», y sobre la palabra del título abriendo cada verso del estribillo. En mi idioma, un verso sin rima me suena a prosa que se ha quedado a medias. En inglés me suena a declaración. Supongo que es cosa de oído: crecí escuchando canciones en inglés atento al sonido más que a la rima, y eso me ha dejado más libertad en ese idioma que en el mío.

El humor necesita un código postal

Lo tercero que cambia es el humor, porque el de mis letras está hecho de cosas muy concretas.

En «Mi novio de Albacete», el chiste no está en una frase ingeniosa, sino en una acumulación de detalles. El novio es de Albacete y no de cualquier sitio. Se pone en Wapo en cuanto puede. Y el estribillo remata con una escena que me sigue haciendo gracia cada vez que la releo: «Has viajado cinco horas para dejar una nota / ¡Que ha acabado en el retrete!». Funciona porque tiene una ciudad, una aplicación, un trayecto y un retrete: humor de código postal.

Si la paso al inglés, o dejo Albacete, y fuera de aquí no dice nada, o lo cambio por una ciudad inglesa, y la canción deja de ser mía. Lo mismo pasa con el gofio canario de «No quiero otro novio cojín» o con la vecina que grita en el funeral de «Eso es lefa». Mi humor sale de un mapa y de una manera de quejarse, y el inglés que yo escribo no tiene ese mapa. Mi inglés es un idioma sin barrio. Sirve para lo universal: la noche, el orgullo, la soledad, la calma. Para el detalle cotidiano, que es donde vive el chiste, necesito el idioma en el que hago la compra.

El pudor cambia de idioma

Lo cuarto es lo que más me sorprendió al mirar el catálogo con calma: soy mucho más pudoroso en inglés.

En español he escrito letras sexualmente explícitas sin ningún reparo. Hay títulos que ya avisan desde la portada, y canciones en las que lo explícito es justamente el chiste, como el final de «Eso es lefa», donde un funeral acaba con la vecina gritando el título de la canción delante del féretro. Esa exageración grotesca, entre el sainete y Almodóvar, me sale en castellano con total naturalidad. Es el idioma de los tacos de toda la vida, de las burradas de sobremesa, donde lo obsceno también puede ser cariñoso.

En las canciones que tengo enteras en inglés, en cambio, lo explícito casi desaparece y lo más lejos que se llega suele ser un beso. En «Boys Like Us» los chicos se besan «like fire», bailan, se ponen tacones y no se esconden. En «The Great Depression» hay un deseo enorme, pero contenido, que se queda en un «not quite a kiss». Y «Holy Stillness» es casi una nana: «The world exhales, the dark turns kind». El mundo exhala y la oscuridad se vuelve amable.

Tengo una teoría. Las palabrotas de la lengua materna queman; las de la lengua aprendida, mucho menos. Mucha gente que habla varios idiomas suelta un fuck sin pestañear y en cambio se corta con un taco gordo en su idioma delante de su madre. En la escritura, a mí eso me lleva a un sitio curioso: como en inglés lo explícito no me quema, tampoco me divierte. No tiene gracia escandalizar en un idioma que no te escandaliza. Así que en inglés me pongo tierno, solemne o melancólico, y la desvergüenza me la guardo para el castellano, donde todavía tiene filo.

Un español para dos orillas

Cuando escribo en español, ¿para quién escribo? Me lo pregunto a menudo, porque quien me escucha está repartido entre España, el resto de Europa y Latinoamérica.

Existe una solución que la industria conoce bien: el español neutro, el de muchos doblajes, manuales y anuncios pensados para todo el continente. Evita el vosotros, los tacos regionales y las palabras que significan una cosa en Madrid y otra en Buenos Aires o en Ciudad de México. Se entiende en todas partes y no ofende a nadie. Y, para lo que yo hago, no sabe a nada.

Yo escribo en castizo. No por cabezonería, sino porque mis canciones tienen narrador, y ese narrador vive en Madrid. Dice currando, tío y coñazo, como en «Mi novio de Albacete», y manda a la gente a paseo con un os que en México sonaría a película de época. Si le quito todo eso para que suene neutro, se queda como un personaje de serie al que le han cambiado el doblaje: ya no sabes de dónde es.

Lo que sí hago es elegir el localismo. Hay localismos que cierran la puerta y otros que la entreabren. Una palabra que solo se entiende en un barrio de Madrid deja fuera a quien escucha desde Lima. Una situación reconocible, contada con palabras de aquí, se entiende en todas partes aunque alguna palabra se escape. El exnovio que viaja para dejar una nota existe en Monterrey igual que en Getafe. La vecina cotilla también. El oyente latinoamericano está acostumbradísimo a escuchar canciones de España con palabras raras, igual que en España llevamos toda la vida tarareando boleros, rancheras y reguetón con palabras que nadie nos explicó. Hay un pacto implícito entre las dos orillas: te dejo mis palabras, me dejas las tuyas, y cada uno entiende por el contexto.

En «Marica chill» hay dos versos que me sirven casi de lema para esto: «Hablo Spanglish con quien quiera escuchar / Y si no entienden, pues lo van a gozar». No entenderlo todo no impide disfrutar; a veces es parte del disfrute.

Para Europa la cuestión es otra. Quien escucha en Berlín, en Lisboa o en Ámsterdam a menudo no habla español, o lo habla a medias, y ahí el inglés hace de puerta de entrada. Una canción como «Boys Like Us» se entiende a la primera en cualquier pista del continente. Y luego, quizá, alguien siente curiosidad por las otras, las que llevan Albacete en el título.

Cómo suena cada idioma en la máquina

Queda la parte técnica, la que más preguntas me trae.

Escribo la letra, y luego la herramienta genera la música y la interpretación vocal a partir de ella, siguiendo lo que yo le pido. En mi experiencia, el inglés le sale con más soltura. La sensación es que está en su terreno: las frases cortas encajan en el compás, los acentos de las palabras caen donde deben y las vocales se estiran con naturalidad en los finales. Es como si el pop en inglés fuera su lengua materna, cosa lógica si se piensa en cuántas canciones en inglés hay en el mundo.

El español le cuesta más, y el castizo todavía más. Hay versiones en las que una palabra sale con el acento en la sílaba equivocada, en las que una frase larga se atropella porque no cabe en el compás, o en las que todo suena a un español de ninguna parte, ni de Madrid ni de Bogotá: un neutro involuntario que yo no he pedido. Las zetas y las eses, la entonación de una pregunta irónica, el retintín de un «¡tu ojete!» gritado en un estribillo: todo eso hay que pelearlo.

La pelea se hace de varias maneras. Reescribo. Cambio una palabra por otra con el acento en su sitio. Parto un verso en dos. Estiro vocales a mano en la propia letra, como el «noooo» de «Trabalenguas para meter la lengua», para indicar dónde quiero que se alargue la sílaba. Repito un estribillo hasta que la herramienta lo entiende como estribillo. Genero varias versiones y elijo la que mejor respeta la intención de la frase, y a veces ninguna me vale y vuelvo al cuaderno. Es un trabajo de dirección, y en español me lleva más tiempo que en inglés.

Pero no cambiaría el castellano por la comodidad. Si escribiera solo en inglés porque a la máquina le sale mejor, estaría dejando que la herramienta eligiera por mí el idioma de mis canciones. Y el idioma es lo último que le cedería.

Lo que me llevo de una lengua a la otra

Del inglés me he traído la poda. Ahora, en español, me pregunto si la segunda frase añade algo o solo repite la primera con otro sombrero.

Del español me he llevado al inglés la confianza en la repetición. La copla repite, el romance repite, el refrán repite, y yo he aprendido a no tenerle miedo a decir cinco veces lo mismo si cada vez pesa un poco más. «Gatekeeping» le debe más de lo que parece a esa tradición.

Y de las dos he aprendido que cada idioma tiene su temperatura. El inglés es mi idioma de la calma, del orgullo dicho en grande y de la melancolía con abrigo. El español es mi idioma del escándalo, del detalle y del cariño con mala leche. Cuando una idea me llega, casi siempre sé en cuál de los dos tiene que vivir antes de saber qué va a decir.

Todas las letras, en las dos lenguas, están en el archivo de letras, y las canciones están en Spotify y en Deezer, y se descargan gratis en esta web. Si solo hablas uno de los dos idiomas, te propongo un juego: escucha primero una canción en el que no entiendes. Antes de buscar la traducción, intenta adivinar si es un chiste, una pena o una declaración de amor. Por la forma en que suenan las palabras, casi siempre se nota.

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