
Por Mike Sain't Louis ·
El puntillo y el morenazo: diminutivos y aumentativos en mis letras
«Nos tomamos cinco jarras en los cien montaditos.»
Así empieza «El anillo de casado», una de las canciones del primer disco de la trilogía GAYFOLK. (La letra completa está en gayfolkplanet.com.) Dos hombres en una cervecería, cinco jarras, un amor que tiene que esconderse. Y en las cuatro primeras líneas de la canción hay tres diminutivos seguidos: montaditos, escondiditos, contentillo. Más un cuarto que, sin serlo del todo, suena igual: el puntillo.
Cuando releo esa estrofa me doy cuenta de que la historia está contada tanto por los sufijos como por las palabras. Si quitas los diminutivos, queda un informe: dos personas bebieron cerveza en un bar y se escondieron. Si los dejas, queda una tarde. Con su calor, su complicidad y ese mareo suave de la tercera jarra.
Este texto va de eso: de los diminutivos y los aumentativos que aparecen en mis canciones. De cómo una sílaba al final de una palabra puede convertir un insulto en una caricia, una caricia en una burla, o un hombre normal en un morenazo. Es una de las cosas que más me gustan del castellano y, creo, una de las más folk. Porque los sufijos no se aprenden en la escuela. Se aprenden en la cocina, en la plaza y en la barra del bar.
Lo que cabe en una sílaba
En gramática, a los diminutivos, aumentativos y despectivos se les llama sufijos apreciativos. El nombre ya lo dice todo: no sirven tanto para medir como para valorar. Un «cafelito» no es un café más pequeño. Es un café que apetece, un café con alguien, un café que te vas a tomar con calma.
El lingüista Amado Alonso lo explicó en 1935 en un ensayo con un título precioso, «Noción, emoción, acción y fantasía en los diminutivos». Su idea, resumida mucho, era que el diminutivo en español casi nunca habla del tamaño. Habla de la emoción de quien lo dice. Cuando una madre dice «cómete el platito», el plato no ha encogido. Lo que ha cambiado es el tono: hay ternura, hay ruego, quizá hay algo de presión.
Me parece una de las observaciones más útiles que conozco para escribir canciones. Porque una letra es, sobre todo, tono. Las palabras de una canción de desamor son casi siempre las mismas: te quiero, te fuiste, no vuelvas, me duele. Lo que cambia de una canción a otra es cómo se dicen. Y en castellano, una manera barata y precisa de cambiar el tono es tocar el final de la palabra.
Hay lenguas que no tienen este recurso, o que lo tienen muy limitado. En inglés, por ejemplo, para decir algo parecido a «morenito» hay que añadir palabras, buscar otro término o fiarse de la entonación. En castellano basta con dos letras. Por eso, cuando se traducen canciones españolas a otros idiomas, lo primero que se pierde casi siempre es esto: el cariño o el veneno que iba escondido en un sufijo.
Montaditos, escondiditos, contentillo
Vuelvo a la cervecería de «El anillo de casado», porque esa primera estrofa es un pequeño manual.
Montaditos. Aquí el diminutivo ya forma parte del nombre: los montaditos son esos bocadillos pequeños de pan con algo encima, y la cervecería de la canción es una cadena muy conocida que lleva el número cien en el nombre. Es un diminutivo lexicalizado, como dicen los gramáticos, una palabra que ya nadie siente como diminutivo. Pero sigue sonando a barato, a cerveza fría y a tarde de amigos.
Escondiditos. «Entre risas y miradas, bien escondiditos», dice la letra. Este sí es un diminutivo con intención. Podría haber dicho escondidos, y la frase significaría lo mismo. Pero escondiditos tiene juego. Suena a niños jugando al escondite, a travesura, casi a algo divertido. Y eso es justo lo que hace la canción con un tema que podría ser durísimo: el amor con un hombre casado, el armario de él, los hostales discretos. El diminutivo le quita peso a la clandestinidad. No la niega, pero la vuelve un juego de dos.
Contentillo. «Hoy estoy contentillo, estoy con el puntillo», sigue la estrofa. Aquí el sufijo es -illo, y no es lo mismo que -ito. Contentillo no es exactamente contento. Es un contento a medias, achispado, que viene de las jarras. Y el puntillo confirma la sospecha: estar con el puntillo es estar un poco bebido, en ese punto exacto en el que todo parece buena idea.
Lo interesante es que la canción usa el diminutivo para hablar de un estado intermedio. Ni sobrio ni borracho. Ni escondido del todo ni a la vista. Ni soltero ni pareja. Toda la canción vive en un «-illo»: en una zona pequeña, cálida y un poco peligrosa. Si el personaje estuviera contento, sin más, la canción sería otra. Contentillo es la palabra de alguien que sabe que está jugando con fuego y que, de momento, le da igual.
Un mapa de España en sufijos
Una de las cosas más bonitas del diminutivo en castellano es que tiene acento. Cada región de España tiene su sufijo favorito, y basta con oírlo para saber más o menos de dónde viene alguien.

El -ito es el más general, el que se usa en todas partes. El -illo es muy andaluz, aunque se oye en toda España. El -ico se asocia con Aragón, Navarra, Murcia y el oriente de Andalucía, y también con varios países de América: a los costarricenses se les llama ticos precisamente por su costumbre de decir chiquitico. El -ín es asturiano y leonés. El -iño es gallego. El -uco suena a Cantabria. Y el -ete se oye mucho en Cataluña, en Valencia y en Aragón.
En mis letras aparecen varios de esos acentos, y me gusta pensar que eso también es folk: la mezcla de hablas que se oye en cualquier ciudad grande, donde vive gente de todas partes.
En «La vecina cotilla», por ejemplo, aparece un momentico. El narrador mira por la ventana al vecino de enfrente, y cuando el vecino se pone el pijama, él disfruta el momentico. No dice momentito. Dice momentico, con esa terminación que en Madrid suena a otra parte, a Murcia, a Zaragoza o a Colombia. Y en la misma canción hay unos shorts cortitos, un baile despacito y una chiquilla. Tres sufijos distintos en una sola canción: -ico, -ito, -illa. Es casi un muestrario.
En «Limón», en cambio, aparece un chiquitín. El -ín, que en Asturias es tan normal, en una canción de amor suena a mote cariñoso, a palabra de casa. Y chiquitín vuelve en otras letras, siempre con ese tono: el de la persona que te da ternura aunque no debería.
Moreno, morenito, morenón
Si tuviera que elegir un solo verso para explicar cómo funcionan los sufijos en castellano, elegiría uno de «Narci de cutre culebrón»: moreno morenito morenón.
Tres palabras. La misma raíz. Tres tamaños.
Moreno es la descripción neutra: un hombre de pelo oscuro o de piel tostada. Morenito es la palabra con la que se habla de alguien que te gusta, la que se dice con media sonrisa. Morenón es el hombre que te deslumbra, el que ocupa todo el espacio cuando entra en un bar.
En la canción, la escalera de sufijos sirve para retratar a un narcisista con un perfil encubierto. Y funciona porque cada escalón dice algo distinto. Primero lo ves. Luego te gusta. Luego te encandila. Y en el verso siguiente se destapa el pastel. La gradación de sufijos es exactamente la gradación del enamoramiento. Y el culebrón, que también es un aumentativo, es lo que queda al final: una telenovela larga, cutre y llena de giros.
Me encanta cómo una enumeración tan corta puede contar una historia entera. No hace falta explicar nada. El oído entiende la escalera porque todos la hemos subido alguna vez.
El morenazo, el pelazo y el coñazo
El sufijo -azo tiene dos caras. Por un lado, es un aumentativo de admiración: un cochazo, un tipazo, un pelazo. Por otro, es el sufijo de los golpes: puñetazo, portazo, codazo, flechazo. Y en mis letras aparecen las dos caras, a veces en la misma canción.

En «Mi novio de Albacete» hay un verso que me hace mucha gracia por cómo enfrenta dos -azos: tú pelazo negro, yo encantado. Y más adelante, el remate: yo tan bueno, ¡y tú un coñazo! El pelazo es admiración pura. El coñazo es un aburrimiento insoportable. Mismo sufijo, sentido opuesto. La canción pasa del flechazo al hartazgo en unos pocos versos, y los sufijos le hacen el trabajo.
Morenazo, por su parte, aparece en una canción como apelativo, casi como un nombre propio: querido morenazo. Es una forma de dirigirse a alguien que mezcla el piropo y la ironía. Porque cuando a alguien lo llamas morenazo en una carta de despedida, ya no lo estás piropeando del todo. Le estás recordando lo que era y lo que ha dejado de ser para ti.
Y en otra canción, el último ex, que resulta ser una inteligencia artificial disfrazada, se recuerda por sus polvazos. Aquí el aumentativo es exageración de barra de bar, la manera en que uno presume ante las amigas de lo que tuvo. Es un -azo de sobremesa. No pretende ser exacto. Pretende ser divertido.
El buenazo y el pardillo
Hay dos palabras con sufijo que en mis letras sirven para hablar de lo mismo desde dos ángulos: buenazo y pardillo.
Buenazo aparece, por ejemplo, en «¡Eso es lefa!», en una lista de personajes en la que figura el buenazo de mi última pareja. Y aparece en «Un puñetazo al día», donde se habla de alguien que es un pieza y un buenazo. El buenazo es una figura muy española: el hombre bueno hasta el exceso, el que no se entera, el que perdona demasiado. El -azo aquí no engrandece. Señala un exceso. Ser bueno está bien. Ser un buenazo ya es otra cosa, porque implica que alguien se aprovecha de ti.
Pardillo es casi lo mismo dicho desde fuera. El pardillo es el ingenuo, el que se deja engañar. En «Asqueroso coordinador» la letra dice: te pensaste que era un pardillo. Y en «No quiero otro novio cojín» la pregunta es quién será el próximo pardillo. La palabra viene de un pájaro, el pardillo, que es pequeño y pardo, y en el habla de la calle se usa desde hace mucho para el que no espabila. El -illo aquí no es cariñoso. Es condescendiente.
En la misma canción del novio cojín aparece otro -illo con mala leche: tu nueva obra de teatrillo. No es un teatro. Es un teatrillo. Una función pequeña, de cartón piedra, con decorados mal pintados. El diminutivo convierte la manipulación en una representación de aficionados. Y eso, para quien ha sido manipulado, es una pequeña victoria: deja de ver un drama y empieza a ver una función escolar.
Me interesa mucho este uso del diminutivo como arma. Porque solemos pensar que el diminutivo es siempre tierno, y no es así. Un «qué listillo» no es un elogio. Un «vaya numerito» tampoco. En «La dieta del cucurrucho» se pregunta si viene el numerito de alguien, y el numerito es exactamente eso: un espectáculo exagerado, montado para llamar la atención. El sufijo empequeñece para ridiculizar.
Chiquitín, monín y la gramática del ligue
Si el diminutivo puede ser arma, también es, claro, la gramática del ligue.

En «Que te mola el cruising» aparecen dos apelativos seguidos: vaya, vaya, chiquitín; vaya, vaya, monín. Son palabras de alguien que acaba de pillar a otro en algo, con una mezcla de burla y coqueteo. Monín es especialmente interesante. Viene de mono, en el sentido de bonito, y con el -ín se vuelve casi infantil. Es el tipo de palabra que se usa para un bebé, para un perro pequeño o para un chico que te hace gracia. En un contexto de ligue, tiene algo de juego de poder: yo te llamo monín, y con eso dejo claro quién está mirando a quién.
En «Ese chulito» los diminutivos se acumulan en un solo verso: al chulito bebecito me lo llevo calentito. Chulito, bebecito, calentito. Tres -itos en una línea. Es casi un trabalenguas, y tiene la energía de una noche de fiesta. Chulito rebaja la chulería del chulo: ya no es un macarra amenazante, es un chico que se hace el duro. Bebecito es un apelativo cariñoso que el reguetón ha popularizado muchísimo en los últimos años. Y calentito es, bueno, calentito.
En «Tattoo de fénix» pasa algo parecido con papito y movidito: agárrame de la cintura bien fuerte, papito; gira conmigo en este baile, movidito. Son diminutivos de pista de baile, muy cercanos al habla caribeña y al reguetón. Y en «Marica chill» el personaje manda besitos y pone reguetón. El diminutivo, ahí, es casi un emoji: besitos es lo que pones al final de un mensaje para que suene amable.
Lo que me gusta de estos usos es que son muy de ahora. No vienen de la copla ni del refranero. Vienen de la música urbana, de los audios de WhatsApp, de las canciones que suenan en cualquier discoteca de Madrid un sábado. Y sin embargo funcionan exactamente igual que los diminutivos de toda la vida. El castellano de la pista y el castellano de la cocina comparten la misma gramática del cariño.
Mariposa, mariposón: cuando el sufijo es un insulto
Hay un sufijo que en la historia queer española pesa más que ningún otro: el -ón.
El diccionario de la Real Academia explica que marica viene de Marica, el hipocorístico de María, y que maricón viene de marica. Es decir: el insulto más repetido contra los hombres gais en castellano es, literalmente, el aumentativo de un diminutivo cariñoso de un nombre de mujer. María, Marica, maricón. Toda una historia de desprecio contada con sufijos.
Lo mismo pasa con mariposa y mariposón, que en «El segundo exacto» aparecen uno detrás de otro, cerrando una discusión. Ya escribí sobre ese verso en otro texto, sobre los refranes de mis letras, así que aquí solo quiero añadir una cosa: el -ón, en este caso, es el sufijo del señalamiento. Un hombre puede ser delicado sin que pase nada. Pero cuando el sufijo lo convierte en mariposón, ya hay un dedo que apunta.
Por eso me interesa tanto devolver esos -ones con humor. Cuando una letra dice romanticón, como pasa en una canción en la que alguien quiere ponerse romanticón, el sufijo sigue siendo el mismo que en maricón, pero ahora sirve para burlarse con cariño de uno mismo. El aumentativo deja de ser una acusación y pasa a ser una confesión exagerada. Sí, soy un romanticón. ¿Y qué?
Los dos viejitos
No todos los diminutivos son juego, burla o ligue. Algunos son pura ternura, y de esos hay uno en mis letras que me sigue tocando cada vez que lo leo.
En «Envejecer» la pregunta es por qué alguien preguntaba si me imaginaba a los dos viejitos cogidos de la mano. Viejitos. No viejos, ni ancianos, ni personas mayores. Viejitos. El diminutivo convierte la vejez en algo deseable, en una imagen de postal: dos hombres mayores paseando por un parque, de la mano, después de toda una vida juntos.
Para muchos hombres gais de generaciones anteriores, esa imagen era casi imposible. No había modelos. No había matrimonio. No había parejas mayores visibles a las que mirar. Por eso el diminutivo tiene tanta carga en esa canción. Hay ternura, sí, pero también deseo de un futuro que durante mucho tiempo no se pudo imaginar. Y precisamente por eso duele que la pregunta esté en pasado: por qué me preguntabas. El futuro de los dos viejitos ya no va a llegar.
Y hay un diminutivo todavía más pequeño, más íntimo, en «Before the Bells»: ay, mi penita. Es una expresión que en el sur de España se oye mucho y que convierte la pena en algo que se puede acunar. No es la pena grande, la del duelo. Es la penita, la que uno se permite nombrar en la intimidad de casa, con un suspiro. A veces el diminutivo no achica el dolor. Lo vuelve habitable.
Solito
Hay un diminutivo que en mis letras funciona casi como un golpe final: solito.

En «De mito a vómito» y en «El día de la liberación» aparece una exclamación que lo resume todo: ¡y tú solito! También en «Esperma». Es el remate de alguien que por fin se ha ido y deja al otro con su propio desastre. Solito, aquí, no es tierno. Es casi infantil, como lo que se le dice a un niño que se ha metido en un lío: ahí te quedas, tú solito.
Me gusta que el diminutivo pueda ser al mismo tiempo cariñoso y cruel. Solito puede ser «pobrecito, está solo» o «que se las apañe». Todo depende de quién lo dice, en qué momento y con qué cara. En una canción de despedida, es la segunda. Y el diminutivo hace que la crueldad suene ligera, casi graciosa, que es la única manera en que a veces se puede decir una cosa así.
Dinerito, pajarito y otras palabras de casa
Hay diminutivos que no buscan ningún efecto especial. Simplemente son como habla la gente.
Un pajarito me ha dicho, dice una canción del crucero, y eso es una frase hecha de toda la vida para no revelar la fuente de un chisme. El pajarito es el informante anónimo de todas las vecinas de España. En otra canción, alguien se aprovecha robándote el dinerito. Y en otra, la frase es guarda tu dinerito. El dinerito no es poco dinero. Es el dinero propio, el que se ha ganado con esfuerzo, el que se guarda en un sobre. Hay algo muy doméstico en esa palabra, muy de economía de casa.
En «Garrafón de China» aparece otro sufijo popular: no debí de mezclar tanto en el fiestón. Fiestón es un aumentativo que en Madrid se oye mucho. No es una fiesta grande. Es una fiesta que se te fue de las manos. Y en «Noemí Argüelles va ganando en las encuestas» alguien se lleva un ostión en la cara con una puerta. Ostión es un golpe fuerte, otra vez ese -ón de los golpes, y es una palabra tan de la calle que casi no aparece en los textos escritos.
Estas palabras me interesan precisamente porque no son literarias. No las usarías en un examen. Pero son las que la gente dice de verdad, y una canción que quiere sonar a vida tiene que usarlas. Si el folk es la música del pueblo, sus sufijos son los del pueblo también.
Por qué cuidar el final de la palabra
Escribir letras me ha enseñado a fijarme en las terminaciones. En una canción, las palabras se oyen en un orden concreto y con un ritmo concreto, y el final de cada palabra pesa mucho, porque muchas veces es lo que rima, lo que se alarga o lo que se repite.
Un diminutivo añade una o dos sílabas, y eso cambia el ritmo de un verso. Montaditos y escondiditos riman entre sí, y la rima en -itos tiene algo ligero, saltarín, que encaja con una tarde de cervezas. En cambio, la rima en -ón de un verso como el de la mariposa es más rotunda, más de golpe final. El sufijo no solo cambia el sentido. Cambia el sonido.
Por eso me parece que los sufijos apreciativos son uno de los grandes recursos del castellano para escribir canciones. Permiten afinar el tono de una palabra sin cambiarla. Permiten rimar sin forzar. Permiten hablar con la misma lengua con la que se habla en casa. Y permiten algo que me importa mucho: decir cosas duras con ligereza, y cosas tiernas sin cursilería.
Termino donde empecé, en la cervecería. Si «El anillo de casado» empezara con «nos tomamos cinco jarras en los cien bocadillos», no pasaría nada grave. Pero no sería la misma tarde. Faltaría el puntillo.
Preguntas frecuentes
¿Qué son los sufijos apreciativos? Son los diminutivos, aumentativos y despectivos del castellano, como -ito, -illo, -ico, -ín, -ón o -azo. Más que el tamaño, expresan la actitud de quien habla: cariño, ironía, admiración o desprecio.
¿Qué diminutivos aparecen en las canciones de Mike Sain't Louis? Entre otros, montaditos, escondiditos y contentillo en «El anillo de casado», momentico, cortitos y despacito en «La vecina cotilla», chiquitín en «Limón», viejitos en «Envejecer» y la escalera moreno, morenito, morenón en «Narci de cutre culebrón».
¿De dónde viene la palabra maricón? Según el diccionario de la Real Academia Española, maricón viene de marica, y marica viene de Marica, hipocorístico de María. Es un aumentativo construido sobre un diminutivo.
¿Quién escribe estas canciones? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, que se presenta como el primer cantautor IA. La música y las voces de sus canciones se hacen con inteligencia artificial.