
Por Mike Sain't Louis ·
El planeta nació de un bloqueo: «Buscando el polvo perfecto» y la pluma en las apps
«Masc x masc. No plumas. No gordos. No afeminados. Discreción. Abstenerse viejos.»
Si has tenido Grindr abierto más de diez minutos en tu vida, has leído ese perfil. Lo has leído cien veces. Lo has leído en un chico de veintidós años con foto de abdominales en el baño del gimnasio y en un señor de sesenta con foto de una puesta de sol en Torrevieja. Lo has leído en Madrid, en Sevilla y en un pueblo de Soria donde el siguiente usuario conectado estaba a cuarenta y tres kilómetros. Es la misma lista. Siempre la misma.
«Buscando el polvo perfecto» coge esa lista y se la pone en la boca a un personaje que se cree dios. La ficha de la canción en el blog ya cuenta la sátira: el tipo que bloquea, el estribillo que grita el nombre de la app, el follamigo de Toledo con su consejo deprimente y el planeta del final. Aquí quiero ir a dos sitios concretos. Uno es la pluma, porque de todas las cosas que el personaje desprecia, es la que más me duele. El otro es el final, porque en esa última estrofa aparece, con todas sus letras, el nombre del primer disco de la trilogía. El planeta GAYFOLK nace en una canción sobre un bloqueo.
Y eso, para mí, lo explica casi todo.
Tienes pluma y eres afeminado
Entre todos los motivos de bloqueo de la canción, gordo, calvo, viejo, poco dotado, hay uno que no va del cuerpo sino de la forma de estar en el mundo:
«Tienes pluma y eres afeminado, / Yo soy deportista y un buen macho»
La pluma. La mano que se mueve demasiado al hablar. La voz que sube al final de la frase. La forma de cruzar las piernas, de reírte, de decir «tía» a tu mejor amigo. La camiseta un poco demasiado ajustada, el pendiente, la manera de mirar un escaparate de Loewe en la calle Serrano. Todo eso que en el colegio te costó collejas, motes y comidas solo en el patio.
Y lo increíble es que, después de sobrevivir al colegio, al instituto y a los primos del pueblo, llegas al sitio que se supone que es para los tuyos, abres la app de los tuyos, y te encuentras la misma frase que te decía el matón de clase: «no plumas». Escrita esta vez por otro marica.
Esa es la parte más triste de toda la sátira, y por eso la canción la trata con tanta mala leche. El personaje dice que él es deportista y un buen macho, y luego remata con un pareado de patio: ponte a hacer deporte, Romeo. Como si la pluma se quitara en la elíptica. Como si fuera grasa.
La pluma no se quema en el gimnasio. Y menos mal.
La plumofobia con wifi
Hay una palabra para esto, plumofobia, y me parece útil porque nombra algo que mucha gente prefiere no ver. No es que a alguien le gusten los chicos de un tipo y no de otro, que eso es el deseo y cada uno tiene el suyo. Es que el desprecio por lo femenino se ha convertido en una forma de presumir.
Y las apps lo han industrializado. Antes, el que despreciaba la pluma lo hacía en la barra de un bar, con nombre y cara, y se arriesgaba a que alguien le contestara. Ahora lo pone en su descripción, debajo de una foto sin cabeza, y lo leen miles de personas al día. No hay que dar la cara. No hay que dar explicaciones. Se bloquea y listo.
El estribillo lo dice con una palabra estirada hasta el ridículo: Grindeeer. Así, con las es alargadas como un grito de mercadillo. Y luego, a todas horas. Y luego, ¡hoy lloras! Me hace mucha gracia ese «hoy lloras» porque nadie sabe a quién va dirigido. Al bloqueado, que se queda mirando el móvil. O al que bloquea, que lleva tres horas en la app y sigue solo.
En esa rueda llora todo el mundo. Solo que unos lo admiten y otros ponen «masc x masc».
Bloqueo, feo, paseo, Romeo
Hay que fijarse en las rimas, porque hacen la mitad del trabajo. Bloqueo con feo. Bloqueo con paseo. Bloqueo con Romeo. Y al final, bloqueo con «yo creo», que es la rima más vaga del idioma, la que usarías en una felicitación de cumpleaños escrita en la puerta de la nevera.

Son rimas de patio de colegio, de las que se usan para burlarse del gordito de la clase. Y eso es justo lo que las hace demoledoras. El dios de la app se cree muy sofisticado con su cuerpo de anuncio y su lista de requisitos, pero cuando abre la boca le salen pareados de niño de diez años. El desprecio no tiene vocabulario. Tiene cuatro palabras que acaban igual.
Cada estrofa repite la misma estructura, como un formulario: un defecto del otro, una virtud propia, el bloqueo, la burla. Defecto, virtud, bloqueo, burla. Así cuatro veces. Así cientos de veces al día en cualquier móvil de Chueca. La repetición convierte la crueldad en rutina, que es exactamente lo que pasa en las apps: nadie bloquea con rabia, se bloquea con el pulgar, sin mirar, mientras se espera el autobús.
Y lo rutinario, cuando se pone en una canción, deja de parecer normal.
Un novio discreto
Hay un verso del estribillo que siempre me para:
Buscando el polvo perfecto. Buscando a un novio discreto.
Fíjate en la contradicción. Un polvo perfecto y un novio discreto. Lo primero es para ya, en los próximos veinte minutos, en tu casa o en la mía. Lo segundo es para toda la vida, pero que no se note. Que no se entere nadie. Que no salgamos de la mano por Fuencarral. Que si me escribe mi madre, tú eres un compañero de trabajo.
El «discreto» es la palabra trampa de las apps. A veces es un hombre casado con dos hijos y un monovolumen. A veces es un chaval de pueblo que no puede salir del armario porque en casa no lo aceptarían, y eso merece todo el respeto del mundo, que cada uno sale cuando puede. Y a veces es simplemente alguien que ha decidido que lo marica, lo visible, lo que se nota, es una cosa de otros. De los que tienen pluma. De los afeminados. De esos de los que él no quiere que le confundan.
Por eso el novio discreto y el «no plumas» van juntos en la misma canción. Son dos caras de lo mismo: querer a un hombre, pero que no parezca que quieres a un hombre.
He escrito sobre el casado que no sale del armario en «El anillo de casado», que va por otro camino y con otro humor. Aquí el discreto es un deseo de catálogo, uno más en la lista de la compra del dios de la app.
Si buscas casarte
La parte narrativa de la canción, la del follamigo de Toledo, tiene una frase que es casi un refrán:

«Si buscas casarte esta no es la aplicación»
Y la sigue otra peor: si no te cuidas, tendrás que bajar el listón. No hay más solución.
La ficha ya cuenta esa conversación, la resignación de quien da el consejo y lo deprimente que le parece al que lo recibe. Yo me quedo con lo que esa frase revela del mercado. Porque eso es una app de ligue: un mercado. Hay oferta y demanda. Hay productos de primera y de segunda. Hay rebajas. Y si no estás «cuidado», si tienes barriga o canas o pluma o cuarenta y tantos, el consejo es que bajes el listón, como quien baja el precio de un piso en Idealista porque no le llama nadie.
El personaje contesta que le parece deprimente. Y el otro le dice que no lo dice él, que es evidente. Esa respuesta me parece de lo más real de la canción. No lo digo yo: la frase de quien ha aceptado las reglas del juego y ya ni las ve.
Y luego remata con otra que es puro Madrid de los noventa: al grinder siempre se viene llorado. Llorado. Ya llorado de casa. Ya con las lágrimas hechas.
Ese verbo me parece un hallazgo de la letra.
El dios desgastado
Vuelvo al personaje que bloquea, porque la canción lo pinta con una frase que se repite: yo soy dios y tú estás desgastado.
Dios. Ni más ni menos. Es el tipo que tiene la foto del espejo con el abdomen marcado, la luz del baño a su favor y la toalla colocada como en una estatua de Canova. El que se pasa la tarde mirando perfiles como quien pasa las páginas del catálogo de IKEA, con el pulgar rápido y cara de aburrimiento.
Lo bueno de la sátira es que no necesita decir que ese dios también se va a desgastar. Lo sabemos todos. Los abdominales tienen fecha de caducidad, como los yogures. El que hoy bloquea al abuelo será abuelo dentro de unos años, y abrirá la app y se encontrará su propia lista escrita por un chaval de veinte. Vete a llorar al cirujano, le dirán. Y quizá vaya.
La canción no lo dice. Pero el ¡hoy lloras! del estribillo lo deja colgando como una amenaza.
Hay una línea limpia, sin chiste, que me sale cada vez que pienso en ese personaje: el que trata a los demás como objetos acaba sintiéndose uno.
Foto de cara por privado
Hay una cosa de las apps que la canción no nombra, pero que está debajo de cada verso: la manera en que convierten a las personas en trozos.
Abres la cuadrícula y lo que ves no son caras. Son torsos. Son espaldas. Son paquetes marcados en un bañador de Calvin Klein. Son piernas peludas en una toalla de playa de Maspalomas. Son puestas de sol, perros, coches, una botella de cerveza en una terraza. Y en la descripción, si la hay: «foto de cara por privado». Como si la cara fuera un extra, algo que se desbloquea si pasas el primer filtro.
Eso tiene una lógica, no lo niego. Mucha gente no puede enseñar la cara porque no ha salido del armario, porque trabaja de cara al público, porque vive en un pueblo donde todo el mundo se conoce o en un país donde ser marica es un delito. Y hay que respetarlo. Pero el efecto, sumado a millones de usuarios, es un supermercado de cuerpos sin dueño. Pasillo de abdominales. Pasillo de culos. Pasillo de osos. Pasillo de jovencitos. Y la caja registradora, que es el bloqueo, siempre abierta.
El personaje de la canción se mueve en ese supermercado como pez en el agua. Elige, descarta, bloquea. Gordo, fuera. Calvo, fuera. Viejo, fuera. Con pluma, fuera. Es exactamente lo que haría cualquiera con el carro de la compra delante de la sección de fruta: este melocotón tiene un golpe, este está muy maduro, este no me convence.
Solo que los melocotones no se van a casa a llorar.
Lo que no dice el perfil
Hay una hora en las apps que nadie pone en su descripción. Las tres de la mañana de un martes.

A esa hora la cuadrícula está llena de gente que no puede dormir. El que acaba de romper con su novio y no sabe qué hacer con la cama tan grande. El que ha llegado a Madrid hace dos semanas y no conoce a nadie. El que tiene sesenta años y lleva toda la vida escondiéndose. El chaval de pueblo que ha abierto la app por primera vez con el corazón en la boca. El casado que ha bajado a tirar la basura y lleva cuarenta minutos en el portal mirando el móvil. Y también, claro, el dios de los abdominales, que no se ha acostado porque está esperando a que le escriba alguien que le merezca.
Todos están buscando lo mismo, y no es exactamente un polvo. Es que alguien les mire.
Por eso la frase del follamigo de Toledo, la de que a la app siempre se viene llorado, me parece tan certera. Nadie entra en Grindr a las tres de la mañana porque esté pletórico. Se entra con algo dentro: soledad, aburrimiento, ganas, tristeza, una mezcla de todo. Y la app, en vez de recibir eso con cuidado, lo pone en una cuadrícula y le pide que compita.
No quiero hacer un sermón contra las apps. Hay parejas que se conocieron ahí y llevan quince años juntas. Hay amistades enteras que empezaron con un «hola, ¿qué tal?». Hay gente de pueblo para la que esa cuadrícula fue la primera prueba de que no estaba sola en el mundo. Todo eso es verdad.
Pero también es verdad que la lista del principio, la de «no plumas, no gordos, no viejos», se escribe en esa cuadrícula. Y que la lee, a las tres de la mañana, alguien que ya venía llorado de casa.
La portada: un dios en otro planeta
La portada del single es pura ciencia ficción de los ochenta. Un hombre con el pelo engominado hacia arriba, barba recortada, mirada seria, vestido con una chaqueta de cuero oscuro con líneas de neón rosa y una estrella dibujada en el hombro. Lleva el pecho abierto con un tatuaje. Detrás, un planeta enorme de color rosa, una luna pequeña, montañas y unas torres de cristal puntiagudas como de ciudad alienígena. Y el título abajo, en letras rosas gruesas, como el cartel de una película de serie B.
Es el dios de la app. Pero lo han sacado de su baño con luz favorecedora y lo han plantado en otro planeta. Y ahí, rodeado de cristales rosas y lunas raras, ya no parece tan dios. Parece un turista perdido. Un astronauta que ha llegado a un sitio donde sus reglas no valen.
Me gusta leerla así: como la llegada del dios desgastado al planeta donde nadie le va a puntuar.
Descubierto un nuevo planeta llamado GayFolk
Y llegamos al final, que es donde la canción cambia de piel:

«No hay grinder ni aplicaciones, tampoco hay complejos, / No hay de qué preocuparse a los que van de discretos, / Y las personas allí no son simples objetos.»
Ahí está, en la letra, la frase que da nombre al primer disco de la trilogía: «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK». En el catálogo, de hecho, la canción que lleva ese título comparte esta misma letra. El planeta no aparece en una canción de cohetes y estrellas. Aparece al final de una sátira sobre Grindr.
A mí eso me parece perfecto. Porque GAYFOLK no nace como una fantasía de ciencia ficción para escapar del mundo. Nace como respuesta a una cosa muy concreta, muy cutre y muy cotidiana: el bloqueo. La lista. El «no plumas». La sensación de ser un producto en una estantería.
Y frente a eso, el planeta propone lo más sencillo: un sitio sin aplicaciones, sin complejos, donde los discretos no tienen de qué preocuparse y donde las personas no son objetos. No dice que allí todos sean guapos. No dice que allí todos tengan pluma. Dice que allí nadie te pone nota.
Si quieres ver cómo se ha ido construyendo ese planeta a lo largo de los tres discos, la página de Planeta GAYFOLK lo cuenta entero.
Se acabaron las preocupaciones
El último verso de la canción es casi un eslogan: se acabaron las preocupaciones.
Es muy ingenuo, y lo sabe. Ningún planeta te quita las preocupaciones. Ni Marte, ni la Luna, ni la isla de Mykonos en agosto. Pero hay ingenuidades que hacen falta, sobre todo después de tres estrofas de crueldad. Después de escuchar al dios de la app soltar sus motivos de bloqueo, el oído necesita algo amable, aunque sea exagerado, aunque sea de cuento.
La trilogía entera se apoya en esa ingenuidad, y no me avergüenza nada. Hay mucha canción por ahí que te explica lo mal que está todo. Pocas te dejan imaginar, aunque sea tres minutos, un sitio donde no estuviera tan mal.
La pluma como bandera
Me gustaría terminar volviendo a la pluma, porque creo que la canción, por debajo de la burla, la defiende.
La pluma no es un defecto que haya que disimular. Es una forma de estar en el mundo que tiene una historia larguísima. Las folclóricas la tenían. Las drag queens de los ochenta en los bares de Chueca la tenían. Las locas de los pueblos que se plantaban un mantón en las fiestas patronales y bailaban delante de todo el mundo la tenían, y muchas pagaron por ello un precio que no nos podemos ni imaginar. La pluma ha sido valentía antes de que nadie hablara de visibilidad.
Por eso me revienta tanto el «no plumas» escrito por un marica. Porque es renegar de quien te abrió la puerta.
En el catálogo hay canciones que celebran esa pluma sin pedir perdón. «Marica chill» es una de ellas, con su glitter en la cara por la mañana y sus tacones para bajar a la playa. «Mueve las plumas» lo dice desde el título. Y sobre el cuerpo, el que la app desprecia y el que tenemos de verdad, escribí en «Escribir sobre el cuerpo sin pedir perdón».
«Buscando el polvo perfecto» va por el otro lado: pone el desprecio en boca de su dueño para que suene a lo que es. Ridículo.
Para la próxima vez
La ficha termina con un consejo que me encanta: escúchala la próxima vez que te bloqueen sin motivo, o mejor todavía, la próxima vez que vayas a bloquear tú.
Yo añado otro. La próxima vez que vayas a escribir tu descripción de perfil, antes de poner «no plumas», piensa en el niño que fuiste en el patio del colegio. El que movía las manos al hablar. El que prefería saltar a la comba con las niñas. El que se llevó el primer «maricón» a los ocho años sin saber todavía lo que significaba.
Ese niño no tenía la culpa de nada.
Y tampoco la tiene el chico con pluma que te ha escrito «hola» a las once de la noche.
Puedes no contestarle. Pero no le pongas nota.
Preguntas frecuentes
¿En qué disco está «Buscando el polvo perfecto»? Forma parte de «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK», el primer disco de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis.
¿De qué habla «Buscando el polvo perfecto»? Es una sátira de las apps de ligue gay contada desde el que bloquea: un personaje que se cree dios y rechaza a los demás por gordos, calvos, viejos o por tener pluma.
¿Qué relación tiene con el planeta GAYFOLK? La última estrofa menciona por primera vez un nuevo planeta llamado GayFolk, sin aplicaciones ni complejos, donde las personas no son simples objetos. Esa frase da nombre al primer disco de la trilogía.
¿Qué aparece en la portada? Un hombre con chaqueta de cuero con líneas de neón rosa delante de un planeta rosa, una luna y una ciudad de torres de cristal, con el título en letras rosas.
¿Quién hizo la canción? La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces se hicieron con herramientas de inteligencia artificial.