
Por Mike Sain't Louis ·
El insulto que nadie oye: «El abismo en mi cabeza» y la tristeza que no se ve desde fuera
Un hombre joven, con el torso desnudo y un tatuaje de alas en el pecho, se tapa media cara con la mano. Tiene los ojos cerrados y de ellos caen dos regueros negros, como si llorara tinta. A su espalda se abren unas alas enormes de plumas oscuras. Pero lo que más llama la atención está arriba: el pelo se le deshace en salpicaduras de tinta, y dentro de esa nube flotan figuras encogidas, cuerpos abrazados a sí mismos, un rostro, un reloj. Todo en negro sobre un fondo blanco, casi de papel. Arriba, en mayúsculas de imprenta, el título.
Es la portada de «El abismo en mi cabeza», y me gusta porque hace justo lo que hace la canción: abre la cabeza y enseña lo que hay dentro. Desde fuera, el chico de la foto podría estar simplemente cansado. Una mano en la cara es un gesto que hacemos todos cien veces al día. Lo que cambia la imagen es que podemos ver la tormenta que tiene encima. En la vida real esa tormenta no se ve.
La canción forma parte de «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía, que tienes explicado en la página del Planeta Gayfolk. En la lista completa de singles es el número 233. Su ficha en el blog ya recorre la letra estrofa por estrofa. Aquí quiero hacer otra cosa: hablar de la distancia que hay entre lo que alguien siente por dentro y lo que los demás ven por fuera. Porque esta canción entera ocurre en un sitio al que nadie más puede entrar.
Antes de seguir, una cosa importante. Esta letra es oscura y en un momento menciona una soga. Si al leer esto te reconoces demasiado, si tienes pensamientos de hacerte daño, no lo cargues solo. En España puedes llamar al 024, la línea de atención a la conducta suicida, gratuita y disponible a cualquier hora. Si hay un peligro inmediato, llama al 112. Si estás fuera de España, llama al número de emergencias de tu país.
Un insulto sin sonido
La canción empieza de noche, con algo que grita un nombre. Y enseguida aclara qué tipo de grito es: «un insulto sordo que nadie responde». Esa combinación me parece la clave de todo. Un insulto que no suena. Un grito que no hace ruido. Algo violento que ocurre en silencio absoluto.
Así funciona muchas veces la tristeza profunda. No hay nadie fuera insultándote. No hay una discusión que los vecinos puedan oír a través de la pared. El ataque viene de dentro y tiene la ventaja de conocerte mejor que nadie: sabe exactamente qué decirte, cuándo decírtelo y en qué tono. Y como no hace ruido, nadie acude.
Lo de que nadie responde tiene dos lecturas, y las dos me interesan. La primera es que nadie contesta al insulto, que no hay quien lo rebata. La segunda es que nadie se entera de que existe. Si nadie lo oye, nadie puede responder. Ni para defenderte ni para preguntarte qué te pasa.
Por eso empecé por la portada. El dibujo hace visible lo invisible. Si en la calle cada persona llevara encima una nube así, veríamos muchas más tormentas de las que imaginamos. Y probablemente trataríamos a la gente con algo más de cuidado.
Las sombras que bailan
Hay un detalle en la primera estrofa que me parece muy cruel y muy exacto: las sombras bailan. No acechan, no persiguen. Bailan. Al son de un silencio frío, pero bailan.
Me gusta esa crueldad porque en mis discos se baila mucho. Hay pista, hay verbena, hay purpurina, hay canciones hechas para mover las caderas sin pedir permiso. Y de repente, en esta, quienes bailan son las sombras. La fiesta sigue, pero no es tuya. Tú caminas entre ellas como quien atraviesa una discoteca sin ganas, viendo cómo los demás se mueven al ritmo de una música que tú no oyes.
Es una sensación muy reconocible para cualquiera que haya estado triste en un sitio lleno de gente. Todo el mundo parece funcionar con normalidad. Ríen, hablan, hacen planes. Y tú estás ahí, en medio, sin saber muy bien cómo se hace eso que los demás hacen sin esfuerzo.
El abismo tiene sentido del humor
El estribillo trae la imagen que da título a la canción, y la trae con una personalidad muy marcada. Este abismo no es un agujero quieto. Es alguien. Y además se burla: «se ríe de mi torpeza».

Me parece de las ideas más duras de la letra. Ya es bastante malo sentirse hundido. Pero además, lo que hay dentro se ríe de ti por no saber salir. Te mira tropezar y se divierte. Cada intento fallido de levantarte, de hacer la compra, de contestar un mensaje, de ducharte, se convierte en material para la burla.
Mucha gente que ha pasado por una depresión describe algo parecido: no solo la tristeza, sino el juicio constante sobre la propia tristeza. No solo no puedo, sino qué inútil soy por no poder. Es una doble condena. Y la palabra torpeza la resume muy bien, porque es una palabra pequeña, casi doméstica. No habla de grandes fracasos. Habla de no atinar, de tropezar con las cosas sencillas.
Un laberinto sin puertas
Luego viene la imagen que más me gusta de toda la canción: el abismo es un laberinto sin puertas. Pensadlo un momento. Un laberinto normal es difícil, pero tiene una salida. Puede costar encontrarla, puedes pasarte horas dando vueltas, pero existe. Un laberinto sin puertas es otra cosa. Es un sitio del que, en teoría, no se sale.
Eso es lo que se siente, aunque no sea lo que es. Y esa diferencia me parece fundamental. La tristeza profunda tiene la capacidad de convencerte de que no hay salida. Te lo dice con tanta seguridad que te lo crees. Pero lo que te dice el abismo no es un dato. Es un síntoma.
La canción no hace esa aclaración, y está bien que no la haga. La letra describe desde dentro, y desde dentro no hay puertas. Si la canción saliera de repente a decir que sí hay salida, sería mentira dentro de su propia lógica. Esa aclaración me toca hacerla aquí, fuera de la canción, en un texto que se lee con la luz encendida: el laberinto parece no tener puertas, pero las tiene. A veces hay que buscarlas con ayuda.
El sol que se olvida
El estribillo termina con un verso que me parece muy bonito y muy triste a la vez: el sol nunca se acuerda de ese sitio. No dice que el sol no llegue o que esté tapado. Dice que se olvida.
El olvido es una forma muy concreta de abandono. No es un rechazo activo. Nadie te echa. Simplemente, dejan de pensar en ti. Y esa imagen del sol que se olvida de un rincón conecta con la sensación de que el mundo sigue funcionando sin contar contigo. Los días pasan, la gente sigue con sus cosas, el sol sale cada mañana en todas partes menos ahí.
También me gusta porque convierte algo enorme, el sol, en algo despistado. Como un amigo que se olvida de llamarte. No por maldad, sino porque tiene muchas cosas en la cabeza. Y eso, curiosamente, deja una rendija abierta: lo que se olvida se puede recordar.
Las paredes que hablan sin decir nada
En la segunda estrofa, las paredes susurran secretos huecos. Es otra paradoja de las que llenan esta letra: secretos que no contienen nada. Susurros sin mensaje.
Me parece una descripción muy precisa de lo que hace la cabeza cuando gira sobre sí misma. Pensamientos que parecen importantes, que se presentan como revelaciones, como verdades ocultas que por fin entiendes. Y al mirarlos con calma, están vacíos. Dan vueltas y no llevan a ninguna parte. Son ruido con apariencia de sentido.
Las paredes, además, son las del laberinto. Las mismas que no tienen puertas. Así que no solo te encierran: encima te hablan. Te entretienen con secretos que no son nada mientras sigues dentro.
Días como espejos viejos
En la misma estrofa los días se rompen como espejos viejos. Es una imagen con mucha tradición: el espejo roto trae mala suerte, el espejo viejo tiene manchas y devuelve una imagen borrosa. Aquí se juntan las dos cosas.

Un día que se rompe como un espejo es un día que se hace pedazos y en el que ya no te reconoces. Te miras y lo que ves está fragmentado, manchado, distorsionado. Y lo que se rompe no es un día concreto, sino los días en plural, uno detrás de otro, como una costumbre.
Me interesa esa idea de rutina rota. Cuando se habla de la tristeza profunda, a menudo se imaginan grandes momentos dramáticos. Pero muchas veces lo que hay es esto: días que no aguantan enteros. Que empiezan y se van resquebrajando por las esquinas hasta que, por la noche, no queda ninguno en pie.
Perder antes de jugar
La estrofa termina con una idea que da vértigo: la vida como un truco sin fin y como «un juego que pierdo antes de empezar a vivir». Es el verso más desolador de la canción, y lo es por la palabra antes.
No habla de perder después de intentarlo. Habla de perder sin haber empezado. Es la sensación de que el resultado ya está decidido, de que no merece la pena ni salir a jugar porque la partida está amañada. Y lo del truco va en la misma línea: un truco es algo que te engaña, algo preparado para que pierdas.
Desde fuera, esto se suele leer como pereza o como falta de ganas. Y no tiene nada que ver. Quien se siente así no ha decidido rendirse. Lo que ocurre es que su cabeza le ha contado, con mucha convicción, que todo está perdido de antemano. Por eso no sirve de mucho decirle a alguien que se anime o que ponga de su parte. Para esa persona el tablero ya está volteado.
El aire que ahoga
La tercera estrofa empieza con un deseo que no se cumple: querer gritar y que el aire ahogue. Aquí la letra vuelve al principio, pero dándole la vuelta. En la primera estrofa era la noche la que gritaba. Ahora quien quiere gritar es la persona que habla, y no puede.
Es la otra cara del insulto sordo. Lo que hay dentro grita sin hacer ruido, y quien sufre no consigue hacer ruido aunque lo intente. Las dos cosas juntas explican por qué este tipo de dolor pasa tan desapercibido. El ataque es silencioso y la petición de ayuda también.
Pienso mucho en eso cuando alguien dice que no sabía nada, que la otra persona no le había contado nada. Muchas veces no es que no quisiera contarlo. Es que el aire no le dejaba. Pedir ayuda requiere unas fuerzas que la tristeza profunda se encarga de quitarte primero.
La sombra que se va
Luego aparece el verso más oscuro de la letra. La sombra se va y deja a quien habla en la soga. No lo voy a esquivar ni a maquillar, porque la canción no lo hace, pero sí quiero decir algo sobre él.
La sombra es lo que siempre va pegado a uno. Hasta la sombra se marcha. Es una forma brutal de expresar la soledad total, la sensación de que no queda nadie, ni siquiera lo que no puede separarse de ti. Y la soga es una imagen directa del suicidio. Está ahí y es muy explícita.
Escribir esta imagen en una canción es una manera de nombrar algo de lo que cuesta muchísimo hablar. Y nombrarlo importa. Mucha gente vive ese pensamiento en secreto, convencida de que es la única, de que algo está profundamente mal en ella por tenerlo. Que aparezca en una letra, sin escándalo y sin morbo, dice algo sencillo: esto le pasa a más gente, y se puede hablar de ello.
Lo repito porque es lo más importante de este texto: si esa imagen te resulta familiar, habla con alguien. El 024 existe precisamente para esto. No hace falta estar al borde de nada para llamar. Basta con estar pasándolo mal y no saber con quién hablar.
Sin mapa, sin norte, sin estrella
La estrofa cierra con una lista de ausencias. No hay mapa, ni norte, ni estrella fugaz. Las tres cosas sirven para orientarse o para tener esperanza. El mapa te dice dónde estás. El norte te dice hacia dónde ir. La estrella fugaz es la del deseo, la que se mira para pedir algo.

Lo que queda, dice la letra, es un peso que no se puede soltar. Me gusta que acabe ahí, en algo tan físico. La tristeza profunda pesa. No es una metáfora gratuita. Hay quien la describe como una mochila de piedras, como estar bajo el agua, como moverse dentro de barro. Cuesta levantarse de la cama porque, de verdad, pesa.
Y fijaos en que no hay brújula entre las cosas que faltan. No hay ninguna herramienta. Todo lo que se echa de menos viene de fuera: el mapa lo dibuja otro, el norte está en el cielo, la estrella cae sola. Quizá por eso la salida, cuando llega, casi nunca se encuentra a solas.
Cómo se ve desde fuera
Aquí quiero cambiar de lado. Toda la canción está escrita desde dentro del abismo. Pero muchas de las personas que la escuchen estarán fuera, mirando a alguien que quieren y que está ahí metido.
Desde fuera, este tipo de tristeza se ve muy poco. Se ve a alguien que cancela planes. Que tarda en contestar. Que parece distraído o irritable. Que duerme demasiado o casi nada. Que dice estoy bien con una sonrisa que no le llega a los ojos. Son señales pequeñas y muy fáciles de malinterpretar. Es fácil pensar que la otra persona está rara, que pasa de ti o que se ha vuelto antipática.
La portada me ayuda a explicarlo. Si solo vieras al chico con la mano en la cara, sin la nube de tinta encima, pensarías que está cansado o que le duele la cabeza. Es la nube lo que cuenta la historia. Y en la vida real tenemos que imaginárnosla, porque nadie la lleva dibujada.
Lo que se puede hacer
No soy psicólogo y esta canción no pretende ser un manual, pero hay algunas cosas que se repiten en todo lo que dicen los profesionales y que me parece útil poner aquí.
La primera: preguntar. Directamente y con calma. Preguntar a alguien si está pasándolo mal, incluso si está pensando en hacerse daño, no le mete la idea en la cabeza. Le da permiso para hablar. Es una de las cosas que más se repiten en las guías de prevención del suicidio.
La segunda: escuchar sin arreglar. Cuando alguien te cuenta que está en un laberinto sin puertas, la tentación es enseñarle enseguida la salida, darle consejos, decirle que no es para tanto. Casi nunca funciona. Suele funcionar mejor quedarse al lado y escuchar sin juzgar.
La tercera: no minimizar. Frases como anímate, hay gente que está peor o tienes que poner de tu parte suenan razonables desde fuera, pero desde dentro confirman lo que dice el abismo: que eres torpe por no poder.
La cuarta: ayudar a buscar ayuda profesional. Acompañar a pedir cita, buscar un teléfono, estar ahí mientras se hace la llamada. Para alguien sin fuerzas, ese paso puede ser enorme. Y tener los números a mano: el 024 en España, el 112 si hay un peligro inmediato, el número de emergencias local fuera de España.
Escrita para la noche
La ficha de la canción dice que es de las que se escriben de noche y se escuchan de noche, y estoy de acuerdo. Todo en ella ocurre en la oscuridad: la noche que grita, las sombras, el sol que no llega, la estrella fugaz que no aparece.

Me parece importante que exista música así. No todo tiene que animar. A veces lo que necesitas a las tres de la mañana no es una canción que te diga que todo va a salir bien, sino una que describa exactamente cómo te sientes. Que alguien haya puesto palabras a lo que no sabías explicar tiene algo de compañía.
Pero también me parece importante no quedarse a vivir en ella. Una canción triste es una buena compañera para una noche. No es una buena compañera para meses. Si llevas mucho tiempo escuchando solo canciones así, quizá sea el momento de hablar con alguien.
Repetir el estribillo
El estribillo aparece tres veces, exactamente igual. Entre una estrofa y otra, la situación empeora: primero las sombras, luego los espejos rotos, luego la soga. Pero el estribillo no cambia. El abismo sigue riéndose, el laberinto sigue sin puertas, el sol sigue sin acordarse.
Esa repetición tiene un efecto muy concreto. Es la sensación de estar atrapado en un bucle. Pase lo que pase en las estrofas, siempre se vuelve al mismo sitio. Es lo que tiene la rumiación, ese girar y girar sobre los mismos pensamientos. Avanzas un poco y, de repente, otra vez lo mismo.
Y, sin embargo, la canción termina. Eso es lo que no puede hacer el abismo y sí puede hacer una canción: acabarse. Después del último estribillo hay silencio, y el silencio después de una canción no es el mismo que el del principio.
Entre una broma y un bañador
En la lista de singles, «El abismo en mi cabeza» está justo después de «Esperma» y justo antes de «Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca». Si las escuchas seguidas, el contraste es enorme: un título que hace reír, después esta, y después una ruptura contada a través de unos bañadores.
Me gusta ese vecindario porque es fiel a cómo es la vida. El humor y la tristeza no viven en barrios separados. Una misma persona puede reírse a carcajadas por la tarde y estar en el laberinto por la noche. Que esta canción esté rodeada de títulos tan diferentes recuerda que la tristeza profunda le puede tocar a cualquiera, también al que siempre parece estar de broma.
La música como respiro
He escrito otras veces sobre la música como sitio donde agarrarse, y lo tienes en la ficha de «La música me está salvando». Esa canción y esta se miran de lejos. Una está en el abismo. La otra cuenta cómo la música ayuda a ir saliendo de él.
No digo que una canción cure nada. No lo hace. Pero escribir lo que pesa, ponerlo delante y mirarlo es una forma de quitarle un poco de poder. Y escuchar a alguien que lo ha descrito con precisión puede ser el primer paso para que tú también encuentres palabras. Y con palabras ya se puede hablar con alguien.
Para quien está dentro y para quien está fuera
«El abismo en mi cabeza» es para quien está ahora mismo en el laberinto. Para que sepa que lo que siente tiene nombre y que otras personas han pasado por ahí. Y para que recuerde que lo que le cuenta el abismo, que no hay puertas, que la partida está perdida, no es la verdad aunque suene a verdad.
Y es también para quien está fuera. Para quien tiene cerca a alguien que se tapa la cara con la mano y dice que solo está cansado. Para que se imagine la nube de tinta que no se ve. Y para que pregunte.
Como letrista, esta es de las canciones en las que menos juego hay. No hay chistes, no hay purpurina, no hay guiños. Me presento como «el primer cantautor IA» porque la música y las voces las hago con inteligencia artificial, pero esta letra describe algo muy humano. La tienes gratis en descargas. Y si la necesitas para algo más que escucharla, recuerda: 024.
Si este tema te toca de cerca: en la serie «Salud mental sin tabú» hablo abiertamente de mi salud mental (el abuso narcisista, el bullying y los abusos que sufrí de niño, mi diagnóstico a los 41 y la terapia) y reúno dónde pedir ayuda. Si piensas en el suicidio, llama al 024.
Preguntas frecuentes
¿En qué disco está «El abismo en mi cabeza»? En «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis. En la lista completa de singles es el número 233.
¿De qué habla «El abismo en mi cabeza»? De la tristeza profunda vista desde dentro: un insulto que no hace ruido, un laberinto sin puertas, días que se rompen y un peso que no se puede soltar. Contiene una imagen explícita relacionada con el suicidio.
¿Qué aparece en la portada? Un hombre con los ojos cerrados y la mano en la cara, con lágrimas negras y alas oscuras. Su pelo se deshace en tinta y dentro flotan figuras encogidas y un reloj.
¿Dónde pedir ayuda si me reconozco en la letra? En España, en el 024, la línea de atención a la conducta suicida, gratuita y disponible a cualquier hora. Si hay un peligro inmediato, en el 112. Fuera de España, en el número de emergencias local.
¿Quién hizo la canción? La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces se hicieron con herramientas de inteligencia artificial.