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Dos toreros en un sillón naranja, sofás rosas y un salón bajo el agua: los sofás de Planeta Gayfolk

El sofá es el mueble más honesto de una casa. La cama se hace por la mañana y queda bonita; la mesa se recoge; las sillas se ponen en su sitio. Pero el sofá cuenta siempre la verdad. Tiene la forma de quien se sienta en él, el hueco del lado preferido, la manta arrugada, el cojín aplastado de tanto apoyar la cabeza. Si quieres saber cómo está alguien, mira su sofá. Te dirá si ha dormido ahí, si ha llorado ahí, si ha pasado ahí un fin de semana entero sin moverse.

Repasando mis videoclips, me he dado cuenta de que Planeta Gayfolk está lleno de sofás. Sillones de colores, salones de otra época, sofás que flotan bajo el agua, salas de espera con butacas en fila. Ninguno lo puse a propósito, o eso creía. Ahora pienso que estaban ahí porque son uno de los muebles que mejor conozco. Me apetece sentarme en cada uno, y el primero es el más llamativo: un sillón naranja y un sofá rosa donde dos toreros se sientan sin mirarse.

La mañana después del garrafón

«Garrafón de China» es una comedia de resaca. Su protagonista se despierta con un dolor de cabeza monumental, con alguien en la cama a quien no reconoce, y con la sospecha de que la culpa de todo la tiene el alcohol de mala calidad que les sirvieron la noche anterior. La letra arranca así:

Esta mañana, me he levantado Con un pavo que no sé ni quién es al lado

Y el estribillo resume la situación con una precisión que siempre me hace reír:

¡Garrafón de China! Y ahora tengo a un extraño en mi cocina

Es una canción ligera, de fiesta y de después de la fiesta. No pretende dar ninguna lección. Pero tiene algo que me interesa mucho: está toda ella contada desde dentro de casa, en ese momento raro en el que la noche ya ha terminado y el día todavía no ha empezado del todo. El momento del sofá.

Dos toreros que no se miran

El vídeo dura casi cuatro minutos, y gran parte de él transcurre en interiores de colores muy saturados: un dormitorio con paredes de arte pop y luces de neón, un salón con suelo de lunares rojos, una sala con sofás. Y los protagonistas no son dos chicos cualquiera, sino dos toreros, con sus trajes de luces bordados en oro y plata, sus chaquetillas, sus medias rosas. Dos toreros de resaca. La imagen ya tiene gracia por sí sola.

Pero el plano que más me gusta es el de los sofás. Hay una pared pintada con formas naranjas y azules, una alfombra rosa de pelo largo y, delante, dos asientos: un sillón naranja de orejas a la izquierda y un sofá rosa capitoné a la derecha. En el naranja se sienta un torero con traje turquesa, con las piernas abiertas y las manos en las rodillas. En el rosa, otro con traje granate, en la misma postura. Están a un metro el uno del otro. Y no se miran.

Ese plano se repite varias veces, con pequeñas variaciones, y cada vez me dice más. Dos personas que han compartido algo la noche anterior y que ahora, a la luz del día, se sientan cada una en su mueble, separadas, sin saber muy bien qué decirse. «Un pavo que no sé ni quién es al lado», dice la canción. Y el vídeo lo traduce en dos sillones distintos, de colores que no pegan, colocados uno junto al otro como si alguien los hubiera juntado sin pensar.

Tumbados en el suelo

Hay otros planos en el clip en los que nadie está sentado: están tirados. Un torero con chaquetilla roja y dorada aparece tumbado sobre un montón de cojines de colores, con las piernas en alto, en la postura exacta de quien no ha llegado a la cama. En otro, dos chicos vestidos de negro, con chaquetas de lentejuelas, están estirados sobre un suelo blanco con lunares rojos, delante de una pared amarilla, como si se hubieran quedado dormidos en mitad de la fiesta.

Tres fotogramas de videoclips de Mike Sain't Louis con sofás: un salón con sofás rojos y una cascada morada en «La vecina cotilla», una sala de espera rosa en «Contact Overwhelms Me» y un sofá rosa en «3 años de garantía»

Y hay uno más, que me parece el más tierno de todos: los dos toreros tumbados juntos en la cama, con las cabezas muy cerca, los ojos medio cerrados, las chaquetillas brillando bajo la luz de neón. Ahí ya no están separados. Comparten almohada. No sabemos si se conocen o no, pero por un momento parecen descansar juntos.

Me gusta que el vídeo tenga las dos cosas: los sillones separados y la cama compartida. Porque la resaca, además de un dolor de cabeza, es eso: una mezcla rara de distancia y cercanía con alguien que hace unas horas era un desconocido y ahora es otra cosa que todavía no tiene nombre.

El salón de colores de caramelo

Si salimos de «Garrafón de China» y buscamos otro salón en Planeta Gayfolk, el más famoso está en «3 años de garantía», la canción del novio comprado por teletienda. Su vídeo arranca en un salón de los setenta con un sillón verde lima a un lado, otro morado al otro, y una tele de madera en el centro.

Pero hay un plano de ese clip del que nunca he hablado y que para mí es el corazón del vídeo: un salón rosa, vacío, con un sofá rosa y una butaca a juego, una mesita baja, una lámpara de pie y unas cortinas fucsia. No hay nadie. Solo el sofá esperando. Y otro, poco después, con dos butacas de colores, una naranja y otra verde, frente a un televisor sobre un mueble bajo. Tampoco hay nadie.

Esos salones vacíos, metidos entre los planos del moreno sonriente, me parecen la imagen más exacta de lo que pasa cuando se va alguien: los muebles se quedan. El sofá sigue teniendo su forma, las butacas siguen mirando a la tele, pero el sitio donde se sentaba la otra persona está vacío. Si quieres ver ese salón, el clip está en la página del videoclip de «3 años de garantía».

Sofás junto a una cascada

En «La vecina cotilla» hay un salón que parece sacado de un sueño. Es una habitación grande, de techo bajo y paredes curvas, con dos sofás rosas uno frente al otro, cojines naranjas y morados, una lámpara de mesa, una alfombra redonda. Y en el centro, entre los dos sofás, una cascada de agua morada que cae del techo y desaparece en el suelo.

Nadie se sienta en esos sofás. Están ahí, mirando la cascada, como dos espectadores que esperan a que pase algo. A mí me hacen pensar en esas tardes en las que uno se queda en casa mirando la lluvia por la ventana, sin hacer nada más. La cascada es la lluvia metida dentro del salón. Y los sofás, el sitio desde el que se mira.

Resume muy bien lo que quiero decir: un sitio cómodo, bonito, lleno de color, y a la vez un poco inquietante, porque algo de fuera ha entrado y nadie se ha levantado a ver qué pasa.

Un salón bajo el agua

Hay un salón todavía más extraño en Planeta Gayfolk. Está en «Tangled Light». Es un salón de casa grande, con sus sofás de color verde agua alrededor de una mesita redonda, sus lámparas de pie, sus cuadros en las paredes. Pero está sumergido. Todo flota en una luz azul, con anillos de neón suspendidos en el aire como medusas y nubes de humo rosa que suben hacia la superficie. En medio, una figura vestida de rojo nada, o vuela, por encima de los sofás.

Foto en blanco y negro de Mike Sain't Louis junto a los primeros versos de «Garrafón de China»: Esta mañana, me he levantado con un pavo que no sé ni quién es al lado

Es una de mis imágenes favoritas de todo el planeta, y por eso la elegí como imagen principal de este texto. Me hace pensar en esos días en los que estás en tu propio salón y todo parece estar bajo el agua: los sonidos llegan amortiguados, los movimientos son lentos, el aire pesa. Conozco muy bien esa sensación. Durante años, mi sofá era exactamente eso: un sitio sumergido donde todo pasaba muy despacio y muy lejos.

Y al mismo tiempo, en el vídeo, la figura de rojo no se ahoga. Flota. Se mueve por encima de los sofás con una libertad que fuera del agua no tendría. Me gusta pensar que, incluso en el salón más hundido, hay una forma de moverse que todavía es posible.

La sala de espera rosa

El último sitio donde sentarse en este paseo no es un salón, sino una sala de espera. Está en «Contact Overwhelms Me», y es de las imágenes más silenciosas que he montado nunca. Una sala enorme, toda rosa, con filas de butacas acolchadas a los lados, relojes redondos colgados en las paredes y una luz blanca que entra desde algún sitio. Al fondo, muy pequeña, hay una sola persona sentada. Esperando.

Unos segundos antes hay otra versión de esa sala, más luminosa, con bancos de un rosa más pálido, relojes en las columnas y una figura lejana caminando por el pasillo. Es como un aeropuerto o una estación donde nadie sabe muy bien qué está esperando.

Esa sala de espera me toca de una manera muy concreta. Desde hace unos años, una parte de mi vida transcurre en salas de espera: las de la consulta de psiquiatría y las de psicología. Butacas en fila, relojes en la pared, gente callada que mira el móvil o el suelo. No son sitios bonitos, pero son sitios donde algo empieza. Cada vez que me siento en una de esas butacas, sé que dentro de un rato voy a hablar con alguien que me ayuda. Y eso convierte una sala gris en otra cosa. En el vídeo la pinté de rosa.

El sofá donde me quedé

Y ahora, lo mío con los sofás.

Fueron casi dos décadas, repartidas entre dos parejas narcisistas que llegaron una detrás de otra. De ellas no voy a contar nada que permita reconocerlas; de mí, sí. Y lo que me pasó, con los años, fue que el sofá se convirtió en mi sitio. No el sofá de las tardes de domingo, sino el otro: el de quien llega de trabajar, se sienta y ya no se levanta. Fuera llevaba puesta una máscara de persona que podía con todo. Dentro, en el sofá, me la quitaba y me quedaba quieto. Cuando todo acabó, me encontré con amigos y conocidos convencidos de que la culpa había sido mía. Me quedé en el sofá, y casi sin nadie que se sentara al lado.

En ese sofá llegué a pensar en dejar de vivir, y lo pensé muy en serio; estuve cerca. Uso las palabras exactas a propósito, porque callar sobre el suicidio hace mucho daño y porque ya puedo mirarlo desde fuera. Con 41 años, por fin, alguien le puso nombre a lo que me pasaba: depresión mayor grave, estrés postraumático, ansiedad, fobia social y un trastorno de evitación. De ese día hablo en mi texto del diagnóstico. Ahora tengo mis revisiones fijas de psiquiatría y psicología, sigo el tratamiento al pie de la letra y, aunque no todo está resuelto, el sofá ha vuelto a ser solo un sofá.

Si eres tú quien no se levanta del sofá, y la idea de no seguir te ronda, cuéntaselo a alguien hoy. El 024 es el número que hay en España para eso: no cierra, es gratis, respeta tu intimidad y también puedes llamar si temes por otra persona. Si el peligro es inmediato, 112. Cuando se trata de un menor, la Fundación ANAR responde en el 900 20 20 10. Y si vives lejos, findahelpline.com te dice a qué teléfono llamar en tu país. Por qué conviene hablar del suicidio sin tabú lo expliqué en otro texto. A mí me salvó levantarme del sofá para pedir ayuda, aunque costara.

Levantarse

La primera frase de «Garrafón de China» es, si lo piensas, una pequeña hazaña: «Esta mañana, me he levantado». Lo dice alguien con una resaca terrible, con la cabeza a punto de explotar, con un desconocido al lado. Y aun así se ha levantado. La canción no lo celebra, claro, porque es una comedia y va a lo suyo. Pero a mí esa frase siempre me ha parecido más importante de lo que parece.

Fotograma de «3 años de garantía»: dos sillones, uno naranja y otro verde, junto a un televisor antiguo en un salón vacío

Hubo una época en la que levantarme era lo más difícil del día. No de la cama, sino del sofá. Llegaba a casa, me sentaba, y el cuerpo se quedaba ahí pegado, como si el cojín tuviera imanes. Pasaban las horas, oscurecía, y yo seguía en el mismo sitio, con la tele puesta o apagada, daba igual. No era pereza. Era otra cosa, algo que pesaba desde dentro y que en aquel momento no sabía nombrar. Ahora sé que tenía nombre, y que se puede tratar.

Por eso, cuando escucho a alguien decir «me he levantado», aunque sea en una canción de risa sobre el garrafón, me sale una pequeña sonrisa. Porque sé lo que cuesta a veces. Y porque sé que, una vez de pie, todo lo demás se vuelve un poco más posible: ir a la cocina, abrir una ventana, llamar a alguien, salir a la calle.

Los dos toreros del vídeo, con todo su traje de luces encima, también se levantan. En un plano uno de ellos está de pie en medio de un salón de colores, con su traje de luces y sus medias rosas, mirando al suelo como quien todavía no sabe muy bien dónde está. No es un plano heroico. Es solo alguien que se ha puesto de pie. Pero en el idioma de Planeta Gayfolk, eso ya es mucho.

Si estás en un día en el que el sofá te sujeta, no te pido que hagas nada grande. Solo que te levantes un momento. Que vayas a beber un vaso de agua, que abras la persiana, que mandes un mensaje. Un gesto pequeño. Como el de la canción: me he levantado. Con eso, por hoy, basta.

No quiero otro novio cojín

Hay una canción mía que tiene un sofá escondido en el título. Se llama «No quiero otro novio cojín», y en ella, después de un montón de estrofas sobre la rutina, la protagonista se planta:

Ficha de la canción «Garrafón de China» de Mike Sain't Louis: disco Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk, número 41 de 273, letra y producción de Mike Sain't Louis
No quiero otro novio cojín, Has quedado a la altura de un calcetín.

Un novio cojín. Me encanta esa expresión, porque dice mucho con muy poco. Un cojín es algo que está en el sofá para que tú estés cómodo. No habla, no pide, no molesta. Está ahí para apoyar la cabeza. Y un novio cojín es justo eso: alguien que se queda en tu sofá ocupando sitio, sin aportar nada, o alguien a quien conviertes en eso sin darte cuenta.

Me hace gracia pensar en esta canción junto a «Garrafón de China». En una, el problema es que hay un extraño en tu casa. En la otra, que el que está en tu casa se ha vuelto un mueble más. Entre las dos hay una pregunta que me hago a menudo: ¿quién se sienta en mi sofá, y por qué?

Sentarse al lado

Con los años he aprendido que lo importante de un sofá no es el sofá, sino quién se sienta al lado. Un sofá vacío es un sitio para hundirse. Un sofá con alguien al lado, aunque no habléis, aunque solo veáis la tele, es otra cosa. Es compañía.

Por eso me fijo tanto en los dos toreros de «Garrafón de China». En los sillones están separados, cada uno en su color. Pero en la cama acaban juntos, con las cabezas tocándose. No sé qué pasa entre un plano y otro. Me gusta pensar que, en algún momento de la mañana, uno de los dos se levantó de su sillón y fue a sentarse al lado del otro. Que alguien dio el primer paso.

Si tienes a alguien que lleva mucho tiempo en su sofá sin levantarse, quizá ese primer paso te toque a ti. No hace falta decir nada especial. A veces basta con sentarse al lado.

Y si conoces a alguien que lleva días sin levantarse de su sofá, quizá puedas ser tú el vaso de agua. Una visita corta, un café, un paseo hasta la esquina. No hace falta arreglarle la vida a nadie. A veces lo único que necesita una persona hundida en su salón es que otra se siente un rato a su lado y, al irse, le diga que volverá.

Un paseo por los salones

Para sentarte en todos ellos, abre el videoclip de «Garrafón de China» y cuenta cuántas veces aparecen los dos toreros en el sillón naranja y en el sofá rosa. Fíjate también en el retrete iluminado que aparece en una playa de noche, que no tiene nada que ver con nada y que me sigue haciendo reír. Después ve a «3 años de garantía» y busca el salón rosa vacío. En «La vecina cotilla», espera a la cascada morada. En «Tangled Light», al salón sumergido. Y termina en «Contact Overwhelms Me», con la sala de espera rosa.

Y si luego te quedas en tu propio sofá con las canciones de fondo, sin pantalla, puedes bajártelas todas gratis desde la página de descargas, sin cuenta ni contraseña.

El que coloca los muebles

Todos estos sofás los he puesto yo, Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical. Me encargo de las letras, del montaje de los clips y de cada decisión de producción; la música y la interpretación vocal las genera la IA a partir de lo que le marco. Así he amueblado Planeta Gayfolk, y sus sofás se han convertido en el sitio donde mejor se ve cómo está cada uno.

Si hoy te pesa el cuerpo y el sofá te llama, no pasa nada por sentarse un rato. Solo te pido que, de vez en cuando, mires si hay sitio para alguien más al lado. Y que, si no lo hay, te levantes a buscarlo.

Preguntas frecuentes

¿Qué se ve en el videoclip de «Garrafón de China»? Dos toreros de resaca, con sus trajes de luces, en interiores de colores muy vivos: un dormitorio de arte pop con neones, un suelo de lunares rojos, un sillón naranja y un sofá rosa donde se sientan sin mirarse, una cama donde acaban tumbados juntos, un coche que cruza un desierto rosa y un retrete iluminado en una playa de noche.

¿De qué trata «Garrafón de China»? Es una comedia de resaca: alguien se despierta con un dolor de cabeza enorme y con un desconocido en su cama y en su cocina, y le echa la culpa al alcohol de mala calidad de la noche anterior.

¿Qué significan los sofás en Planeta Gayfolk? El sitio donde se ve cómo está cada uno: donde se descansa, donde uno se hunde en los días malos, donde se espera y donde, a veces, alguien se sienta al lado. Por eso aparecen tanto llenos como vacíos.

¿Quién es Mike Sain't Louis? El primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical. Escribe las letras, produce los temas y monta los videoclips de Planeta Gayfolk; la música y la interpretación vocal están hechas con IA.

¿Dónde se pueden escuchar y descargar estas canciones? Gratis y sin registro en la página de descargas de mikesaintlouis.com. Los videoclips están en la sección Planeta Gayfolk de la web.

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