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Definir por descarte: Tengo argumento y las mil Marías del castellano

Hay dos maneras de describir algo. Puedes decir lo que es, o puedes ir diciendo lo que no es hasta que solo quede una posibilidad. La segunda es más lenta, más juguetona y, bien hecha, mucho más divertida. Tengo argumento está construida entera de esa manera.

En la ficha de la canción ya repasé el juego de las Marías y dejé claro que no pensaba aclarar cuál es la de verdad. Sigo sin pensar hacerlo. La letra completa está publicada y cada cual puede sacar sus conclusiones. Aquí quiero hablar de la técnica: de cómo se define algo por descarte, de por qué el nombre de María da tanto juego en castellano, de la ruptura más absurda del catálogo y de una frase de la tele que toda España reconoce.

La adivinanza sin solución

Las adivinanzas tradicionales tienen una estructura muy clara. Te dan pistas, piensas, y al final hay una respuesta. Oro parece, plata no es. Todos hemos crecido con ellas, en el colegio, en casa de los abuelos, en los viajes en coche.

Tengo argumento juega con esa estructura, pero se salta el final. Hay pistas, hay descartes, hay un ritmo de adivinanza infantil. Pero la respuesta nunca llega. La letra se queda en el umbral, con una María que no es ninguna de las que conocemos y que tampoco se describe del todo.

Eso convierte la canción en una adivinanza abierta. No hay solución oficial. Hay una invitación a que quien escuche ponga la suya. Y eso, en una canción, es mucho más interesante que cualquier respuesta.

Definir por lo que no es

En filosofía y en teología existe una vieja tradición que intenta hablar de lo que no se puede describir diciendo solo lo que no es. No es esto, no es aquello. Es una manera de acercarse a algo demasiado grande o demasiado escurridizo para meterlo en palabras.

No digo que Tengo argumento sea un tratado de teología, claro. Pero usa exactamente ese mecanismo con fines mucho más terrenales. No es esta María, no es esa otra. Y a fuerza de descartes, la María que queda se vuelve enorme, misteriosa, casi mítica.

Lo gracioso es que el método se aplica a algo que suena muy cotidiano. Me gusta, está rica, sabe a María. Son frases de sobremesa, de bar, de cocina. Y sobre esa base tan sencilla se levanta toda una ceremonia de descartes que convierte un gusto en un misterio.

La primera María: la de la merienda

El primer descarte es la María Fontaneda. Cualquiera que haya crecido en España sabe de qué se habla: la galleta María, redonda, dorada, con su borde de dibujitos, la de mojar en la leche. Fontaneda es una de las marcas más conocidas de esas galletas, nacida en Aguilar de Campoo, en Palencia.

La galleta María tiene una historia curiosa. Se creó en Londres en el siglo XIX, con el nombre de una gran duquesa rusa llamada María que se casaba con un príncipe británico. Y décadas después acabó siendo, en España, la galleta de la posguerra, la de los desayunos humildes, la de todas las casas. Un producto con nombre de aristócrata que se convirtió en el más popular.

Descartar esa María es descartar la infancia, la merienda, lo dulce y lo inocente. Es como decir: no estoy hablando de nada que puedas encontrar en la despensa de tu abuela.

La segunda María: la de la copla

El segundo descarte es María de la O, y la letra precisa enseguida que no se refiere a la artista. Aquí entramos en otro territorio: el de la copla, el de las canciones que han acompañado a generaciones enteras en este país.

Fotogramas del videoclip oficial de «Tengo Argumento», de Mike Sain't Louis

María de la O es el título de una copla clásica, de esas que forman parte del repertorio que todo el mundo ha oído alguna vez, aunque no sepa de dónde. El nombre trae consigo todo un universo: el drama, el desgarro, los vestidos de volantes, las historias de amor y de dinero que no da la felicidad.

Descartar esa María es descartar la tradición folclórica, el escenario, el espectáculo. Y es un descarte que me hace gracia en un catálogo como el mío, tan lleno de guiños a la copla y al folclore. En Lola Flores, por ejemplo, la tradición se mira de frente. Aquí se nombra para apartarla.

La tercera María: la religiosa

El tercer descarte es el más cargado de todos. No se trata de María la religiosa, dice la letra. Y en un país con siglos de tradición católica, la María religiosa es la más grande de todas. La de las procesiones, las estampitas, las iglesias, los nombres compuestos de media España.

Ese descarte tiene un punto de travesura. Pasar de la Virgen a «María la poderosa» en dos versos es un salto que solo se permite una canción que no se toma demasiado en serio a sí misma. Y a la vez la palabra poderosa tiene algo de devoción, como si la María de la canción mereciera un altar propio.

Me gusta que la letra no se burle de la religión. Simplemente la aparta. No es esa María, y punto. Hay espacio para todas, pero esta canción no va de esa.

El nombre de media España

Si el juego de las Marías funciona tan bien es porque en castellano ese nombre está en todas partes. Durante generaciones ha sido uno de los nombres más frecuentes en España, solo o compuesto: María José, María del Carmen, María Jesús, María Dolores. Casi todo el mundo tiene una María en la familia.

Además, el nombre se ha colado en el idioma de mil maneras. Hay galletas María, baño María, Marías en canciones, en refranes, en expresiones de toda la vida. Es una palabra tan común que admite cualquier significado que le quieras dar.

Esa abundancia es lo que permite la adivinanza. Si la canción se llamara de otra forma, el juego no funcionaría. Con María, cada oyente tiene en la cabeza diez significados distintos antes de que acabe el primer estribillo. Y la letra juega precisamente con esa saturación.

La poderosa, la exuberante, la importante

Cuando por fin llega a la María que sí es, la letra no la describe con datos. La describe con adjetivos. Poderosa, exuberante, importante. Son palabras de diva, de las que se usan para hablar de una gran estrella o de una reina de la noche.

Esa elección es muy de Planeta Gayfolk. En la cultura queer, las divas ocupan un lugar especial. Son figuras de exceso, de presencia, de no pedir perdón por ocupar espacio. Y describir a la María misteriosa con ese vocabulario la convierte en algo así como una diva particular, una presencia que llena la vida del protagonista.

Lo bonito es que, después de tanto descarte, el retrato final sigue sin decir qué es. Sabemos cómo es, cuánto importa y cuánto gusta. Pero no sabemos qué es. Y así se queda.

Una boda que se cae

Y entonces la canción cuenta una historia, la única que tiene. El protagonista iba a casarse con su novio de hace veinte años. Pero el novio no quería un trío con María. Así que el protagonista dice que «le mandé a freír espárragos».

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «le mandé a freír espárragos» de «Tengo Argumento»

Es una de las rupturas más absurdas del catálogo, y a la vez de las más lógicas. Veinte años de relación que se acaban por una cuestión de prioridades. El novio pone una condición, el protagonista no la acepta y se acabó. Sin drama, sin lágrimas, con una expresión castiza de las de toda la vida.

Me hace gracia también el detalle de la boda. Desde 2005 el matrimonio entre personas del mismo sexo es legal en España, y muchas parejas que llevaban años juntas pasaron por el juzgado. La canción imagina una de esas parejas, con dos décadas a la espalda, que se queda a las puertas del altar. No por un escándalo ni por una traición, sino por María.

Mandar a freír espárragos

La expresión que usa la letra merece un apartado propio. Mandar a alguien a freír espárragos es una de las formas más castizas que tiene el castellano de librarse de una persona. Es más suave que otras opciones mucho más groseras, y tiene un punto de humor que le quita hierro al asunto.

Usarla para cerrar una relación de veinte años es un golpe de comedia. Lo que en otra canción sería un drama de despedida aquí se despacha con una frase de abuela. Y esa ligereza dice mucho del protagonista: no está destrozado, está tranquilo, porque ha elegido.

La letra remata con otra frase en la misma línea: «así nos ahorramos desengaños». Es casi un razonamiento práctico. Mejor romper ahora que casarse y descubrir después que no se querían las mismas cosas. Hay una sabiduría muy de andar por casa en esa conclusión.

Rica, rica y con fundamento

El título de la canción viene de un guiño que en España entiende todo el mundo. Rica, rica y con fundamento es la frase con la que Karlos Arguiñano, el cocinero de televisión, lleva décadas rematando sus recetas. Es una de esas frases que han salido de la pantalla y se han quedado a vivir en el idioma.

La letra la toma y le da la vuelta con un juego de sonidos: con fundamento, tengo argumento. Y así el protagonista convierte su gusto en una tesis. No es un capricho; es un argumento. Tiene razones, y las razones son María.

Me encanta ese uso de la televisión como diccionario popular. Muchas de mis letras toman frases de la tele, del cine o de la calle y las ponen a trabajar en otro contexto. Sobre ese gusto por exagerar y retorcer el habla de todos los días escribí en este ensayo sobre la exageración en mis letras.

Una estructura que da vueltas

Tengo argumento es una canción circular. El estribillo de las Marías vuelve una y otra vez, casi sin cambios, y la historia de la boda aparece varias veces, cada vez un poco más larga. Es una estructura que se parece mucho a una obsesión.

Cuando algo te gusta mucho, vuelves a ello sin parar. Lo nombras, lo describes, lo comparas con otras cosas. Y la letra hace exactamente eso con María: la nombra, la descarta de las otras, la elogia, vuelve a empezar.

Esa repetición también tiene algo de juego infantil, de canción de corro. Me gusta, está rica, sabe a María. Son frases cortas, fáciles, que se pegan como un trabalenguas. Y eso hace que la canción sea más divertida cuanto más se escucha.

Respetar el misterio

Hay canciones que lo explican todo y canciones que se guardan algo. Tengo argumento pertenece al segundo grupo, y creo que es mejor así.

Collage con un detalle de la carátula de «Tengo Argumento» y las carátulas de «Lola Flores», «Gofio De Calcetín», «Ni Un Pimiento», «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk»

Una adivinanza explicada pierde la gracia. Si la letra dijera claramente qué es María, la canción se quedaría en un chiste de un solo uso. Al no decirlo, cada oyente juega su propia partida. Hay quien piensa una cosa, quien piensa otra y quien se queda con la duda. Y todas las lecturas conviven.

Por eso no voy a resolverla aquí. Lo que sí puedo decir es que la canción, en el fondo, habla de algo muy serio con mucho humor: de la libertad de elegir lo que te hace feliz aunque no encaje en el plan que otros tenían para ti.

Me gusta, está rica

Antes de cualquier descarte, la canción arranca con tres frases mínimas: me gusta, está rica, sabe a María. Son frases de comida. Las dice cualquiera delante de un plato, en una terraza o en la cocina de su madre.

En castellano, el vocabulario de la comida y el del deseo se cruzan constantemente. Decimos que alguien está rico, que está para comérselo, que es un bombón. Llamamos a la gente cariño, cielo, pichón, y también mi vida y mi rey. El idioma mezcla el hambre y las ganas con toda naturalidad.

Tengo argumento se instala justo en ese cruce. Empieza con un sabor y acaba con una amante. Y en medio pasa por una galleta, que es comida, y por una copla, que es sentimiento. La letra va del paladar al corazón sin cambiar de tono, como si las dos cosas fueran lo mismo. Y en cierto modo lo son: las dos tienen que ver con lo que te gusta y con lo que no estás dispuesto a dejar.

El humor de los descartes

Cada descarte de la canción funciona como un pequeño chiste. Y lo que tienen en común esos chistes es que todos juegan con la cultura compartida. Para que la broma funcione, hace falta saber qué es una galleta María, qué es una copla y qué significa María en una procesión.

Ese tipo de humor es muy de aquí. Se basa en la complicidad. Quien escucha la canción entiende las referencias porque ha crecido con ellas, y esa comprensión inmediata produce una sonrisa. No hace falta explicar nada. Basta con nombrar.

Y al mismo tiempo, el humor de los descartes es un humor amable. No se ríe de nadie. No ridiculiza la galleta, ni la copla, ni la fe. Simplemente las usa como marcas en el mapa, como puntos de referencia que sirven para situar a la María que de verdad importa.

Elegir frente al plan

Debajo de todo el juego, la canción cuenta una decisión. El protagonista tenía un plan: casarse con su novio de toda la vida, después de veinte años. Es el plan que muchas personas esperan, el que se celebra en las familias, el que se considera la culminación de una relación.

Y renuncia a él. No por una tragedia, sino porque ese plan venía con una condición que no estaba dispuesto a aceptar. Prefiere quedarse con lo que le hace feliz antes que cumplir con lo que se esperaba de él.

Esa elección tiene algo muy queer, en el sentido más amplio de la palabra. Durante mucho tiempo, la gente LGTBI vivió fuera del plan establecido, porque el plan no la incluía. Cuando por fin se nos abrieron las puertas del matrimonio, muchos lo celebramos. Pero eso no significa que el matrimonio tenga que ser obligatorio. La canción defiende, con humor, que también se puede decir que no.

Veinte años no son nada

Veinte años de relación es mucho tiempo. Es media juventud, es una vida compartida, son pisos, vacaciones, familias, amigos comunes. Y la canción los liquida en un verso.

Ficha de la canción «Tengo Argumento» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Esa desproporción es parte de la comedia. Uno esperaría que una ruptura después de dos décadas fuera un drama de varios actos, con discusiones, abogados y lágrimas. Aquí no. Aquí la cosa se resuelve con una frase castiza y un razonamiento práctico.

Pero también hay algo serio en esa rapidez. A veces las relaciones largas se rompen por cosas que parecen pequeñas desde fuera y que en realidad son enormes. Una condición, una incompatibilidad, una diferencia de prioridades que estaba ahí desde siempre y que solo se hace visible cuando hay que firmar algo. La boda, en la canción, funciona como ese momento de la verdad.

Una María que no existe

Conviene decirlo claramente: como todos los nombres que aparecen en mis letras, la María de esta canción no es ninguna persona real. Ni la amante, ni el novio de veinte años, ni la boda que no llega a celebrarse tienen que ver con nadie concreto. Son personajes inventados al servicio de una adivinanza.

Y eso es justo lo que permite el juego. Si María fuera alguien con nombre y apellidos, la canción sería un cotilleo. Como no lo es, se convierte en un espejo. Cada oyente mira dentro y ve su propia María: un amor, un vicio, una pasión, una costumbre, una persona, una idea. Algo que le gusta tanto que estaría dispuesto a mandar a freír espárragos a quien le pidiera renunciar.

Esa es, creo, la pregunta que la canción deja en el aire para quien la escuche con atención. ¿Qué es lo que tú no dejarías por nada? ¿Cuál es tu argumento? No hace falta contestarla en voz alta. Basta con pensarla un momento mientras vuelve el estribillo.

Juegos de palabras en el catálogo

Tengo argumento no está sola en esto de jugar con el idioma. En Gofio de calcetín las palabras se combinan de formas imposibles, y en Ni un pimiento una expresión hecha se convierte en toda una historia. Son canciones que se divierten con el castellano, con sus refranes, sus dobles sentidos y sus frases de siempre.

Y forma parte de Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk, un disco donde el humor y el desamor van muchas veces de la mano.

Lo que une a todas estas canciones es la confianza en que quien escucha conoce el idioma tan bien como quien escribe. Los refranes, las frases hechas y los nombres de siempre son un tesoro compartido, y jugar con ellos es una forma de celebrar esa herencia común. Cuando una letra retuerce una expresión que todos conocemos, la sonrisa llega sola, porque el oyente ha hecho la mitad del trabajo.

Para quién es esta canción

Para quien alguna vez ha tenido que elegir entre lo que quería y lo que se esperaba de él. Para quien ha mandado a freír espárragos a alguien y no se ha arrepentido. Para quien tiene su propia María, sea lo que sea.

Y para quien disfruta de las adivinanzas sin solución, de las canciones que dejan algo en el aire y de los juegos de palabras que se entienden mejor con una sonrisa.

Cómo escucharla

La canción está en la página de singles y en todas las plataformas, y se puede descargar desde la sección de descargas. Escúchala sin prisa, con algo rico cerca, y deja que cada uno piense en su María.

Como letrista, compositor y productor musical, disfruto mucho escribiendo canciones que juegan con el idioma y con lo que no se dice. La música y las interpretaciones se generan con inteligencia artificial, pero los dobles sentidos, las frases castizas y las ganas de elegir por uno mismo son de lo más humano que conozco.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata Tengo argumento? Es una canción construida como una adivinanza. El protagonista dice que algo le gusta y sabe a María, y va descartando Marías conocidas (la galleta, la copla, la religiosa) hasta quedarse con «María, mi amante». Cuenta además que rompió con su novio de veinte años porque no quería compartirla.

¿Quién es María en la canción? La letra no lo aclara, y es parte del juego. Solo dice lo que no es y la describe como poderosa, exuberante e importante. Cada oyente puede hacer su propia interpretación.

¿De dónde viene el título? Es un juego con la frase «rica, rica y con fundamento», muy popular en España por el cocinero Karlos Arguiñano. La letra la convierte en «con fundamento, tengo argumento».

¿Quién hace esta canción? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical que se presenta como «el primer cantautor IA»: escribe las letras y dirige la producción, y la música y las interpretaciones vocales se generan con inteligencia artificial.

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