
Por Mike Sain't Louis ·
De una consulta a cinco inspecciones: la queja que se vuelve plural en «En grupo mienten explotan siempre»
Hay canciones que empiezan con un grito. Esta empieza pidiendo permiso.
«¿Señor inspector de trabajo? Le quería preguntar una cuestión.» Así, con usted, con un condicional educadísimo, con la timidez de quien llama a una oficina pública y no sabe muy bien si está molestando. Es la forma de hablar de alguien que no está acostumbrado a quejarse. Que lleva tiempo aguantando y que, por fin, se ha atrevido a marcar un número.
Y lo que me interesa de «En grupo mienten explotan siempre» es el camino que recorre esa voz desde la primera frase hasta la última. Porque al final de la canción ya nadie pide permiso. Al final hay gritos, hay vocales estiradas hasta el infinito y hay cuatro inspectores llegando a lo lejos, como la caballería en una película del oeste.
La ficha de la canción en el blog ya cuenta la historia y los personajes. En este texto quiero detenerme en otra cosa: en cómo una queja pasa de ser de una persona a ser de muchas. En el miedo que hay que vencer para hacer la primera pregunta. Y en por qué esa transformación, que en la canción dura tres minutos, en la vida real cuesta tanto.
El usted
Vuelvo un segundo a la primera frase, porque hay un detalle gramatical que lo dice todo: el usted.
En España, el usted se usa cada vez menos. Nos tuteamos con el camarero, con la dependienta, con el médico joven, con el jefe en muchas empresas. El usted ha quedado para las personas mayores, para los trámites oficiales y para los momentos en que uno se siente pequeño delante de alguien.
El trabajador de la canción usa el usted con el inspector. Y eso, más que educación, es una señal de distancia. Está hablando con la autoridad. Con alguien que puede resolverle la duda, pero que también impone. Es el usted de quien entra en un despacho con la carpeta pegada al pecho.
Y lo bonito es que, al final de la canción, ese usted desaparece. Ya no hay nadie a quien tratar con respeto temeroso. Hay compañeros gritando juntos. El paso del usted al grito colectivo es, en pequeño, el paso del miedo a la confianza.
Me miran mal
La duda del trabajador es muy concreta. En la empresa le mandan hacer una formación. No se la quieren pagar. Y si no la hace en su tiempo libre, le miran mal.
Ese «me miran mal» es, para mí, la clave de toda la canción. Porque no habla de una sanción, ni de un despido, ni de una amenaza por escrito. Habla de algo mucho más difuso y mucho más eficaz: la mirada. La cara del jefe cuando dices que no. El silencio en la reunión. El comentario de pasillo. La sensación de que te has convertido en el problemático, el que no arrima el hombro, el que no se implica.
Mucha gente que ha trabajado en según qué sitios conoce esa mirada. No hace falta que nadie te diga nada. Basta con que te miren de una forma determinada para que entiendas que, si quieres seguir allí tranquilo, vas a tener que hacer la formación el sábado por la mañana. Gratis. Y con una sonrisa.
La canción no explica cómo funciona esa presión, porque no hace falta. Cualquiera que la escuche la reconoce en una frase. Y esa es una de las cosas que más me gusta de escribir sobre el trabajo: que hay experiencias tan compartidas que basta con nombrarlas para que el oyente diga «eso me ha pasado a mí».
El tiempo libre
Hay otra palabra en esa primera estrofa que merece atención: tiempo libre.

La formación la tiene que hacer en su tiempo libre. Y eso, dicho así, parece una tontería. Unas horas. Un curso en línea. Un par de tardes. Pero el tiempo libre no es un tiempo sobrante. Es el tiempo de tu vida. El de tus amigos, tu pareja, tu familia, tu descanso, tus aficiones. El de no hacer nada, que también es necesario.
Cuando una empresa da por hecho que puede ocupar ese tiempo, está diciendo algo muy grave sin decirlo: que tu vida fuera del trabajo le pertenece un poco también. Que tus tardes son negociables. Que tu domingo es una extensión de la jornada.
Llevo un sello de una sola persona, y he escrito sobre cómo la IA no me ahorra trabajo, me lo cambia de sitio. Pero una cosa es elegir tú dónde pones tus horas y otra muy distinta es que te las quiten. El trabajador de esta canción no ha elegido nada. Simplemente le han dicho que sus tardes ya no son suyas.
Una formación que nadie elige
Me interesa también el tipo de tarea que aparece en la canción. No es una hora extra cualquiera. Es una formación.
La formación tiene muy buena prensa. Formarse es bueno, aprender es bueno, mejorar es bueno. Y por eso es tan fácil usarla como excusa. ¿Cómo vas a negarte a aprender? ¿No quieres crecer en la empresa? ¿No te interesa tu desarrollo profesional? Cualquier queja suena a pereza.
Pero hay una diferencia enorme entre una formación que eliges, que te interesa y que haces cuando quieres, y una formación que te imponen, que sirve sobre todo a la empresa y que tienes que hacer el domingo. La primera es un regalo que te haces. La segunda es trabajo disfrazado de oportunidad.
La canción no entra en esos matices, pero los deja intuir. El trabajador no se queja de tener que aprender. Se queja de que no se lo paguen y de que le miren mal si no lo hace en sus ratos libres. Es una queja muy precisa, y por eso es tan difícil de rebatir.
¿Eso es legal?
La pregunta con la que termina la primera estrofa es de una sencillez desarmante. ¿Señor inspector, eso es legal?
No voy a contestarla yo, porque no soy abogado ni inspector, y cada caso tiene sus detalles. Lo que sí me parece importante es el gesto de preguntar. Porque mucha gente no pregunta. Da por hecho que, si la empresa lo pide, será que se puede. O no sabe a quién preguntar. O le da vergüenza. O teme que, si pregunta, la empresa se entere.
La canción convierte esa pregunta en algo cotidiano, casi en una llamada de cortesía. Y al hacerlo, la desdramatiza. Preguntar si algo es legal no es atacar a nadie. Es informarse. Es un derecho. Y existe gente cuyo trabajo es, precisamente, responder a esas preguntas.
Si alguna vez te encuentras en una situación parecida, lo sensato es lo que hace el personaje: preguntar a quien sabe. La Inspección de Trabajo, un sindicato, un abogado laboralista. Cualquiera de ellos te dirá mejor que una canción lo que puedes hacer en tu caso.
Grupo Mienten
La empresa de la canción tiene un nombre inventado, y me encanta lo que hace ese nombre. Grupo Mienten. Así, con la sinceridad que la propia empresa no tiene.

Es un recurso muy viejo de la sátira: rebautizar a los poderosos con un nombre que los retrate. Las comedias del Siglo de Oro lo hacían, la prensa satírica lo hace, los programas de humor lo hacen cada semana. Y funciona porque el nombre hace el trabajo del insulto sin necesidad de insultar. No hace falta decir que la empresa engaña. Basta con llamarla así.
Además, el nombre convierte a la empresa en un personaje, y no en una entidad concreta. Grupo Mienten no existe, y al no existir puede ser cualquier empresa. Puede ser la tuya, la de tu primo, la de tu vecina. Cualquiera que haya trabajado en un sitio donde le pedían cosas que no le pagaban puede ponerle a Grupo Mienten el logo que quiera.
Y luego está el verbo del estribillo: explotan. Que en el título va sin coma, todo seguido, como un eslogan publicitario mal redactado. En grupo mienten explotan siempre. Es casi un lema corporativo invertido. Lo que la empresa nunca pondría en su web, la canción lo pone en el título.
El dinerito
El estribillo tiene una palabra que me hace mucha gracia: dinerito.
En grupo mienten se quedan con tu dinerito. No con tu dinero. Con tu dinerito. Y ese diminutivo cambia todo el tono de la frase. Le da algo de cuento infantil, de tendero que te sisa el cambio, de abuela que guarda las monedas en un pañuelo. Pero también, si lo piensas, tiene algo de tristeza: el diminutivo es el de quien gana poco. El dinero de verdad es de otros. A ti te queda el dinerito.
Y precisamente porque es poco, duele más que te lo quiten. Una hora de formación no pagada, para alguien con un sueldo pequeño, no es un detalle. Es una parte de lo poco que hay.
La canción no hace un discurso sobre eso. Lo mete en un diminutivo y sigue adelante con el estribillo pegadizo. Pero quien lo escucha con atención lo nota.
El cotilleo como red
La parte central de la canción es una conversación entre compañeros que intentan ubicar a los personajes de la cadena de mando. Un coordinador, una directiva. ¿El morenito con barba? Sí, ese. ¿El de tal cosa? El mismo.
La ficha de la canción ya comenta lo gamberro de ese diálogo, y no quiero repetirlo. Lo que me interesa aquí es otra cosa: el cotilleo como forma de organizarse.
Puede parecer una tontería, pero en muchos trabajos el cotilleo es la primera red de información que tienen los empleados. Es donde te enteras de quién manda de verdad, de quién es de fiar, de qué jefe se lleva bien con quién, de qué se dice en las reuniones a las que tú no vas. Es la conversación del café, la del pasillo, la del grupo de mensajes que no conoce la empresa.
Y esa red, por frívola que parezca, es el principio de algo. Antes de quejarse juntos, los compañeros tienen que hablar entre ellos. Tienen que reconocerse. Tienen que darse cuenta de que a todos les pasa lo mismo. El cotilleo de la canción, con su mala lengua y su humor de patio, es el momento en que esa red se teje.
Ya escribí en otra canción sobre la vecina cotilla, y siempre me ha parecido que el cotilleo tiene una mala fama un poco injusta. Puede hacer daño, claro. Pero también puede proteger. Saber quién es quién es, a veces, la única defensa que tienes.
La cadena de mando
Hay un detalle en esa conversación que me parece muy fino, y que explica mucho sobre cómo funcionan ciertas empresas.

El coordinador dice que las órdenes vienen de arriba. De una directiva. Y la directiva, imaginamos, dirá que vienen de más arriba todavía. Nadie es responsable. Todo el mundo cumple órdenes. Y la formación no pagada sigue ahí, flotando, sin que nadie la haya decidido del todo.
Esa forma de diluir la responsabilidad es muy habitual, y la canción la retrata con una sola frase. «Son órdenes de arriba.» Es la excusa de quien sabe que lo que hace no está bien, pero prefiere pensar que no es cosa suya.
No es la primera vez que un coordinador sale mal parado en mis letras. En «Asqueroso coordinador» el cargo se convierte directamente en insulto. Aquí el coordinador es otro personaje inventado, con su propia mala fama. Parece que en mi universo los mandos intermedios no tienen mucha suerte. Y en «Que me coma el chumino la jefa de servicio» las jefas tampoco salen mucho mejor.
Vamos todos a hacer lo mismo
Y entonces llega el giro. El trabajador da las gracias al inspector por resolver la consulta y propone algo: que todos hagan lo mismo. Que todos llamen. Que todos pregunten.
Ese es, para mí, el momento más importante de la canción. Porque es el momento en que la queja deja de ser individual. Hasta ahí, había una persona con una duda. A partir de ahí, hay un grupo con un plan.
Y la razón que da es muy sencilla: eso les da miedo y les disgusta. La empresa puede soportar a un empleado que se queja. Lo puede aislar, mirarle mal, convertirle en el raro. Lo que no puede soportar tan fácilmente es que se quejen todos a la vez. Porque entonces ya no hay a quién aislar.
Me parece una de las ideas más viejas y más ciertas que conozco, y me gusta que esté en una canción gamberra en lugar de en un panfleto. Una persona sola es fácil de ignorar. Muchas personas juntas, no.
Cinco inspecciones esta semana
El resultado de esa llamada colectiva aparece en un diálogo que, para mí, es de lo más divertido de toda la trilogía. ¿Qué le pasa a la jefa, que está tan cabreada? Que ya van cinco inspecciones. ¿Cinco este mes? ¿Estás sorda? Cinco esta semana.
Me encanta cómo funciona ese malentendido. La compañera que no se entera, la otra que se lo repite con impaciencia, y la cifra que se vuelve más escandalosa en la segunda versión. Es puro sainete. Podría estar en una comedia de enredo de las de toda la vida, en un patio de vecinas de Madrid.
Y detrás del chiste hay algo serio: cinco inspecciones en una semana es lo que pasa cuando mucha gente decide preguntar a la vez. No hace falta una revolución. Basta con que cada uno haga una llamada. La suma de muchas preguntas tímidas se convierte en un problema enorme para quien contaba con que nadie preguntara.
La alegría como respuesta
Después del diálogo, la canción explota. Hay un grito de alegría con la vocal estirada hasta donde da. Hay alguna palabrota. Hay un «lucha obrera siempre» con todas las vocales alargadas. Y hay una imagen que se repite: ya vienen, ya vienen, de lejos se ven cuatro inspectores.
Me gusta mucho que la reacción sea de fiesta. Porque muchas veces se piensa en la lucha laboral como algo gris, serio, de asambleas largas y comunicados aburridos. Y puede ser eso, claro. Pero también puede ser alegría. La alegría de ver que la jefa está cabreada porque, por una vez, no ha podido salirse con la suya. La alegría de saberse acompañado.
Esa celebración tiene mucho del humor queer que me interesa, del que hablé en un texto sobre la risa ajena y la risa propia. Reírse del poderoso. Convertir la derrota del jefe en un número de cabaret. Celebrar con plumas lo que otros celebrarían con pancartas. O con las dos cosas a la vez.
Ya vienen
La imagen final, la de los inspectores llegando a lo lejos, es casi cinematográfica. Ya vienen, ya vienen. De lejos se ven cuatro. Que tiemble la empresa.

Tiene algo de western, de escena en la que el pueblo asediado ve aparecer por el horizonte a los que vienen a ayudar. Y es muy divertido que los héroes de esa escena sean, precisamente, inspectores de trabajo. Funcionarios con carpeta. Gente que revisa contratos y horarios. No son superhéroes ni vaqueros. Son personas que hacen su trabajo.
Me hace gracia ese contraste, y me parece también un pequeño homenaje. En las canciones casi nunca aparecen los funcionarios como héroes. Aparecen como burócratas, como obstáculo, como ventanilla que te manda a otra ventanilla. Aquí, por una vez, la ventanilla está de tu parte.
El trabajo también es cosa nuestra
Hay una pequeña frase en medio del cotilleo que no quiero pasar por alto: alguien de la cadena de mando hablaba a las espaldas con las lesbianas de Sevilla. Es un detalle, un chisme más. Pero me sirve para decir algo que me parece importante.
Las canciones queer suelen hablar de amor, de sexo, de fiesta, de identidad. Y está muy bien. Pero las personas LGTBI también trabajamos. También tenemos jefes que nos miran mal, coordinadores que se escudan en órdenes de arriba, formaciones que nadie nos paga. También nos explotan.
Y a veces, en el trabajo, hay una capa más: la de tener que esconder quién eres, o soportar comentarios, o notar que te tratan distinto. Esta canción no va de eso exactamente, pero tampoco lo excluye. El universo de la canción es un trabajo con gente queer dentro, con sus chismes y sus alianzas. Y me gusta que una canción de PLANETA GAYFOLK hable de nóminas además de hablar de novios.
Un estribillo para recordar
La canción se presenta a sí misma como un estribillo pegadizo. Te pide que te quedes con él. Y creo que esa petición tiene una intención clara: que lo recuerdes cuando lo necesites.
Porque la próxima vez que alguien en tu trabajo te pida hacer algo en tu tiempo libre sin pagártelo, a lo mejor te viene a la cabeza. En grupo mienten explotan siempre. Y a lo mejor, con el estribillo en la cabeza, te atreves a hacer la pregunta. ¿Eso es legal?
Las canciones sirven para muchas cosas. Para bailar, para llorar, para enamorarse. Y también, de vez en cuando, para recordar que tienes derechos. Ya escribí sobre las canciones como diario de una comunidad, y esta es una página de ese diario que habla de algo muy concreto: de la hora de más que nadie te paga.
Dónde encontrarla
Yo escribo mis letras sin IA, y la música y las voces las hago con herramientas de inteligencia artificial; lo cuento todo en Sobre mí. «En grupo mienten explotan siempre» está en «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco de la trilogía. La tienes en la discografía completa, con su letra en mis letras y su ficha en el blog.
Si algún día te toca corearla a la salida del trabajo con tus compañeros, que sea con muchas vocales estiradas. Y si te toca hacer la primera llamada, recuerda que la canción empieza así, con una voz bajita que pregunta. Todas las manifestaciones empiezan con alguien que se atreve a preguntar.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «En grupo mienten explotan siempre»? De un trabajador al que su empresa, rebautizada como Grupo Mienten, le pide hacer una formación en su tiempo libre sin pagársela. Llama a la Inspección de Trabajo, anima a sus compañeros a hacer lo mismo y la canción termina celebrando cinco inspecciones en una semana. La letra está en gayfolkplanet.com/letras/en-grupo-mienten-explotan-siempre.
¿Los personajes son reales? No. La empresa y los nombres que aparecen en la letra son inventados. Son personajes de sátira.
¿En qué disco está? En «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis.
¿Quién ha hecho la canción? La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, escrita sin IA. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial.