
By Mike Sain't Louis ·
Ver «Me he enamorado de un policía que es dueño de una lavandería» sin sonido: el videoclip como relato visual
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Hay un ejercicio que recomiendo a cualquiera que quiera entender un videoclip: quitarle el sonido. Le das al botón de silencio, te sientas un poco más lejos de la pantalla y miras. Sin la voz, sin el estribillo, sin la gracia de la letra. Solo imágenes, una detrás de otra, como si fuera una película muda que alguien ha encontrado en un cajón.
Lo he hecho con el videoclip de «Me he enamorado de un policía que es dueño de una lavandería», una de las canciones más descaradas de Planeta Gayfolk. Con sonido, la canción es una confesión cómica: alguien que reincide, que se enamora de quien no debe, que confiesa que los maderos le caen mal y que acaba planeando fumarse un porro dentro de la lavandería para que el poli se lo lleve a comisaría. Sin sonido, en cambio, el vídeo cuenta otra cosa. O, mejor dicho, cuenta lo mismo con otra gramática.
Este texto es lo que vi. No es una lectura de la letra, que ya está completa en su página, ni una crónica de cómo se hizo. Es un paseo por el vídeo con los ojos y sin los oídos.
El primer plano: un hombre que dobla ropa
El vídeo empieza en una lavandería. No una cualquiera: una lavandería enorme, luminosa, con filas y filas de lavadoras de tambor redondo a los dos lados, un pasillo largo en el centro, fluorescentes en el techo y unos ventanales por los que entra mucha luz. Todo es azul, blanco y gris metálico. Es un espacio limpio hasta el exceso, casi de anuncio.
Y en medio, un policía. Uniforme azul marino, placa en el pecho, cinturón con todo su equipo. Pero no está patrullando ni poniendo multas. Está doblando ropa. Coloca prendas en una cesta, las alisa con la mano, atiende a la gente que viene con su bolsa de colada. Sobre esa primera imagen aparece el título en letras amarillas, en mayúsculas, y mi nombre en una caligrafía rosa, de esas que parecen escritas con rotulador fosforito en una carpeta de instituto.
Sin sonido, ese primer plano ya lo dice todo. El hombre que debería dar miedo, el de la autoridad, aparece haciendo la tarea más doméstica del mundo. Es la misma contradicción que el título, pero convertida en imagen: el uniforme y el cesto de la ropa a la vez. Lo que en la canción es un chiste de enumeración (policía, dueño de lavandería, mujer cañón, hijos de buena educación), en el vídeo es un solo gesto. Doblar una camiseta con la placa puesta.
El mostrador como escenario
Durante los primeros minutos, el policía está casi siempre detrás de algo: un mostrador, una mesa de plegar, la puerta de una lavadora. Hay clientes que se acercan, chicas con camiseta blanca, un señor mayor de espaldas, un chico que espera. Él atiende, sonríe, explica algo con la mano. En un plano levanta un tubo, como si fuera a enseñar cómo funciona una máquina. En otro coloca una pila de ropa doblada sobre la mesa como quien coloca pruebas en una comisaría.
Me gusta mucho esa primera parte porque es pura espera. Nadie se toca todavía. Hay miradas, hay distancias, hay un mostrador en medio. Y sin la letra uno se da cuenta de que el vídeo construye la tensión con muebles. La mesa de plegar es una frontera. La lavadora, una ventana redonda por la que se mira sin entrar. El pasillo entre las máquinas, un camino que todavía nadie se atreve a recorrer.
En la letra, el narrador se pone tan colorado cuando el poli le invita a un café que solo acierta a decir «Tranquilo, estoy bien». En el vídeo no hay café, pero hay algo parecido: planos en los que el chico mira desde un lado del encuadre, medio cortado por el borde, como si no terminara de entrar en la escena. Es el lenguaje visual del que no se atreve.
El uniforme que cambia de color
Hay un detalle que con sonido se me había escapado y sin sonido me saltó a la vista enseguida: el policía no lleva siempre el mismo uniforme. En la mayoría de planos va de azul marino, con camisa oscura y galones en las mangas. Pero en algunos aparece con camisa azul celeste, más de verano, más de agente de playa. A veces lleva gorra de plato, a veces no. A veces tiene barba más poblada, a veces menos.
Podría decir que es un error de continuidad, y en cierto modo lo es. Pero mirándolo en silencio lo entendí de otra forma. El vídeo no está contando a un policía concreto, sino a la fantasía de un policía. Y las fantasías no tienen continuidad: cambian de ropa según el día, según el humor, según lo que uno necesite ese rato. El poli de la lavandería es el poli que el narrador imagina, y cada vez que lo imagina le pone un uniforme un poco distinto.
Eso conecta con algo que se ve cuando repasas mis vídeos uno detrás de otro: los personajes se repiten, se multiplican, se parecen sin ser iguales. Ya escribí sobre esos dobles, reflejos y copias que aparecen en mis videoclips. En este vídeo el doble no está en un espejo, está en el armario del uniforme.
El momento en que se cruza el pasillo
A mitad del vídeo, algo cambia. El chico que miraba desde el borde del plano entra por fin en el centro. Y lo que viene a continuación, sin sonido, es una secuencia de abrazos y besos junto a las lavadoras: el policía y el chico frente a frente, la mano en el pecho, la frente casi pegada, los brazos alrededor del cuello. Hay varios chicos distintos, con camisas de colores diferentes (una azul celeste, una blanca, una camiseta oscura), y el policía con todos. Pero la coreografía es siempre la misma: acercarse, abrazar, besar, con el tambor de una lavadora de fondo.
Sin la letra, esa repetición es lo más interesante del vídeo. Parece que la escena se ensaya una y otra vez, con pequeñas variaciones, como quien repasa en la cabeza un encuentro que todavía no ha ocurrido. Primero así, luego así, luego con la otra camisa. Es el mismo mecanismo de la canción, que repite el estribillo como quien no puede dejar de pensar en lo mismo: «Otra vez hice lo que no debía». La repetición en la música se convierte, en la imagen, en una sucesión de besos casi idénticos.
Y hay algo más que me gusta de esta secuencia: no es sórdida. La letra es picante, habla de guarrerías y de comisarías, pero el vídeo es casi tierno. Hay luz de mañana, hay ropa limpia, hay abrazos largos. La lavandería, que en la canción es el sitio donde se va a cometer el pequeño delito, en el vídeo es el sitio donde la gente se toca con cuidado. Esa distancia entre lo que dice la letra y lo que enseña la imagen es, para mí, una de las cosas que hacen que una canción cómica no se quede en broma barata.
La silla junto a la lavadora
Después de los besos hay un plano que me parece de los mejores del vídeo, precisamente porque no pasa nada. El policía está sentado en una silla de plástico, junto a las máquinas, con las piernas estiradas y la cabeza apoyada, medio dormido o medio soñando. Detrás de él, en el reflejo de la puerta de una lavadora, se intuye otra figura.
Sin sonido, ese plano funciona como un respiro. Toda la energía de los abrazos se para de golpe y queda un hombre cansado esperando a que acabe el centrifugado. Es el momento más humano del vídeo: el uniforme ya no impone, el poli es un tío que espera, como todos los que alguna vez nos hemos quedado mirando la ropa dar vueltas en una lavandería de barrio.
Las lavanderías tienen algo de escenario romántico. Hay tiempo muerto, hay desconocidos compartiendo una espera, hay ropa interior a la vista de todo el mundo. Es un escenario perfecto para una canción de amor imposible, y en el vídeo esa silla es la prueba.
La cama frente al mar
Y de repente, el vídeo sale de la lavandería. Un chico en una cama blanca, despeinado, con los ojos entornados, como recién despierto. Al fondo, en un balcón con vistas al mar, el policía de pie, de espaldas o de perfil, con su uniforme y su gorra. Luego, otra escena en una habitación más oscura: el policía de pie junto a una mesa, el chico de pie frente a él, ropa por el suelo, una cama deshecha.
Con sonido, uno puede pensar que esto es el final feliz, o el final picante, de la fantasía. Sin sonido, lo que yo veo es otra cosa: la duda. ¿Esto ha pasado o lo está soñando? El chico de la cama tiene cara de no saberlo. El policía del balcón está lejos, de espaldas, casi como una aparición. Y la habitación oscura, con la ropa tirada, puede ser una comisaría, un dormitorio o las dos cosas a la vez.
Me gusta que el vídeo no resuelva eso. La canción termina con un plan, con un «estoy por fumarme un peta» que es pura chulería. El vídeo termina con una pregunta. Y creo que las dos cosas juntas son más verdad que cualquiera de las dos por separado: así funcionan los enamoramientos imposibles, a medio camino entre el plan descabellado y la sospecha de que todo está en tu cabeza.
El cartel final
El último plano no pertenece a la historia. Es un cartel: tres chicos con esmoquin, uno de ellos con chaqueta de flores, delante de un planeta rosa, con mi nombre arriba y, abajo, en letras grandes, «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK». Es la puerta de salida del vídeo y, a la vez, una invitación a entrar en todo lo demás.
Sin sonido, ese cambio es brusco y hasta divertido. Pasas de una habitación con ropa por el suelo a una portada de gala, con purpurina y esmoquin. Pero tiene sentido: después de tres minutos de fantasía doméstica, el vídeo te recuerda que esto es una pieza dentro de un universo más grande, con sus discos, sus personajes y su propia lógica. El policía de la lavandería es un vecino más del planeta.
Si te apetece seguir el paseo, todos mis videoclips están ordenados en la página de vídeos, y este en concreto tiene su ficha propia en Planeta Gayfolk. La versión con sonido, que es la que importa, la tienes arriba de este texto.
Lo que aprendo cuando quito el sonido
Hacer este ejercicio con un vídeo propio es un poco incómodo, porque te obliga a ver lo que hay y no lo que querías que hubiera. Pero me enseña cosas que me sirven para los siguientes.
La primera es que un videoclip no tiene que repetir la letra. Si la canción ya cuenta el chiste, la imagen puede contar la ternura. Si la letra es explícita, el vídeo puede ser pudoroso. Esa tensión entre lo que se oye y lo que se ve es lo que hace que uno vuelva a mirar.
La segunda es que los espacios cuentan tanto como las personas. Esta lavandería es casi un personaje: sus filas de tambores, su luz azul, su pasillo central. Si el vídeo hubiera ocurrido en una calle o en un bar, la canción sería otra. La lavandería convierte el deseo en algo cotidiano, y eso es exactamente lo que intento en muchas de mis letras: que lo extraordinario pase en el sitio más normal, el súper, el gimnasio, la parada del autobús.
La tercera es que la repetición, que en música es estribillo, en imagen puede ser obsesión. Los besos casi iguales, los uniformes que cambian, la escena que se ensaya una y otra vez. Sin sonido se ve claramente que el vídeo no avanza en línea recta, sino que da vueltas, como el tambor de una lavadora a setenta grados. Que, por cierto, es la temperatura de la pasión según la letra.
Y la cuarta, la más sencilla: que un vídeo hay que mirarlo varias veces. Una con sonido, para disfrutarlo. Otra sin sonido, para entenderlo. Y otra más, con sonido otra vez, para darte cuenta de que ya no lo ves igual.
Para mirar y escuchar
Si llegas a esta canción por primera vez, mi consejo es el orden contrario al de este texto: primero escúchala entera, con la letra delante, riéndote con la confesión de reincidente y con el plan absurdo del final. Después pon el vídeo en silencio y mira solo la lavandería. Y al final, vuelve a ponerlo con sonido.
La canción, como todo lo que hago, se puede descargar gratis desde la sección de descargas, y está junto al resto en la página de singles. Y si quieres ver cómo se cuenta Planeta Gayfolk desde la otra orilla, la del diario y la cultura que rodea a las canciones, en gayfolkplanet.com están todos los vídeos del planeta reunidos.
Yo me quedo con la imagen del policía dormido en la silla de plástico, esperando a que acabe su colada como cualquier vecino. Es lo más parecido a la verdad que tiene este vídeo: hasta las fantasías más descaradas tienen un momento en el que alguien se sienta, apoya la cabeza y espera.