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Una ola que se enrosca, una tabla de surf hacia el sol y siluetas con los brazos en alto: las olas de Planeta Gayfolk

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Hay una palabra en inglés que siempre me ha parecido preciosa: drift. Significa dejarse llevar por la corriente, ir a la deriva sin remar contra nada. Durante mucho tiempo la habría traducido como derrota. Hoy la traduzco como descanso. Y por eso, cuando quise escribir sobre las olas de Planeta Gayfolk, no tuve que pensarlo mucho: tenía que ser «Drift Away».

Las olas son lo contrario de un muro. Un muro se queda quieto y te frena. Una ola se mueve, te levanta, te deja en otro sitio y se va. Nunca es la misma dos veces. Llega, rompe, se retira y vuelve distinta. Si hay algo que me ha enseñado el mar en estos años es que no se puede discutir con él. Solo se puede aprender a flotar.

Soy Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). Escribo las letras, compongo y produzco cada canción, y luego imagino un videoclip para cada una. En este paseo voy a recorrer las olas de «Drift Away» plano a plano, como quien camina por la orilla al atardecer sin prisa por volver a casa.

La guía: una canción para dejarse llevar

«Drift Away» salió el 15 de agosto de 2025, un viernes, en pleno verano. Dura 4:41, es el vídeo número 113 de los 276 que hay en el planeta y pertenece al segundo disco. Es una canción larga, tranquila, de las que no tienen prisa por llegar al estribillo. Igual que el mar, va y viene.

La tienes entera en el reproductor de Planeta Gayfolk. La letra todavía no está publicada, así que este paseo se apoya en lo que se ve, que en este clip es casi todo agua: turquesa, dorada, blanca de espuma. No hay ciudades ni pasillos ni máquinas. Solo el mar, la luz y unas pocas personas que se meten en él o lo miran desde la arena.

Es, probablemente, el videoclip más sereno de todo mi catálogo. Lo hice en una época en la que necesitaba, literalmente, respirar. Y creo que se nota.

Ya paseé una vez por este mismo clip mirando la arena, en las playas de Planeta Gayfolk, con sus toreros de rosa y su chiringuito. Hoy le doy la espalda a la orilla y miro solo el agua: las olas, la tabla, la espuma y la luz.

Una ola turquesa que se abre

El clip empieza con una ola pequeña, a los diez segundos, rompiendo en un mar de color turquesa casi imposible. La espuma se abre en una línea blanca y fina, y detrás el cielo se tiñe de rosa. No hay nadie. Es solo el agua haciendo lo que hace siempre.

Me gusta empezar así, sin personas. Porque el mar existe antes que nosotros y seguirá existiendo después. Esa primera ola no está ahí para nadie. No necesita público. Rompe igual si la miras que si no.

Durante años viví pendiente de la mirada de los demás. Cada gesto mío tenía que ser aprobado, cada palabra medida. La ola del principio me recuerda que hay cosas que son bellas sin que nadie las vea. Y que yo también puedo serlo.

Hay algo en ese turquesa que me lleva a los veranos de cuando era pequeño, cuando el mar era solo un sitio para jugar y no una metáfora de nada. Me gustaría recuperar un poco de esa mirada: ver el agua sin pedirle que signifique algo. Pero claro, soy letrista, y no puedo evitarlo. Todo acaba siendo una canción.

Unas manos sobre la tabla

A los 47 segundos aparece un plano que me parece de una ternura enorme. Unas manos se apoyan sobre una tabla de surf blanca, en el agua, con los dedos abiertos. No se ve nada más del cuerpo: solo las manos, la tabla y el mar turquesa alrededor.

Mosaico de cuatro fotogramas de «Drift Away»: una ola pequeña rompiendo en un mar turquesa, unas manos apoyadas sobre una tabla de surf blanca, un sol sobre nubes doradas con islas y la punta de una tabla apuntando al sol

Es el momento justo antes de remar. El instante en que decides meterte. Las manos se agarran a la tabla como quien se agarra a la última certeza antes de lanzarse a lo desconocido.

Pensé mucho en ese plano cuando empecé a ir a terapia. La primera vez que me senté delante de mi psicóloga tenía las manos exactamente así: apoyadas sobre las rodillas, abiertas, tensas, como si fueran a sostenerme si todo se hundía. No sabía si iba a ser capaz de hablar. No sabía si iba a servir para algo. Pero estaba ahí, sobre la tabla, a punto de remar.

Las manos dicen mucho más que una cara. Una cara puede fingir. Unas manos, casi nunca. Por eso me gusta que este clip las muestre tan cerca, sin nadie que las mire desde arriba.

Un sol entre las nubes

A los 57 segundos la cámara sube. Ya no estamos en el agua, sino por encima de las nubes. Un sol enorme se refleja en un mar dorado y, entre las nubes, asoman unas islas oscuras, pequeñas, como piedras en un estanque de luz.

Es un plano que no pertenece del todo al mar ni del todo al cielo. Es el punto donde se mezclan. Y me parece la mejor imagen posible de lo que es dejarse llevar: perder un poco la noción de dónde está el suelo y dónde empieza el aire.

Cuando estaba en lo peor de la depresión, todo era suelo. Pesado, gris, sin salida. Este plano es lo contrario. Es ligereza. Es mirar las cosas desde tan arriba que los problemas parecen islas pequeñas en un mar inmenso. No desaparecen, pero se ven a otra escala.

Una ola que se enrosca

Y llega el plano que da título a este paseo. A los 75 segundos, una ola gigante se enrosca sobre sí misma, formando un tubo de agua turquesa perfecto. Dentro, diminuto, un surfista se desliza sobre su tabla, con la espuma blanca persiguiéndolo.

Fotograma del videoclip de «Drift Away»: una ola turquesa gigante se enrosca formando un tubo y un surfista diminuto se desliza dentro sobre su tabla

Los surfistas llaman a eso el tubo. Es el lugar más difícil y más bello de una ola: el hueco que se forma justo antes de que rompa. Estar ahí dentro es estar rodeado por completo de agua y, a la vez, seguir en pie.

Es la imagen más exacta que conozco de la ansiedad bien llevada. No es que la ola desaparezca. La ola sigue ahí, enorme, curvándose por encima. Pero tú aprendes a deslizarte dentro de ella sin que te trague. Aprendes a mantener el equilibrio en el centro del miedo.

No siempre lo consigo. Hay días en que la ola me revuelca y acabo en la arena con la boca llena de sal. Pero cada vez son menos. Y cada vez sé mejor cómo levantarme.

Siluetas en fila frente al sol

A los 85 segundos, el atardecer. Un grupo de siluetas camina por la orilla, en fila, frente a un sol enorme que se está poniendo sobre el horizonte. Son solo sombras negras recortadas contra el oro. No se les ve la cara. Ni falta que hace.

Fotograma del videoclip de «Drift Away»: un grupo de siluetas camina en fila por la orilla frente a un sol enorme que se pone sobre el mar

Caminan separadas, cada una a su ritmo, pero juntas. Algunas con los brazos levantados, otras con las manos en los costados. El agua les llega a los tobillos y refleja la luz como un espejo líquido.

Me emociona mucho este plano porque es exactamente lo que he aprendido sobre la compañía. No hace falta ir de la mano para no estar solo. No hace falta hablar todo el rato. A veces basta con caminar en la misma dirección, cada uno con su paso, sabiendo que el otro está ahí.

Para alguien con fobia social y personalidad evitativa, eso es un descubrimiento. Durante mucho tiempo pensé que estar con gente significaba exponerme, actuar, demostrar. Este plano me dice que no. Que se puede estar en grupo siendo solo una silueta.

Brazos en alto en la orilla

Pocos segundos después, a los 104, las siluetas se paran. Cinco personas, de frente al mar, levantan los brazos hacia el cielo. Detrás, el sol se hunde entre palmeras y nubes naranjas. Es el plano de la portada de este paseo, y no podía ser otro.

Los brazos en alto son un gesto universal. Se levantan para celebrar, para rendirse, para pedir ayuda, para dar gracias. En este plano no sé muy bien cuál de todas es, y creo que es un poco de cada una. Las siluetas celebran que el día ha terminado. Se rinden ante la belleza del sol. Dan gracias por estar ahí.

Yo levanté los brazos así el día que me di cuenta de que llevaba una semana entera sin una crisis de ansiedad. No fue un gesto pensado. Me salió solo, en medio de la cocina, como si hubiera marcado un gol. Fue ridículo y fue precioso. Es de los recuerdos que más quiero.

La punta de la tabla hacia el sol

A los 160 segundos volvemos al agua. La cámara está colocada sobre una tabla de surf, de modo que solo vemos la punta blanca, con su línea central, apuntando hacia el horizonte. Delante, el mar se extiende turquesa y, al fondo, el sol brilla sobre las olas.

Es un plano subjetivo. Somos nosotros los que estamos sobre la tabla. Somos nosotros los que miramos hacia delante. Y no hay nada que nos bloquee el paso: solo agua y luz.

Me gusta pensar que este plano es una invitación. El clip ha mostrado a otros surfeando, otros caminando, otros levantando los brazos. Y ahora nos pone a nosotros en la tabla. Es tu turno. ¿Hacia dónde quieres ir?

La línea central de la tabla funciona como una brújula. Marca el rumbo. Y el sol, al fondo, es el destino. No sé si se llega nunca, pero el viaje merece la pena.

Un último atardecer en la orilla

El clip termina, hacia los 225 segundos, con otro atardecer, esta vez sin nadie. El sol se pone sobre el mar, la orilla brilla dorada y las olas llegan suaves, sin fuerza. Una roca oscura asoma a la derecha. Es un final tranquilo, sin drama.

Me gusta que acabe así, igual que empezó: sin personas. Como si el mar nos dijera que nosotros pasamos y él se queda. Que nuestras penas son importantes, pero que el agua seguirá llegando a la orilla mañana, y pasado, y siempre.

Eso, que antes me habría parecido deprimente, ahora me consuela. No tengo que sostener el mundo. El mundo se sostiene solo. Yo solo tengo que estar.

La espuma, lo que queda

Hay un detalle que se repite en casi todos los planos de «Drift Away» y que es fácil pasar por alto: la espuma. Esa franja blanca que queda cuando la ola ya ha roto. En el primer plano es una línea fina. En el tubo del surfista es una nube que lo persigue. En la orilla del atardecer es un encaje que se deshace sobre la arena.

La espuma es lo que queda después del golpe. Y me parece importante mirarla, porque es la prueba de que la ola ha pasado. Ha roto con fuerza, sí, pero ya no está. Lo que queda es blanco, ligero, casi bonito.

Mis cicatrices son un poco así. Las marcas que dejaron aquellos veinte años siguen ahí, pero ya no golpean. Se han convertido en espuma: algo que se ve, que recuerda lo que pasó, pero que no hace daño. Y a veces, incluso, sirve para escribir una canción.

La sal en la piel

Después de un día de mar, la piel huele a sal durante horas. Es un recuerdo que se lleva puesto. No hace falta volver al agua para saber que has estado en ella.

Así me quedo yo después de ver este clip. Con algo de sal encima. Con la sensación de haber estado en un sitio amplio, luminoso, donde se puede respirar. Y esa sensación me acompaña el resto del día, como un pequeño talismán contra los pasillos estrechos y las habitaciones cerradas.

Ojalá a ti te pase lo mismo. Ojalá te quede un poco de sal en la piel cuando termines de leer.

El ritmo de las olas y el ritmo de la canción

Una de las cosas que más cuidé al producir «Drift Away» fue el ritmo. Quería que la canción respirase como respira el mar: una frase que llega, una pausa, otra frase que se retira. No hay golpes bruscos ni cambios repentinos. Todo es oleaje.

Los psicólogos hablan mucho de la respiración en la ansiedad. Inspirar contando hasta cuatro, aguantar, soltar despacio. Es una técnica sencilla que a mí me cuesta muchísimo cuando estoy en plena crisis. Pero con esta canción, curiosamente, me sale sola. El ritmo te lleva. Las olas te marcan cuándo inspirar y cuándo soltar.

No digo que una canción sustituya a la terapia. Ni de lejos. Pero sí que puede ser una herramienta más. Una ola amable que te acompaña mientras aprendes a respirar.

Primera escala: el mar del desierto

En mi catálogo hay otros mares. En «Dubai», del que ya escribí en el paseo por los puentes, hay agua que se cruza por encima, desde lo alto, entre rascacielos. Es un mar urbano, domesticado, lleno de luces. Muy distinto del de «Drift Away», que es salvaje y solitario.

Me gusta pensar en los dos como las dos caras de lo mismo. El mar que se ve desde un puente, ordenado, y el mar en el que te metes, que te mueve. Ambos son necesarios. A veces necesitas mirar los problemas desde arriba, con distancia. Y otras veces necesitas meterte en ellos, mojarte, sentirlos.

Segunda escala: el agua bajo el cristal

En «Hipnótico robótico», del que escribí en el paseo por los pasillos, hay un suelo de cristal con agua turquesa luminosa debajo. Un hombre de espaldas camina sobre él con los brazos abiertos. Es la misma agua que en «Drift Away», pero contenida, bajo los pies, convertida en suelo.

Es curioso cómo el agua aparece una y otra vez en mis videoclips, incluso en los que no tratan del mar. Supongo que es porque el agua es lo que más se parece a las emociones: cambia de forma, se adapta al recipiente, puede ser calma o tormenta. Y yo, que he pasado tanto tiempo intentando contener las mías, sigo volviendo a ella.

Lo que me enseñó el mar

Durante veinte años viví con dos narcisistas, uno detrás de otro. Veinte años en los que mi vida giraba alrededor de sus estados de ánimo, como un barco que depende del viento de otro. Cuando terminó, no quedó solo el silencio: quedó una campaña de desprestigio, rumores, gente que me miraba distinto. Y dentro de mí, un mar revuelto que no sabía calmar.

El diagnóstico tardó en llegar, pero llegó: trastorno de estrés postraumático, depresión mayor grave, ansiedad, fobia social y personalidad evitativa. Una lista larga que al principio me asustó y que luego, poco a poco, me ayudó a entender por qué me pasaba lo que me pasaba. Con mi psicóloga y mi psiquiatra aprendí a ponerle nombre a cada ola. Y nombrar una ola es el primer paso para no ahogarse en ella.

No ha sido rápido ni lineal. Ha habido mareas buenas y mareas que me han devuelto a la orilla destrozado. Pero aquí estoy, escribiendo sobre el mar en lugar de hundirme en él. Si tú ahora sientes que el agua te pasa por encima, no te quedes solo en ella. En España tienes el 024, gratuito y disponible a cualquier hora, para quien piensa en el suicidio y para quien se preocupa por alguien. Si es una urgencia, llama al 112. Si vives fuera, findahelpline.com te dice qué línea hay en tu país. Pedir ayuda no es rendirse al mar: es agarrarse a la tabla.

Flotar no es rendirse

Hay una cosa que aprendí tarde y que me gustaría haber sabido antes. Cuando te cae una ola grande encima, lo peor que puedes hacer es luchar contra ella. Si intentas nadar hacia arriba con todas tus fuerzas, te agotas y te traga más. Lo que hay que hacer es dejarse llevar unos segundos, relajar el cuerpo, esperar a que la ola pase, y entonces subir.

Foto real de Mike Sain't Louis junto a la frase «Flotar no es rendirse»

Es contraintuitivo. Todo en ti grita que pelees. Pero el mar no se gana peleando. Se gana flotando.

Con la ansiedad me pasa igual. Cuando llega una crisis, si intento pararla a la fuerza, se hace más grande. Si la dejo pasar, respirando, sabiendo que es una ola y que las olas siempre se retiran, pasa antes. Drift away. Dejarse llevar. No como derrota, sino como técnica para sobrevivir.

Las olas hacia la liberación

«Drift Away» forma parte del segundo disco, y me gusta pensar en ese disco como un tramo de mar entre dos orillas. En una está lo que dejé atrás: los años de silencio, de miedo, de vivir para otros. En la otra está lo que estoy construyendo: una vida propia, con mis canciones, mis videoclips y este planeta que se va llenando de paisajes.

Las olas son el camino entre una orilla y otra. No hay puente, no hay barco. Solo agua, y una tabla, y la decisión de remar. Algunas olas empujan hacia delante, otras hacia atrás. Pero, con paciencia, se avanza.

Para escuchar mientras miras el mar

Todas las canciones de este paseo, y el resto de mi catálogo, se descargan gratis y sin registro en mi página de descargas. En la tienda de gayfolkplanet.com, https://gayfolkplanet.com/tienda, hay más descargas gratuitas y otras cosas del planeta.

Mi recomendación es sencilla: ponte «Drift Away» con cascos, cierra los ojos y deja que las olas hagan su trabajo. Si estás cerca del mar, mejor todavía. Si no, el clip te lo trae.

Cinco postales para guardar

Si tuviera que quedarme con cinco imágenes de las olas de Planeta Gayfolk, serían estas.

La primera ola turquesa, que rompe sin que nadie la mire.

Las manos sobre la tabla, justo antes de remar.

El surfista dentro del tubo, en equilibrio en el centro del miedo.

Las cinco siluetas con los brazos en alto frente al sol.

La punta de la tabla apuntando al horizonte, invitándonos a ir.

La última ola

Cuando termino de ver «Drift Away», siempre me queda una sensación de calma que me dura un rato. No es euforia ni tristeza. Es algo más parecido a la marea baja: todo se ha retirado un poco, el aire huele a sal y hay sitio para caminar.

Las olas no se acaban nunca. Esa es su gracia y su condena. Pero yo ya no las temo como antes. He aprendido a mirarlas, a meterme, a flotar y a salir. Y cuando no puedo solo, sé a quién llamar.

Si este paseo te ha servido de algo, ponte el clip, busca tu tabla y rema un poco. El mar te espera.