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Una autovía en blanco y negro y un ataúd de luz: «In the Quiet Room» y el silencio de Planeta Gayfolk

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De todos los vídeos de Planeta Gayfolk, el de «In the Quiet Room» es el único que parece hecho con el móvil apoyado en el cristal de un coche. Durante casi tres minutos y medio no hay planetas, ni neones, ni plumas, ni bailarines. Hay kilómetros de asfalto gris contemplados a través del cristal lateral: quitamiedos, campos secos, árboles que pasan deprisa, coches que adelantan. Y al final, cuando ya te has acostumbrado al paisaje, aparece algo que no esperabas: cuatro figuras encapuchadas, con máscaras plateadas, cargando a hombros un ataúd que brilla.

Este texto es un viaje por ese vídeo. La letra se queda fuera: mientras no aparezca en la web, no la reproduzco. Me ocupo de la carretera, del pueblo, de la portada del cubo de cristal y de ese ataúd de luz que cierra el trayecto.

Soy Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). Las canciones y los vídeos que hago forman un planeta inventado, Planeta Gayfolk, y «In the Quiet Room» es su rincón más callado.

Un martes de octubre por la tarde

El videoclip se publicó el martes 7 de octubre de 2025, a las 16:36 hora de Madrid. Dura tres minutos y treinta y nueve segundos. Hace el número 65 entre los 276 clips del canal, a continuación del de «No me gusta el fútbol». Entre las 273 canciones del catálogo es la 148, y pertenece a «El día de la liberación», la tercera entrega de la trilogía. Detrás viene «Float».

Su ficha, con el botón para descargarla, está en la página de «In the Quiet Room». Para verlo entero, entra en la página del vídeo dentro de Planeta Gayfolk.

Debajo del vídeo de YouTube no dejé ninguna explicación, solo etiquetas. Entre ellas, #EmotionalSong, #DarkPop, #CinematicPop, #AvantGarde, #ArtMusic y #EnglishSong. Son pocas y bastante sobrias, comparadas con otras de mis descripciones. Creo que el vídeo tampoco pedía más.

El rótulo: letras amarillas sobre un campo

Lo primero que aparece son unas mayúsculas amarillas, con mi nombre encima del título, flotando sobre un paisaje en blanco y negro: un campo llano, unos árboles redondos, una línea de arbustos. La imagen ya se está moviendo. No hay un plano fijo, ni una entrada lenta. Desde el primer segundo vamos en marcha.

El amarillo del título es el único color de todo el vídeo. Lo demás es gris: grises claros en el cielo, grises medios en el asfalto, negros en las sombras de los árboles. Esas letras amarillas son como la señal de tráfico que te avisa de adónde vas antes de que empiece el viaje, y luego desaparecen y ya no vuelve el color.

Me gusta pensar que el blanco y negro le quita al planeta su disfraz. Sin el rosa, sin el turquesa, sin la purpurina, Planeta Gayfolk se parece a cualquier sitio. Y eso es lo que consigue: que por una vez la habitación silenciosa no fuera un decorado imposible, sino el interior de un coche normal en una carretera normal, un martes cualquiera. El gris no es tristeza aquí. Es la ausencia de adornos, el estado en el que te quedas cuando ya no necesitas que nada brille para seguir adelante.

La ventanilla como pantalla

Lo que sigue es carretera. Mucha carretera. La cámara va dentro de un coche, pegada a la ventanilla lateral, y lo que vemos es lo que se ve cuando miras hacia un lado en un trayecto largo: la barrera metálica del quitamiedos pasando a toda velocidad, la raya pintada del borde, la cuneta, un talud de hierba seca, y más allá campos, árboles sueltos, alguna nave, algún poste.

Cinco franjas verticales del videoclip en blanco y negro de «In the Quiet Room»: quitamiedos, matorrales, un talud con pinos, una señal de curva y casas blancas vistas desde un coche en marcha

La imagen tiembla un poco y está movida, como pasa con cualquier vídeo hecho desde un coche en marcha. A veces la cámara se inclina y el horizonte se tuerce. A veces se acerca tanto al cristal que el quitamiedos ocupa media pantalla y parece una cinta metálica sin fin. A veces se aleja y deja ver el cielo, pálido, casi blanco.

Me gusta mucho esa forma de mirar. Es la mirada de quien no conduce. Quien conduce mira al frente, a la carretera. Quien va de pasajero mira hacia los lados, a lo que se va quedando atrás. Y en esa mirada lateral hay algo muy particular: el paisaje no se acerca, solo pasa. No llegas a ningún sitio; ves cosas que se van.

Coches que adelantan

En la autovía no estamos solos. De vez en cuando, por el carril de al lado, aparece un coche oscuro que nos adelanta o al que adelantamos. Lo vemos de lado, borroso, unos segundos, y luego sale de cuadro. En un plano casi se nos echa encima: un coche negro que pasa tan cerca de la ventanilla que su carrocería tapa la mitad de la imagen. En otro, al fondo, un coche pequeño cruza un puente.

Más adelante, en una zona con árboles, pasa una furgoneta blanca de reparto, sin rótulos, y luego un coche blanco que se nos cruza en una curva. Son las únicas presencias humanas del trayecto, y ni siquiera las vemos. Solo vemos coches, cajas de metal con alguien dentro que va a otro sitio.

En un vídeo de Planeta Gayfolk, eso es rarísimo. Mis vídeos suelen estar llenos de cuerpos: gente que baila, que se besa, que se pelea, que desfila. Aquí no aparece ni una cara durante tres minutos. La gente está, pero encerrada en sus coches. Cada uno en su habitación silenciosa.

Pinos, cunetas y un cielo blanco

El paisaje cambia poco a poco. Al principio son campos llanos y secos, de esos que en blanco y negro parecen casi desierto. Luego aparecen pinos, primero sueltos y luego en fila, inclinados sobre el talud. En un momento la cámara apunta hacia arriba y vemos las copas de los pinos contra el cielo, con la autovía al lado, y la imagen tiene algo de foto antigua de excursión.

Mosaico de cuatro fotogramas de «In the Quiet Room»: campos llanos junto a la autovía, un coche blanco entre pinos, un árbol solitario en un campo seco y una calle de pueblo con barandillas

Hay tramos en los que solo se ve el quitamiedos y la cuneta, una y otra vez, como un bucle. En otro momento el cielo se come casi toda la pantalla, blanco, con una línea de árboles muy abajo. Hay un cruce de carreteras visto desde arriba, con varias barreras metálicas que se cruzan como líneas de un cuaderno. Hay una señal de curva peligrosa con sus flechas, que pasa en un segundo.

Y casi al final del tramo de autovía hay un muro con una pintada, letras grandes y redondeadas en negro sobre un fondo gris, que no llegan a leerse. Es la última cosa que vemos antes de salir de la carretera. Me hace gracia que sea eso: un mensaje que alguien dejó en una pared y que nadie consigue leer porque pasa demasiado rápido.

Llegar a un pueblo

Después, sin transición, el coche sale de la autovía y entra en un pueblo. Las sombras de los árboles se alargan sobre el asfalto, hay setos, aceras, farolas, un parque con césped seco. Pasamos junto a una rotonda con un monumento en el centro. Vemos casas blancas de dos plantas con terrazas, un murete, un cartel de tráfico, coches aparcados. Todo sigue siendo en blanco y negro y todo sigue pasando de lado.

En este tramo la luz es de mediodía, muy dura, y las sombras de los árboles se proyectan sobre la carretera con mucha fuerza. Cuando el coche se mete bajo una fila de copas, la pantalla se llena de manchas negras y blancas que bailan, como si estuviéramos debajo del agua. Si tuviera que quedarme con un instante del trayecto, sería ese.

No digo qué pueblo es, porque no importa. Podría ser cualquiera de las afueras de cualquier ciudad, uno de esos sitios con chalés adosados, rotondas y parques recién plantados. Lo que importa es que es la llegada. Después de tres minutos de autovía, por fin estamos en algún sitio. Y justo en ese momento, el vídeo cambia por completo.

El ataúd de luz

El último plano rompe con todo lo anterior. Ya no hay coche, ni carretera, ni sol. Es de noche, o está muy oscuro, y estamos bajo unos arcos de piedra, como los de un claustro o un pórtico antiguo. Cuatro figuras vestidas de negro, con capucha, avanzan muy despacio llevando a hombros un ataúd. Sus caras están tapadas por máscaras plateadas, todas iguales, que reflejan un poco de luz.

El ataúd es lo más raro de todo. No es de madera oscura, como los de siempre. Tiene un armazón negro y las paredes son de cristal o de algo translúcido, y está iluminado desde dentro con una luz blanca y lechosa. No se ve lo que hay dentro. Solo brilla. Es el objeto más luminoso del vídeo entero, y aparece justo al final, en el plano más oscuro.

Ese plano dura muy poco, unos segundos, y luego el vídeo se acaba. No hay cartel final, no hay rótulo de despedida. La carretera nos ha llevado hasta ese cortejo y ahí nos deja.

Qué se entierra

Me preguntan a veces qué hay dentro del ataúd. No lo sé, y no quiero saberlo del todo. Pero tengo una intuición. Toda la canción habla de una habitación silenciosa, y el vídeo nos ha pasado tres minutos encerrados en un coche viendo cómo se va quedando atrás el paisaje. Lo que se lleva ese cortejo es lo que se ha quedado en la carretera.

En el planeta hay muchas canciones que son despedidas. De relaciones que me hicieron daño, de una forma de vivir, de una persona que yo era. Ninguna de ellas se termina de golpe. Hay que hacer el trayecto entero, kilómetro a kilómetro, mirando por la ventanilla, hasta que llegas a un sitio y te das cuenta de que lo de antes ya no viene contigo. Y entonces, a veces, toca enterrarlo con un poco de ceremonia.

Que el ataúd brille me parece importante. No es un entierro triste ni amenazante. Es casi una procesión de luz. Lo que se despide se lleva con respeto, entre cuatro, despacio, como algo valioso. Lo que fue importante no se tira: se acompaña hasta el final y se deja ir.

El mismo cortejo, cinco días después y en color

Hay un detalle que quien vea mis vídeos seguidos descubrirá enseguida. Cinco días después de «In the Quiet Room», el 12 de octubre, publiqué «Can't Wait». Y en ese vídeo, a los pocos segundos de empezar, aparece el mismo cortejo: figuras encapuchadas con máscaras plateadas llevando un ataúd por un túnel de ladrillo. Solo que esta vez todo está en color, con luces turquesa y magenta, y el ataúd brilla en rosa fosforito.

Me encanta esa rima entre los dos vídeos. En «In the Quiet Room» el cortejo es el final, en blanco y negro, en silencio. En «Can't Wait» es casi el principio, en color, rodeado de ángeles dorados, naves espaciales y gente que baila. Es como si el mismo entierro hubiera cambiado de humor en cinco días. Lo que el martes se despedía en gris, el domingo ya se paseaba en rosa entre otras mil cosas.

Para mí es una buena imagen de cómo funcionan las despedidas: primero pesan y son silenciosas, y luego, con el tiempo, el mismo recuerdo se vuelve otra cosa, casi festiva, una escena más en mitad de la vida.

La portada: un cubo de cristal en una sala blanca

La portada de la canción no tiene carretera ni ataúd. Todo es blanco alrededor y, en medio, una caja transparente con los cantos negros. Ahí dentro me senté yo, en el suelo y sin zapatos, con pantalón rosa y gafas oscuras, las rodillas dobladas y la cara vuelta hacia la izquierda de la foto. Las letras negras del título están impresas en una de las paredes de vidrio, y mi nombre, en rosa, va debajo.

Ilustración sin personas de un cubo de cristal vacío en una sala blanca, con unas gafas de sol y un pantalón rosa en el suelo y una autovía en blanco y negro al otro lado de la ventana

Esa caja es una habitación callada que, sin embargo, no esconde nada. Te aísla del ruido y te deja a la vista de cualquiera. Cuando junto la portada con el vídeo, el coche se parece mucho a ese cubo. También es una caja de cristal con alguien dentro, que ve el mundo pasar y al que el mundo puede ver, pero donde no entra el ruido de fuera.

Lo único que tiene color en la portada son los pantalones rosas y mi nombre. Igual que en el vídeo lo único que tiene color es el título amarillo. Son dos imágenes casi sin color con una sola mancha que te recuerda que sigues en el planeta.

Una canción en inglés para estar callado

«In the Quiet Room» es una de mis canciones con título en inglés, y la etiqueta #EnglishSong lo deja claro. Siempre me ha parecido que hay temas que se dicen mejor en otro idioma, como si la distancia de no usar tu lengua materna te dejara decir cosas sin que te tiemble tanto el pulso. La habitación silenciosa es una de ellas.

En el catálogo vive en un vecindario muy concreto. Justo detrás va «Float», que se balancea entre nubes. Cerca andan «Whisper Fade» y «Dreams Drift Afar», con su música para bajar el volumen del mundo. Y en otro extremo del planeta está «Contact Overwhelms Me», un vídeo de estancias rosas donde no hay nadie, que es la otra gran canción sobre la necesidad de estar a solas.

Pero «In the Quiet Room» tiene algo que las otras no tienen: el blanco y negro. Es el único vídeo de esa familia en el que el planeta se queda sin color. Y eso lo hace distinto. Las otras canciones tranquilas son un descanso agradable. Esta es un silencio de verdad, el que se hace cuando ya no queda nada que decir.

Por qué grabar una autovía

Hay quien podría pensar que un vídeo de carretera es un vídeo sin ideas. Para mí es lo contrario. Después de muchos clips llenos de efectos, de colores, de escenarios imposibles, quería uno en el que el paisaje fuera el más corriente del mundo: una autovía cualquiera, unos pinos, una rotonda. Quería que el planeta, por una vez, se pareciera a la ventana de cualquiera.

Y me gusta cómo eso cambia el final. Si todo el vídeo hubiera sido fantástico, el ataúd de luz sería un efecto más. Como todo lo anterior es tan normal, ese plano final te golpea. Es como si después de un viaje real, aburrido, de los que todos hemos hecho, llegaras a casa y encontraras en el portal una procesión de otro mundo.

Esa mezcla de lo cotidiano y lo extraño es, creo, lo más gayfolk que tiene la canción, aunque no haya ni una bandera ni una purpurina.

Otras personas solas en el planeta

En Planeta Gayfolk hay más gente sola de lo que parece. En el vídeo de «The Northern Lights» las figuras caminan cada una por su lado bajo la aurora, sin cruzarse nunca. En el de «Mirror» un chico de chaqueta roja recorre pasillos de espejos donde las únicas personas que aparecen son copias suyas. Y en «Contact Overwhelms Me» las habitaciones están directamente vacías.

Foto real de Mike Sain't Louis con camiseta de tirantes junto al texto «Una habitación callada con la ventanilla abierta»

Pero en todos esos vídeos hay alguien a quien mirar. Un cuerpo, una silueta, un gesto. En «In the Quiet Room», no. Aquí la persona sola es la que mira, y nunca la vemos. Ni un reflejo en el cristal, ni una mano en la ventanilla, ni un trozo de manga. Es el único vídeo del planeta en el que el protagonista es invisible, y por eso se parece tanto a quien lo está viendo. Tú también estás ahí, mirando sin que nadie te mire.

Me gusta pensarlo como la otra cara de la portada. En la foto del cubo de cristal se me ve entero y no veo nada de fuera; en el vídeo se ve todo lo de fuera y no se me ve a mí. Son las dos posiciones posibles dentro de una habitación silenciosa: la de ser mirado sin oír y la de mirar sin ser oído.

El tiempo que dura un trayecto

Hay otra cosa que este vídeo hace y que casi ningún otro mío hace: respeta el tiempo. Los demás clips del planeta cambian de escena cada pocos segundos, saltan de un lugar a otro, mezclan cosas que no podrían estar juntas. Aquí el montaje es casi el de un viaje real. La autovía dura lo que dura. Los tramos se repiten. Hay momentos en los que no pasa nada y el vídeo no hace nada para disimularlo.

Eso tiene un efecto curioso. Al principio puede impacientar. Luego, si te dejas, empieza a relajar, como pasa en los viajes largos cuando dejas de mirar el reloj. Y cuando llegas al pueblo, a la rotonda, a las casas con terraza, notas un alivio que no tendrías si el trayecto hubiera sido corto. El vídeo te ha hecho viajar de verdad.

Por eso el ataúd final pesa tanto. No llega después de un montaje frenético, sino después de un rato largo de silencio y paisaje. Llega cuando ya estás dentro de la habitación callada, con la guardia baja. Y entonces brilla.

Escucharla y bajarla

«In the Quiet Room» se puede bajar gratis, igual que el resto de mis canciones, desde la página de descargas de mi web, sin registro y sin pagar.

Para escucharla, yo la pondría en un trayecto largo, sentado al lado de la ventanilla, sin hablar con nadie. Al fin y al cabo, el vídeo mira el mundo desde ahí.

Tres cosas que mirar

La primera, el muro con la pintada al final de la autovía. Pasa en un segundo y no se lee. Es la última palabra del viaje y nadie la entiende.

La segunda, las sombras de los árboles sobre el asfalto al llegar al pueblo. Durante unos segundos el blanco y negro parece agua.

La tercera, las máscaras del cortejo. Son todas iguales y reflejan un poco de luz. Si vienes de ver «Can't Wait», reconocerás a esos personajes al instante.

Preguntas frecuentes

¿Cuándo se publicó el videoclip de «In the Quiet Room»? El martes 7 de octubre de 2025, a las 16:36 hora de Madrid, en el canal oficial de YouTube de Mike Sain't Louis. Dura tres minutos y treinta y nueve segundos.

¿En qué disco está «In the Quiet Room»? En «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía de Planeta Gayfolk. Es la pista 148 de 273 del catálogo, justo antes de «Float».

¿Qué se ve en el videoclip? Casi todo el vídeo es una autovía en blanco y negro vista desde la ventanilla de un coche: quitamiedos, campos, pinos, coches que adelantan y una furgoneta blanca. Después se entra en un pueblo y el vídeo termina con cuatro figuras encapuchadas con máscaras plateadas que llevan a hombros un ataúd iluminado.

¿Qué relación tiene con «Can't Wait»? En el videoclip de «Can't Wait», publicado cinco días después, aparece el mismo tipo de cortejo de encapuchados con máscaras plateadas y un ataúd que brilla, esta vez en color y por un túnel.

¿Se puede descargar gratis? Sí. Toda la música de Mike Sain't Louis se puede escuchar y descargar gratis, sin registro, desde la sección de descargas de mikesaintlouis.com.