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Un pasillo de neón rosa, un almacén de cristal y una ciudad de circuitos: los pasillos de Planeta Gayfolk

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Nadie vive en un pasillo. Los pasillos son lugares de paso, de esos que cruzamos sin mirar, camino de otra habitación. Unen la cocina con el dormitorio, el andén con la salida, la sala de espera con la consulta. Y precisamente por eso tienen algo especial. En un pasillo no estás todavía donde vas ni ya donde estabas. Estás en medio, en ese tramo raro donde todo puede cambiar.

Siempre he tenido una relación curiosa con los pasillos. De niño me parecían larguísimos y un poco inquietantes. De adulto, en las épocas malas, fueron el único espacio de la casa que recorría: del cuarto al baño, del baño al cuarto. Un pasillo puede ser una cárcel muy estrecha. Pero también puede ser una pista de baile.

Soy Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). Con mis canciones he ido construyendo un mundo que llamo Planeta Gayfolk, y hoy quiero recorrer sus pasillos. La guía es «Hipnótico robótico», un clip donde casi todo sucede en corredores, almacenes y plataformas de luz.

La guía: un baile en espacios de paso

El videoclip de «Hipnótico robótico» se publicó en YouTube el miércoles 17 de septiembre de 2025 y dura tres minutos y trece segundos. En mi canal es el vídeo 95 de 276. La canción pertenece a «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía.

Lo tienes entero en el reproductor de Planeta Gayfolk. La letra todavía no está publicada, así que me quedo con lo que se ve, que en este clip es una coreografía constante. Desde el primer plano, alguien baila: un hombre con el torso desnudo rodeado de rayos eléctricos que se le enroscan en los brazos, como si la música fuera literalmente corriente.

El título lo dice todo. Hipnótico, porque el ritmo te atrapa y no te suelta. Robótico, porque los movimientos son precisos, mecánicos, como de máquina. Y los espacios donde se baila son igual de geométricos: pasillos rectos, salas de cristal, plataformas exactas.

Dos cabezas gigantes en la calle

Uno de los primeros planos del clip ocurre en una calle de verdad, entre edificios antiguos de varias plantas. Sobre la calzada, a la altura del segundo piso, flotan dos cabezas enormes de color verde metálico, como estatuas de robot, mirándose de frente. Entre ellas, abajo, una mujer con vestido rojo baila sobre el asfalto envuelta en humo.

La calle es el pasillo de la ciudad. El más común, el que todos recorremos. Y ese plano la convierte en algo extraño: un corredor vigilado por dos gigantes que no hacen nada, solo miran. Me recuerda a esa sensación que tenía antes al salir a la calle, de que todo el mundo me observaba. Y la mujer de rojo, en medio, sigue bailando. No le importan las cabezas gigantes. Eso es lo que quiero aprender.

Anillos de luz en la cintura

Hacia el segundo 13, en una sala oscura, una bailarina se mueve dentro de unos anillos de luz azul que flotan a la altura de su cintura, como un aro de gimnasia hecho de neón. Detrás, una línea de luz naranja cruza la pared en horizontal.

Es un pasillo que se ha encogido hasta convertirse en un círculo alrededor del cuerpo. Ya no hay que recorrerlo: lo llevas puesto. Y la bailarina, lejos de sentirse atrapada, gira dentro de él como si fuera un juguete. Es una imagen preciosa de cómo se puede jugar con los límites en lugar de sufrirlos.

Más adelante, en otro plano, un bailarín atraviesa un túnel de anillos azules que se suceden hacia el fondo, uno detrás de otro. Es la misma idea, multiplicada: anillos que primero rodean y luego se convierten en camino.

Un pasillo de neón rosa

El pasillo que más me gusta del clip aparece varias veces y es casi un personaje. Es un corredor largo, de paredes lisas, recorrido por líneas de neón rosa y azul que se pierden en el fondo. El suelo brilla como si estuviera mojado y refleja todas las luces. Al final del pasillo, una puerta de luz blanca.

Fotograma del videoclip de «Hipnótico robótico»: un hombre vestido de negro baila en un pasillo largo con líneas de neón rosa y azul y el suelo brillante

Por ese pasillo baila un hombre vestido de negro, solo. No camina: baila. Gira, se detiene, lanza un brazo, avanza un paso, retrocede dos. Lo que en cualquier otro sitio sería un trayecto de diez segundos se convierte en una coreografía entera. Al final del clip, hacia el segundo 187, vuelve a aparecer, más cerca, con las líneas de luz deslizándose por las paredes a su alrededor.

Me emociona ese gesto de convertir un lugar de paso en un escenario. Durante años los pasillos de mi casa fueron sitios por los que me arrastraba sin ganas. Ver a alguien bailar en un pasillo me dice que no hay espacio tan pequeño ni tan de paso que no pueda llenarse de música.

Un almacén de cristal

Otros planos ocurren en espacios más grandes, pero con la misma lógica de corredor. Hay un almacén enorme con paredes de cristal y estructuras metálicas, iluminado por una luz azul fría, donde varios bailarines se mueven en fila. Uno de ellos, en primer término, se recorta casi como una sombra contra el cristal. Detrás, otros dos repiten sus movimientos con un pequeño retraso, como un eco.

Mosaico de cuatro fotogramas de «Hipnótico robótico»: una figura en una azotea de cristal sobre la ciudad con un rayo, bailarines en un almacén de cristal azul, un hombre en una plataforma circular entre cables y un metrónomo gigante en el desierto

Hay otra sala completamente blanca, con columnas finas y suelo pálido, donde un grupo entero de bailarines vestidos de blanco ejecuta la misma coreografía al mismo tiempo. Y hay un pasillo de rejas metálicas, como el de una fábrica antigua, donde las figuras avanzan entre barrotes.

Todos estos espacios comparten algo: son muy largos y muy rectos. Invitan a avanzar. No hay sofás ni rincones donde quedarse. Solo suelo y dirección. Y los bailarines aceptan esa invitación, pero a su manera: avanzando con ritmo, no con prisa.

Un suelo sobre el agua que brilla

Hacia el segundo 123 hay un plano que parece un sueño. Un hombre, de espaldas, con los brazos abiertos, está de pie sobre un suelo transparente de cristal. Debajo, en lugar de cimientos, hay agua luminosa, turquesa, que se mueve en ondas y dibuja líneas brillantes. Alrededor, paredes de cristal que reflejan esa misma luz.

Fotograma del videoclip de «Hipnótico robótico»: un hombre de espaldas con los brazos abiertos sobre un suelo de cristal con agua turquesa luminosa debajo

Es un pasillo que flota. O un pasillo que deja ver lo que hay debajo. A mí me recuerda a esos momentos en los que por fin te atreves a mirar lo que llevabas dentro, todo eso que se movía bajo la superficie. Y descubres que no es un abismo oscuro, sino agua que brilla.

El hombre no tiene miedo. Abre los brazos como si estuviera a punto de lanzarse a bailar sobre el agua. Y eso es justo lo que necesitaba ver yo: alguien de pie sobre su propio fondo, sin hundirse.

Una ciudad de circuitos

Hay pasillos en el clip que no tienen paredes. Hacia el segundo 116, una figura diminuta baila sobre una plataforma hexagonal blanca, suspendida sobre una ciudad que parece una placa de circuitos gigante: calles de luz violeta, edificios como chips, líneas brillantes que se cruzan en todas direcciones. Desde la plataforma salen pasarelas de luz hacia los lados, como caminos posibles.

Es el pasillo más abierto del clip, y también el más vertiginoso. Ya no hay paredes que te guíen. Hay que elegir hacia dónde ir. Las pasarelas de luz son como las ramas de una decisión: cada una lleva a un sitio distinto de la ciudad.

En otro momento, otra figura salta sobre una azotea de cristal con la ciudad entera iluminada debajo, mientras un rayo cruza el cielo. Es la misma idea en vertical: bailar sobre la ciudad, por encima de sus calles, como si las azoteas fueran pasillos aéreos.

Una plataforma redonda entre cables

Hacia el segundo 33, un hombre baila sobre una plataforma circular iluminada en el centro de una sala de cristal atravesada por cables rojos y blancos que cuelgan del techo como lianas. La luz del suelo dibuja anillos a su alrededor. Es como estar dentro de una máquina, en su corazón mismo.

Me gusta esa imagen porque es la del cuerpo dentro del sistema. Los cables representan todo lo que nos conecta y, a veces, nos ata: obligaciones, rutinas, miradas ajenas. Y en medio de esa maraña, alguien baila. No corta los cables. No huye. Encuentra su ritmo en medio del lío.

Una fábrica de engranajes

En la parte central del clip hay una nave industrial con tuberías naranjas, engranajes enormes y maquinaria antigua al fondo. Un grupo de bailarines con trajes metálicos se mueve en formación delante de las máquinas. Son la parte más literal de lo «robótico»: cuerpos que imitan el movimiento de las piezas, brazos que giran como ruedas dentadas.

Pero la coreografía tiene humor. No es una fábrica triste. Los bailarines parecen pasarlo bien imitando a las máquinas. Y eso me hace pensar en todas las veces que nos sentimos como engranajes de algo más grande, repitiendo los mismos gestos cada día. El clip no niega esa sensación. La convierte en baile.

Una mesa de control

Hay otro espacio que me hace gracia: una sala de control redonda, con pantallas verdes en las paredes, donde un grupo de hombres con traje y corbata se mueve al unísono, muy serios, como ejecutivos de una película de espías. Uno de ellos, en el centro, lleva el mando de la coreografía y los demás le siguen.

Es la parodia perfecta de la oficina. Esos pasillos de moqueta, esas salas de reuniones, convertidos en una pista de baile donde los trajes se mueven con ritmo hipnótico. Si alguna vez has sentido que tu trabajo era una máquina que te convertía en robot, este plano te devuelve el control: el robot baila.

Un metrónomo en el desierto

Casi al final, el clip sale de los espacios cerrados. Hacia el segundo 161, en un desierto de arena dorada con montañas al fondo, aparece un metrónomo gigante, de madera oscura, como una pirámide con un péndulo. A su lado, pequeña, una mujer con falda roja baila mientras unas nubes de polvo dorado se elevan en el aire.

Un metrónomo marca el tiempo. Es la máquina más sencilla del mundo de la música: tic, tac, tic, tac. Ponerlo en medio de un desierto, sin pasillos ni paredes, me parece una manera de decir que el ritmo no necesita estructura. Que puedes llevar tu propio compás a cualquier sitio, incluso al lugar más abierto y vacío del mundo.

Saltar sobre un mar de luz

Hay un plano a mitad del clip que me deja sin aire cada vez que lo veo. Al atardecer, con un cielo de nubes rosas y montañas al fondo, un hombre salta en el aire, con una pierna doblada y los brazos abiertos. Debajo de él no hay suelo: hay un mar de luces diminutas, azules y blancas, como si hubiera saltado desde el borde de un pasillo hacia una galaxia.

Es el final lógico de todos los pasillos: el salto. Después de recorrer tantos corredores, tantas salas de cristal y tantas plataformas, llega el momento de dejarse ir. Y el clip lo pinta como algo luminoso, no como una caída. El hombre no cae. Vuela.

La coreografía como compañía

Una cosa que me llama la atención es que en «Hipnótico robótico» casi nadie baila completamente solo durante mucho rato. Incluso cuando el plano muestra a una persona, poco después aparecen otras que repiten sus movimientos. En el almacén de cristal, en la sala blanca, en la fábrica, en la sala de control: siempre hay un grupo que se mueve a la vez.

Para alguien con fobia social, los grupos dan miedo. Pero una coreografía es un tipo de grupo muy especial. No tienes que hablar con nadie, no tienes que improvisar. Solo tienes que seguir el ritmo. Todos hacen lo mismo y nadie destaca por encima de los demás. Hay algo profundamente tranquilizador en eso. Bailar en grupo es estar acompañado sin tener que exponerse.

Creo que por eso me gusta tanto este clip. Es una fiesta para gente a la que le cuestan las fiestas. Un sitio donde la compañía viene dada por el ritmo, no por la conversación.

Primera escala: los túneles de Dubái

En el planeta hay otros corredores memorables. En «Dubai», los túneles son hexagonales y redondos, con aristas de neón rosa y blanco, y por ellos avanzan figuras con túnicas largas que caminan hacia la cámara con una seguridad tranquila. Son pasillos que parecen joyas, por dentro de los cuales uno se pasea como por un sueño.

La diferencia con los de «Hipnótico robótico» es la velocidad. En Dubái se camina despacio, con elegancia. En «Hipnótico robótico» se baila con energía, con golpes de cadera y giros bruscos. Son dos formas de atravesar un pasillo: deslizándose o sacudiéndolo.

Segunda escala: un ataúd en el túnel

Y hay un pasillo más oscuro en el planeta: el túnel de piedra de «Ataúd de neón», por el que unas figuras encapuchadas cargan un ataúd que brilla en rosa. Es un corredor estrecho, abovedado, iluminado solo por la luz del propio ataúd.

Ese túnel es el pasillo de las despedidas. Si los de «Hipnótico robótico» llevan hacia la fiesta, este lleva hacia la tumba. Pero los dos están iluminados con neón. Hasta los pasillos más tristes del planeta tienen luz.

El pasillo de mi casa

Pasé veinte años en dos relaciones con personas narcisistas, una tras otra. En esos años mi vida se fue estrechando hasta parecer un pasillo: siempre el mismo recorrido, siempre las mismas paredes. Cuando por fin se destapó lo que eran, se encargaron de que mucha gente cercana creyera su versión y no la mía. Me quedaron un estrés postraumático, una depresión mayor grave, ansiedad, fobia social y personalidad evitativa, que hoy trato con mi psicóloga y mi psiquiatra. Hubo un tiempo en el que no quería seguir.

Foto real de Mike Sain't Louis junto a la frase «Todo pasillo tiene una puerta al final»

Durante meses, el pasillo de mi casa fue todo mi mundo. Del cuarto al baño. Del baño al cuarto. Sin luz, sin música. Hacer canciones fue mi manera de encender neones en ese pasillo, de convertirlo, poco a poco, en algo que se pudiera bailar. Y de contar por fin mi versión, la que nadie quiso escuchar.

Si tú ahora vives en un pasillo así, estrecho y oscuro, no lo recorras en soledad. En España tienes el 024, un teléfono gratuito y disponible a todas horas para quien piensa en el suicidio y para quien se preocupa por alguien. Si es una urgencia, el 112. Si estás fuera de España, findahelpline.com te indica la línea de tu país. Todo pasillo tiene una puerta al final, aunque desde dentro no se vea.

Pasillos hacia la liberación

No me extraña que «Hipnótico robótico» pertenezca al tercer disco, el de la liberación. Los dos primeros discos de la trilogía son el descubrimiento del planeta y las ganas de llegar a él. El tercero es el momento de moverse. Y para moverse hacen falta pasillos: espacios que te lleven de un sitio a otro.

En este disco los pasillos ya no encierran. Se bailan. Se cruzan con ritmo. Llevan a plataformas sobre ciudades de luz y a desiertos con metrónomos gigantes. Son pasillos de alguien que por fin ha salido del cuarto.

La puerta del fondo

Casi todos los pasillos del clip terminan en una luz. Una puerta blanca al final del corredor rosa, un ventanal al fondo del almacén de cristal, un horizonte detrás de la plataforma. Nunca vemos qué hay al otro lado. Solo sabemos que hay luz.

Me gusta que el clip no lo enseñe. Lo que hay al final del pasillo es cosa de cada uno. Para mí, hoy, es una habitación con gente que me escucha. Hace unos años no sabía que existía.

Para escuchar mientras recorres el pasillo

Todas las canciones de este paseo, y el resto de mi catálogo, se descargan gratis y sin registro en mi página de descargas. En la tienda de gayfolkplanet.com, https://gayfolkplanet.com/tienda, hay más descargas gratuitas y otras cosas del planeta.

Te propongo un orden: empieza por «Hipnótico robótico» para bailar en el pasillo de neón, sigue con «Dubai» para pasear por los túneles de joya y termina con «Ataúd de neón» para cruzar el túnel de las despedidas.

Cinco postales para guardar

El hombre vestido de negro bailando solo por el pasillo de neón rosa.

La figura de espaldas con los brazos abiertos sobre el suelo de cristal y el agua que brilla.

La plataforma hexagonal suspendida sobre la ciudad de circuitos violeta.

La sala de cristal atravesada de cables, con un hombre bailando en el anillo de luz.

El metrónomo gigante en el desierto dorado, junto a una falda roja.

Lo que aprendí de los pasillos

Si tuviera que resumir en pocas frases lo que me enseñan los pasillos de «Hipnótico robótico», serían estas. La primera: un pasillo no es una prisión, es un camino. Puede parecer estrecho y largo, pero siempre lleva a algún sitio. La segunda: no hace falta recorrerlo deprisa. Se puede bailar por él, detenerse, mirar las luces, volver un paso atrás. La tercera: el miedo a lo que hay al final suele ser mucho más grande que lo que hay de verdad. Casi siempre, al final del pasillo, hay una sala con más gente bailando.

Y la cuarta, quizá la más importante: los pasillos se recorren mejor acompañado. Durante muchos años los recorrí solo, convencido de que nadie podía ayudarme. Me equivocaba. Hubo profesionales, hubo amigos y hubo canciones que me dieron la mano. Este clip es una de esas manos. Lo pongo cuando el pasillo se hace largo, y el ritmo de la fábrica, de los anillos azules y del salto sobre el mar de luz me recuerda que se puede seguir.

Por eso quería escribir sobre los pasillos y no sobre otra cosa. Porque son el lugar más humilde de cualquier casa y de cualquier ciudad, el sitio por el que se pasa sin fijarse. Y sin embargo, ahí es donde ocurre casi todo: la espera, la duda, la decisión de abrir una puerta. «Hipnótico robótico» les da el color, la música y la dignidad que se merecen.

Preguntas frecuentes

¿Qué pasillos aparecen en el videoclip de «Hipnótico robótico»? Un corredor de neón rosa y azul, almacenes de cristal, un pasillo de rejas, un suelo transparente sobre agua luminosa y pasarelas de luz sobre una ciudad de circuitos.

¿Cuándo se publicó el videoclip de «Hipnótico robótico»? El miércoles 17 de septiembre de 2025, en YouTube. Dura tres minutos y trece segundos.

¿A qué disco pertenece «Hipnótico robótico»? A «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía de Planeta Gayfolk.

¿Qué otros pasillos hay en Planeta Gayfolk? Los túneles hexagonales de neón de «Dubai» y el túnel de piedra por el que se carga el ataúd de «Ataúd de neón».

¿Se pueden descargar gratis estas canciones? Sí, todas, sin registro, desde la página de descargas de mikesaintlouis.com.