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Un ataúd de neón, una máscara entre velas y un anillo de luz en el cementerio: las máscaras de Planeta Gayfolk

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Una máscara es una pregunta. Cuando alguien se tapa la cara, lo primero que pensamos es qué esconde. Pero hay una pregunta más interesante: qué enseña. Porque una máscara no es solo lo que tapa, también es lo que elige mostrar en su lugar. Una sonrisa pintada, una cara blanca y lisa, unos ojos de luz, un pico de pájaro. Quien se pone una máscara no desaparece. Se convierte en otra cosa.

Durante mucho tiempo yo llevé una máscara sin darme cuenta. Una cara tranquila que decía «estoy bien» mientras por dentro todo se venía abajo. Por eso, cuando me puse a buscar máscaras en mis videoclips, sabía que no iba a ser un paseo ligero. Y aun así me encontré con algo inesperado: en Planeta Gayfolk las máscaras no siempre esconden. A veces acompañan. A veces despiden. A veces brillan.

Soy Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). Con mis canciones he levantado un mundo que llamo Planeta Gayfolk, y hoy quiero recorrer sus máscaras. La guía es «Ataúd de neón», el clip con más caras tapadas de todo mi catálogo.

La guía: un entierro con luces

El videoclip de «Ataúd de neón» se publicó en YouTube el domingo 5 de octubre de 2025 y dura cuatro minutos y quince segundos. En mi canal es el vídeo 68 de 276. La canción pertenece a «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía.

Lo puedes ver entero en el reproductor de Planeta Gayfolk. De esta canción todavía no está publicada la letra, así que me quedaré con lo que se ve. Y lo que se ve, ya desde el título, es una contradicción hermosa: un entierro iluminado como una discoteca.

El clip empieza a ras de suelo, con unas botas gastadas que avanzan por la hierba. Enseguida llega un caleidoscopio de luz blanca y violeta que gira sobre sí mismo, como si alguien hubiera metido una catedral dentro de un cristal. Y entonces aparece la procesión.

Unas botas en la hierba

Antes de cualquier máscara, el clip enseña unos pies. Unas botas de cuero gastado, con los cordones flojos, que pisan la hierba húmeda. No vemos a quién pertenecen. Solo el paso, firme y cansado a la vez, de alguien que camina hacia algún sitio.

Me gusta que empiece así. Las botas son lo contrario de la máscara: no esconden nada, enseñan el camino recorrido. Cada arruga del cuero cuenta una historia. Y el hecho de que no veamos la cara de quien las lleva convierte esos pies en los de cualquiera. Podrían ser los míos. Podrían ser los tuyos. Es el paso de quien va a enterrar algo y lo sabe.

Un mar rojo y un túnel de luz

Entre la procesión y el cementerio, el clip se permite viajes abstractos. Hay un mar de líquido rojo y rosa que se mueve en olas lentas, espesas, bajo un cielo violeta. Hay un túnel de anillos de luz blanca y morada que gira hacia dentro, como un remolino que te traga. Hay superficies de cromo líquido, azul y cobre, que se ondulan como metal fundido.

Son imágenes sin máscaras porque son imágenes sin personas. Pero tienen algo de lo que pasa por dentro cuando te quitas una máscara: vértigo, mareo, una sensación de caer hacia un centro desconocido. Quitarse la cara de siempre no es un gesto limpio. Es un viaje por túneles que dan vueltas.

Los portadores de máscara blanca

Hacia el segundo 18, cuatro figuras con capucha negra cargan a hombros un ataúd blanco cuyos bordes brillan con una luz azul turquesa, como un letrero de neón. Las figuras llevan máscaras blancas, lisas, de rasgos apenas insinuados. No se les ve ni un centímetro de piel. Avanzan despacio, en fila, por un pasillo de piedra.

Fotograma del videoclip de «Ataúd de neón»: figuras encapuchadas con máscaras blancas cargan a hombros un ataúd blanco con bordes de neón turquesa

Es una imagen que impone. Pero cuanto más la miro, menos miedo me da. Esas máscaras no son amenazantes. Son neutras, serenas, casi respetuosas. Me recuerdan a los antiguos portadores de los entierros, que se vestían todos igual para que la atención no se fijara en ellos sino en quien despedían. La máscara aquí no esconde a una persona: la borra para que lo importante sea el ataúd.

Y el ataúd brilla. Eso es lo que lo cambia todo. No es una caja oscura. Es una caja de luz.

Una máscara rota entre velas

Hacia el segundo 77 hay un plano que podría ser un cuadro. Sobre una mesa oscura, rodeada de velas encendidas, descansa una máscara blanca de teatro. Está agrietada, con fisuras que la recorren de arriba abajo, y por esas grietas sale una luz azul y rosa, como si dentro hubiera algo vivo.

Es mi imagen favorita del clip. Una máscara rota que deja salir luz. Durante años pensé que si mi máscara se rompía todo el mundo vería lo peor de mí. Y esta imagen me dice lo contrario: que lo que sale por las grietas puede ser luz. Que romperse no siempre es perderse. A veces es la única manera de que se vea lo que hay dentro.

Las velas alrededor le dan algo de altar, de velatorio. Pero no es un velatorio triste. Es como si la máscara misma fuera lo que se está despidiendo. La cara que llevé tanto tiempo, tumbada entre velas, mientras la luz de verdad se escapa por las fisuras.

Caretas con ojos de luz

El clip tiene más máscaras, y no todas son de porcelana. Hacia el segundo 103, en un prado cubierto de niebla al amanecer, tres figuras con sudadera oscura caminan hacia la cámara con caretas negras en las que brillan unos ojos de luz: cruces, rayas, una boca que sonríe dibujada con puntos naranjas. Son máscaras de fiesta electrónica, de las que llevan luces dentro.

Me hacen gracia porque son el reverso de las máscaras blancas. Aquellas eran solemnes; estas son juguetonas. Aquellas borraban la cara; estas le ponen una cara nueva, hecha de píxeles. Es la máscara del que sale de noche a bailar y quiere que lo reconozcan por su luz y no por su rostro.

En otro plano, un grupo más numeroso, todos con máscaras blancas, se planta en medio de un campo bañado en humo rosa. Parecen un coro esperando a que empiece la música.

Picos de pájaro bajo láseres

En la última parte del clip aparecen las máscaras más inquietantes: largas, curvas, con forma de pico de ave, como las que llevaban los médicos de la peste en la Europa antigua. Las figuras que las llevan rodean el ataúd ya dentro de la fosa, mientras unos láseres rojos caen verticales sobre ellos como columnas de luz.

Esas máscaras tenían, en su origen, una función muy concreta: proteger a quien cuidaba a los enfermos. El pico se llenaba de hierbas aromáticas para soportar el olor y, según creían, alejar el contagio. Es decir, eran máscaras de cuidado. Las llevaban quienes se acercaban al dolor de otros cuando nadie más se atrevía.

Me emociona verlas alrededor del ataúd de neón. No son verdugos. Son cuidadores. Gente que acompaña hasta el final aquello que hay que despedir.

Un anillo de luz en el cementerio

Entre las procesiones hay planos sin máscaras, pero con la misma atmósfera. Uno de ellos, hacia el segundo 60, muestra un cementerio de noche, con lápidas antiguas, árboles desnudos y una luna velada por nubes. Sobre las tumbas flota un anillo de luz rosa y violeta, perfecto, como un halo gigante. Alrededor, figuras encapuchadas forman un círculo.

Mosaico de cuatro fotogramas de «Ataúd de neón»: un anillo de neón rosa sobre un cementerio, caretas con ojos de luz en un prado con niebla, láseres azules sobre un ataúd y figuras encapuchadas bajo la luna

Más adelante, ese anillo se convierte en barras de neón horizontales que flotan sobre la niebla, y en láseres azules que cruzan la noche desde el fondo. El cementerio entero parece una pista de baile a punto de empezar.

Me gusta mucho esa mezcla de duelo y fiesta. En muchas culturas los entierros terminan con música, comida y baile. Despedir no es solo llorar. También es celebrar lo que fue.

Cristales que vuelan

Hay una serie de planos abstractos en el clip que me parece importante. Fragmentos de cristal, como trozos de un espejo roto, vuelan por el aire atravesados por haces de luz violeta. En uno de ellos, hacia el segundo 145, los fragmentos giran en espiral alrededor de un punto central, con destellos dorados que saltan entre ellos.

Fotograma del videoclip de «Ataúd de neón»: fragmentos de cristal girando en espiral con destellos dorados sobre fondo negro

Pienso en esos cristales como en una máscara hecha añicos. O en un espejo que por fin se rompe. Durante años me miré en espejos que no me devolvían mi cara, sino la que otros querían ver. Ver ese espejo estallar en mil pedazos de luz, girando como una galaxia, me parece un acto de liberación.

Las máscaras del basurero

Si en «Ataúd de neón» las máscaras despiden, en «En el basurero» las máscaras aparecen tiradas. Ese clip, también del tercer disco, transcurre en un vertedero enorme, con montañas de restos, ríos de un verde químico y camiones que levantan polvo. Entre la basura hay una máscara blanca gigante, partida, que un grupo de hombres sostiene en alto o rodea arrodillado, como si fuera un hallazgo arqueológico.

Pongo los dos clips juntos y veo una historia. En uno, la máscara se lleva puesta con solemnidad hasta la tumba. En el otro, ya está en el vertedero, rota, entre todo lo que se tira. Es el final natural de una máscara que ya no necesitas: acabar en la basura, junto a las cosas viejas que dejaste atrás.

Máscaras flotando sobre la arena

Y hay unas máscaras más alegres en el planeta. En «Light It Up», una playa de noche con hogueras y farolillos se llena de máscaras que flotan en el aire, sin nadie debajo, entre humo de colores y globos con forma de corazón. Son máscaras sueltas, liberadas de la cara, que se elevan como si fueran pompas.

Me parece el destino más bonito para una máscara: soltarla y dejar que vuele. No romperla, no enterrarla, no tirarla. Simplemente quitártela y ver cómo se aleja flotando mientras tú te quedas en la playa, con la cara al aire, entre luces.

La máscara que yo llevaba

Pasé veinte años en dos relaciones con personas narcisistas, una tras otra. En ambas aprendí a llevar una máscara perfecta. Sonreír cuando había que sonreír, callar cuando había que callar, decir que todo iba bien. Cuando por fin quedó claro cómo eran, esas personas se encargaron de que buena parte de mi entorno creyera su versión y no la mía. Y la máscara que yo había llevado tanto tiempo jugó en mi contra: nadie había visto lo que había debajo.

Foto real de Mike Sain't Louis junto a la frase «Lo que sale por las grietas también es luz»

De aquello me quedaron un estrés postraumático, una depresión mayor grave, ansiedad, fobia social y personalidad evitativa. Hoy trabajo con mi psicóloga y mi psiquiatra para ir quitándome capas. Hubo un momento en el que no quería seguir viviendo. Escribir canciones fue la primera grieta en la máscara. Por esa grieta empezó a salir mi versión de los hechos, la que nadie quiso escuchar.

Si tú también llevas una máscara que ya no puedes sostener, no esperes a romperte del todo. En España tienes el 024, una línea gratuita que atiende a todas horas a quien piensa en el suicidio y también a quien se preocupa por otra persona. En una urgencia, el 112. Si vives fuera, findahelpline.com te ayuda a encontrar el teléfono de tu país. Quitarse la máscara da miedo, pero no tienes que hacerlo solo.

Una cuerda que baja despacio

Casi al final, el ataúd desciende a la fosa sostenido por cuerdas. Las figuras encapuchadas, inclinadas sobre el hueco, lo bajan con cuidado, palmo a palmo, mientras desde dentro sube una luz violeta que les ilumina las máscaras desde abajo. Es un plano lento, paciente, de una delicadeza que no esperaba en un clip tan nocturno.

Pienso en todo lo que hay que bajar despacio en la vida. Las despedidas apresuradas duelen más. Las que se hacen con calma, sosteniendo la cuerda entre varios, permiten que lo que se va se vaya bien. Y que quien se queda pueda soltar sin que se le rompan las manos.

Un coro sin cara

Hay otro detalle que me conmueve. En casi todos los planos de grupo, las figuras con máscara están juntas. Nunca hay una sola. Cargan entre cuatro, rodean entre muchos, caminan en fila. La máscara las iguala, pero también las une. Son un coro.

Hay algo muy queer en esa imagen. Durante siglos tuvimos que ocultar quiénes éramos, y aun así nos encontrábamos. En bailes de máscaras, en carnavales, en fiestas donde nadie preguntaba nombres. La máscara fue, muchas veces, la única forma de estar juntos sin peligro. Este coro de figuras tapadas que acompaña un ataúd de luz me recuerda a todas esas personas que se protegieron unas a otras cuando no se podía hacer de otra manera.

Un ataúd para lo que ya no somos

Muchas veces me preguntan qué se entierra en «Ataúd de neón». No lo voy a explicar del todo, porque cada uno puede poner dentro lo que necesite. Pero sí diré lo que pongo yo: la persona que fui durante aquellos veinte años. El que se callaba, el que pedía perdón por existir, el que llevaba la máscara del «estoy bien».

Ese hombre merece una despedida digna. No con rabia ni con vergüenza, sino con luces, con velas, con una procesión de máscaras que lo acompañen hasta el final. Y luego, al salir del cementerio, empezar otra vida. Por eso el ataúd brilla: porque lo que se entierra ahí no es una tragedia, sino el principio de algo.

Lo que queda cuando cae la máscara

Me he preguntado muchas veces qué hay debajo de las máscaras de este clip. Nunca lo vemos. Ninguna figura se la quita delante de la cámara. Y creo que es una decisión acertada, porque lo que hay debajo no importa tanto como el gesto de llevarla y, algún día, dejarla.

En mi caso, lo que apareció debajo de la máscara no fue un monstruo ni un desconocido. Fue alguien cansado, asustado, con ganas de que lo escucharan. Alguien que necesitaba descansar de fingir. No era una cara bonita ni fea. Era simplemente la mía, la que había dejado de enseñar durante tanto tiempo que casi la había olvidado.

Quitarse una máscara no te convierte de golpe en otra persona. Te devuelve a la que eras antes de ponértela. Y esa persona, aunque esté herida, sigue ahí, esperando a que la dejes respirar.

El neón como luto

Siempre se ha dicho que el luto es negro. En mi planeta, el luto tiene luz. El ataúd es blanco con bordes turquesa. El anillo sobre las tumbas es rosa. Los láseres son azules, verdes, rojos. Las grietas de la máscara dejan salir violeta.

Creo que esa elección dice mucho del tercer disco, el de la liberación. Ya no se trata de sobrevivir en la oscuridad, sino de iluminar incluso las despedidas. Cuando has pasado tanto tiempo a oscuras, aprendes a llevar tu propia luz a todas partes. Incluso a un entierro.

La niebla

Casi todo el clip está envuelto en niebla. Niebla rosa en los campos, niebla azul en el cementerio, niebla blanca bajo la luna. Las figuras con máscara aparecen y desaparecen en ella como fantasmas amables.

La niebla es otra forma de máscara. Tapa el paisaje, suaviza los contornos, hace que todo parezca un sueño. Y al mismo tiempo deja pasar la luz, la difunde, la vuelve más grande. Una luz en la niebla se ve desde más lejos que una luz en el aire limpio. Quizá por eso me gusta tanto. Es una máscara que, en lugar de ocultar, expande.

En los días malos, mi cabeza también se llena de niebla. No veo bien lo que tengo delante, todo parece lejano y borroso. He aprendido que en esos días no hace falta ver el camino entero. Basta con encontrar una luz cercana, aunque sea pequeña, y caminar hacia ella. La niebla del clip me lo recuerda cada vez que lo veo.

Un campo bajo la luna

Hacia el segundo 120 hay un plano tranquilo, casi silencioso. Un prado enorme bajo la luna llena, cubierto de una niebla baja, con pacas de paja aquí y allá y un grupo de figuras diminutas que caminan con linternas. No se distingue si llevan máscara o no. Están demasiado lejos.

Es el plano de después. Cuando la procesión ha terminado y la gente vuelve a casa por el campo, despacio, sin prisa. Las máscaras ya no importan. Solo importan las pequeñas luces que cada uno lleva en la mano para no perderse.

Me gustaría que todas las despedidas terminaran así. Con un paseo lento por el campo, de noche, en compañía, con la luna arriba y la niebla a la altura de las rodillas. Sin discursos, sin prisas, sin que nadie tenga que fingir nada. Cada uno con su linterna, cada uno con su cara al aire, caminando hacia la casa donde mañana empezará otra cosa. Es el final que imagino para mi propia máscara: no un drama, sino un regreso tranquilo bajo la luna, con gente que me acompaña y no me pide que sea otro.

Para escuchar con la cara al aire

Todas las canciones de este paseo, y el resto de mi catálogo, se descargan gratis y sin registro en mi página de descargas. En la tienda de gayfolkplanet.com, https://gayfolkplanet.com/tienda, también hay descargas gratuitas y otras cosas del planeta.

Te propongo un orden: empieza por «Ataúd de neón» para despedir la máscara con honores, sigue con «En el basurero» para verla tirada entre los restos y termina con «Light It Up» para dejar que las máscaras floten sobre la playa.

Cinco postales para guardar

Los cuatro portadores con máscara blanca cargando el ataúd que brilla en turquesa.

La máscara agrietada entre velas, con luz rosa y azul saliendo por las fisuras.

Las caretas con ojos de luz avanzando por el prado con niebla.

El anillo de neón rosa flotando sobre las tumbas bajo la luna.

Los cristales girando en espiral, atravesados de luz violeta.

Preguntas frecuentes

¿Qué máscaras aparecen en el videoclip de «Ataúd de neón»? Máscaras blancas lisas en los portadores del ataúd, una máscara de teatro agrietada entre velas, caretas con luces en los ojos y máscaras con forma de pico de pájaro alrededor de la fosa.

¿Cuándo se publicó el videoclip de «Ataúd de neón»? El domingo 5 de octubre de 2025, en YouTube. Dura cuatro minutos y quince segundos.

¿A qué disco pertenece «Ataúd de neón»? A «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía de Planeta Gayfolk.

¿Qué otras máscaras hay en Planeta Gayfolk? La máscara blanca gigante y rota de «En el basurero» y las máscaras que flotan sobre la playa en «Light It Up».

¿Se pueden descargar gratis estas canciones? Sí, todas, sin registro, desde la página de descargas de mikesaintlouis.com.