
Por Mike Sain't Louis ·
Vapor de sauna, humo verde y una bocanada rosa: los humos de Planeta Gayfolk
Hay una cosa que me pasa cada vez que repaso mis videoclips: me cuesta encontrar un plano con el aire limpio. Casi siempre hay algo flotando entre la cámara y lo que se ve. Vapor, niebla, polvo de luz, humo de colores. A veces es un velo finísimo que solo se nota en el borde de una lámpara; otras veces lo llena todo y la figura que camina por el centro parece salir de una nube. Durante mucho tiempo pensé que era una cuestión de estética, que el humo queda bonito con las luces de neón y ya está. Ahora creo que hay algo más.
El humo es lo que está entre las cosas. No es la persona ni la pared, sino lo que hay en medio. Y en Planeta Gayfolk, un planeta inventado para poder contar lo que me pasaba sin tener que contarlo de frente, lo que hay en medio es casi siempre lo importante. Lo que tapa. Lo que suaviza. Lo que permite llorar sin que se note. Aquí los atravieso uno a uno, y empiezo por el que más significa para mí: el vapor de una sauna en la que alguien llora y dice que es por la cebolla.
Un invitado que baja del cielo
El vídeo de «Un invitado VIP cortando cebolla» arranca con una imagen que parece un chiste y no lo es del todo. Una sauna de madera, con sus bancos escalonados y sus apliques de luz cálida, y en el centro un hombre sentado encima de una nube blanca. Una nube de verdad, de algodón, flotando a media altura dentro de la sauna. Es el invitado VIP en el cielo, sentado en su sitio de honor antes de que empiece la caída.
La letra lo cuenta sin rodeos:
Hoy es mi vuelta a los infiernoooooooos Después de cuatro años como invitado Vip en el cielo
Me gusta mucho cómo la palabra «infiernos» se alarga hasta casi romperse, como si quien la dice no quisiera terminar de pronunciarla. Cuatro años arriba, en la nube, y de golpe la vuelta. El vídeo dura algo más de cuatro minutos y medio, y en ese tiempo la nube del principio se va deshaciendo en otras formas de vapor: humo rosa, niebla azul, nubes de verdad vistas desde muy arriba, y al final el humo que sale de la llama de unas velas.
Lo que más me interesa de ese arranque es que el cielo, aquí, está hecho de lo mismo que el infierno. La nube blanca de la sauna y el vapor rosa que viene después son la misma sustancia: agua caliente suspendida en el aire. Lo que cambia es la luz que les da. Esa idea me acompaña desde que monté el clip: que el sitio donde estás bien y el sitio donde estás mal a veces se parecen más de lo que uno cree, y que la diferencia no está en el decorado, sino en cómo te encuentras tú dentro de él.
Espaldas en el vapor rosa
La parte central del vídeo es una secuencia larga de espaldas. Un hombre camina hacia el fondo de una sauna llena de vapor fucsia, de espaldas a la cámara, con los hombros anchos y la cabeza un poco baja. Le vemos la nuca, los tatuajes, la toalla. No le vemos la cara. Y el vapor es tan denso que, a ratos, la figura se queda reducida a una sombra rosa con forma de persona.
Uno de esos planos, el de la espalda casi tragada por el vapor rosa, es la imagen principal de este texto. Monté esa secuencia sin pensar demasiado, pero cuando la vuelvo a ver entiendo por qué la quise así. Hay una forma de estar mal que consiste en darle la espalda a todo el mundo y meterte en un sitio donde no te vean bien. No para desaparecer, sino para que nadie te pregunte. El vapor es perfecto para eso: estás ahí, cualquiera sabe que estás, pero nadie puede leerte la cara. Puedes tener los ojos rojos, la boca torcida, las mejillas mojadas, y en una sauna todo eso se confunde con el calor.
La letra le pone palabras a ese estado en dos renglones que se repiten:
Esta maldita y oscura soledad No puedo máaaaaaas
Esa «a» estirada del final es otra forma de vapor. Una palabra que se queda flotando en el aire, sin terminar de caer.
La excusa de la cebolla
Y entonces llega lo que da título a la canción. Después de tanto vapor, la letra sale a la calle, y el que estaba llorando dentro de la sauna se encuentra con que también llora fuera, delante de todo el mundo. La solución que encuentra es la más doméstica del mundo:

Que no se preocupen es que me acabo de hacer una ensalada y he estado cortando cebolla
Siempre me ha hecho gracia y siempre me ha dolido a la vez. Gracia porque es una excusa absurda, nadie va llorando por la calle por una ensalada. Y dolor porque conozco muy bien ese gesto: tener preparada una explicación para las lágrimas, para que nadie se acerque a preguntar lo que de verdad pasa. La cebolla es un humo más. Una niebla verbal que se pone delante de la cara para que no se vea lo que hay detrás.
Durante muchos años yo tuve mis propias cebollas. No eran ensaladas, pero funcionaban igual: estoy cansado, he dormido mal, es la alergia, son cosas del trabajo. Frases que salían solas, como el vapor de una sauna, y que tapaban algo mucho más grande. Por eso esta canción, que tiene mucho de comedia, es también una de las que más verdad llevan dentro. El protagonista no es exactamente yo, pero la excusa sí la he usado.
Un remolino rosa en mitad del mar
Hay un plano de este vídeo que me parece el más misterioso de todos. Es el mar, visto desde arriba, oscuro y con olas pequeñas, y en el centro un remolino de humo rosa que se abre como una flor. En el corazón del remolino hay una luz anaranjada, como si debajo del agua hubiera un fuego encendido. No hay nadie. Solo el mar, el humo y esa brasa en el fondo.
Unos segundos antes, el mismo plano muestra solo una mancha rosa flotando sobre el agua, casi tímida. Después se hace grande, se abre, deja ver lo que hay debajo. Para mí es la imagen más exacta del vídeo: lo que parecía un poco de humo en la superficie resulta ser la tapa de algo que arde. Y el humo, que al principio esconde, al final señala el sitio exacto donde está el fuego.
Me pasa con las emociones. Muchas veces lo primero que asoma es una tontería, un mal humor, un cansancio raro, una ganas de no salir. Parece poca cosa, una mancha en el agua. Y si te asomas, debajo hay una brasa que lleva mucho tiempo encendida. El humo no es el problema. El humo es el aviso.
Velas en la niebla y un árbol que arde
Hacia el final, el vídeo se llena de velas. Decenas de velas blancas encendidas sobre candelabros oscuros, en una sala inundada de niebla morada. La llama se ve nítida y el humo de alrededor lo difumina todo, de manera que las velas parecen flotar en un mar de color. Es un plano tranquilo, casi de iglesia, y llega justo después de los momentos más tristes del clip.
Antes de las velas hay otra imagen que me gusta mucho: un bosque de árboles altísimos con la niebla colgada entre los troncos, y en primer plano un tronco enorme con una grieta de fuego que lo recorre de arriba abajo. El árbol arde por dentro y sigue en pie. La niebla del bosque lo rodea sin apagarlo.
No quiero explicar demasiado estas imágenes, porque creo que funcionan mejor sin explicación. Pero sí diré que, cuando las puse juntas, pensé en las dos maneras que tiene el humo de estar en una habitación. Puede ser la niebla que te pierde, o puede ser el humo de una vela que alguien ha encendido a propósito. El mismo aire, otra intención.
La plaza que se llena de verde
Si salimos de la sauna y cruzamos Planeta Gayfolk, llegamos a una plaza andaluza llena de humo verde. Es el vídeo de «Verde», una rumba festiva, ligera, que no tiene nada que ver con la tristeza de la sauna. Aquí el humo es pura fiesta: sale de los soportales, se enreda en las columnas, envuelve a un guitarrista sentado en una silla de madera y a unas bailaoras con volantes que giran en mitad de la calle.

Hay un plano cenital que me encanta: una mesa redonda vista desde arriba, rodeada de abanicos de colores abiertos como flores, y el humo verde ocupando todo el suelo alrededor. Y otro en el que el guitarrista se queda convertido en una silueta verde, sin rasgos, solo la forma del instrumento y del cuerpo dentro de una nube del mismo color. La letra habla de esa plaza:
La plaza se llena de un perfume especial, es la señal para empezar a festejar.
En «Verde», el humo no tapa nada. Al contrario: es la señal de que algo empieza. Es el humo de las verbenas, de las hogueras de San Juan, de las tracas de los pueblos. Lo pongo aquí porque me parece importante recordar que el humo también puede ser alegría. No todo lo que flota en el aire es una niebla de la que haya que salir.
La niebla del hangar
Hay otro humo en Planeta Gayfolk que está a medio camino entre la tristeza de la sauna y la fiesta de la plaza. Es el del vídeo de «Gaslighting». Ocurre en un hangar enorme, lleno de focos y de máquinas recreativas apagadas, donde la niebla blanca entra por todas partes. Hay un plano en el que una figura diminuta se queda de pie, de espaldas, delante de una pared entera de humo iluminado. Y otro en el que alguien se queda quieto entre dos filas de recreativas, con la niebla subiéndole por el cuerpo.
El título de la canción ya juega con eso. El «gaslighting» es esa forma de manipulación que consiste en hacerte dudar de lo que has visto y de lo que has sentido, hasta que ya no sabes si te lo has inventado. Es, literalmente, alguien que te llena la habitación de gas para que no veas bien. Y la letra le da la vuelta con un verso que me repito por dentro cuando tengo un día torcido:
Que arda tu gas, yo soy la queen
Aquí el humo es del otro. Es la niebla que alguien echa para confundirte. Y la respuesta no es apartarlo con las manos, sino prenderle fuego, dejar que arda y que se vaya. Hay algo muy liberador en esa imagen: el gas que te ahogaba convertido en combustible.
He escrito más de una vez sobre lo que fue vivir dentro de esa niebla, y no voy a repetirlo entero aquí. Basta con decir que durante mucho tiempo no supe distinguir lo que había pasado de lo que me decían que había pasado. Y que salir de ahí fue, sobre todo, volver a fiarme de mis propios ojos.
Una bocanada rosa
El último humo de este paseo es el más extraño. Está en «Tangled Light», y aparece en el primer plano del vídeo: un hombre vestido de rojo, inclinado hacia atrás hasta casi tumbarse en el aire, en un salón antiguo lleno de lámparas, que suelta por la boca una bocanada de humo rosa. Larga, espesa, que se extiende por encima de su cabeza como un pañuelo.

Más adelante, en el mismo clip, ese humo rosa invade un salón sumergido, con sus cuadros, sus sillones y sus lámparas de pie, como si el agua y el humo fueran la misma cosa. Y en otro plano, una figura de pelo corto se queda quieta, convertida en silueta a contraluz, mientras una nube rosa le crece al lado, en un pasillo azul.
Me gusta pensar en esa bocanada como lo contrario de la cebolla. En la sauna, el humo viene de fuera y tapa lo que hay dentro. En «Tangled Light», el humo sale de dentro. Es algo que la persona tenía en el pecho y que por fin echa fuera, aunque sea en forma de nube. No sabemos qué es. Pero sale, y llena la habitación de color.
Lo que había detrás de mi humo
Todo esto, aunque sean efectos de vídeo, tiene mucho que ver con mi vida.
Encadené dos relaciones con dos personas narcisistas que, sumadas, ocuparon casi veinte años de mi vida, sin un respiro entre una y otra. Me guardo cualquier detalle que pudiera señalar a alguien: lo que cuento es lo que ocurrió dentro de mí. Y lo que me pasó, sobre todo, fue aprender a vivir detrás de una máscara. A sonreír en las reuniones, a decir que todo iba bien, a tener una cebolla preparada para cada lágrima. Cuando aquello por fin terminó, llegó algo que no esperaba: buena parte de la gente que me rodeaba acabó creyendo que el problema era yo. Me quedé muy solo justo cuando más necesitaba a alguien cerca.
Hubo una época en la que el humo lo tapaba todo, y en la que llegué a pensar en quitarme la vida. Estuve más cerca de lo que me gusta reconocer. Lo escribo así, sin adornos, porque callarlo no ayuda a nadie, y porque hoy lo cuento desde la orilla de enfrente. Tenía 41 años cuando lo que me pasaba recibió nombres concretos: ansiedad, fobia social, un trastorno de evitación, depresión mayor grave y estrés postraumático. Hay un texto entero sobre ese momento, el día en que todo aquello tuvo nombre. Desde entonces voy a psiquiatría y a psicología con cita fija, tomo la medicación sin saltármela y, aunque no todo está resuelto, la niebla ya no ocupa toda la habitación.
Si estás ahora mismo dentro de un humo así, de los que no dejan ver la salida, por favor no esperes a que se disipe solo. En España tienes el 024, la línea de atención a la conducta suicida: es gratuita, funciona las veinticuatro horas y no hace falta decir quién eres. Si la cosa es urgente, el número es el 112. Para menores, o para quien se preocupa por uno, existe la Fundación ANAR, con su teléfono 900 20 20 10. Quien viva fuera de España puede buscar su línea en findahelpline.com. Dediqué un texto a la importancia de hablar del suicidio sin tabú. Yo no habría salido sin ayuda. Nadie debería intentarlo solo.
Humo no es lo mismo que nube
Alguien me preguntó una vez si el humo de mis vídeos no era lo mismo que las nubes, que también salen mucho. Y no, no lo es, aunque a veces se parezcan. Hace poco escribí sobre las nubes de Planeta Gayfolk, las de los columpios y las escaleras, y al terminar me di cuenta de que eran otra cosa. Las nubes están arriba y sostienen. Son un suelo blando al que uno quiere subir. El humo, en cambio, está a la altura de la cara. Se mete entre la gente, entra por la nariz, pica en los ojos. No se sube a él; se atraviesa.

Quizá por eso la sauna de «Un invitado VIP cortando cebolla» empieza con una nube y sigue con vapor. Arriba, en la nube, el invitado está a salvo y por encima de todo. Abajo, en el vapor, está a la altura de los demás, con las lágrimas a la vista de cualquiera que se acerque lo suficiente. Bajar del cielo es eso: dejar de flotar por encima de lo que duele y empezar a caminar a través de ello.
Y caminar a través es, al final, lo único que funciona. Las nieblas no se rodean. Se cruzan despacio, con alguien que te dé la mano si puede ser, hasta que un día notas que el aire de delante está un poco más claro que el de atrás. Esa es la sensación que me da la canción que escribí sobre lo que me salvó: no la de haber salido de golpe, sino la de ir viendo, poco a poco, a más distancia.
Canciones como ventiladores
Hay una frase que se me ocurrió hace tiempo y que todavía me sirve: mis canciones han sido, para mí, como abrir una ventana en una habitación llena de humo. No limpian el aire de golpe, pero dejan que entre un poco de corriente. Cada vez que escribía una letra sobre algo que me pesaba, el humo de dentro salía un poco hacia fuera.
Por eso en los vídeos el humo es tan visible. Lo que en mi vida estaba escondido, en Planeta Gayfolk se ve de colores: rosa, verde, azul, blanco. No se esconde en ninguna parte, está ahí, delante de la cámara, ocupando media pantalla. Creo que necesitaba ver mi propia niebla desde fuera para entender que no era yo, sino algo que me rodeaba. Algo que se podía atravesar.
Y también por eso me gusta tanto que la sauna de «Un invitado VIP cortando cebolla» termine con velas. El humo de una vela es el único que alguien enciende a propósito para dar luz. Es un humo pequeño, que sube recto y se deshace enseguida. No tapa nada. Solo señala que hay una llama.
Mirar a través
Para hacer el recorrido, pon los cuatro vídeos uno detrás de otro y fíjate solo en el humo, como si fuera el protagonista. En el clip de «Un invitado VIP cortando cebolla», busca la nube de la sauna del principio y compárala con el vapor rosa del medio. En «Verde», espera al plano desde arriba de la mesa con los abanicos. En «Gaslighting», quédate con la figura pequeña delante de la pared de niebla. Y en el de «Tangled Light», mira la bocanada rosa del primer plano.
Al terminar, prueba a quitar la imagen y quedarte con el sonido: las canciones de este paseo se descargan gratis y sin registro en descargas. Sin las imágenes, el humo se queda dentro de la música, y cada uno lo ve del color que quiere.
El que enciende las máquinas de humo
Detrás de todas estas nieblas estoy yo, Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical. Mías son las letras, el montaje de los clips y las decisiones de producción; lo que suena, con la música y la interpretación vocal, lo genera la IA según esas decisiones. Con esas piezas construyo Planeta Gayfolk, y el humo, sin que yo lo planease, se ha convertido en su atmósfera.
Si alguna vez te ves llorando por la calle y con la excusa de la cebolla en la punta de la lengua, acuérdate de la sauna rosa. No pasa nada por llorar. Lo único que te pido es que, de vez en cuando, dejes que alguien vea a través del vapor.
Preguntas frecuentes
¿En qué videoclips de Mike Sain't Louis aparece humo? En muchos, pero este texto recorre cuatro: «Un invitado VIP cortando cebolla» (vapor rosa en una sauna, un remolino rosa en el mar, velas en la niebla), «Verde» (humo verde en una plaza andaluza), «Gaslighting» (niebla blanca en un hangar con recreativas) y «Tangled Light» (una bocanada de humo rosa y un salón sumergido).
¿De qué trata «Un invitado VIP cortando cebolla»? De alguien que, después de cuatro años bien, vuelve a caer, y que cuando le ven llorando por las calles de Madrid se inventa una excusa: que ha estado cortando cebolla para una ensalada. Es una canción con mucho humor y mucha tristeza a la vez.
¿Qué significa el humo en Planeta Gayfolk? Lo que hay entre las cosas: lo que tapa las lágrimas, lo que confunde, pero también lo que anuncia una fiesta o lo que sale del pecho cuando por fin se suelta. Cambia de sentido según el color y la luz.
¿Quién es Mike Sain't Louis? El primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical. Escribe las letras, produce los temas y monta los videoclips de Planeta Gayfolk; la música y la interpretación vocal están hechas con IA.
¿Dónde se pueden escuchar y descargar estas canciones? Gratis y sin registro en la página de descargas de mikesaintlouis.com. Los videoclips están en la sección Planeta Gayfolk de la web.