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Una noche que grita un nombre, una calle sin nombre y un nombre en piedra: los nombres de Planeta Gayfolk

Un nombre es lo primero que nos dan y lo último que se queda. Nos llaman antes de que sepamos responder, y cuando ya no estamos, lo que permanece en una lápida o en una lista es eso: unas cuantas letras. En medio, toda una vida en la que el nombre se pronuncia con amor, con prisa, con rabia, con burla, con ternura. Hay nombres que se gritan desde la otra punta de la casa y nombres que se susurran en la almohada. Hay nombres que alguien te pone para herirte y nombres que eliges tú para poder seguir.

En mis canciones los nombres aparecen poco, pero cuando aparecen pesan mucho. No suelo nombrar a personas reales, y los pocos nombres que salen en mis letras pertenecen a personajes inventados. Pero la idea de nombrar, de ser nombrado, de perder el nombre o de encontrar uno nuevo, recorre Planeta Gayfolk de un extremo a otro. Este texto es un paseo por esos nombres. Empiezo por una noche que grita el mío.

La noche que grita: «El abismo en mi cabeza»

La primera línea de «El abismo en mi cabeza» es una de las más inquietantes que he escrito: la noche vuelve a «gritar mi nombre». No es una persona la que llama. Es la noche. Y no lo hace una vez: el verbo «vuelve» indica que ya ha pasado antes, que es una costumbre, que cada noche, o casi, la oscuridad se asoma y pronuncia ese nombre a gritos.

Tarjeta oscura con seis fragmentos de letras de Mike Sain't Louis que hablan de nombres, de «El abismo en mi cabeza» a «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk»

Lo que me impresiona de este renglón, releído ahora, es que el nombre se convierte en una herida. Normalmente, que alguien diga tu nombre significa que te ve, que te reconoce, que le importas. Aquí es al revés. La noche te nombra para recordarte que estás ahí, solo, despierto, dentro de tu propia cabeza. El nombre ya no es una caricia, es una alarma.

Y el renglón siguiente lo confirma: lo que se oye es «Un insulto sordo» que nadie responde. El nombre gritado y el insulto se funden. Es lo que pasa cuando uno lleva mucho tiempo escuchando cómo otros le descalifican: acaba ocurriendo que el propio nombre suena a reproche. Ya no hace falta que nadie diga nada feo. Basta con que alguien, o algo, te llame.

He escrito sobre esta canción desde la tristeza que no se ve desde fuera, y por eso hoy atiendo únicamente a ese primer gesto: la noche abriendo la boca y diciendo quién eres, como un vigilante que no se va.

Un laboratorio de frascos etiquetados

El videoclip de «El abismo en mi cabeza» está rodado en blanco y negro, y casi todo él gira alrededor de dos hombres. Uno viste traje blanco; el otro, esmoquin negro. Discuten, se señalan, se acercan, se esquivan, en un recorrido por espacios enormes y vacíos: un salón de mármol con columnas, un invernadero de hierro y cristal, un patio de butacas, un pasillo que no termina. Para mí son dos versiones de la misma persona, la que quiere salir y la que arrastra hacia dentro. Dos maneras de responder cuando la noche grita tu nombre.

Mosaico en blanco y negro de cuatro recortes sin caras del videoclip de «El abismo en mi cabeza»: frascos etiquetados sobre una mesa, vapor entre frascos de laboratorio, columnas de mármol y una cortina blanca junto a una ventana

Hay una secuencia que me parece la más relacionada con este paseo: un laboratorio con mesas llenas de frascos de cristal, casi idénticos, de los que sale vapor como si cada uno guardara algo vivo. Cada frasco lleva pegada una etiqueta con una palabra; en uno se lee, en inglés, el nombre de un día de la semana. Cuando los veo pienso en todas las cosas que uno intenta guardar con su nombre puesto, como si etiquetarlas bastara para controlarlas: miedos, recuerdos, rabias, vergüenzas. Tienen nombre y aun así humean. Y también hay un lavabo donde alguien hunde la cara en el agua, y una bañera donde dos manos se apoyan en el borde. Son gestos de quien intenta despertarse. El clip, que dura 3:04, se publicó el 5 de diciembre de 2025 y está entero en el canal del planeta.

Un nombre deshecho: «La primera drag de Benidorm»

Si en «El abismo en mi cabeza» el nombre se grita, en «La primera drag de Benidorm» se deshace. En uno de los momentos más intensos de esa letra, la protagonista, sobre un escenario, con la falda en llamas y el pecho abierto, habla de «mi nombre deshecho». Es una imagen física, casi de tela que se descose. El nombre ya no es una palabra: es algo que se rompe junto con el cuerpo.

Tarjeta de rimas con cuatro parejas de finales de «El abismo en mi cabeza»: nombre y responde, cabeza y torpeza, puertas y acuerda, huecos y espejos

Las drag queens conocen bien el poder de un nombre. El nombre artístico es una armadura, una manera de crear a alguien más grande, más valiente, más brillante que la persona que se maquilla en el camerino. Por eso me parece tan fuerte que la letra hable de ese nombre deshecho. Es el instante en que la armadura cede y queda solo la persona, expuesta, sangrando, sin el personaje que la protegía.

Y sin embargo la canción no acaba ahí. La primera drag sigue en pie, sigue bailando. El nombre deshecho no es el final. Es el precio de haber sido la primera, de haber abierto camino en un sitio donde antes no había nadie con ese nombre.

Una calle sin placa: «No quiero otro novio cojín»

En «No quiero otro novio cojín» hay una enumeración de imágenes sueltas que retratan una vida gris: tiempo olvidado, rutina fría, pasos sin prisa, gente sin rostro. Y entre ellas, una «Calle sin nombre». Me gusta mucho esa imagen porque una calle sin nombre es un lugar donde nadie te puede encontrar. No hay dirección, no hay placa, no hay manera de explicar dónde estás.

Es la calle de quien vive una relación que no le llena, donde los días se parecen tanto que ya ni siquiera tienen nombre propio. Lunes, martes, miércoles: da igual. Todo es la misma calle. Y es también la calle de la desconexión, ese estado en el que caminas por tu propio barrio y te parece extraño, como si nunca hubieras estado allí.

Lo curioso es que esta canción, que habla de no querer otro novio cojín, pone nombre a algo que antes no lo tenía. «Novio cojín» es una expresión que me inventé para describir a esa pareja que sirve de apoyo blando, cómodo, pero sin vida. Nombrar así a ese tipo de relación fue, en sí mismo, una forma de salir de la calle sin nombre. Cuando algo tiene nombre, se puede rechazar.

«Just a name»: «So Insignificant»

En «So Insignificant» el nombre se queda pequeño. La letra, en inglés, describe a alguien sin fuerzas, después de otra ruptura, y a mitad de camino surge una frase demoledora: «just a name». Solo un nombre. Ya no una persona con historia, con deseos, con dolor. Solo unas letras en una lista, un contacto más en el móvil de alguien.

Ser reducido a un nombre es una de las sensaciones más tristes que conozco. Es lo que pasa cuando dejas de importar a quien te importaba: sigues existiendo en su vida, pero como una palabra vacía. Tu nombre aparece en una conversación y ya no evoca nada. Es una etiqueta sin contenido, como si a uno de los frascos del videoclip de «El abismo en mi cabeza» le hubieran vaciado el vapor y solo le quedara la pegatina.

Y sin embargo hay algo de verdad incómoda en esa frase. A veces, cuando estamos muy hundidos, somos nosotros mismos quienes nos reducimos a un nombre. Dejamos de creer que hay algo valioso detrás. La canción lo dice para poder mirarlo de frente.

Nombres en piedra: «Before the Bells»

«Before the Bells» es una canción sobre el instante previo al duelo, y en ella aparece un verso que me parece de los más bellos que he escrito en inglés: «the names are spoken» en piedra, dice, y lo sitúa en un tiempo previo: todavía nadie ha cincelado una lápida. Antes de que alguien sea solo un nombre esculpido.

Aquí el nombre tiene otra dimensión. Ya no es grito, ni herida, ni etiqueta vacía. Es memoria. Grabar un nombre en piedra es la manera que tenemos los humanos de decir que alguien existió y que no queremos olvidarlo. La canción habita el momento anterior, cuando el nombre todavía es de alguien vivo, todavía se pronuncia en presente.

Me conmueve pensar que esa canción, tan serena, pone el nombre en el lugar de la permanencia. Si «El abismo en mi cabeza» hace del nombre una amenaza nocturna, «Before the Bells» lo convierte en un acto de amor: nombrar para que perdure.

Los nombres que te ponen: «Soy marica sideral»

Hay nombres que no eliges. Te los ponen. En «Soy marica sideral» la letra enumera algunos de ellos: «Me han llamado exagerada», teatral, emocional. Son adjetivos que funcionan como apodos, como etiquetas que otros cuelgan sobre ti para reducirte. Cualquier persona queer los ha escuchado alguna vez, muchas veces en femenino y con intención de burla.

Lo que hace la canción es darles la vuelta. Frente a esos nombres impuestos, la protagonista se nombra a sí misma: marica sideral. Una palabra que durante mucho tiempo fue insulto, recuperada y unida a otra que la saca de la Tierra y la pone entre las estrellas. Es el gesto más poderoso que existe con un nombre: quitárselo a quien lo usaba para herir y llevarlo con orgullo.

Y es, también, lo que hace todo este planeta. Muchas de mis canciones recogen palabras que se usaron para hacer daño y las convierten en títulos, en estribillos, en banderas. Nombrarse es la primera forma de liberarse.

Un apodo de pájaro: «La empatía de la arpía»

Hay otra manera de nombrar que también aparece en el planeta: llamar a quien te hizo daño por un nombre que no es el suyo. En «La empatía de la arpía» la persona que manipula no tiene nombre propio. Tiene un apodo mitológico, el de esa criatura mitad mujer, mitad ave, que arrebata y ensucia. Y aunque el personaje de la letra es un hombre, el apodo le queda.

No nombrar a quien te hirió es, a veces, una forma de protegerte y de proteger a otros. Pero también es una forma de quitarle poder. Su nombre real no merece estar en una canción. Lo que merece estar es lo que hizo, y para eso basta con un apodo que lo describa. En mis letras nunca identifico a nadie, y esta es una de las razones: la historia es mía, y el nombre que importa es el de quien la cuenta.

Un planeta con nombre propio

Y llego al nombre más grande de todos, el que da título a este universo. La canción que abre la trilogía se llama «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», y en su propio título está el verbo «llamar». Un planeta que se descubre y, en el mismo instante, recibe un nombre. Como los astrónomos que bautizan un cuerpo celeste recién encontrado.

Ponerle nombre a un mundo es crearlo. Antes de que existiera la palabra Gayfolk, no había un lugar al que ir. Después, sí. Un sitio donde, según la letra, no hay aplicaciones ni complejos, donde nadie tiene que esconderse. El nombre lo hizo real. Y todas las demás canciones, con sus nombres gritados, deshechos, vacíos, grabados o recuperados, viven dentro de ese nombre grande, como calles dentro de una ciudad.

Nombres que riman con otros

Hay una última cosa que me llama la atención al repasar estos nombres: casi nunca están solos. En «El abismo en mi cabeza», el nombre gritado va pegado a un insulto. En «La primera drag de Benidorm», el nombre deshecho va junto al pecho abierto y la falda en llamas. En «No quiero otro novio cojín», la calle sin nombre va en fila con la gente sin rostro y los pasos sin prisa. En «So Insignificant», el «just a name» llega después de la falta de fuerzas. Los nombres del planeta siempre tienen compañía, como si no pudieran sostenerse sin otra imagen al lado.

Creo que eso dice algo de cómo funciona la identidad. Nadie es solo su nombre. Somos el nombre y lo que lo rodea: el tono con que nos lo dicen, el lugar donde lo escuchamos, el cuerpo que lo lleva. Un mismo nombre puede sonar a insulto en una boca y a refugio en otra. Por eso las canciones no lo presentan aislado. Lo colocan en una escena, para que se entienda qué significa en ese momento preciso.

Y por eso también, cuando pienso en por qué mis letras repiten tanto ciertas palabras, vuelvo a esto. Repetir un nombre en distintas escenas es ir probándole ropa distinta hasta encontrar la que le queda bien. La noche, el escenario, la calle, la piedra, el planeta. Cada canción le pone al nombre un traje nuevo, y en alguno de ellos, por fin, uno se reconoce.

Lo que hacen los nombres en el planeta

Colocados uno junto a otro, estos nombres dibujan un trayecto. Al principio, el nombre es algo que te ocurre: la noche lo grita, el escenario lo deshace, la calle lo pierde, el desamor lo vacía. Después, el nombre se convierte en algo que tú haces: lo grabas en piedra para recordar, lo recuperas del insulto, le pones a quien te hirió un apodo que lo describe, bautizas un planeta entero.

Es el mismo camino que sigue mucha gente que ha pasado por el abuso o por la depresión. Primero te nombran otros, y casi siempre mal. Después, poco a poco, aprendes a nombrarte tú. Y cuando lo consigues, el grito de la noche suena distinto. Sigue siendo tu nombre, pero ya no es una amenaza. Es una respuesta.

Los nombres que no se dicen

Hay también en el planeta un tipo de nombre que nunca suena: el que se calla. En muchas de mis letras hay un «tú» sin identificar, una persona a la que se habla sin decir quién es. Ese silencio deliberado tiene algo de pacto con quien escucha. Cuando una canción no dice el nombre, deja un hueco, y en ese hueco cabe el nombre de cada oyente, o el de la persona que cada oyente lleva dentro. Un «tú» sin nombre es un espejo con el marco vacío.

Pienso a menudo en lo distinto que sería todo si mis canciones estuvieran llenas de nombres propios. Serían crónicas, no canciones. Contarían la historia de unas personas concretas en vez de la de cualquiera. Prefiero que los nombres del planeta sean pocos y que, cuando aparezcan, signifiquen algo más grande que una persona: la noche, la calle, la piedra, el propio mundo. Así, el que escucha no se queda mirando desde fuera, sino que entra.

También es una manera de cuidar. Hay historias que solo se pueden contar si se protege a quien las cuenta, y a veces incluso a quien hizo daño, porque el objetivo no es señalar sino entender. Callar un nombre no siempre es esconderse. A veces es elegir qué parte de la historia merece quedarse.

El nombre que se aprende a decir

Hay un detalle de «El abismo en mi cabeza» que me gusta volver a mirar. La canción empieza con la noche gritando un nombre, pero en ningún momento el protagonista responde. No contesta, no dice «aquí estoy», no pronuncia su propio nombre. Está demasiado dentro del laberinto como para hacerlo. Todo lo que puede hacer es describir el abismo, ese laberinto sin puertas donde el sol no se acuerda de entrar.

Para mí, responder a ese grito es lo que vino después, fuera de la canción. Fue aprender a decir mi nombre sin vergüenza. A presentarme. A firmar. A poner mi nombre artístico en la portada de un disco y no esconderlo. Cada canción que publico es, de algún modo, una respuesta tardía a aquella noche: sí, estoy aquí, este es mi nombre, y ya no me da miedo oírlo.

Por eso este recorrido termina donde termina. Los nombres de Planeta Gayfolk no son solo palabras en letras. Son las etapas de un aprendizaje: dejar de escuchar tu nombre como una amenaza y empezar a escucharlo como una presencia. La noche puede seguir gritando. Pero ya hay alguien que contesta.

Quién firma estas letras

Mi nombre artístico es Mike Sain't Louis, y me defino como el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). Firmo cada verso, cada melodía y cada producción; lo que suena y quien lo interpreta nace de herramientas de IA que parten de mi trabajo. Madrid es mi base, la ciudad desde donde trazo los mapas de este planeta.

Retrato enmarcado de Mike Sain't Louis con chaqueta oscura, junto al texto letrista, compositor y productor musical

Durante veinte largos años mi nombre estuvo en boca de dos parejas narcisistas que, cuando fueron descubiertas, supieron llevarse con ellas a parte de mi gente. Durante mucho tiempo mi propio nombre me sonaba a culpa. La ayuda profesional me trajo otros nombres, los de lo que me pasaba por dentro: estrés postraumático, evitación como rasgo de personalidad diagnosticado, ansiedad, una depresión mayor severa y fobia social. Hoy sigo un tratamiento psiquiátrico y psicológico, y escribir me devolvió la posibilidad de nombrar las cosas a mi manera. Estuve en un lugar donde pensé en no seguir; hoy lo cuento ya desde fuera, como alguien que ha vuelto.

Si la noche te grita a ti también y no sabes cómo responder, busca a alguien que te ayude a hacerlo. En España, el 024 es una línea pública, gratuita y confidencial para hablar de pensamientos suicidas, propios o de alguien que te importa, a cualquier hora del día. Si corre prisa, 112. Hay más puertas: Teléfono de la Esperanza (717 003 717) y, para infancia y adolescencia, Fundación ANAR (900 20 20 10). Fuera de España, entra en findahelpline.com. Tu nombre merece ser dicho con cariño, empezando por ti.

Para escuchar y descargar

Todas las canciones que aparecen en este paseo se pueden descargar gratis. Las encontrarás en la zona de descargas de mikesaintlouis.com (/descargas) y en la tienda libre de Planeta Gayfolk (https://gayfolkplanet.com/tienda), sin pagar y sin registrarte. También están en las plataformas de streaming habituales.

Preguntas frecuentes

¿Qué significa que la noche grite el nombre en «El abismo en mi cabeza»? Que la oscuridad y la soledad se vuelven insistentes: cada noche aparecen y le recuerdan a la persona que está ahí, sola con sus pensamientos. El nombre, en lugar de una caricia, suena a alarma.

¿Aparecen personas reales en las letras de Mike Sain't Louis? No. Los nombres de sus letras pertenecen a personajes inventados, y a quienes le hicieron daño nunca los identifica.

¿Qué es un «novio cojín»? Una expresión propia para describir a la pareja que sirve de apoyo cómodo pero sin vida. Ponerle nombre a esa relación fue una manera de poder rechazarla.

¿Por qué el planeta se llama Gayfolk? Porque nombrarlo fue crearlo: la canción que abre la trilogía lo descubre y lo bautiza al mismo tiempo, como un lugar donde nadie tiene que esconderse.

¿Dónde puedo descargar estas canciones gratis? En /descargas y en https://gayfolkplanet.com/tienda.

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