
Por Mike Sain't Louis ·
Un mar turquesa desde el aire, un avión que baja sobre los campos y una nube contra el cristal: las ventanillas de Planeta Gayfolk
Hay una manera de mirar que solo existe dentro de un avión. Te sientas junto a la ventanilla, apoyas la frente en el plástico frío, y el mundo se convierte en un mapa. Las ciudades son manchas grises, los ríos son hilos plateados, los campos son un tablero de colores, y las personas, sencillamente, desaparecen. Desde ahí arriba no ves a nadie. Ves cómo está hecho todo.
Esa distancia tiene algo de alivio. Cuando estás en tierra, metido en tu vida, todo está demasiado cerca: las voces, las caras, las sonrisas que te encandilan, las frases que te enredan. Desde la ventanilla nada te alcanza. Por primera vez en mucho tiempo, puedes ver el dibujo completo.
Soy Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). En Planeta Gayfolk hay un vuelo que se mira entero desde la ventanilla. Hoy quiero sentarte a mi lado, en el asiento junto al cristal. Mi guía es «El canario que miente», una pieza sobre esas personas que caen bien a todo el mundo mientras preparan la siguiente mentira.
La guía: un vuelo para ver claro
El videoclip de «El canario que miente» se publicó en YouTube el martes 18 de febrero de 2025. Dura tres minutos y cuarenta y dos segundos, y en el recuento de 276 piezas audiovisuales del planeta ocupa el número 189. Forma parte de «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía, el de las ganas de salir volando.
Escribí esta pieza para todos esos que se esconden detrás de una sonrisa y de un «qué majo parece». Para los que juran por sus padres mientras preparan la siguiente mentira. Para los que fingen humildad para esconder el control. No es solo una canción: es un espejo que devuelve la imagen real.
Puedes verla, con todo el resto, en el canal del planeta. Es un vídeo con muchos escenarios: bares de neón, salones con televisores antiguos, hogueras, conciertos, costas volcánicas. Pero hay un hilo que me interesa especialmente, y es el del avión: un vuelo que vemos casi siempre desde dentro, desde la cabina o desde la ventanilla, mirando hacia abajo.
Un mar turquesa desde el aire
La primera ventanilla del vídeo se abre sobre el mar. Es una vista desde muy arriba: un agua de un turquesa imposible, casi de piscina, que se oscurece en manchas azul marino allí donde hay rocas en el fondo. Un barco blanco pequeñito avanza dejando una estela de espuma. Más allá, el mar se vuelve azul profundo hasta el horizonte.

Es la clase de vista que hace que alguien, en el asiento de al lado, saque el móvil para hacer una foto. Es preciosa. Es la postal perfecta de unas islas, de unas vacaciones, de un sitio donde todo parece bonito y tranquilo.
Y ahí está la primera trampa. Desde el aire, el mar siempre parece amable. No ves las corrientes, no ves las medusas, no ves las rocas afiladas que hay bajo esa agua tan clara. Lo mismo pasa con ciertas personas: desde fuera son un mar turquesa. Solo quien se ha bañado en ellas sabe lo que hay debajo.
Una costa de arena negra
Un poco más adelante el vídeo nos muestra una costa volcánica. Una playa de piedras oscuras y arena negra, un mar gris azulado que rompe en espuma blanca, montañas de roca marrón al fondo y unos islotes que salen del agua como dientes. El cielo está lleno de nubes alargadas, finas, que parecen pinceladas.
En otro plano vemos la cima de una montaña volcánica, un cráter de tierra pelada con laderas color ocre, y una nube blanca que sube desde el fondo como el humo de un volcán dormido.
Son paisajes de islas, de tierra que se formó con fuego. Y me hacen pensar en el título: un canario, alguien de esas islas, o un pájaro amarillo que trina bonito. Las dos lecturas me valen. Lo importante es que el paisaje es hermoso y, a la vez, duro. Como la persona que lo protagoniza.
Una nube contra el cristal
Hay un momento del vuelo en el que el avión atraviesa una nube. La pantalla se llena de blanco, de vapor que se pega a la ventanilla de la cabina, y por un segundo no se ve nada. Solo un brillo azulado en el borde del cristal y la forma oscura del panel de mandos abajo.

Cualquiera que haya volado conoce esa sensación. Durante unos segundos el mundo desaparece. No sabes si estás subiendo o bajando, si vas recto o te inclinas. El cuerpo duda. Y luego, de pronto, la nube se abre y vuelve a aparecer el paisaje, más nítido que antes.
Así son los momentos de confusión que crea un mentiroso. Te mete en una nube. Te hace dudar de lo que viste, de lo que oíste, de lo que sentiste. Y tú, dentro de esa nube blanca, no sabes si eres tú quien está mal o es él quien te está engañando. Lo único que se puede hacer es seguir volando hasta salir del blanco.
Un avión que baja sobre los campos
Después de la nube, el paisaje vuelve. La cámara está dentro de la cabina y por el cristal delantero vemos una llanura inmensa, cuadriculada en parcelas de colores: verde oscuro, verde claro, amarillo de trigo, marrón de tierra arada. Hay caminos rectos que cruzan los campos, grupos de árboles, alguna nave agrícola. Arriba, un cielo azul con nubes de algodón.

El avión va bajando. Se nota porque los campos se acercan, porque las parcelas se hacen más grandes, porque empiezan a verse detalles que desde arriba no existían. En uno de los planos, otro avión cruza el cielo a lo lejos, pequeño, plateado, como un pez en el agua.
Me gusta mucho ese descenso. Es la vuelta a tierra después del vuelo. Es dejar la distancia y volver a la vida, pero ya con el mapa en la cabeza. Ahora sabes cómo está hecho el paisaje. Ahora, cuando estés abajo, no te vas a perder tan fácilmente.
Un ala que corta el atardecer
Hay un plano muy bonito en el que vemos el ala del avión, blanca y afilada, entrando en el encuadre desde un lado. Al fondo, el sol se pone sobre una llanura, dejando una franja naranja en el horizonte, y otro avión, muy pequeño, se recorta contra el cielo. Una nube suelta flota arriba, como una pluma.

Las alas de los aviones tienen algo de cuchillo. Cortan el aire, cortan el cielo, cortan el paisaje en dos. En ese plano el ala parece estar cortando también el día, separando la luz de la noche que va a llegar.
Esa imagen me recuerda el momento en que corté con quien me hacía daño. No fue un corte limpio ni fácil. Fue más bien como un ala que se mete en el atardecer: el sol seguía ahí, la luz seguía siendo bonita, pero algo había cambiado para siempre. A partir de ahí empezaba otra cosa.
El pájaro amarillo de la jaula
Un canario es un pájaro pequeño, amarillo, de trino precioso. Durante siglos se tuvo en las casas por su manera de llenar el aire de música, en una jaula colgada junto a la ventana de la cocina o del patio. Los mineros los bajaban a las galerías porque eran los primeros en notar el gas: si el canario dejaba de trinar, había que salir corriendo.
Me interesa mucho esa doble cara. El canario es belleza doméstica y, a la vez, alarma. Es lo bonito que alegra la casa y lo que te avisa de que algo va mal. En mi pieza, el canario ha aprendido a usar su trino para lo contrario: no para avisar del peligro, sino para esconderlo. Trina, por decirlo así, para que nadie note el gas.
Y la jaula está junto a la ventana. Siempre. El canario de las casas antiguas pasa la vida mirando por un cristal, viendo el patio, la calle, los tejados. Tiene la ventana, pero no puede salir. A veces pienso que quien miente sin parar vive así: con el mundo entero al otro lado del cristal, y encerrado en su propia jaula de historias.
Mirar desde lejos no es huir
Hay quien piensa que tomar distancia es una forma de cobardía. Que lo valiente es quedarse, aguantar, dar la cara. Durante mucho tiempo yo también lo creí. Me quedaba en sitios que me hacían daño porque irme me parecía una derrota.
La ventanilla del avión me enseña otra cosa. Alejarse no es huir: es cambiar de punto de vista. Desde el suelo, metido en un laberinto, solo ves paredes. Desde arriba, ves el laberinto entero, sus pasillos, sus salidas, el sitio exacto en el que te habías perdido. No has abandonado el laberinto; lo has entendido.
En terapia aprendí que eso tiene un nombre: mirar tu historia con perspectiva. No para quitarle importancia a lo que pasó, sino para que deje de ocuparlo todo. Lo que pasó sigue ahí abajo, en el mapa. Pero ahora es una parcela entre muchas, no el paisaje entero.
Un televisor antiguo que también es ventana
No todas las ventanas del vídeo están en el avión. En varias escenas, en una habitación de paredes blancas, aparece un televisor antiguo de los de tubo, con la pantalla en blanco y negro. Dentro del televisor vemos a alguien caminando por una calle, a alguien tocando la guitarra en mitad de una plaza, a alguien con gafas de sol que mira hacia fuera.
Un televisor es una ventana a otro sitio. Muestra una calle que no es la tuya, una vida que no es la tuya. Y como toda ventana, solo enseña lo que entra en el marco. Lo que pasa fuera de cuadro, no lo ves.
Así es como mucha gente ve al canario mentiroso: a través de una pantalla. Ven al tipo encantador que toca la guitarra en la plaza, que saluda a todo el mundo, que es tan majo. Lo que no entra en el encuadre, lo que pasa en casa cuando se apaga la cámara, eso no lo ve nadie. Solo quien vive dentro del televisor.
Turbulencias
El vuelo de «El canario que miente» no es tranquilo. Hay un momento en el que la cabina de pasajeros se llena de fuego y humo naranja, con los asientos vacíos a los lados del pasillo y la luz del sol entrando por las ventanillas. Hay otro, casi de ciencia ficción, en el que una nave con forma de platillo se queda suspendida sobre un haz de luz verde, y unas siluetas oscuras salen despedidas a su alrededor. Y otro en el que figuras diminutas caen del cielo, recortadas contra un fondo blanco, sobre unos tejados.
Son imágenes duras, de pesadilla. Las entiendo como turbulencias: lo que pasa cuando una mentira enorme, sostenida durante años, empieza a desmoronarse. Todo tiembla. Todo arde. La gente cae. No hay forma bonita de que se estrelle un avión hecho de engaños.
Pero lo que más me interesa de esas escenas es lo que viene después. Porque el vídeo no se queda en el incendio. Vuelve a las ventanillas, vuelve a los campos, vuelve al cielo azul. Después de la turbulencia, el vuelo sigue. Las ventanillas vuelven a llenarse de luz, los campos vuelven a ordenarse en su tablero de colores, el ala vuelve a cortar el aire con calma. Es la manera que tiene el vídeo de decir que hay vida después del derrumbe. Que el avión puede atravesar el fuego, el humo y la caída, y aun así seguir su ruta. Quien ha vivido una mentira muy larga sabe que el día en que se descubre no es el final, sino el principio de un vuelo distinto, más lento y más honesto, con la vista puesta en lo que de verdad hay ahí abajo.
La hoguera y el escenario
Fuera del avión, el vídeo también tiene fuego de otro tipo. Hay hogueras que arden en la noche, chispas que suben, brazos tatuados que se extienden sobre las llamas. Y hay conciertos: escenarios con focos blancos que caen en abanico, un público que levanta los brazos, guitarras acústicas, humo en el aire.
El escenario es otra forma de ventanilla. Desde abajo, el público mira hacia arriba, hacia las luces, y ve a alguien brillar. Desde arriba, quien está en el escenario ve un mar de cabezas y de manos. Ninguno de los dos ve del todo al otro. Es una relación de luces y sombras, como la que el canario mentiroso tiene con todos los que le aplauden.
Lo que no se ve desde la ventanilla
Hay una cosa que la ventanilla no puede enseñar: el interior de las casas. Desde arriba ves los tejados, los patios, las calles, los coches, pero no ves lo que pasa dentro. No oyes las discusiones, no ves quién llora, no sabes quién tiene miedo de que se abra la puerta.
Por eso la distancia, que tanto ayuda, también tiene un límite. Sirve para entender tu propia historia, pero no para juzgar la de los demás. Cuando veas a alguien que parece encantador, acuérdate de los tejados: debajo puede pasar cualquier cosa. Y cuando alguien te cuente que esa persona tan maja le hacía daño en casa, no le respondas con la vista desde el avión. Bájate. Escúchale desde el suelo.
Eso es lo que más eché de menos en los peores años: que alguien bajara a escucharme. Todo el mundo miraba desde lejos, veía el mar turquesa, y daba por hecho que el agua estaba tranquila.
Primera escala: las naves del planeta
Este vuelo tiene parientes. En el paseo por las naves de Planeta Gayfolk seguí un cohete rosa sobre la Tierra y un avión fucsia que atravesaba un mar de nubes en «La despedida». Allí las naves llevaban dentro a dos personas que se querían; eran vehículos de amor.
Aquí, en cambio, el avión es un vehículo de lucidez. Sirve para alejarse lo suficiente como para ver claro. Son dos maneras de volar: hacia alguien o lejos de alguien. Las dos, a su modo, salvan.
Segunda escala: los horizontes rosas
En los horizontes de Planeta Gayfolk miré hacia la curva de un planeta con anillos, hacia dunas rosas y un mar de color salmón. Aquellos horizontes eran de fantasía, de ganas de llegar a Gayfolk.
Los de «El canario que miente» son reales: llanuras, costas, montañas. Pero el gesto es el mismo. Mirar lejos. Levantar la vista del suelo en el que te han tenido mirando durante años. Descubrir que hay un horizonte y que se puede ir hacia él.
Por qué escribí sobre un canario que miente
Pasé veinte años con dos narcisistas, uno detrás de otro. Los dos tenían eso que tiene el canario: caían bien. Saludaban a todo el mundo por su nombre, eran simpáticos en las cenas, provocaban el famoso «qué majo es». Y en casa eran otra cosa. Cuando por fin los desenmascaré, ya era tarde: ellos habían contado su versión primero, con su encanto de siempre, y mucha gente de mi alrededor se puso de su lado.
Las canciones fueron la única manera de contar la mía. Porque a un narcisista encantador no se le puede rebatir en público: siempre gana la sonrisa. Pero en una letra sí puedo decir lo que vi desde dentro. Después llegaron los diagnósticos: estrés postraumático, depresión mayor grave, ansiedad, fobia social, personalidad evitativa. Hubo un tiempo muy duro en el que pensé que no quería seguir. Hoy sigo, en tratamiento con una psicóloga y un psiquiatra, y miro mi historia como desde una ventanilla: desde lejos, con el mapa entero delante.
Si tú estás todavía dentro de esa nube blanca y has llegado a pensar en quitarte la vida, en España puedes llamar al 024, gratis y a cualquier hora; para una urgencia, al 112. Fuera de España, busca tu teléfono en findahelpline.com. Las nubes, por espesas que sean, se terminan.
Una carta desde el asiento de la ventanilla
Querido canario: te escribo desde muy arriba. Desde aquí no se oye tu trino. No llegan tus bromas, tus juramentos, tus «te lo juro por mis padres». Desde aquí solo se ve el dibujo de lo que hiciste: las parcelas que arrasaste, los caminos que cortaste, las casas en las que dejaste a alguien sin saber si era él quien estaba loco.
No te guardo rencor desde aquí arriba. Es difícil guardar rencor a un punto amarillo tan pequeño. Pero tampoco te voy a olvidar. Te dejo en el mapa, en tu parcela, para acordarme de no volver a aterrizar en ella.
Y a ti, que lees esto con la frente apoyada en tu propio cristal: no tienes que volver a tierra todavía. Puedes quedarte un rato aquí arriba, mirando. Respira. Mira el mar turquesa, la arena negra, los campos de colores. Cuando estés preparado, bajaremos juntos. Y abajo, esta vez, sabrás dónde pisas.
Para escuchar con la frente en el cristal
Puedes descargar gratis «El canario que miente», sin registro y sin dar ningún dato, en mi página de descargas. En la tienda de gayfolkplanet.com, https://gayfolkplanet.com/tienda, también está gratis todo el resto del planeta. Y si quieres leer las letras que ya he publicado, están en el archivo de letras.
Mi propuesta: escúchala la próxima vez que viajes, en tren, en autobús o en avión, con la frente apoyada en la ventanilla. Mira el paisaje pasar. Piensa en alguien que te encandiló de cerca y míralo, por una vez, desde lejos. Quizá veas el dibujo completo.
Cinco postales desde la ventanilla
Un mar turquesa visto desde el aire, con un barco blanco que deja una estela.
Una costa de arena negra con islotes como dientes y nubes como pinceladas.
Una nube blanca pegada al cristal de la cabina.
Una llanura de parcelas de colores que se acerca mientras el avión baja.
El ala blanca de un avión cortando el atardecer, con otro avión pequeño a lo lejos.
Preguntas frecuentes
¿Qué se ve desde la ventanilla en el videoclip de «El canario que miente»? Un mar turquesa con un barco blanco, una costa volcánica de arena negra, una nube que se pega al cristal de la cabina, una llanura de campos de colores durante el descenso y el ala de un avión al atardecer.
¿Cuándo se publicó el videoclip de «El canario que miente»? El martes 18 de febrero de 2025, en YouTube. Dura tres minutos y cuarenta y dos segundos.
¿A qué disco pertenece «El canario que miente»? A «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía de Planeta Gayfolk.
¿De qué trata «El canario que miente»? De esas personas que se esconden detrás de una sonrisa y de un «qué majo parece», que juran por sus padres mientras preparan la siguiente mentira y fingen humildad para esconder el control.
¿Se puede descargar gratis «El canario que miente»? Sí, gratis y sin registro, desde la página de descargas de mikesaintlouis.com.