
Por Mike Sain't Louis ·
Un corazón diseccionado en cuarenta partes: «Y sigo temblando siempre» verso a verso, del «me rindo» al «ven aquí, no llores»
Algunas letras se escriben con frío, cuando la herida ya ha cerrado y se puede mirar desde lejos. Otras se escriben con la mano todavía temblando. «Y sigo temblando siempre» es claramente de las segundas, y lo dice desde el título. No es la crónica de una ruptura superada; es el parte médico de alguien que sigue en mitad del terremoto, apuntando lo que siente mientras el suelo se mueve.
Cuando la cuento renglón a renglón, me salen cincuenta y seis líneas escritas. Solo veintinueve son distintas. El resto son regresos: el estribillo que vuelve tres veces seguidas, estrofas que reaparecen enteras, bloques que cambian de sitio al final como muebles movidos en una casa revuelta. Esa forma desordenada no es un descuido. Es la manera más honesta de escribir una cabeza que no consigue poner sus recuerdos en orden.
En otro texto hablé de esta canción a partir de la chocolatina y del permiso para no hacerse el duro. Aquí quiero hacer algo más lento y más artesanal: coger el lápiz, sentarme con la letra delante y recorrerla verso por verso, mirando cómo está construida, dónde rima, dónde se rompe y qué hace cada palabra en su sitio.
Un arranque que empieza por la causa
La canción no arranca con un hecho, sino con una explicación. El primer renglón habla de abrir el corazón «de verdad». La primera palabra es «porque». Es como entrar en una conversación que ya había empezado, como si alguien nos hubiera preguntado por qué estamos así y la letra respondiera directamente, sin saludar.
Ese «porque» inicial dice mucho. Quien habla siente que tiene que justificarse. Antes de contar lo que le pasó, necesita explicar cómo funciona por dentro, qué le ocurre cuando se entrega de verdad. Es la postura de alguien a quien le han hecho dudar de sí mismo y que, antes de quejarse, tiene que demostrar que su forma de querer no era un error.
Y esas dos palabras finales no están de relleno. Hay maneras de abrirse a medias, por cortesía, por costumbre. La letra habla de la otra, la entera, la que deja a quien se abre sin defensas.
La personalidad en el quirófano
El segundo renglón dice que la personalidad se abre «en 40 partes». Este es uno de los versos más raros y más precisos que he escrito. El verbo es de laboratorio, de clase de biología: diseccionar. Se disecciona una rana, un órgano, un cuerpo sobre una mesa de metal. Aquí lo que se abre con bisturí es la propia personalidad.
Y la cifra es exacta: cuarenta. No muchas, no mil, no un montón. Cuarenta. La precisión del número le da un aire casi cómico y a la vez muy serio. Es la manera de alguien que se ha analizado tanto que podría contar sus piezas una a una. Quien ha pasado años en terapia, o años intentando entender qué hizo mal, reconoce esa costumbre de desmontarse para ver cómo funciona.
Lo importante es lo que esa disección implica en el contexto de una relación: ponerse entero sobre la mesa, cada pieza a la vista, delante de otra persona. Es el máximo grado de exposición. Y la letra sabe que eso tiene un precio.
Fíjate en la rima con el verso anterior: «verdad» con «personalidad». Dos palabras agudas que terminan igual, cerrando el primer pareado con un golpe seco. La canción empieza rimando con firmeza, antes de que todo se desordene.
El instante en que ya has perdido
El tercer renglón señala «ese instante exacto». En cuanto el corazón está abierto y la personalidad desplegada en piezas, la otra persona gana. El verbo «ganar» convierte el enamoramiento en una partida. No se dice nos enamoramos, se dice ya me has ganado.
Hay algo inquietante en esa elección. Si el amor se gana, alguien pierde. Y en este verso, quien pierde es quien se ha abierto. La letra no lo subraya, pero lo deja dicho: el momento de máxima entrega es también el momento de máxima vulnerabilidad, y hay personas que saben exactamente cuándo llega ese instante.
El renglón repite el «ya» dos veces, primero con «me has ganado» y luego con el enamoramiento, como dos pasos que no tienen vuelta atrás. Ya está. Ya ha pasado. La rima interna en «-ado» empieza aquí y va a recorrer toda la canción como una cadena: ganado, enamorado, abrazado, impactado, conmocionado, pisado, aplastado.
Comprender y abrazar
«me has comprendido», «me has abrazado». El cuarto verso vuelve al «porque» del principio y cierra la estrofa con las dos acciones que explican el enamoramiento: comprender y abrazar. Una es mental, la otra física. Las dos juntas son lo que cualquiera desea de una pareja.
Lo terrible, que solo se entiende al terminar la canción, es que estas dos acciones son las que luego se ponen en duda. ¿Comprendía o solo escuchaba para usar lo escuchado? ¿Abrazaba o hacía el gesto de abrazar? La estrofa inicial se puede leer dos veces: la primera como una declaración de amor, la segunda como la descripción de una trampa.
Por eso me parece tan importante que la canción la repita al final, casi idéntica. Cuando vuelve, ya sabemos todo lo que viene después, y los mismos versos suenan de otra manera.
Un listo que resulta ser un circo
«Y a partir de ahí». La segunda estrofa empieza con una marca temporal, «a partir de ahí», que separa el antes del después. Y lo primero que aparece en el después es un retrato: aquel que presumía de inteligencia resulta, muy al fondo, una carpa ambulante, «es un circo».
La imagen es estupenda porque mezcla dos cosas. Por un lado, la soberbia de quien se cree más inteligente que los demás. Por otro, el circo: carpa, payasos, número, espectáculo, gente que actúa. Quien se creía listo resulta ser una función ambulante. Y la palabra «será» introduce la duda: no lo afirma del todo, lo sospecha.
Me hace gracia que el insulto sea tan poco agresivo. No llama al otro malvado ni monstruo. Lo llama circo. Es un desprecio con humor, muy de mi manera de escribir: la burla como forma de defensa.
Si esto ha salido mal
Llega después un renglón breve que reconoce que la cosa «ha salido mal». Un verso corto, casi una muletilla, que admite el fracaso con una sencillez desarmante. Esto ha salido mal. No hay más análisis, no hay culpables todavía. Solo la constatación.
Y lo que se pide a continuación es la respuesta más inesperada que podía darse. Pide un «eterno Kit Kat». Frente a una relación rota, quien habla no pide justicia, ni venganza, ni terapia, ni un viaje. Pide una chocolatina. Pero no una cualquiera: una que dure para siempre.
He escrito mucho sobre este verso y no quiero repetirme, así que me quedo con un detalle formal: el adjetivo va delante del nombre. No dice un Kit Kat eterno, dice un eterno Kit Kat. En castellano, colocar el adjetivo antes le da un tono más solemne, casi poético, como cuando se dice una eterna primavera. La gracia está en aplicar esa solemnidad a una golosina de quiosco. Es la mezcla de drama y cachondeo que recorre toda la canción.
La rendición en tres tiempos
«y me rindo», y a continuación el título. Así llega el estribillo, que en la letra aparece precedido por la palabra «chorus», como una indicación técnica que se ha quedado escrita. Me gusta que esté ahí, porque recuerda que esto es una pieza para escuchar, con su estructura de canción popular.

El verso tiene dos mitades unidas por la conjunción «y». La primera es una rendición: me rindo. La segunda es una constatación: sigo temblando siempre. Lo interesante es que no hay contradicción entre ellas. Rendirse no significa que el temblor pare. Uno puede dejar de luchar y seguir temblando. De hecho, muchas veces se tiembla más cuando ya no se lucha.
El adverbio «siempre» al final es una exageración, claro, como todo lo que se dice desde dentro del dolor. Pero es una exageración verdadera: así se siente. Cuando estás en mitad de algo así, no hay perspectiva de que vaya a terminar.
Y la repetición, tres veces seguidas, convierte el estribillo en un temblor en sí mismo. Una frase que vuelve y vuelve, igual que el cuerpo que no deja de agitarse. Después de la tercera vez, la letra deja escrito un signo de interrogación de apertura suelto, sin frase detrás. Lo leo como un intento de preguntar algo que no llega a salir.
Dar igual parecer fuerte
Cuando la segunda estrofa reaparece, cambia de rumbo después del chocolate. En lugar del estribillo llegan cuatro versos nuevos. Quien habla asegura que le trae sin cuidado «o no ser fuerte». Es una declaración de independencia respecto a la mirada ajena. Ya no importa la imagen. Ya no hay que fingir entereza.

La construcción es curiosa: aparentar o no ser fuerte. Se puede leer de dos maneras, y las dos valen. Me da igual aparentar fuerza, y me da igual no tenerla. Las dos lecturas llevan al mismo sitio: quien habla ha dejado de gestionar su imagen. Después de una relación en la que todo era fachada, renunciar a la fachada propia es un acto de coherencia.
«el narcisista demente». El segundo verso amplía la lista de lo que da igual: la gente en general y, en particular, una figura concreta, el narcisista. El adjetivo «demente» rima con «fuerte» de forma imperfecta, solo en la vocal, y esa rima coja le va bien a un verso que se dice con rabia.
Llorar mientras se escribe
«Y escribiendo estoy». Este verso es casi una nota al margen. La canción se mira a sí misma en el momento de ser escrita. El orden de las palabras está alterado: no dice estoy escribiendo, dice escribiendo estoy. Y luego repite «estoy», como quien tartamudea entre lágrimas.
Me parece uno de los versos más desnudos del catálogo. No hay metáfora, no hay chiste. Solo alguien que escribe y llora a la vez, y lo deja anotado. Es la prueba de que esta no es una canción escrita desde la distancia.
«la que estás liando». Y enseguida, una pregunta dirigida al otro, con una expresión muy coloquial: la que estás liando. Liarla es organizar un desastre. La pregunta mezcla regañina y estupor, como quien señala un estropicio enorme y no entiende cómo alguien puede no darse cuenta.
Una pregunta sobre la sangre
La tercera estrofa es la más directa. Arranca con un «En serio» y pregunta a las personas narcisistas si la sangre les duele aunque sea un poco. La pregunta se dirige a un colectivo entero, en segunda persona del plural, como si quien habla se plantara delante de un grupo y les pidiera explicaciones.
La expresión doler la sangre no es habitual, y por eso funciona. Lo normal sería preguntar si no les duele nada, si no sienten. Aquí lo que duele es la sangre, lo más interior, lo que circula por todo el cuerpo. Y el porcentaje, «tres por ciento», vuelve a meter un número exacto en mitad de la emoción, igual que las cuarenta partes del principio. Es una contabilidad del dolor ajeno que da como resultado casi cero.
«despertado en el infierno». El verso siguiente cambia de escala. Ya no es una pregunta, es una comparación. Despertar en el infierno. Y lo que sigue a los dos puntos es lo más sorprendente: no hay llamas ni demonios, sino una lista de recuerdos tiernos.
Los recuerdos que se vuelven contra uno
Después de los dos puntos llega un verso hecho de tres escenas domésticas: las escapadas al pueblo, las salidas con los perros y las fiestas de diciembre. Son tres postales de vida en pareja, pequeñas y cálidas, de las que se guardan para siempre. Y la letra las coloca justo después de la palabra infierno.
Ese es el mecanismo más cruel que describe la canción. El infierno no son los malos momentos. El infierno son los buenos, vistos de nuevo cuando ya sabes lo que sabes. Cada recuerdo feliz se convierte en una pregunta. ¿Era verdad? ¿Lo sentía? ¿O estaba actuando?
El último elemento de la lista es una frase entre comillas, la única cita directa de la otra persona en toda la canción: «ven aquí, no llores». Es una frase de consuelo, de las más tiernas que se pueden decir. Y ahora suena a otra cosa. Me parece magistral que la letra la guarde para el final de la lista, porque es la que más duele: la persona que consolaba es la misma que luego hizo llorar.
Un rodaje con risas enlatadas
«tomas falsas». Aquí entra la televisión, con dos programas citados por su nombre. Las tomas falsas son esos fragmentos que se cortan en el montaje, los errores, los ensayos, lo que no era la versión buena. Preguntar si todo eran tomas falsas es preguntar si la relación entera fue un rodaje.
Y la pareja de títulos no es casual: una serie cómica ambientada en una comunidad de propietarios y un espacio de juicios ante las cámaras. Uno pone las risas; el otro, el juicio. Entre los dos cubren todo el arco de la relación: primero el disparate cotidiano, luego el veredicto. Tiene chiste y tiene desconsuelo, mezclados.
«impactado», «conmocionado». La respuesta a esa pregunta no es una respuesta, sino un estado. Dos participios casi sinónimos, uno detrás de otro, para decir lo mismo dos veces. Es lo que pasa cuando el golpe es tan fuerte que una sola palabra no basta.
Pisado y aplastado
«me han pisado». La cuarta estrofa empieza con otro «será», la misma fórmula de sospecha de la segunda. Quien habla intenta encontrar una causa a lo que le ha pasado, no solo en esta relación, sino «tantas veces». Hay aquí un patrón, una historia que se repite.
«aplastado en el suelo». El verbo pisar se prolonga en aplastar, y el cuerpo acaba en el suelo. Es una imagen muy física de la humillación. No hay metáfora elevada: alguien pisado, alguien aplastado, alguien tirado.
«en una esquina». Y luego, el verso más crudo de la canción. La expresión es malsonante a propósito. No hay manera bonita de describir ese llanto, el de rincón, el de quien se ha quedado sin fuerzas. La letra no lo embellece.
«un episodio dramático». Pero inmediatamente lo convierte en escena televisiva. La misma comedia de antes, ahora en su versión trágica. Es un recurso que se repite: cada vez que el dolor se vuelve insoportable, la canción lo coloca en una pantalla. Como si mirarlo desde fuera, como espectador, fuera la única manera de soportarlo. La rima entre «esquina» y el nombre de la serie es casi un chiste, y lo es a propósito.
La culpa que se devuelve
«tampoco tengo tanta culpa». Un verso de autodefensa, dicho con timidez: tampoco tengo tanta. No dice no tengo culpa. Dice que no tanta. Quien ha salido de una relación así sabe lo difícil que es llegar siquiera a esa afirmación modesta, después de años cargando con todas las culpas.
«los aludidos», «toda su culpa». Y el siguiente verso da la vuelta a la palabra con ironía. Si los aludidos tienen tanta culpa, que la descarguen aquí, como si el que habla fuera un vertedero. La fórmula de cortesía le da un aire teatral, de petición educada que en realidad es un reproche. La palabra culpa rima consigo misma, igual que el «claim» de otra canción mía: cuando una palabra rima con ella misma, insiste.
Una cala y una roca
«No entiendo nada». Y llega el desenlace de la estrofa, que no tiene nada de cómico: una cabeza rota contra una piedra, «de una cala». No quiero suavizar este verso. Es una imagen de autodestrucción, formulada con la misma naturalidad con la que antes se pedía una chocolatina. Y precisamente esa naturalidad es lo que más asusta.
Lo escribo con cuidado porque sé lo que hay detrás. Esta canción no es un juego. Cuando aparece una frase así en una letra, conviene tomarla en serio. La cala, que podría ser un sitio de vacaciones, se convierte en el lugar de un final. Y la rima con «final» del verso anterior cierra la estrofa con una asonancia en «a» que suena a caída.
Un final que se descoloca
Después de esto, la canción vuelve al principio. La primera estrofa regresa, con su corazón abierto y sus cuarenta partes, y otra vez el circo, el chocolate, el estribillo tres veces. Pero luego pasa algo raro: los bloques del medio vuelven en otro orden. Primero las tomas falsas y la esquina; después la pregunta sobre la sangre y los recuerdos. La canción termina con la frase de consuelo, «ven aquí, no llores», como última línea.
Me parece un final muy significativo. La última frase que se escucha no es de quien habla, sino del otro: una frase tierna que ahora es sospechosa. La canción se cierra con la herida abierta, sin conclusión, igual que una cabeza que repasa los mismos recuerdos una y otra vez sin conseguir ordenarlos.
Un panda, un parque de noche y dos vasos
El videoclip de «Y sigo temblando siempre» dura 3:08, se publicó el 19 de febrero de 2025 y es el número 187 de los 276 del canal. La canción pertenece al disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk». Los segundos que doy son aproximados y ninguna figura del vídeo es una persona real.

Buena parte del clip está en blanco y negro. Hay una terraza al sol, un parque de noche donde alguien se mueve solo bajo las farolas y, hacia el segundo 171, un panda enorme que camina por una feria de atracciones con torres puntiagudas, como si se hubiera perdido. Es la imagen más surrealista del vídeo y me gusta muchísimo, porque es exactamente la mezcla de la letra: la ternura absurda en mitad de la desolación.
El final cambia al color. Hacia el segundo 179, en una terraza con azulejos, quedan sobre una mesa dos vasos y un cenicero. Esa imagen es la portada de este texto. Dos vasos, una sobremesa que se ha quedado sin nadie.
Parientes en mi catálogo
La pariente más cercana de esta letra es «Me rindo», que comparte con ella el verso de los recuerdos domésticos. Es la misma lista en dos canciones distintas, y no es casualidad: hay imágenes que se quedan clavadas y vuelven por su cuenta.
Otra prima es «El impostor», que también repasa una relación larga buscando las pruebas de que nada era lo que parecía, y que igualmente acaba asomándose a un acantilado. Y en «Una obra de teatro» la sospecha de las tomas falsas se convierte en escenario completo: siete años sobre las tablas. Las tres forman un tríptico sobre el momento de descubrir el decorado.
Lo que hay detrás de este temblor
Ninguna figura del vídeo existe y la letra no reproduce escenas concretas con nombres y apellidos. Pero el temblor del título no me lo he inventado. Mi vida adulta incluye veinte años encadenando dos relaciones con personas narcisistas, la segunda nada más acabar la primera. Al salir de cada una, varias amistades y conocidos se quedaron con la versión de la otra parte y me dieron la espalda.

Me diagnosticaron fobia social, ansiedad, estrés postraumático, depresión mayor grave y trastorno evitativo de la personalidad. Estuve al borde del suicidio, por eso la cala de la letra no la leo como una simple figura. Hoy estoy bastante mejor; sigo acudiendo a psiquiatría y a terapia, y poner por escrito lo que viví fue mi forma de contar mi parte de la historia.
Si algo de esto te resulta conocido, si no ves salida o has pensado en quitarte la vida, por favor, pide ayuda. En España, el 024 atiende gratis, de forma confidencial y a cualquier hora desde cualquier teléfono, también si la preocupación es por otra persona. En caso de emergencia, el número es el 112.
Escucharla y llevártela
La ficha de la canción tiene la letra entera, el reproductor y el acceso al vídeo. Soy el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA).
Se puede oír y descargar gratis, sin crear ninguna cuenta, en mi página de descargas, junto con el resto del catálogo, o en la tienda de Planeta Gayfolk. Si te apetece una escucha distinta, ten la letra delante y subraya cada palabra terminada en «-ado»: verás cómo esa cadena de participios va cosiendo la canción de principio a fin, del corazón ganado al cuerpo aplastado.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Y sigo temblando siempre»? De lo que viene después de descubrir que una pareja no era quien parecía. La letra recorre el enamoramiento inicial, la sospecha, la rendición, los recuerdos felices convertidos en duda y un desenlace muy oscuro, todo con una mezcla de humor y dolor.
¿Qué significa diseccionar la personalidad en cuarenta partes? Es una imagen de máxima exposición: abrirse ante otra persona pieza a pieza, como en una mesa de laboratorio. La cifra exacta le da un toque de humor y, al mismo tiempo, retrata a alguien que se ha analizado muchísimo.
¿Por qué aparecen programas de televisión en la letra? Porque cuando el dolor se vuelve difícil de mirar, la canción lo coloca en una pantalla. Preguntarse si todo fueron tomas falsas es preguntarse si la relación fue un rodaje, y verse llorar como en un episodio dramático es mirarse desde fuera.
¿Qué relación tiene con «Me rindo»? Las dos comparten el verso de los recuerdos domésticos y el verbo rendirse. Son canciones hermanas que miran el mismo final desde ángulos distintos.
¿Dónde puedo descargarla? Gratis y sin registro en mikesaintlouis.com/descargas y en la tienda de gayfolkplanet.com, junto con el resto de mi catálogo. El videoclip está en su página de Planeta Gayfolk.