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Un andén de maniquíes rosas, un vagón vacío y un tren de vapor en la nieve: los trenes de Planeta Gayfolk

Hay una forma de soledad que solo existe en los andenes. Estás rodeado de gente, todos mirando hacia el mismo túnel, todos esperando la misma luz, y sin embargo nadie se mira. Cada uno lleva su prisa, su mochila, sus auriculares. Durante unos minutos compartimos el suelo, el aire y el retraso, pero no compartimos nada más. Luego llega el tren, se abren las puertas, entramos a empujones y seguimos sin mirarnos.

Para quien tiene fobia social, como yo, un tren puede ser un examen. No por el viaje, sino por la cercanía. El codo ajeno, el aliento de alguien en la nuca, la mirada que se cruza con la tuya en el cristal oscuro de la ventanilla. Un vagón de metro en hora punta es un sitio donde cada segundo pesa. Por eso, cuando empecé a construir Planeta Gayfolk, los trenes aparecieron casi sin querer. Y aparecieron vacíos.

Este texto recorre esos trenes. Algunos esperan en andenes donde no hay nadie de carne y hueso. Otros echan vapor en una estación cubierta de nieve. Otros van tan llenos que no cabe ni un suspiro. Todos, de alguna forma, hablan de lo mismo: de cuánto cuesta estar cerca de los demás y de cuánto se necesita.

Un planeta rosa donde no sube nadie

El tren principal de este paseo pertenece a «Contact Overwhelms Me», una canción en inglés cuyo título se podría traducir como «el contacto me desborda». No hay mejor resumen de lo que sentía en aquellos vagones. El contacto, cualquier contacto, me llenaba hasta rebosar: una conversación, un saludo, una pregunta inesperada en la cola del pan.

La canción no tiene todavía su letra publicada en la web, así que aquí no voy a citar ningún verso. Lo que sí está a la vista de cualquiera son las etiquetas con las que la presenté en YouTube: #SocialAnxiety, #FobiaSocial, #IntrovertAnthem, #HermitMood, #ArtistaOutsider. No las elegí por marketing. Son, más o menos, mi carné de identidad de aquellos años.

Lo curioso es que el videoclip no enseña a una persona agobiada entre la multitud. Hace justo lo contrario. Enseña un mundo entero de color rosa en el que la multitud ha desaparecido. Observatorios en las azoteas, salas de espera, máquinas recreativas, dormitorios con pantallas, escaleras entre nubes. Y, sobre todo, una red de metro donde nadie espera el tren. Es la fantasía de quien sufre con la gente: un planeta para uno solo. Y, como pasa con todas las fantasías, cuando la miras de cerca también da un poco de frío.

El andén de los maniquíes

La primera estación aparece muy pronto. Es un andén de metro curvo, con el techo abovedado y los azulejos claros, iluminado por tubos fluorescentes. A lo largo del borde, donde normalmente se agolpa la gente, hay figuras de color rosa chicle, altas, lisas, sin rasgos. Maniquíes. Están de pie, quietos, mirando hacia las vías, como si también ellos esperasen un tren que no llega.

Me gusta mucho esa imagen porque dice algo que me costó años entender. Durante mucho tiempo, para mí la gente en los sitios públicos era exactamente eso: siluetas. No porque no me importaran, sino porque mirarlas de verdad me daba miedo. Las convertía en formas para poder soportarlas. Un andén lleno de maniquíes es el andén que ve alguien con ansiedad social: todo el mundo es una figura que puede juzgarte, aunque no tenga ojos.

Y al mismo tiempo, hay algo tierno en esos maniquíes rosas. No amenazan. No empujan. No preguntan. Están ahí, haciendo compañía sin exigir nada. A veces pienso que es la única compañía que fui capaz de aceptar durante una temporada: la que no me pedía hablar.

La sala de espera de los relojes

Antes de subir a ningún tren, el clip se detiene en una sala de espera enorme. Filas de butacas acolchadas, unas de color salmón y otras turquesa, enfrentadas como en una estación antigua. En las paredes, relojes redondos, varios, todos marcando su hora. La luz entra por los ventanales y dibuja rectángulos sobre el suelo. No hay nadie sentado. En uno de los planos, al fondo del pasillo, se adivina una figura diminuta que camina, tan pequeña que podría ser una sombra.

Tres fotogramas del videoclip de «Contact Overwhelms Me»: un andén de metro con maniquíes rosas sin rostro, una sala de espera con butacas salmón y turquesa y relojes en la pared, y un túnel con siluetas negras y globos rosas por el suelo

Una sala de espera vacía es una contradicción preciosa. Está hecha para la gente y, sin gente, se convierte en otra cosa: en un sitio para pensar. Todas las salas de espera se parecen, sean de estación o de centro de salud, con su silencio de revistas viejas y su pantalla que llama por números. En todas se mira el reloj. Y en todas, quien tiene ansiedad social desea en secreto que no entre nadie más.

Esos relojes de la sala de espera no tienen prisa. Están colgados como lunas pequeñas, cada uno a lo suyo. Me hacen pensar en que la espera no es siempre tiempo perdido. A veces es el tiempo que necesitas para atreverte.

Un vagón blanco con todos los asientos libres

Luego, por fin, el tren. Por dentro. Un vagón de metro largo, blanco, con barras de sujeción plateadas y asientos rosas a los dos lados. Las pantallas de información, encendidas sobre las puertas. Los asideros colgando, inmóviles, porque nadie se agarra a ellos. Las ventanas oscuras, porque estamos bajo tierra. Y ni una persona. Ni una mochila olvidada. Ni un periódico.

Es la imagen de la portada de este texto, y la elegí porque es la que más se parece a un deseo que tuve durante años: un vagón para mí solo. Poder sentarme donde quisiera. No tener que calcular a qué distancia queda la rodilla del de enfrente. No tener que fingir que miro el móvil para no cruzar miradas.

Pero si te quedas mirando ese vagón vacío el tiempo suficiente, algo cambia. El deseo se vuelve extrañeza. Un tren sin pasajeros es un tren que no lleva a nadie a ningún sitio. Un tren que da vueltas por debajo de una ciudad, sin propósito, haciendo un recorrido que nadie necesita. Y entonces entiendes que el aislamiento total no es descanso. Es otra forma de cansancio.

El vagón rosa

Más adelante aparece un segundo vagón, este todavía más rosa. Las paredes, los asientos, el suelo, las puertas: todo del mismo tono de algodón de azúcar. Las ventanas tienen forma redondeada, como de tren antiguo, y por ellas no se ve ningún paisaje. Sigue sin haber nadie.

Este vagón me parece más amable que el blanco. Si el primero era casi clínico, este es un dormitorio con ruedas. Hay algo de refugio en él, de habitación infantil, de mundo propio. Es el tipo de espacio que uno construye en su cabeza cuando el exterior pesa demasiado: un sitio blando, de un solo color, sin sorpresas.

Lo construí con cariño, igual que construí esa habitación interior durante mis peores años. Y la defiendo, porque todo el mundo necesita un vagón rosa donde esconderse un rato. El problema llega cuando el vagón rosa se convierte en el único sitio donde puedes estar. Cuando ya no te atreves a salir a ningún andén. Esa es la línea fina que separa el refugio de la jaula, y no siempre se ve desde dentro.

El túnel de las siluetas y los globos

Casi al final, el clip vuelve a los túneles. Uno largo, de paredes curvas y luz amarillenta, que se pierde en una curva. Por primera vez hay figuras, pero son siluetas negras, sin rostro, con algo parecido a alas o a capas que les cuelgan de los hombros. Están repartidas a lo largo del túnel, separadas unas de otras, cada una en su sitio. Por el suelo ruedan globos rosas, unos pocos, como restos de una fiesta a la que nadie fue.

De todo el videoclip, este es el plano que más me inquieta y el que más me gusta. Las siluetas están juntas en el mismo túnel, pero ninguna se acerca a la otra. Guardan la distancia como quien guarda un secreto. Es exactamente la sensación de una reunión social cuando tienes ansiedad: estás ahí, has ido, has cumplido, pero te mantienes en tu metro cuadrado, sin moverte, esperando a que se acabe.

Y los globos rosas. Me hacen gracia y me dan pena a la vez. Alguien los infló. Alguien pensó en celebrar algo. Quizá se pueda celebrar, aunque sea de lejos.

Un ojo de luz al final del túnel

Hay otra imagen de túnel que no quiero dejar fuera. Es un plano frontal de un túnel circular, rosa y lila, en el que todo converge hacia un punto de luz en el centro. Del punto salen destellos, rayos finos que cruzan la imagen. Parece un ojo, una diana o el haz de un tren que se acerca de frente.

Foto de Mike Sain't Louis con camiseta de tirantes junto a un fotograma de «Contact Overwhelms Me»: un vagón de metro rosa con todos los asientos vacíos

La expresión «ver la luz al final del túnel» está tan gastada que casi da vergüenza usarla. Pero cuando hice ese plano pensé en ella sin ironía. Hay temporadas en las que no ves esa luz por ningún lado, y nadie te puede convencer de que existe. Luego, un día, aparece un punto pequeño. No es la salida todavía. Es solo un punto. Pero es suficiente para saber hacia dónde caminar.

Lo que me gusta del plano es que no sabemos si la luz es la salida o un tren que viene. Quizá las dos cosas. Quizá la salida a veces llega en forma de tren al que hay que atreverse a subir.

Un tren de vapor en una estación nevada

Cambiamos de época y de color. En «Holy Stillness», todo es blanco y negro y huele a invierno antiguo. Es una nana en inglés que publiqué en Nochebuena, y su videoclip cuenta regresos: hombres de uniforme que vuelven a casa, calles nevadas con coches de otra época, porches con luces de Navidad, abrazos en la puerta. Y trenes. Un tren de vapor junto al que una pareja se abraza, una estación grande con techo de hierro y cristal, el vaho de una locomotora que se mezcla con la niebla. Hay incluso un plano tomado desde dentro de un vagón o de un autobús, con una mujer que mira por la ventanilla cómo pasan las casas cubiertas de nieve.

Aquí el tren significa justo lo contrario que en «Contact Overwhelms Me». No es el lugar del agobio, sino el del reencuentro. Es el tren que te devuelve. La letra lo dice con una calma que todavía me sorprende:

A fragile light begins to breathe, Hope arrives so quietly.

La esperanza llega en silencio, sin anuncio por megafonía. Como un tren que entra despacio en la estación mientras tú sigues mirando el suelo del andén. Me gusta que en esta canción nadie corra. Todo el mundo espera, y la espera tiene premio.

Nada tiene prisa

Hay dos versos de «Holy Stillness» que me repito a veces, sobre todo cuando la ansiedad me acelera por dentro:

Nothing is rushed, Everything is right.

Nada va con prisa, todo está bien. Sé que no siempre es verdad. Hay días en que todo va con prisa y nada está bien. Pero en una estación de tren, de noche, con nieve, cuando ya ha pasado el último convoy y solo queda esperar al primero de la mañana, esos versos tienen sentido. No puedes hacer que el tren llegue antes. Solo puedes sentarte en el banco y respirar.

Hay mucho que aprender de esa paciencia de estación. Cuando todo desborda, imaginarse sentado en un andén vacío, sin obligación de subir a ningún tren, es una forma de bajar el ritmo. Solo esperar. A veces el tren que se espera es simplemente el día siguiente.

El blanco y negro del clip ayuda. Le quita urgencia a todo. Las caras, los coches, la nieve, la locomotora: todo parece ocurrir hace mucho tiempo, como si ya supiéramos que acaba bien.

El andén del vapor

Otro tren en blanco, negro y sepia aparece en el videoclip de «The Great Depression», una canción que viaja a otra época de crisis para hablar de cariños que tenían que esconderse. Hay un plano que se me quedó grabado: una vía junto a un tren detenido, con la niebla y el vapor envolviéndolo todo, y una figura encogida en el suelo, de rodillas junto a los vagones, con la cabeza baja. No se le ve la cara. Solo el peso.

Fotograma de «The Great Depression» en tonos sepia: una figura encogida de rodillas en un andén, con la cabeza entre las manos, envuelta en el vapor de un tren

En otro momento del mismo clip, dos hombres de espaldas, con abrigos largos y sombrero, caminan entre el humo de un andén. No se tocan, pero van juntos. Se intuye que se conocen mejor de lo que dejan ver.

Ese andén es el de los amores que no podían decirse. Las estaciones siempre han sido lugares de despedida y, para muchas personas como yo, también de clandestinidad: el sitio donde podías encontrarte con alguien sin que nadie preguntara, porque en una estación todo el mundo está de paso. Pienso en cuántas historias se habrán quedado en un andén, sin llegar nunca a subir al tren.

Siempre apartado entre tanta gente

Y luego está el otro metro, el lleno. En «Entre cuatro paredes», el chico de la chaqueta de cuero sale de su habitación y se mete entre la multitud: gente que camina a su alrededor, luces de ciudad, un vagón abarrotado. Él está en medio y, sin embargo, está fuera. El estribillo lo resume con una precisión que me sigue doliendo:

Siempre apartado entre tanta gente

Esa es la otra cara de los vagones vacíos de «Contact Overwhelms Me». Uno puede estar solo en un tren sin pasajeros o solo en un tren lleno. La segunda soledad, para mí, era peor. Porque en el vagón vacío al menos nadie te ve. En el lleno, todos te ven y nadie te mira.

Cuando monté los dos clips no pensé en que se respondieran. Ahora, puestos uno al lado del otro, me parecen la misma persona en dos momentos: el que no soporta a la gente y se inventa un planeta vacío, y el que se obliga a salir y descubre que la multitud no cura la soledad.

La vagoneta que sale volando

No todos los trenes de Planeta Gayfolk son de metro o de vapor. En «Montaña rusa» hay una vagoneta de feria, con dos chicos que se hacen fotos mientras suben y bajan por los raíles. Es el tren más ruidoso del planeta y también el más honesto: sube despacio, cae de golpe, vuelve a subir. No promete llegar a ninguna parte. Solo promete dar vueltas.

Durante años mi vida sentimental fue esa vagoneta. Subidas largas de ilusión, caídas en picado, gritos que nadie oía porque todo el mundo gritaba a la vez. Y la sensación, al bajar, de no saber si me lo había pasado bien o si había pasado miedo. A eso los psicólogos le ponen nombres más técnicos. Yo le puse una canción.

Lo bueno de las montañas rusas es que se acaban. Llega un momento en que la vagoneta frena, la barra de seguridad se levanta y puedes salir con las piernas temblando. Y elegir no volver a subir.

Mi estación

Quiero contarte por qué los trenes de este planeta tienen tanto de espera.

Pasé casi veinte años de mi vida subido al mismo tren con dos parejas narcisistas, una detrás de otra. Dos viajes que se parecían demasiado: el encanto del principio, el control después, el miedo al final. Cuando por fin vi lo que estaba pasando y me atreví a decirlo, primero a media palabra y luego con todas las letras, ellos ya habían llegado antes que yo a todas las estaciones. Quienes me rodeaban escucharon su versión, que era encantadora, y yo me quedé en el andén con la maleta y sin nadie.

Mis canciones se convirtieron en el único sitio donde podía contar lo que había vivido. Hubo un tiempo muy oscuro en el que estuve cerca de no querer seguir. Lo digo así, sin más detalle, porque hoy sigo aquí y quiero que se sepa que se puede salir de ese túnel. Después llegaron los diagnósticos: estrés postraumático, depresión mayor grave, fobia social, trastorno de la personalidad por evitación y ansiedad. Escribí sobre ese momento en el texto del diagnóstico a los 41. Ponerle nombre fue como encontrar por fin el plano del metro: seguía perdido, pero ya sabía en qué línea estaba.

Si tu tren no llega

Si estás leyendo esto desde un andén interior en el que no pasa ningún tren, y sientes que no quieres seguir esperando, por favor, no te quedes solo con eso. En España puedes llamar al 024, la línea de atención a la conducta suicida. Es gratuita, confidencial y responde a cualquier hora, también si llamas por otra persona. Si hay un peligro inmediato, marca el 112. El Teléfono de la Esperanza atiende en el 717 003 717, y la Fundación ANAR, para menores, en el 900 20 20 10. Si vives fuera de España, en findahelpline.com puedes buscar tu línea.

Ficha de la canción «Contact Overwhelms Me» con un fotograma del túnel circular de luz rosa del videoclip: canción fuera de la trilogía, n.º 224 de 273, letra y producción de Mike Sain't Louis

Llamar no es molestar. Es bajar del vagón vacío y pedir indicaciones en la ventanilla. Para eso están.

Bajarse en la parada correcta

Hay una cosa que nadie te enseña de los trenes: que bajarse también es un acto de valor. Seguir sentado es fácil. El tren te lleva, el traqueteo te adormece, la estación final queda lejos. Pero llega un momento en que lees el nombre de la parada en el cartel y sabes que es la tuya, aunque no te sientas preparado. Y tienes que levantarte, abrirte paso, salir antes de que se cierren las puertas.

Yo tardé mucho en bajarme. Me pasé varias paradas. Algunas veces por miedo, otras por costumbre, otras porque me habían convencido de que fuera del tren no había nada. Cuando por fin salí al andén, no me esperaba nadie. Pero el aire era otro. Y poco a poco aprendí a orientarme.

Hoy sigo sin llevarme bien con las multitudes. Sigo prefiriendo los vagones medio vacíos y las salas de espera tranquilas. Pero ya no vivo en un planeta para uno solo. He ido dejando subir a algunas personas. Y he descubierto que el contacto, en dosis pequeñas y elegidas, no siempre desborda. A veces sostiene.

Cómo recorrer esta línea

Si quieres hacer el viaje completo, empieza por el videoclip de «Contact Overwhelms Me»: fíjate en el andén de los maniquíes, en la sala de espera de los relojes, en los dos vagones vacíos y en el túnel de las siluetas. Después pasa a el de «Holy Stillness» y busca la locomotora entre la nieve y la estación de techo de cristal. Termina en el andén del vapor de «The Great Depression».

Para llevarte estas canciones al próximo trayecto, entra en la página de descargas. Todo se puede escuchar gratis y descargar gratis en esta web, sin crear cuenta ni dejar ningún dato. Ponte los auriculares, elige un asiento junto a la ventanilla y deja que el metro haga el resto.

Quién conduce este tren

Soy Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical. Escribo cada letra, decido cómo se produce cada canción y monto cada videoclip plano a plano; la música y la interpretación vocal se generan con herramientas de IA siguiendo lo que yo marco. Así he ido tendiendo las vías de Planeta Gayfolk, un sitio donde caben los andenes vacíos, los vagones rosas y los trenes que vuelven a casa por Navidad.

Si alguna vez nos cruzamos en un andén, no hace falta que me saludes. Con que no me empujes, ya somos amigos. Y si un día te apetece sentarte a mi lado en un vagón medio vacío, te guardo el sitio.

Preguntas frecuentes

¿Qué trenes aparecen en los videoclips de Mike Sain't Louis? Este texto recorre el andén de maniquíes rosas, la sala de espera con relojes, dos vagones vacíos y un túnel con siluetas de «Contact Overwhelms Me»; el tren de vapor y la estación nevada de «Holy Stillness»; el andén con vapor de «The Great Depression»; el metro lleno de «Entre cuatro paredes» y la vagoneta de «Montaña rusa».

¿De qué trata «Contact Overwhelms Me»? Habla de la fobia social y del agobio que provoca el contacto con los demás. Su videoclip muestra un mundo rosa sin gente: observatorios, salas de espera, vagones de metro y túneles vacíos.

¿Qué significa el vagón vacío de la portada? Es un vagón de metro blanco y rosa sin pasajeros, del videoclip de «Contact Overwhelms Me». Representa el deseo de quien sufre ansiedad social de tener un espacio para sí solo, y también el frío de ese aislamiento.

¿Quién es Mike Sain't Louis? El primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical. Escribe las letras, toma las decisiones de producción y monta los videoclips de Planeta Gayfolk; la música y la interpretación vocal están hechas con IA.

¿Dónde se pueden escuchar y descargar estas canciones? Gratis en mikesaintlouis.com, en la página de descargas, sin registro. Los videoclips están en la sección Planeta Gayfolk de la web.

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