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Sobres atrapados en la tormenta y una calle de papeles: las cartas de Planeta Gayfolk

Hace mucho que nadie me escribe una carta de papel. Supongo que a casi todo el mundo le pasa lo mismo. Las cartas se han ido quedando para los bancos, para Hacienda, para la compañía de la luz. Y, sin embargo, cuando pienso en las cosas importantes que he tenido que decir en mi vida, casi siempre las imagino escritas a mano, en una hoja, dobladas dentro de un sobre. Hay algo en el papel que obliga a pensar antes de hablar. Algo que no tienen los mensajes que se mandan sin mirar.

Quizá por eso los papeles vuelan tanto en Planeta Gayfolk. Sobres que caen del cielo, folios que se enganchan en las vallas, hojas que se arremolinan en las plazas. Quiero recorrerlos uno por uno, y el primer sitio al que hay que ir es el clip donde más papel vuela: el de una carta que no se escribió para ser leída, sino para cerrar una puerta.

Una carta que no espera respuesta

«La última carta» es una de las letras más distintas que he escrito. No tiene estribillo ni rimas. Es eso que dice el título: una carta, escrita en prosa, de principio a fin, dirigida a alguien que hizo mucho daño. Y desde la primera línea deja claro para qué existe:

No escribo esto para volver a hablar contigo. No necesito tu respuesta ni tu atención. Esta carta es para mí, para cerrar lo que tú nunca tuviste el valor de reconocer.

Me costó mucho llegar a esa frase. Durante años, cada vez que pensaba en escribir algo así, lo imaginaba como una carta para que el otro la leyera, la entendiera, se arrepintiera. Una carta con respuesta. Y cuando por fin la escribí, me di cuenta de que la única carta que podía servirme era la que no esperaba nada. La que se escribe para uno mismo.

El texto avanza como avanzan las cosas que se dicen por fin: a trompicones, con frases cortas que caen como golpes. Hay una que ocupa una línea entera, sola, y que para mí es el centro de todo:

Fuiste tú.

Tres palabras, después de años de dudar de mí mismo. Ahí está la carta entera.

Sobres en la alambrada

El vídeo de «La última carta» dura unos cuatro minutos y arranca con una imagen que me encanta. Es la escalinata de entrada de una casa antigua, con barandillas de hierro forjado a los lados, y por los escalones baja agua, mucha agua, como si fuera una cascada. Sobre los peldaños hay papeles mojados, esparcidos, algunos pegados a la piedra, otros a punto de irse con la corriente. Es una casa a la que ya no se entra.

Enseguida viene otro plano, que elegí como imagen principal de este texto: una alambrada metálica bajo una tormenta, con la lluvia cayendo en diagonal y un cielo de nubes negras. Y enganchados en la malla, varios sobres y hojas de papel, retorcidos por el viento, empapados, sin poder seguir volando. No hay nadie. Solo la valla, la tormenta y las cartas atrapadas.

Esa imagen me parece exactamente lo que es una carta que nunca se manda. Está escrita, existe, tiene algo dentro. Pero se ha quedado enganchada en algún sitio, a medio camino, sin llegar a ninguna parte. Yo he tenido muchas cartas así en la cabeza. Frases que escribía mentalmente una y otra vez y que nunca salían de ahí, enredadas en una alambrada que no sabía cómo saltar.

Un sobre que cae bajo el arco

En otro momento del clip, la imagen se vuelve en blanco y negro. Estamos bajo un arco de piedra enorme, de los que hay en los soportales de las ciudades viejas, y desde arriba cae un sobre gigante, cerrado, oscuro, girando despacio en el aire. Abajo, muy pequeña, hay una silueta de pie. Más tarde vuelve el mismo arco, con el sobre suspendido en el centro y figuras diminutas abajo, como si estuvieran esperando a que aterrice.

Tres fotogramas de videoclips de Mike Sain't Louis con papeles al viento: sobres atrapados en una valla bajo la tormenta y una calle llena de papeles en «La última carta», y un tornado de telas en «Ruido en mi mente»

Me gusta mucho la escala de esos planos. El sobre es mucho más grande que las personas. Así es como se sienten algunas cartas: enormes, pesadísimas, mucho más grandes que quien las escribe o quien las recibe. Una carta que lo cambia todo cae del cielo como un meteorito, y lo único que puedes hacer es quedarte debajo mirando.

La calle donde llueven folios

Y luego está la que, para mí, es la imagen más bonita del vídeo. Una calle estrecha entre edificios altísimos, en blanco y negro, rodada desde abajo, y por ella caen folios, decenas de folios, como si fuera nieve. Se ven las fachadas oscuras a los lados, una franja de cielo blanco arriba y el suelo cubierto de hojas. Los papeles flotan, giran, se posan. No hay nadie en la calle.

Hay otra versión de esa lluvia de papeles en una plaza, también en blanco y negro, con edificios de piedra al fondo y las hojas volando a ras de suelo, levantadas por un viento que no se ve. A un lado, sentado, alguien mira cómo se las lleva el aire.

Cuando monté esos planos pensé en todas las cosas que uno escribe y no envía. Si pudieran salir de los cajones de golpe, si se juntaran todas las cartas que la gente nunca se atrevió a mandar, creo que llenarían calles enteras. Llovería papel durante días. Y quizá no estaría mal: quizá esa lluvia sería una forma de que, por fin, todo lo no dicho saliera a la luz.

Brazos abiertos entre los papeles

El clip tiene también planos con personas, y en casi todos el gesto es el mismo: los brazos abiertos. Un chico con chaqueta vaquera en una plaza de noche, con los adoquines mojados y las farolas encendidas, abre los brazos mientras le caen hojas por encima. Otro, con chaqueta de cuero, aparece rodeado de sobres amarillos que vuelan a su alrededor. Otro, en un andén de estación con su marquesina de hierro, lanza papeles al aire. Otro, en la escalinata de un edificio con columnas, los tira hacia arriba como quien suelta palomas.

No son gestos de tristeza. Son gestos de alivio. Así es como yo imagino a alguien que por fin ha escrito lo que tenía que escribir: con los brazos abiertos, dejando que las hojas se vayan. Es lo contrario de la alambrada del principio. Allí las cartas estaban atrapadas. Aquí vuelan libres, y la persona que las suelta se queda más ligera.

El final del vídeo vuelve al blanco y negro, con un cielo de nubes enormes, y un chico que levanta el brazo con un papel en la mano mientras a su alrededor se forma un torbellino de folios. Al principio parece que intenta atrapar alguno. Después entiendes que los está soltando.

Lo que la carta destruye

Hay una parte del vídeo que siempre sorprende a quien lo ve por primera vez. En mitad de los papeles y de los sobres, aparece de repente una ciudad de playa con rascacielos, y unos monstruos gigantescos que la arrasan. Explosiones, humo, gente que corre por la arena, un tiburón enorme que salta sobre el agua turquesa. Parece otra película.

Foto de Mike Sain't Louis con gorra junto a un fotograma de «La última carta» en el que un sobre gigante vuela bajo un arco de piedra

La metí a propósito, y creo que tiene mucho sentido. Una carta así, cuando por fin se escribe, es una bomba. No porque destruya al otro, sino porque destruye la versión de la historia que te habías contado durante años. La versión en la que tú tenías la culpa, en la que exagerabas, en la que todo era un malentendido. La letra lo dice muy claro:

Me hiciste pensar que te debía algo. Que mi enfado era injusto. Que mis dudas eran celos o inseguridad. Pero en realidad eran señales de alarma. Y tú las apagabas con gaslighting y con silencios.

Cuando eso se escribe, la ciudad de mentira que habías construido se viene abajo. Y da miedo, claro. Como da miedo ver a un monstruo derribando edificios. Pero debajo de los escombros está lo que de verdad pasó. Y eso, aunque duela, es suelo firme.

Un sobre en el charco

Hay un plano pequeño, casi al final, que es mi favorito de todo el clip. Es un atardecer dorado. En primer plano, una mano deja caer un sobre marrón sobre un charco de agua, y el agua salpica. Al fondo, desenfocada, una figura se aleja caminando, y su reflejo tiembla en el charco.

No sabemos qué hay en el sobre. No sabemos si es la carta o si es la respuesta. Solo sabemos que alguien la ha soltado, que el agua la va a deshacer, y que la persona ya se está yendo. No se queda a mirar.

Para mí ese plano es la última línea de la carta hecha imagen:

Esta carta no es para que la leas. Es para que yo cierre. Es para decirme a mí mismo: lo lograste, saliste, te elegiste.

El sobre cae, el agua salpica, y alguien camina hacia otro sitio. Cerrar es eso.

El torbellino de «Ruido en mi mente»

Si salimos de «La última carta» y buscamos más papeles en Planeta Gayfolk, el sitio donde más vuelan es el vídeo de «Ruido en mi mente». Allí, al principio y otra vez hacia la mitad, aparece un remolino enorme visto desde arriba, como un tornado sobre un mundo blanco, que levanta telas, prendas, papeles y trozos de colores y los hace girar hacia el centro. Hay incluso un túnel en espiral hecho de papeles y de ropa doblada, que gira hacia un punto negro, como se cuenta en el texto que dediqué a esa canción verso a verso.

Ese torbellino es la cara oscura de los papeles de «La última carta». En una, las hojas se sueltan y se van. En la otra, las hojas giran y giran sin salir nunca del remolino, como los pensamientos que no paran. La letra de «Ruido en mi mente» lo dice así:

Ruido ruido ruido en mi mente otra vez Cierro los ojos pero no se va esta vez

Conozco muy bien ese torbellino. Es lo que pasa cuando las cartas no se escriben: las frases se quedan dentro, dando vueltas, chocando unas con otras. Escribir «La última carta» fue, entre otras cosas, una forma de sacar esos papeles del remolino y ponerlos en fila, en una hoja, uno detrás de otro. El clip de «Ruido en mi mente» está en su página de videoclip.

Un cuaderno de mariposas

Hay otro papel escondido en Planeta Gayfolk, más pequeño, más íntimo. No aparece en ningún vídeo, sino en una letra. Está en «Un invitado VIP cortando cebolla», en un momento en el que el protagonista se describe a sí mismo, con mucha ternura y mucha vergüenza, como:

Collage con un detalle de la carátula de «La última carta», el verso «Hoy sé que la paz que tengo viene del corte.» y las carátulas de «Ruido en mi mente», «Un invitado VIP cortando cebolla», «La música me está salvando» y «El día de la liberación»
Yo el único idiota que va pintando en invierno Mariposas en un cuaderno encerrado en mi cuarto

Me emociona esa imagen cada vez que la leo. Alguien solo, en invierno, en su habitación, dibujando mariposas en un cuaderno. Es casi lo contrario de una carta: no va dirigido a nadie, no busca nada, no se manda. Es papel para uno mismo. Y sin embargo, para mí, ese cuaderno tiene mucho que ver con «La última carta». Las dos cosas son formas de sobrevivir escribiendo. Una para decirse, la otra para guardarse.

Durante muchos años yo también tuve cuadernos así. No dibujaba mariposas, pero escribía frases sueltas, trozos de canciones que no sabía si alguna vez existirían. Ahora muchas de esas frases forman parte de mis letras. El cuaderno encerrado en el cuarto acabó saliendo a la calle.

Escribir a mano

Hay una cosa que hago desde hace años y que tiene mucho que ver con todo esto. Cuando algo me pesa demasiado, antes de convertirlo en letra, lo escribo a mano. En cualquier papel: una libreta, el reverso de un tique, una servilleta. No lo hago para conservarlo. Muchas veces lo tiro después. Lo hago porque la mano va más despacio que la cabeza, y al ir más despacio, las frases se ordenan.

En la cabeza, las cosas que duelen dan vueltas como el torbellino de «Ruido en mi mente»: todas a la vez, sin principio ni final. En el papel, en cambio, tienen que ir una detrás de otra. Primero esta, luego aquella. Y ese orden, aunque sea pequeño, ya es un alivio. Es como pasar de la tormenta de la alambrada a la calle en blanco y negro donde los folios caen despacio, uno a uno.

Por eso creo que «La última carta» tenía que ser exactamente eso, una carta, y no una canción con estribillo. Necesitaba la forma de algo escrito a mano: párrafos, frases sueltas, una línea sola en medio de la página. Necesitaba que se notara que alguien se había sentado a escribirla con calma, después de mucho tiempo sin poder hacerlo.

Si alguna vez te ves con la cabeza llena de cosas que no sabes decir, prueba a escribirlas. No para nadie. Solo para ti. Coge un papel, el que tengas a mano, y empieza por la frase que más te pese. No hace falta que esté bien escrita. No hace falta que la leas después. A veces basta con verla fuera, en tinta, para que deje de girar dentro.

La carta que me escribí a mí mismo

Ahora va la parte que me toca a mí.

Mis dos relaciones largas, las dos con personas narcisistas y pegadas la una a la otra, se comieron casi veinte años. Nombres y detalles me los quedo; aquí solo importa lo que aquello me hizo. Y una de las cosas que me pasó fue que dejé de creerme. Igual que dice la carta, me convencieron de que exageraba, de que era demasiado sensible, de que todo era un malentendido. Llevaba una máscara de persona tranquila y, detrás, una montaña de cartas sin escribir. Al terminar, descubrí que a muchos de mis conocidos les habían contado que el malo de la historia era yo. Me quedé solo, con los papeles dando vueltas en la cabeza.

Llegué a pensar que lo mejor era morirme, y no fue una idea pasajera: estuve muy cerca de hacerlo. No lo escondo, porque esconderlo forma parte del problema, y hoy puedo contarlo con calma. El diagnóstico llegó con 41: un estrés postraumático, una depresión mayor de las graves, ansiedad, fobia social y evitación, esta última con categoría de trastorno. Lo explico despacio en la entrada sobre aquel diagnóstico. Hoy voy a mis consultas de psiquiatría y de psicología cada vez que me toca, no me salto ni una pastilla y, aunque queda trabajo, los papeles ya no giran como antes.

Si la cabeza se te ha llenado de cartas sin escribir y empiezas a pensar que no hay salida, marca el 024. Es el teléfono español para la conducta suicida; contesta siempre, no cuesta nada y sirve también para quien teme por otra persona. Cuando el riesgo es inmediato, el número es el 112. Niños, adolescentes y los adultos que se preocupan por ellos tienen la Fundación ANAR (900 20 20 10). Fuera de España, busca tu país en findahelpline.com. Hace tiempo dejé escrito por qué es tan necesario hablar del suicidio sin tabú. Pedir ayuda fue la primera carta que me atreví a mandar.

La paz del corte

Hay dos frases de «La última carta» que me sirven casi todos los días. La primera es esta:

Ficha de la canción «La última carta» de Mike Sain't Louis: disco Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk, número 169 de 273, letra y producción de Mike Sain't Louis
Hoy sé que la paz que tengo viene del corte.

Y la segunda la explica:

Del bloqueo. Del silencio. De no buscarte, no responderte, no caer en tus trampas.

Durante mucho tiempo pensé que la paz llegaría cuando el otro entendiera, cuando se disculpara, cuando por fin me diera la razón. Esperaba una carta de vuelta. Y esa carta nunca llegó, ni iba a llegar. La paz vino por el lado contrario: por dejar de esperar respuesta. Por cortar el hilo. Por no abrir más sobres.

Eso es, al final, lo que hacen todos los chicos de los brazos abiertos en el vídeo. No están esperando que alguien recoja sus papeles. Los sueltan y ya está. Lo que pase después con ellos ya no es asunto suyo.

Cartas que se convierten en canciones

Con el tiempo he entendido que casi todas mis letras son cartas. Algunas son cartas de amor, otras de rabia, otras de risa. Muchas van dirigidas a alguien que nunca las va a leer, y está bien que sea así. Lo importante no es que lleguen, sino que salgan. Lo cuento con mucha exageración en «La música me está salvando», y con mucha alegría en «El día de la liberación», que para mí es la carta que viene después de la última: la que se escribe cuando ya no queda nada que cerrar.

Leer los papeles del vídeo

¿Quieres comprobarlo con tus propios ojos? Abre el videoclip de «La última carta» y mira solo los papeles. Busca los sobres enganchados en la alambrada bajo la tormenta. Espera a la calle en blanco y negro donde llueven folios. Cuenta cuántas veces alguien abre los brazos para soltarlos. Y quédate con el sobre que cae en el charco al atardecer.

Luego, si te apetece, quita el vídeo y deja solo el sonido. Las canciones de este recorrido se bajan gratis, sin cuenta ni registro, desde la sección de descargas. Sin imágenes, «La última carta» se queda en lo que es: una carta que por fin se dice.

El que escribe estas cartas

Todas estas cartas las he escrito yo, Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical. Los textos son míos, igual que el montaje de cada clip y cada decisión sobre cómo tiene que ser una pieza; lo que se oye, tanto la música como la interpretación vocal, sale de la IA trabajando con esas indicaciones. Así he ido levantando Planeta Gayfolk, y sus papeles volando se han convertido en mi manera de soltar lo que pesa.

Si tienes una carta pendiente, de las que nunca se mandan, quizá hoy sea un buen día para escribirla. No hace falta enviarla. Basta con que salga de la cabeza y caiga en un papel. Después, si quieres, déjala caer en un charco y vete caminando.

Preguntas frecuentes

¿Qué se ve en el videoclip de «La última carta»? Una escalinata por la que baja agua entre papeles mojados, sobres enganchados en una alambrada bajo la tormenta, un sobre gigante que cae bajo un arco de piedra, una calle en blanco y negro donde llueven folios, chicos que abren los brazos para soltar hojas, monstruos gigantes que arrasan una ciudad de playa y una mano que deja caer un sobre en un charco al atardecer.

¿De qué trata «La última carta»? Es una carta en prosa dirigida a alguien que hizo mucho daño, escrita no para que la lea, sino para cerrar: reconocer lo que pasó, dejar de dudar de uno mismo y encontrar la paz en el corte y en no esperar respuesta.

¿Qué significan las cartas en Planeta Gayfolk? Lo que se escribe para soltar: los papeles atrapados son lo no dicho, los que vuelan son lo que por fin sale, y los que giran en un torbellino son los pensamientos que no paran.

¿Quién es Mike Sain't Louis? El primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical. Escribe las letras, produce los temas y monta los videoclips de Planeta Gayfolk; la música y la interpretación vocal están hechas con IA.

¿Dónde se pueden escuchar y descargar estas canciones? Gratis y sin registro en la página de descargas de mikesaintlouis.com. Los videoclips están en la sección Planeta Gayfolk de la web.

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