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«Será que no soy moderno»: el futuro en mis letras, entre promesas, amenazas y sospechas

El futuro, en español, casi nunca habla del futuro.

Lo descubrí releyendo una de mis canciones más quejicas. En «Scott Bonehill», del disco «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK», una pareja está a punto de romperse porque uno quiere abrir la relación y el otro no. Y el que no quiere se defiende con tres frases seguidas que empiezan igual: «Será que no soy ¡moderno!», será que voy a ir directo al infierno, «Será que estoy siempre amargado». (La letra completa está en gayfolkplanet.com.)

Ninguna de esas tres frases habla de mañana. Será que no soy moderno no significa que dentro de un tiempo dejaré de serlo. Significa a lo mejor es que no lo soy. Es una sospecha sobre el presente, disfrazada de tiempo futuro. Y justo después llega la frase que de verdad mira hacia adelante, pero con el verbo en presente: «Pero te repito que no estoy preparado».

Ahí está toda la paradoja. El futuro sirve para dudar del presente, y el presente sirve para decidir el futuro.

Este texto va de cómo usan mis letras el tiempo futuro. De las sospechas, las amenazas, las profecías, las promesas y las órdenes que caben en un verbo terminado en -ré o en -rá. Y de por qué, en mitad de todo eso, una promesa de futuro puede ser lo que alguien necesita oír para seguir.

Será que: el futuro de la sospecha

La gramática de la Academia tiene un nombre para este uso: futuro de conjetura, o de probabilidad. Es el que usamos cuando decimos serán las diez, sin mirar el reloj, o estará en el trabajo, cuando alguien no coge el teléfono. No predecimos nada. Suponemos.

En mis canciones este futuro aparece mucho más que el futuro de verdad, y casi siempre con la misma fórmula: será que. En «Otro bombardeo» la pregunta es si será verdad que soy una víctima. En «Me rindo» aparece será por eso que tantas veces me han pisado. Es una manera de pensar en modo duda, de darle vueltas a algo sin afirmarlo del todo.

Me parece muy revelador de cómo funciona la cabeza cuando algo duele. Uno no dice soy un amargado. Dice será que estoy siempre amargado. Se acusa, pero con un margen. Deja una puerta abierta por si resulta que no es verdad. El futuro de conjetura es el tiempo verbal de la inseguridad, y también el de la ironía, porque a veces será que no soy moderno se dice con los ojos en blanco, queriendo decir justo lo contrario: no es que yo sea antiguo, es que tú me estás pidiendo algo que no quiero.

En «Scott Bonehill» las dos lecturas conviven. Hay inseguridad y hay sarcasmo. Y esa mezcla, me parece, es muy de cómo hablamos en España cuando discutimos con alguien a quien queremos.

Voy a: el futuro que usamos de verdad

Si el futuro simple sirve para sospechar, ¿con qué hablamos del mañana? Con la perífrasis: voy a más infinitivo.

En el habla diaria casi nadie dice mañana iré al médico. Dice mañana voy a ir al médico. Los estudios sobre el español hablado coinciden en que la forma con ir a ha ido ganando terreno en la conversación, sobre todo en América, mientras el futuro simple se refugia en la escritura, en los registros formales y en esos usos de conjetura.

Mis letras reflejan esa tendencia sin proponérselo. Cuando hablan de un futuro concreto, casi siempre usan voy a. En «Scott Bonehill» la segunda sospecha mezcla los dos tiempos en una sola línea: será que voy a ir directo al infierno. El será pone la duda y el voy a ir pone la dirección. Es un pequeño prodigio gramatical que no planeé: la frase sospecha y predice a la vez.

En «Voy a olvidarme de ti» la perífrasis está en el título. Y no es casual que una canción sobre olvidar use voy a y no olvidaré. Olvidaré suena a promesa solemne, a juramento. Voy a olvidarme suena a plan, a algo que se empieza hoy. Lo primero se dice en un altar. Lo segundo se dice en la cocina, mientras se recogen las cosas del otro.

Amar he: de dónde viene el futuro

Hay un dato de historia de la lengua que me fascina cada vez que lo recuerdo: nuestro futuro simple es una perífrasis que se pegó.

Fotogramas del videoclip oficial de «Scott Bonehill», de Mike Sain't Louis

El latín clásico tenía su propio futuro, amabo para amaré, pero esa forma se perdió en el latín hablado. En su lugar la gente empezó a decir algo así como amare habeo, tengo que amar o he de amar. Con los siglos, ese verbo auxiliar se fue soldando al infinitivo hasta convertirse en una terminación. Amar he acabó siendo amaré. La -é final es lo que queda del verbo haber.

La prueba de que eran dos palabras es que en el castellano medieval todavía se podían separar y meter un pronombre en medio, en construcciones del tipo dar vos he, es decir, os daré. Los lingüistas lo llaman mesoclisis. En español ha desaparecido, pero el portugués la conserva en su registro más formal, con formas como dar-te-ei.

Me gusta saber esto porque cambia la manera en que leo cualquier futuro. Escupiré, terminarás, guardaré: dentro de cada uno hay un viejo he de escondido. Todo futuro es, en el fondo, una obligación. Algo que se tiene que hacer.

Escupiré: el futuro de la amenaza

Si el futuro tiene dentro un tengo que, no es raro que sea el tiempo favorito de las amenazas.

En «Escupiré sobre tu tumba» el futuro está en el título, y viene de lejos. Escupiré sobre vuestra tumba es el título en español de una novela de Boris Vian publicada en Francia en 1946, y con un título parecido se conoce en España una saga de películas de venganza. La letra se compara con la protagonista de esa historia. Y el verbo en futuro hace su trabajo: anuncia que habrá un después, y que en ese después el que hizo daño no tendrá la última palabra.

La amenaza en futuro tiene algo de teatral, y por eso funciona tan bien en una canción. No se cumple en el momento. Se deja en el aire. El que la escucha se queda con la imagen y con la incertidumbre. Es un futuro que sirve, sobre todo, para recuperar el poder en el presente.

Lo digo con cuidado: en mis letras esas amenazas son ficción, desahogo, una forma de convertir la rabia en algo que se puede contar con humor negro. No son planes. Son la versión con verbos en -ré de lo que mucha gente ha pensado alguna vez a solas después de que le hicieran daño.

Terminarás: el futuro de la profecía

Hay otro futuro que no amenaza ni sospecha. Profetiza.

En «Canguros», del disco «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», la letra está hecha de cosas que dicen. Dicen que hay un límite en el mundo. Dicen que hay un faro en la bahía. Dicen que si sigues a esa estrella terminarás en un barco de madera. Y más adelante: dicen que te encontraré de nuevo.

Ese terminarás y ese encontraré no los afirma la persona que habla. Los afirman otros, el rumor, la leyenda, el horóscopo de la playa. Es el futuro de las profecías de cuento, de los oráculos y de las echadoras de cartas. Nadie sabe si es verdad, pero suena a destino.

Y la canción juega con eso de una forma que me sigue emocionando. Después de tantos dicen que, después de canguros en la luna y sirenas y sirenos, aparecen tres palabras sueltas que ya no son rumor: vuelve, prometiste, te espero. Un imperativo, un pasado y un presente. Ningún futuro. Cuando por fin se habla de verdad, el futuro desaparece y queda lo que se pide, lo que se prometió y lo que se hace ahora mismo.

Lo guardaré toda mi vida: el futuro de la promesa

El futuro de las promesas es el más frágil de todos.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Pero te repito que no estoy preparado» de «Scott Bonehill»

En «El descarte del narcisista» aparece una de las promesas más bonitas de mis letras, en mitad de una canción sobre una despedida dura: y eso lo guardaré toda mi vida. Después de todo lo malo, hay algo que se queda. Una frase, un gesto de alguien que estuvo al lado. Y el verbo en futuro lo protege, como quien guarda una carta en una caja.

Las promesas de amor viven en futuro: te querré siempre, nunca te dejaré, estaré a tu lado. Por eso duelen tanto cuando se rompen. El futuro simple tiene algo de contrato. Cuando alguien dice te querré siempre, está firmando algo que todavía no ha ocurrido, con un tiempo verbal que no admite matices.

Quizá por eso mis canciones de amor roto usan tan poco el futuro. Prefieren el pasado, que ya no puede traicionar, o el presente, que al menos es verdad mientras dura. Las pocas veces que una de mis letras promete algo en futuro, lo promete a sí misma, no a otro. Lo guardaré. Me olvidaré. Seguiré. Son promesas que dependen solo de quien las hace.

Ya lo dejaré: el futuro que aplaza

Hay un futuro muy español que en realidad significa nunca.

Ya te llamaré. Ya quedaremos. Ya veremos. Cualquiera que haya vivido en España sabe que esas frases, dichas con cierta entonación, son una forma amable de cerrar una puerta. El futuro funciona aquí como un almacén: se mete en él lo que no se quiere hacer ahora, y se deja ahí hasta que se olvida.

En «Bareback» aparece este futuro con todo su descaro: «Ya lo dejaré para otro momento». Ese ya delante es la clave. Sin él, dejaré para otro momento sería un plan. Con él, es un aplazamiento indefinido. El pequeño adverbio le quita al futuro toda su fuerza de compromiso y lo convierte en una excusa elegante.

Me parece uno de los usos más sociales de la gramática. Nadie dice no quiero. Se dice ya lo haré, y el otro entiende perfectamente. Es un pacto tácito para no hacer daño, o para no tener que dar explicaciones. Y en una canción funciona como un guiño: quien lo escucha sabe que ese otro momento no va a llegar.

También tiene su lado triste. Hay cosas que vamos dejando para otro momento durante años: una llamada pendiente, una conversación con la familia, una cita con el médico, pedir ayuda. El ya lo haré puede ser una forma de cuidarse cuando algo todavía no toca. Pero también puede ser una forma de no mirar algo que lo necesita. Saber distinguir una cosa de la otra es parte de hacerse mayor.

Harás: el futuro que manda

Hay un uso del futuro que conocemos desde la infancia, aunque no lo identifiquemos como tal: el de las órdenes.

Collage con un detalle de la carátula de «Scott Bonehill» y las carátulas de «Otro bombardeo», «Me rindo», «Voy a olvidarme de ti», «Escupiré sobre tu tumba»

No matarás. No robarás. Honrarás a tu padre y a tu madre. Los mandamientos, en la versión que se aprendía en el catecismo, están en futuro. Y nadie entiende que se trata de una predicción. Se entiende que es una orden, más solemne todavía que un imperativo, porque da por hecho que se va a cumplir.

En mis letras este futuro aparece con un tono mucho menos bíblico. En «Manual de escape de un narci» el consejo final es ignóralo fuerte, lo harás colapsar. Ese harás va más allá de predecir. Es una instrucción con garantía: si haces esto, pasará aquello. En «No quiero otro novio cojín» aparece en otro registro, casi de sermón irónico: harás que te interesen sus necesidades.

Me gusta este futuro porque es el tiempo de los manuales, las recetas y los consejos de madre. Llegarás a casa y te pondrás el pijama. Te tomarás algo caliente. Mañana lo verás de otra manera. Es un futuro que cuida, o que intenta cuidar, imaginando por adelantado el momento en que las cosas estarán mejor.

Dirán: el futuro de los demás

Hay un futuro que no habla de lo que haré yo, sino de lo que dirán de mí. Es el más antiguo de los miedos sociales, y tiene incluso nombre propio en español: el qué dirán.

En «Nadie hablará de mí cuando haya muerto» el título entero está construido sobre ese futuro. Y en mitad de la letra aparece la frase que se imagina en boca de otros: «Ya sabes, tenía su carácter». Es el resumen que alguien hará de mi vida cuando yo no esté. Un pasado contado desde un futuro imaginado, con ese tenía su carácter que en España sirve para decir con educación que alguien era difícil.

Me hace gracia y me da vértigo a la vez. Escribir lo que dirán de ti es una forma de adelantarte. Si ya lo he puesto yo en una canción, con mis palabras y mi ironía, ya no pueden sorprenderme. El futuro de los demás se vuelve, de pronto, mío.

Mucha gente LGTBI ha crecido con ese futuro pegado a la nuca. Qué dirán en el pueblo, qué dirán en el colegio, qué dirán en la familia. Y una parte de hacerse libre consiste en dejar de vivir en el futuro de los otros. Que digan lo que quieran. Lo que yo haga hoy es asunto mío.

Adonde fueres: el futuro que desapareció

El español tuvo un tiempo verbal que hoy casi nadie usa y que, sin embargo, todos sabemos reconocer: el futuro de subjuntivo.

Son formas como fuere, hiciere, amare. Durante siglos se usaron en el habla y en la literatura para hablar de hipótesis futuras. Hoy han quedado arrinconadas en dos refugios: los textos legales, donde todavía se lee el que cometiere tal delito, y los refranes. Adonde fueres, haz lo que vieres. Sea lo que fuere.

En mis letras no aparece, claro. Sonaría a notario. Pero me gusta pensar en él como en una especie de fantasma gramatical. Un futuro que se murió de viejo y que solo sobrevive en frases hechas, como esas palabras de abuela que ya no usa nadie pero que todos entendemos.

Cada vez que escribo una letra, elijo entre los futuros vivos. Y me acuerdo de que la lengua también tiene sus cementerios, como el de esa canción sobre la que nadie hablará cuando yo me haya muerto. Hasta los tiempos verbales acaban olvidados.

Había de recordar: el futuro visto desde el pasado

Hay un truco narrativo que me ha enseñado mucho sobre cómo escribir el tiempo: contar el futuro desde el pasado.

Ficha de la canción «Scott Bonehill» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Gabriel García Márquez abre «Cien años de soledad», publicada en 1967, con una de las frases más famosas de la literatura en español: muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. En una sola oración hay tres tiempos: el futuro del fusilamiento, el pasado del hielo y un había de que hace de bisagra entre los dos.

Ese había de recordar es, curiosamente, el mismo mecanismo que dio origen a nuestro futuro: haber de más infinitivo. García Márquez lo usa para crear destino. El lector sabe desde la primera línea lo que va a pasar, y aun así quiere leer.

En las canciones hago algo parecido cuando una letra empieza por el final. Cuando ya se sabe que la relación no va a funcionar y aun así se cuenta cómo empezó. La primera vez que lo intentamos, ese verano, dice «Scott Bonehill» al final, y el oyente ya sabe cómo acaba la historia porque la ha oído antes. El futuro, en las canciones, es a veces lo que ya se conoce.

Todo mejora: el futuro que salva

Y llego al futuro que más me importa de todos. El que se le dice a alguien que lo está pasando mal.

En 2010, después de varios suicidios de adolescentes que sufrían acoso por ser gais o parecerlo, el periodista estadounidense Dan Savage y su marido, Terry Miller, grabaron un vídeo dirigido a jóvenes LGTBI. El mensaje era una frase en futuro: it gets better. Mejora. Todo mejora, como se ha difundido en español. Miles de personas grabaron después sus propios vídeos contando que a ellas también les había mejorado la vida.

Esa campaña recibió críticas, y algunas eran justas: decirle a un adolescente que espere no basta, hace falta cambiar las cosas ahora, en los colegios, en las familias, en las leyes. Pero tenía razón en algo esencial. Cuando todo duele, el presente ocupa todo el espacio. No se ve el después. Y a veces lo que más ayuda es que alguien te preste su futuro, que te diga yo estuve ahí y no se quedó así.

En «Entre cuatro paredes» la última línea es una forma pequeña de ese futuro: tal vez algún día logre despertar. No usa el futuro simple. Usa un subjuntivo, con un tal vez delante, que es la forma más humilde de esperar algo. No promete. Desea. Y en ese deseo, aunque sea tímido, ya hay un mañana.

Si estás leyendo esto en un momento en que el futuro no se ve, quiero decírtelo claro: pedir ayuda funciona. En España, el 024 atiende a cualquier persona que esté pensando en hacerse daño o que esté preocupada por alguien, de forma gratuita, confidencial y a cualquier hora. Si hay un peligro inmediato, el 112. Para jóvenes, la Fundación ANAR atiende en el 900 20 20 10. Y fuera de España, el número de emergencias local.

Lo que todavía no ha pasado

Vuelvo a «Scott Bonehill», al chico que sospecha que no es moderno y repite que no está preparado.

Lo que me gusta de esa canción es que no se resuelve. No dice qué pasará con la relación. Se queda en las sospechas en futuro y en el presente obstinado de no estoy preparado. Y creo que esa es una manera muy honesta de contar el miedo al futuro: no inventarse el final. Dejarlo en el aire, con sus serás y sus vas a.

Escribir canciones es, en buena parte, decidir qué tiempo verbal le das a cada cosa. El pasado para lo que ya no tiene remedio. El presente para lo que está pasando. Y el futuro para todo lo demás: para sospechar, para amenazar, para profetizar, para mandar y, sobre todo, para prometer.

Yo intento prometer poco y cumplir lo que prometo. Pero hay un futuro que me permito siempre, aunque sea en futuro de conjetura: será que todavía queda algo bueno por escribir. Y será que alguien, alguna vez, lo leerá en el momento justo.

Preguntas frecuentes

¿Qué es el futuro de conjetura? Un uso del futuro simple que no habla del porvenir sino de una suposición sobre el presente, como en serán las diez o será que no soy moderno. La gramática académica lo llama también futuro de probabilidad.

¿De dónde viene el futuro simple en español? De una perífrasis del latín hablado formada por el infinitivo y el verbo haber, del tipo amare habeo. Con el tiempo las dos palabras se soldaron, y amar he dio amaré.

¿Qué es el futuro de subjuntivo? Un tiempo verbal con formas como fuere, hiciere o amare, que hoy apenas se usa. Sobrevive en textos legales y en refranes como adonde fueres, haz lo que vieres.

¿Qué canción de Mike Sain't Louis dice «será que no soy moderno»? «Scott Bonehill», del disco «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK», sobre una pareja en la que uno quiere abrir la relación y el otro repite que no está preparado.

¿Dónde pedir ayuda si el futuro no se ve? En España, en el 024, gratuito, confidencial y disponible las 24 horas. Si hay un peligro inmediato, en el 112. Para niños y adolescentes, en la Fundación ANAR, 900 20 20 10. Fuera de España, en el número de emergencias local.

¿Quién escribe estas canciones? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, que se presenta como el primer cantautor IA. La música y las voces de sus canciones se hacen con inteligencia artificial.

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