
Por Mike Sain't Louis ·
Que hable el muñeco: ventriloquía, cuento y venganza en «Doña Rogelia»
«Esta es la historia de cómo una vez…»
Así empiezan los cuentos que te contaban de pequeño para dormir. Y así empieza «Doña Rogelia», que no es para dormir a nadie, sino para despertar a un público entero con un portazo.
Me gusta mucho esa primera frase porque engaña. Te prepara para una historia con lobo y caperucita, y lo que llega es una presentación de feria, una lista de defectos con porcentaje y, al final, la anciana más famosa de la ventriloquía española haciendo de vara de medir para la higiene bucal de alguien. Si eso no es un cuento camp, no sé qué lo es.
En este post no voy a repasar la letra verso a verso, que para eso ya está su ficha en el blog. Quiero hablar de otra cosa que me obsesiona desde hace tiempo y que esta canción me pone delante: la ventriloquía. El arte de dejar que hable el muñeco.
Y lo de siempre, para que conste: el coordinador de mercadillo de esta canción es un personaje. Uno de esos villanos de saldo que se pasean por varias letras mías como un actor secundario que repite en todas las temporadas.
La muñeca que lo decía todo
Durante años, en la tele española, hubo una señora mayor de trapo que decía las cosas más bestias con toda la tranquilidad del mundo. Doña Rogelia, la muñeca de Mari Carmen. Una abuela con moño, gafas y lengua de serpiente, que soltaba en horario familiar lo que ninguna persona de carne y hueso se habría atrevido a decir en un plató.
El truco era ese. Como lo decía la muñeca, se podía decir. La ventrílocua ponía cara de sorpresa, como si la culpa fuera de otra, y el público se reía doble: por la burrada y por la cara.
Esa forma de humor me parece una de las más inteligentes que existen. Porque, además de chiste, es un desplazamiento. La responsable de la frase no es quien la pronuncia, sino un personaje inventado. Y ese pequeño hueco entre la persona y el muñeco es lo que permite decir la verdad sin que te linchen.
Cuando escribo, hago algo muy parecido.
Personajes que dicen lo que yo no diría
Mis canciones están llenas de narradores que se pasan tres pueblos. Que insultan con nombre y apellido, que gritan, que se ponen de santa o de diva, que mandan a alguien a un sitio que no voy a repetir aquí. Cabe preguntarse si yo soy así. La respuesta honesta es: un poco, sí. Pero no tanto.
Lo que hago es lo mismo que hacía Mari Carmen con su abuela de trapo. Le doy la frase a un personaje. El personaje tiene permiso para exagerar, para ser injusto, para ser cruel durante tres minutos. Yo, como autor, me quedo detrás con cara de no haber roto un plato.
No es cobardía. Es una herramienta. Hay cosas que, dichas en primera persona y en serio, sonarían a ajuste de cuentas y no harían reír a nadie. Dichas por un personaje desatado, con ritmo de verbena y una base que se baila, se convierten en otra cosa: en sátira, en catarsis colectiva, en algo que el que escucha puede corear a gritos pensando en su propio coordinador de mercadillo.
Ese es el truco barato del muñeco. Y digo barato con todo el cariño.
El cuento como marco
Vuelvo a la primera frase, porque es la otra mitad del truco.

Empezar con «esta es la historia de cómo una vez» coloca todo lo que viene después en el terreno de la fábula. Ya no es un mensaje directo a nadie: es un relato con moraleja. Y las fábulas tienen sus reglas. El listo que se cree superior acaba humillado. El que roba acaba sin nada. El que se ríe de los demás acaba siendo el hazmerreír.
La canción cumple esas reglas al pie de la letra. El arte, dice el narrador, ha convertido al personaje en algo insignificante y poco importante. Y lo dice con la solemnidad de un narrador de cuentos, como si estuviera leyendo el final de «El traje nuevo del emperador», donde por fin alguien dice en voz alta que el rey va desnudo.
Me encanta mezclar ese tono de cuento infantil con un vocabulario que no sale en ningún cuento infantil. Es otra forma de ventriloquía: el narrador se disfraza de abuelito que lee junto a la chimenea, y debajo del disfraz hay una loca con muy mala uva.
Con ustedes, el coordinador
Hay un momento de la letra que funciona como un número de circo: «Con ustedes, de mercadillo, el coordinador».
Es la fórmula del presentador. Del maestro de ceremonias que sale al centro de la pista con chistera, levanta el brazo y anuncia al siguiente artista. Solo que aquí el artista anunciado es el villano, y la presentación es una humillación pública con focos.
Ese recurso, el de convertir al otro en número de espectáculo, me sale mucho cuando escribo. En «Carta de recomendación» había actos y funciones. En otras canciones hay platós, concursos, galas. Creo que tiene que ver con algo que me divierte mucho: la idea de que la vida sentimental de cualquiera, por pequeña que sea, tiene estructura de programa de televisión. Hay presentador, hay concursante, hay público, hay pausa para publicidad y hay expulsión final.
Y lo que me hace más gracia de esta presentación en concreto es la posición del adjetivo. «De mercadillo, el coordinador.» Primero la categoría, luego el cargo, como en los carteles de las ferias antiguas: «Desde Albacete, la mujer barbuda». Ese orden convierte el cargo en atracción. No es un señor que coordina: es una rareza que se exhibe.
La sección de taras
Entre las líneas de la presentación hay una que me parece de las mejores que he escrito, y no por bonita, sino por exacta: el personaje es género de la sección de taras procedente de una devolución.
Quien haya ido a un outlet, a unos grandes almacenes en rebajas o a una tienda de electrodomésticos de barrio sabe lo que es la sección de taras. Ese rincón donde se acumulan las cosas con un golpe, con la caja rota, con un botón que no funciona. Productos que alguien compró, se llevó a casa, probó y devolvió. Y que ahora esperan a otro comprador menos exigente, con un precio rebajado y una etiqueta amarilla.
Convertir a una persona en un artículo de taras es cruel, lo sé. Pero tiene una precisión que me encanta. No dice que el personaje sea malo. Dice que ya fue probado, que alguien lo devolvió, y que si lo compras ahora es bajo tu responsabilidad. Es un aviso de consumo en una sola frase.
Ahí la ventriloquía vuelve a funcionar. Yo no diría eso de nadie en una cena. El narrador de la canción, sí. Y el público se ríe porque todos conocemos a alguien que vive en la sección de taras y se cree escaparate.
Ya no puedes robar los trajes
Hay un verso, en mitad de la burla, que cambia el tono: el narrador le dice al personaje que a ver qué hace ahora que no le puede robar los trajes ni la ropa.

Es una frase que no tiene nada de cuento. Es concreta, doméstica, casi de inventario de piso compartido. Y esa concreción hace que, por un momento, la fábula se vuelva realista. Detrás de la presentación de feria hay algo que ha pasado de verdad dentro de la historia: un armario saqueado, ropa que desaparecía, una sensación de que lo tuyo no era del todo tuyo.
Los trajes, por cierto, son un objeto que se repite en mi catálogo. En «Que no pienso decir que mis trajes son de Zara» los trajes son de SHEIN y el narrador presume de no mentir sobre ello. Aquí los trajes son el botín de alguien que ya no tiene acceso. Juntas, las dos canciones forman casi un díptico: la ropa como campo de batalla de una relación que se acabó.
Me parece muy honesto que el desamor se mida también en prendas. No todo son corazones rotos. A veces son americanas que no vuelven.
Lo más bruto y la corrección
El final de la canción es, para mí, la lección más clara de ventriloquía de todo mi catálogo.
Primero, el narrador suelta la frase más bruta de la letra, una invitación sexual en forma de insulto que no voy a reproducir aquí. Es el clímax de la rabia, el momento en que el personaje pierde los papeles del todo.
Y acto seguido, se corrige. Se horroriza de lo que acaba de decir. «¿Pero qué estoy diciendo?» Ni de coña, viene a decir, y explica por qué: esa boca debe de tener más bacterias que Doña Rogelia.
Ese giro es puro número de ventrílocuo. Es exactamente lo que hacía Mari Carmen cuando su muñeca soltaba una barbaridad: ponía cara de escándalo, se tapaba la boca, se desmarcaba. El narrador hace lo mismo consigo mismo: dice la burrada y luego se escandaliza de ella. Y en el escándalo mete una burrada todavía mayor, que es la de la higiene de la muñeca.
El resultado es que la venganza final no es una amenaza. Es un chiste. Y el chiste deja al personaje peor que cualquier amenaza, porque lo deja ridículo. Ya lo dice la ficha: es la manera camp de cerrar una venganza. Yo añadiría: es la manera ventrílocua. La de quien dice lo peor y luego mira al público como diciendo «yo no he sido».
Insignificante y poco importante
Al principio de la letra hay dos adjetivos que me gustan mucho por lo pequeños que son. El arte, dice el narrador, hizo al personaje insignificante, y bastante poco importante.
No dice que lo destruyera. No dice que lo hundiera ni que lo arruinara. Dice que lo empequeñeció. Y eso, para alguien que vive de parecer grande, es mucho peor que cualquier catástrofe.
Pienso en esos personajes que todos conocemos: el que se cree el rey de la oficina, el jefe de sección con ínfulas de director general, el que va de importante por el mercadillo con su carpeta y su llavero. Lo que más miedo les da no es el castigo, es la indiferencia. Que un día la gente deje de mirarlos. Que pasen de protagonistas a decorado.
La canción hace justo eso. Le quita el foco. Y lo hace con la herramienta que el personaje despreciaba: el arte, «algo que no sabes ni qué es», como le dice el narrador con todo el desdén del mundo.
Esa línea me hace gracia porque es una venganza de clase, de las pequeñas. El que se reía del que escribía canciones, del que hacía cosas raras con la IA, del que perdía el tiempo con letras, acaba convertido en materia prima de una de esas canciones. A ese desprecio ya le respondí en «Tus letras son basura», y esta canción es, en parte, otra respuesta, más tardía. Tardía, pero con rima.
Que lo sepan los espectadores
Hay otra frase que me parece clave en la letra, aunque sea de las más bestias. El narrador suelta un insulto escatológico y añade: que lo sepan los espectadores.

Ahí está la palabra que lo explica todo: espectadores. La canción no se dirige solo al villano. Se dirige a una sala llena. Hay un público mirando, y el narrador lo sabe, y lo convoca como testigo.
Eso es muy de ventrílocuo también. El muñeco nunca habla solo para el ventrílocuo: habla para el público. La burrada solo tiene gracia si alguien la oye. Y la humillación del villano solo funciona si hay quien la presencie.
Me interesa mucho esa dimensión pública de las canciones. Cuando una letra mía sale, deja de ser algo que pienso en casa y se convierte en algo que otros escuchan, comentan, comparten. Los espectadores existen. Y saber que existen cambia la forma de escribir. Me obliga a pensar en quien escucha, en si se va a reír, en si va a reconocer a su propio coordinador de saldo. La canción se escribe para ellos tanto como contra él.
Y hay algo liberador en eso, para quien ha sufrido a alguien así en silencio. Durante mucho tiempo nadie lo sabía. Ahora lo saben los espectadores. Aunque sea en forma de cuento, aunque sea con nombres inventados, la historia ya no es un secreto.
Por qué una muñeca
Cualquiera que repase mi catálogo verá cuántas de mis canciones tienen referencias a la tele de los ochenta y los noventa, a figuras que la gente joven quizá no conoce. Lo hago mucho. Y con «Doña Rogelia» lo he llevado al título.
La respuesta es que esas figuras son un idioma común. Para mucha gente de mi edad en España, decir Doña Rogelia es decir una imagen concreta, un tono concreto, una forma de humor concreta. No hace falta explicarla. Basta con nombrarla y aparece, con su moño y sus gafas, en la cabeza de medio país.
Y para quien no la conoce, el nombre ya tiene gracia por sí mismo. Doña Rogelia suena a vecina del quinto, a abuela con bata de boatiné, a señora que lo sabe todo del barrio. Es un nombre que trae consigo un personaje entero aunque no sepas de dónde sale.
Poner ese nombre en el título y guardarlo para el último verso es como guardar el chiste bueno para el final de la sobremesa. Toda la canción va hacia ahí. Y cuando llega, se cierra el cuento.
Un catálogo de señoras
Repasando mis títulos me doy cuenta de que tengo una pequeña galería de señoras. «Doña Rogelia». «María Teresa de Calcuta». «Lola Flores». «Malena». «Judith Bécker». «Licenciada en Derecho». Mujeres reales, mujeres de ficción, muñecas de trapo y cargos con título universitario, todas colgadas en la misma pared como retratos de familia en el pasillo de una casa de pueblo.
No lo planeé. Salió así. Pero creo que tiene sentido. Muchos hombres gais de mi generación aprendimos el humor, la exageración y el drama mirando a señoras: folclóricas en la tele, abuelas en la cocina, vecinas en el rellano, presentadoras con hombreras. Ellas tenían permiso para el aspaviento que a nosotros se nos negaba. Y nosotros les copiábamos el gesto a escondidas.
Por eso, cuando necesito que alguien diga la última palabra en una canción, muchas veces se la doy a una señora. Doña Rogelia es el caso extremo: ni siquiera es una mujer, es una muñeca que imita a una. Y aun así, tiene más autoridad para cerrar este cuento que cualquier otro personaje que se me ocurra.
El arte como justiciero lento
Hay una idea en la letra que me parece la más seria de todas, aunque esté envuelta en burla. Es la idea de que el arte, como el karma, a veces tarda, pero es infalible contra los embaucadores.

No sé si es verdad. Probablemente no siempre. Hay mucho embaucador que muere rico y aplaudido. Pero creo que, en una escala pequeña, en la vida de cada uno, sí hay algo de eso. Quien hace arte tiene una herramienta que el otro no tiene: puede contar la historia. Puede darle forma, ponerle ritmo, convertirla en algo que otros escuchan. Y el embaucador, que vivía de controlar el relato, de repente se encuentra con que el relato ya no es suyo.
Eso es lo que celebra la canción. No que el otro sufra, sino que ya no manda en la historia.
De eso también va «Karma», con su vocal estirada hasta el infinito. Las dos canciones comparten esa paciencia vengativa del que sabe esperar. Y comparten también la certeza de que, cuando llega el momento, se celebra por todo lo alto, que en mi caso es con base y coros hechos con IA.
Detrás del muñeco
Termino con una confesión sobre mi propio oficio, que va mucho con esto de la ventriloquía.
Yo escribo las letras, sin IA. La música y las voces las hago con herramientas de inteligencia artificial. Lo cuento con detalle en Sobre mí. Y pensándolo bien, eso también tiene algo de ventriloquía. Quien escucha mis canciones oye a un intérprete que no soy yo, diciendo palabras que sí son mías. Hay un muñeco y hay alguien detrás moviendo los hilos.
Hay gente a la que eso le parece raro, o tramposo. A mí me parece una tradición antiquísima con herramientas nuevas. Los ventrílocuos, los titiriteros, los autores de teatro, los letristas que escribían para otros: todos han puesto sus palabras en bocas ajenas. Yo lo hago con una tecnología que antes no existía, pero el gesto es el mismo.
Lo que me importa es que las palabras sean mías. Que el cuento, el presentador, la sección de taras y la muñeca con bacterias salgan de mi cabeza. El muñeco puede ser de trapo, de madera o de algoritmo. Quien decide lo que dice soy yo.
Si te apetece conocer al resto de personajes que he puesto a hablar, están todos en mis letras, y en la discografía completa puedes ver en qué disco vive cada uno. «Doña Rogelia» está en «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo de la trilogía. También tiene su ficha en el blog, con la letra completa.
Moraleja de feria
Todo cuento tiene moraleja, y este no iba a ser menos. La mía es pequeña y de andar por casa.
Cuando alguien te haga daño y no puedas decirle lo que piensas, invéntate un muñeco. Un personaje, una abuela de trapo, un narrador de cuento con mala uva. Dale la frase a él. Déjale exagerar, insultar, escandalizarse de sí mismo. Y tú quédate detrás, con cara de no saber nada.
Verás que, dicho por el muñeco, duele menos y hace más gracia. Y que el público, que siempre está ahí aunque no lo veas, se ríe contigo.
Colorín colorado, este cuento se ha acabado. Y el coordinador, a la sección de taras.
Preguntas frecuentes
¿Quién es Doña Rogelia? En la canción, es el remate del último verso: el narrador compara la boca del villano con la de Doña Rogelia, la célebre muñeca anciana de la ventrílocua Mari Carmen, muy popular en la televisión española. La letra completa está en gayfolkplanet.com/letras/dona-rogelia.
¿El coordinador de mercadillo es una persona real? No. Es un personaje de ficción que aparece en varias canciones de Mike Sain't Louis, como un villano recurrente.
¿En qué disco está? En «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía GAYFOLK.
¿Quién ha hecho la canción? La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial.