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Por qué regalo mis canciones: las descargas gratuitas, de la cinta grabada al botón de mi web

Todas mis canciones se pueden descargar gratis. No una selección, no un adelanto de treinta segundos, no «tres temas de regalo si te suscribes al boletín». Las 273, una a una, con su portada. Y los tres discos de la trilogía GAYFOLK, cada uno en un archivo comprimido que te bajas de un golpe. Al mismo tiempo, esas mismas canciones están en Spotify y en Deezer, como las de cualquier artista.

Hace unos días escribí por qué regalo mis discos, y allí hablé sobre todo de lo que pierdo al hacerlo y de lo que no tengo resuelto. Hoy quiero contar otra parte de la historia: a quién pienso cuando dejo una canción a un clic, de dónde viene esta costumbre de pasarse música de mano en mano y cómo funciona en la práctica, paso a paso, en mi web.

Dos puertas para la misma canción

Empiezo por lo que no es esto, porque a veces se entiende mal. No es una protesta contra las plataformas. Me gusta que mi música esté en Spotify y en Deezer. Ahí la gente hace sus listas, descubre cosas por recomendación, se encuentra conmigo entre otros artistas. Cada escucha ahí cuenta y me alegra.

Pero una plataforma es una puerta con portero. Para entrar del todo, con la música guardada en el móvil y sin interrupciones, hay que pagar cada mes. La versión gratuita existe, con sus anuncios y sus limitaciones, y está bien que exista. Aun así, la canción no es tuya: es un préstamo que dura lo que dure tu cuenta y lo que dure el acuerdo entre la plataforma y quien distribuye.

La descarga es la otra puerta, la que no tiene portero. Entras, te llevas el archivo y ya está. No hay mes que renovar ni contraseña que recordar. Si mañana cambias de aplicación o de teléfono, la canción se viene contigo.

Hay además un matiz que me importa como letrista. Un archivo descargado es siempre la misma canción. Nadie la recorta, nadie le pone un anuncio en medio del estribillo, nadie decide que deja de estar disponible en tu país. Suena exactamente como la publiqué, con su título y su portada, y así seguirá sonando dentro de diez años si la guardas.

Quiero que existan las dos puertas a la vez. Quien prefiera escucharme en una plataforma, que lo haga, y le doy las gracias. Quien no pueda o no quiera, que no se quede fuera por eso.

En quién pienso cuando dejo una canción a un clic

Buena parte de la gente para la que escribo vive al otro lado del Atlántico. Escribo en español para un público que está en España y en Europa, pero también en México, en Argentina, en Colombia, en Chile, en Perú, en tantos sitios donde se habla el idioma en el que pienso las letras. Y sé, sin necesidad de inventarme cifras, que en muchos de esos lugares una suscripción mensual no es un gasto pequeño. Compite con la recarga del móvil, con el transporte, con cosas que no se pueden saltar.

Pienso también en la gente joven, esté donde esté. El chaval de dieciséis años que todavía no tiene tarjeta propia. La estudiante que comparte cuenta con tres amigas y no puede guardar nada sin que la expulsen de la sesión. El chico que vive en un pueblo donde el wifi va y viene y los datos se acaban a mitad de mes. Para esa gente, poder bajarse una canción en casa de alguien, con buena conexión, y escucharla luego sin gastar nada, no es un detalle: es la diferencia entre escucharme o no.

Y hay otra persona en la que pienso mucho. La que todavía no puede escuchar ciertas cosas delante de los demás. Mi música es queer, es camp, tiene letras que hablan de sexo sin pedir permiso. Hay quien no quiere que esas canciones aparezcan en el historial de una cuenta familiar o en el «escuchando ahora» que ven sus contactos. Un archivo guardado en una carpeta propia, escuchado con auriculares, es mucho más discreto. No me corresponde a mí decidir cuándo alguien está listo para que se sepa lo que escucha. Me corresponde no ponérselo difícil.

Una costumbre más vieja que internet

Nada de esto me lo he inventado yo. La música siempre ha viajado así, de mano en mano, y muchas veces sin pasar por caja.

Durante décadas, la forma más común de hacerle un regalo musical a alguien fue grabarle una cinta. Una casete virgen, la radio encendida con el dedo sobre el botón de grabar, la espera de que el locutor se callara antes de que empezara la canción. O un disco prestado copiado en un aparato de doble pletina, con la lista de canciones escrita a mano en la cartulina de la caja. Aquellas cintas no se vendían: se regalaban, se intercambiaban, se perdían en la guantera de un coche y aparecían años después.

Una cinta grabada para alguien era casi una carta. Importaba el orden: qué canción abría la cara A, cuál cerraba la cara B, qué tema ponías justo después de una balada para que nadie se deprimiera más de la cuenta. Quien la recibía entendía que alguien había dedicado una tarde entera a pensar en él. No hacía falta que la canción fuera nueva ni que el regalo costara dinero. Lo que contaba era el gesto de elegir.

Luego llegó el mp3, que cambió el tamaño del regalo. De pronto cabía una discografía en un CD grabado, después en una memoria USB, después en un teléfono. La música se pasaba por cable, por bluetooth entre móviles en el patio del instituto, por carpetas compartidas. Hubo mucho desorden en aquella época, y no todo fue justo con los artistas. Pero la costumbre de fondo era la misma de siempre: esto me ha gustado, toma, escúchalo tú.

Lo que yo hago es quitarle a esa costumbre la parte turbia. No hace falta piratear nada, porque el que escribió la letra te lo da directamente. Puedes bajarte una canción y pasársela a quien quieras con toda la tranquilidad del mundo. Es más: te lo pido.

Regalar no es tirar

Hay una diferencia entre regalar y malvender, y para mí es importante. Malvender es poner tu trabajo a precio de saldo porque no crees que valga más. Regalar es decidir que lo que tiene valor merece llegar a alguien sin condiciones.

Detrás de cada una de esas 273 canciones hay una letra que escribí, reescribí y taché; una producción que dirigí con Suno hasta que la música y la interpretación vocal encajaron con lo que tenía en la cabeza; una portada; muchas horas de escucha antes de publicar. Tardé unos dos años en sacar los singles y los videoclips. Nada de eso se hizo deprisa ni por cumplir.

Precisamente por eso no quiero que el precio sea lo que decida quién lo oye. Un regalo dice algo de quien lo da: que piensa que lo que entrega merece la pena. Si creyera que mis canciones no valen nada, no me tomaría la molestia de prepararlas una a una para que se puedan bajar con su portada y su título bien escrito. Las regalo porque les tengo cariño, no a pesar de él.

Y un regalo bien hecho no obliga a nada. No te bajas una canción mía y contraes una deuda. No tienes que escribirme, ni seguirme, ni dejar una reseña de cinco estrellas. Si te gusta, estupendo. Si no te gusta, la borras y no ha pasado nada. Me parece una relación mucho más sana que la de esas ofertas que te regalan algo y luego te persiguen durante meses para que lo pagues de otra forma.

En «La música me está salvando» hay un grito que resume muy bien lo que la música hace a veces por la gente:

¡La música me está salvando! ¡La música me está elevando!

Si una canción puede hacer eso, aunque sea por una tarde, me parecería muy raro poner una barrera de pago justo delante.

Qué gano yo

Sería hipócrita decir que no gano nada. Gano cosas, solo que no son las que se miden con una calculadora.

  • Oyentes que no habría tenido nunca. Cada descarga es alguien que quizá no habría llegado a mí por ninguna otra vía. Algunos se quedarán en una canción. Otros acabarán buscando la siguiente.
  • Canciones que se mueven solas. Un archivo descargado se puede reenviar, poner en una fiesta o meter en la lista de otra persona. Hace un trabajo de difusión que yo no sabría hacer.
  • Escuchas sin intermediarios. Cuando alguien se baja una canción desde mi web, la relación es directa: yo la ofrezco, tú la eliges. Sin algoritmo que decida por ninguno de los dos.
  • Un catálogo que no depende de nadie. Mientras mi web exista, mis canciones estarán disponibles en las condiciones que yo he elegido.

Y quien quiera devolver algo, puede. Hay una página para apoyar mi música con Ko-fi, PayPal o Bizum, la cantidad que cada uno elija y sin ninguna obligación. Ahí también cuento formas de ayudar que no cuestan dinero: compartir una canción, seguirme y guardar los temas en las plataformas. Lo digo una vez y no vuelvo a insistir, porque un regalo con letra pequeña deja de ser un regalo.

Cómo descargar mis canciones en mikesaintlouis.com

Vamos a lo práctico. Todo está en la sección Descargas, y funciona sin registrarse, sin dar el correo y sin pagar.

  • Los discos enteros. En mikesaintlouis.com/descargas están los tres discos de la trilogía GAYFOLK, en orden: «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK», «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK» y «El día de la liberación». Cada uno tiene su botón «Descargar el disco (ZIP)». Te bajas un archivo comprimido, lo abres y dentro están todas las canciones.
  • Los singles, uno a uno. En mikesaintlouis.com/descargas/singles están los 273, cada uno con su portada y su propio botón. Hay un buscador arriba: escribes un trozo del título y aparece. Si buscas algo concreto, es lo más rápido.
  • Desde la entrada de cada canción. Cada single tiene su entrada en el blog, y debajo hay un botón que dice «Descarga este single gratis». Si estás leyendo sobre una canción y te apetece llevártela, no tienes que salir de la página.

Cuando pulsas el botón, el archivo empieza a bajarse sin que tengas que salir de mi web. Los singles llegan como un archivo de audio que se abre con cualquier reproductor. Los discos llegan en ZIP, y ahí conviene saber un par de cosas. En el ordenador basta con hacer doble clic para descomprimirlo. En el móvil, casi todos los gestores de archivos que vienen instalados abren los ZIP sin problema: lo buscas en la carpeta de descargas, lo tocas y eliges extraer. Después, las canciones aparecen como cualquier otro audio guardado en el teléfono.

Si algo falla, que a veces pasa con las conexiones, no te preocupes: la web te manda a una página alternativa de descarga en gayfolkplanet.com, la otra casa de Planeta Gayfolk, para que no te quedes sin la canción.

Si te asusta la cantidad, no hace falta bajarlo todo de una vez. Empieza por un disco, o por tres o cuatro singles cuyo título te haga gracia, y ve tirando del hilo. Las canciones no caducan ni desaparecen de la sección de descargas, así que puedes volver cuando quieras a por más.

Un consejo para quien esté con el móvil: si tus datos van justos, descarga con wifi y escucha después cuando quieras. Y otro para quien no sepa por dónde empezar: prueba con «Vas a escuchar un disco muy raro», que avisa desde el primer verso de lo que te espera:

Si vienes con prejuicios, échate a un lado.

Si después de ese aviso sigues ahí, ya sabes dónde está el resto. Bájatelas, escúchalas en el autobús o a escondidas, pásaselas a quien te apetezca. Para eso las hice.

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