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Por qué regalo mis discos

Cada cierto tiempo alguien me pregunta, con cara de preocupación sincera, por qué dejo descargar gratis la trilogía GAYFOLK. Los tres discos enteros, más los singles, sin registro, sin pedir un correo, sin ese formulario que te promete «contenido exclusivo» y luego te llena la bandeja de entrada. Entras en mikesaintlouis.com/descargas, o en gayfolkplanet.com, le das al botón y te los llevas.

La pregunta suele venir con una segunda pregunta escondida: ¿no te estás infravalorando? Y es una pregunta justa. Así que voy a intentar contestarla sin hacerme el santo, porque no lo es.

La idea del cajón

Empiezo por lo que creo, y después voy a lo que pierdo.

Una canción que nadie escucha se parece mucho a una canción que no existe. Está escrita, está producida, tiene su portada y su videoclip, pero si se queda guardada esperando a que alguien pague por ella, en la práctica está en un cajón. Y un cajón es un sitio muy cómodo para una canción y muy triste a la vez.

Yo prefiero que viajen. Que alguien se baje un disco en Madrid y se lo pase a una amiga que vive en otro país, que esa amiga lo meta en el móvil y lo ponga en una cena, y que en esa cena alguien pregunte qué es eso. Ese camino no lo puedo planificar ni controlar. Solo puedo quitar obstáculos para que sea posible. Y el primer obstáculo, casi siempre, es el precio. El segundo es tener que registrarse.

El registro me parece todavía peor que cobrar. Cobrar es honesto: das algo y pides algo. Pedir un correo a cambio de una canción es cobrar sin decirlo, porque luego ese correo se usa para algo. No quería hacer eso.

Lo que pierdo

Pierdo dinero, claro. No sé cuánto, porque no hay forma de saber cuánta gente habría pagado. Pero algo pierdo, y no voy a fingir que me da igual. Tengo un sello discográfico propio, MIKE SAIN'T LOUIS, y un sello también tiene que salir a cuenta en algún momento. La música sigue en Spotify, Deezer y YouTube, y eso ayuda, pero la descarga libre no deja nada en caja.

Pierdo información. Como no pido datos, no sé quién se baja los discos. No sé si son veinte personas o muchas más, ni de dónde son, ni si los escuchan o se quedan en la carpeta de descargas junto a los PDF que nunca abrimos. A veces me gustaría saberlo. Es raro dar algo y no saber a quién se lo has dado.

Y pierdo algo más difícil de nombrar, que es la percepción. Hay gente que piensa que lo gratis no vale. Que si lo regalas es porque no te atreves a ponerle precio. Eso me molesta, y a la vez entiendo de dónde viene. Vivimos rodeados de cosas gratis que en realidad nos están vendiendo algo, así que desconfiar de lo gratuito es casi sano.

Mi respuesta a eso no es un argumento. Es el trabajo. En unos dos años he publicado 273 singles y más de 280 videoclips que he dirigido yo. Nadie hace eso por dejadez. Si alguien cree que lo regalo porque no vale, que escuche un rato y decida.

Lo que gano

Gano que la música llegue a sitios a los que yo no sabría llevarla. Esa es la razón principal y casi la única.

También gano una cierta libertad conmigo mismo. Si no le pongo precio a un disco, no tengo que justificar ese precio. No tengo que pensar si la trilogía vale lo que cuesta un menú del día o lo que cuesta una entrada de cine. Me quito de encima una conversación con el mercado que no me apetece tener en cada canción.

Gano, creo, otro tipo de relación con quien escucha. Cuando alguien se baja algo sin dar nada, si vuelve es porque quiere. No porque haya pagado y sienta que tiene que amortizarlo. Esa vuelta voluntaria me parece más valiosa que una venta, aunque no se pueda meter en una hoja de cálculo.

Y gano una cosa pequeña y un poco egoísta. Me gusta pensar que en algún disco duro, en algún móvil viejo, en alguna memoria USB olvidada, hay una copia de «El día de la liberación» que seguirá ahí aunque cierren todas las plataformas. Las canciones descargadas sobreviven a los catálogos. Eso me tranquiliza más de lo que esperaba.

Lo que no tengo claro

No sé si esto es sostenible para siempre. Lo digo así de claro. Puede que dentro de un tiempo cambie de idea, o que encuentre una forma intermedia que no he pensado. No me gustan los manifiestos que no admiten rectificaciones, así que este tampoco es uno.

Tampoco sé si regalar funciona igual con todos los formatos. Con una trilogía que está pensada como una historia en tres actos, tiene mucho sentido que alguien se la lleve entera y la escuche cuando quiera. Con un single suelto, quizá la descarga importa menos y lo que importa es que suene en cualquier sitio. No lo tengo resuelto.

Lo que sí tengo claro es la prioridad. Antes que vender una canción, quiero que la canción se mueva. Que salga de mi ordenador, que cruce un océano en un mensaje de WhatsApp, que suene en una cocina que no conozco. Si después de todo eso alguien quiere apoyar lo que hago, ya sabrá cómo. Y si no, la canción habrá hecho igualmente su trabajo, que es ir de un sitio a otro.

Los discos y los singles están en mikesaintlouis.com/descargas.

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