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«No es por ti, es por mí»: las excusas del que no está preparado en Scott Bonehill

Hay frases que ya no significan nada de tanto usarlas. «No es por ti, es por mí» es probablemente la reina de todas. La hemos oído en películas, en series, en conversaciones de bar y en mensajes de madrugada. Casi siempre quiere decir lo contrario de lo que dice: es por ti, pero no me apetece discutirlo.

Por eso me interesa tanto cómo arranca Scott Bonehill. La canción abre con esa frase, pero la usa al revés. Aquí nadie la pronuncia para irse. La pronuncia alguien que se queda, que pide paciencia y que, en lugar de echar la culpa fuera, se la carga entera a la espalda. No es una despedida educada: es una confesión.

En la ficha de la canción ya conté de qué va la historia, y la letra completa está publicada. Aquí no quiero repetir ese recorrido. Quiero detenerme en otra cosa: en el idioma de las excusas, en lo que pasa cuando una pareja propone abrirse como quien propone cambiar los muebles de sitio, y en el derecho, tan poco defendido, a decir que no estás preparado para algo que a los demás les parece de lo más normal.

La frase que todos hemos oído

Las frases hechas de las rupturas funcionan como un formulario. Rellenas los huecos, firmas y te vas. Tienen la ventaja de que nadie tiene que inventar nada en un momento en el que inventar duele, y la desventaja de que suenan a mentira precisamente porque son de todos.

Lo curioso es que la frase, leída literalmente, es bastante honesta. Dice que el problema está en quien habla. Que el otro no ha hecho nada mal. Que el fallo es propio. Lo que la ha estropeado es el uso, no el significado.

La letra de Scott Bonehill rescata ese significado literal. Quien dice «es por mí» lo dice en serio. No está buscando una salida elegante. Está intentando explicar algo que le pasa por dentro y que no sabe cómo contar de otra manera. Y para contarlo coge lo primero que tiene a mano, que es la frase de siempre.

Me parece un gesto muy humano. Cuando no encuentras palabras propias, tiras de las heredadas. Y a veces las heredadas, puestas en el sitio justo, vuelven a decir lo que decían al principio.

Una disculpa que no deja a nadie

Lo que distingue esta letra de una canción de ruptura normal es la dirección. En las canciones de ruptura alguien se va, y la frase sirve para suavizar la salida. Aquí la frase sirve para frenar. El narrador no quiere marcharse; quiere que no le empujen.

Esa diferencia lo cambia todo. Una disculpa que acompaña una despedida es un trámite. Una disculpa que acompaña una petición de tiempo es un riesgo. Porque quien la dice se expone: reconoce que no está bien, que tiene problemas propios y que necesita que el otro tenga paciencia con ellos.

Y además lo hace sin dramatismo. No hay súplica ni lágrimas. Hay una especie de cansancio, de no querer molestar, que se nota desde el primer verso. El narrador pide perdón casi por existir, por ocupar espacio, por ser un problema. Es una forma de hablar que mucha gente reconocerá, porque es la forma en que habla quien lleva tiempo sintiéndose una carga.

La autoestima como argumento

En el segundo verso aparece la razón de todo, dicha sin rodeos: la autoestima está por los suelos. No se adorna ni se justifica. Se pone sobre la mesa como quien enseña un informe médico.

Fotogramas del videoclip oficial de «Scott Bonehill», de Mike Sain't Louis

Hay algo muy valioso en nombrar eso dentro de una pareja. Muchas relaciones se rompen por cosas que nadie llega a decir. Uno se encierra, el otro se aleja, y cuando por fin se habla ya no queda nada que salvar. Aquí, al menos, alguien lo dice a tiempo. Puede que no sirva, pero lo dice.

También hay algo triste en usar la autoestima como argumento. Es como decir: no me pidas nada más porque no tengo nada más que dar. Y eso, en una pareja, puede sonar a sinceridad o a chantaje, según el día y según quién lo escuche. La letra no decide por nosotros. Deja la frase ahí, desnuda, para que cada cual la lea como pueda.

Me gusta que la canción no convierta la baja autoestima en una virtud ni en un defecto. No hay moraleja de taza de desayuno. Es un dato más de la situación, como el tiempo que hace o la hora que es. Y con ese dato hay que tomar decisiones.

Que no te empujen cuando ya no te abrazan

El tercer verso tiene una de esas parejas de ideas que funcionan como una bofetada suave. Por un lado, la petición: no me empujes al límite. Por otro, la queja: si ya ni me abrazas. Juntas dicen algo muy concreto sobre cómo se apagan las relaciones.

Primero desaparece el contacto. Luego llega la presión. Y el orden importa. Cuando alguien ya no te abraza pero sí te pide cosas, la sensación es que solo existes como problema a resolver. Ya no eres la persona con la que se duerme; eres el obstáculo para algo que el otro quiere.

Esta parte me parece de lo mejor de la letra porque no acusa directamente. No dice «eres frío» ni «ya no me quieres». Describe un gesto que falta y deja que el gesto hable. Es una manera de escribir la queja que confía en quien escucha, y eso siempre se agradece.

El entierro con todo el atrezo

Después llega el humor negro. La relación está tan muerta que solo le falta el material de funeral: piedra, herramienta y profesional. La imagen es exagerada a propósito, y en esa exageración está la gracia.

En el catálogo de Planeta Gayfolk la muerte aparece mucho, casi siempre como metáfora de algo que se acaba. Pero aquí tiene un tono de comedia que la hace llevadera. No es una elegía; es casi un sketch. Te imaginas al enterrador llegando de noche con la pala al hombro, preguntando dónde tiene que cavar.

Ese tipo de humor es muy nuestro, muy de aquí. Reírse del desastre mientras el desastre está ocurriendo. No porque no duela, sino porque reírse es la única manera de seguir hablando del tema sin derrumbarse. La letra lo usa justo antes del momento más serio de la canción, y eso prepara el golpe.

Abrir la relación como último arreglo

Y el golpe es este: «ya solo nos falta abrir la relación». La frase llega como el siguiente objeto de la lista funeraria, como si abrir la pareja fuera un paso más hacia la tumba y no una salvación.

Ahí está la tensión de toda la canción. Para una de las dos personas, abrir la relación es una solución. Para la otra, es el último clavo. Y los dos pueden tener parte de razón.

Las relaciones abiertas no son buenas ni malas en sí mismas. Hay parejas que funcionan así durante años, con acuerdos claros y mucha comunicación, y hay parejas que se abren cuando ya están rotas, como quien pinta una casa que se está cayendo. La letra no juzga el modelo. Juzga el momento. Proponer abrirse cuando ya no hay abrazos no es lo mismo que proponerlo desde la complicidad.

Lo que me parece interesante es que la canción no presenta la propuesta como una traición. Nadie engaña a nadie. Se habla, se propone, se intenta. Es todo muy adulto y muy razonable, y precisamente por eso duele más. Contra una traición te puedes enfadar. Contra una propuesta razonable solo puedes sentirte anticuado.

«Y lo peor de todo»

Entonces llega el verso que cambia el tono: «y lo peor de todo es que tienes razón». Es la frase más difícil de decir en una discusión, y aquí se dice bajito, casi como un suspiro.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «y lo peor de todo es que tienes razón» de «Scott Bonehill»

Reconocer que el otro tiene razón cuando lo que propone te hace daño es un ejercicio de honestidad enorme. Sería mucho más fácil pintarlo como un egoísta o un frívolo. La letra se niega a hacerlo. Admite que la propuesta tiene sentido, que la relación está como está, que algo hay que hacer.

Y a la vez esa admisión no resuelve nada. Tener razón no significa que la solución vaya a funcionar. Puedes estar de acuerdo con un diagnóstico y no soportar el tratamiento. Eso es exactamente lo que le pasa al narrador: entiende el razonamiento, pero no puede con él.

Las preguntas que uno se hace a sí mismo

El puente de la canción es una retahíla de suposiciones: será que no soy moderno, será que voy directo al infierno, será que estoy siempre amargado. Están escritas con signos de exclamación en las palabras clave, como si el narrador las gritara para sí mismo o se burlara de ellas.

Son las preguntas de quien empieza a dudar de su propia manera de querer. ¿Soy yo el raro? ¿Soy un antiguo? ¿Me he quedado atrás? Y lo interesante es que cada una de ellas es una acusación que el narrador se hace antes de que se la haga nadie. Se pone la etiqueta él mismo para que duela menos cuando venga de fuera.

La mención al infierno tiene su gracia, porque mezcla dos mundos. Por un lado, la culpa religiosa de toda la vida, la idea de que ciertos deseos te condenan. Por otro, el miedo contrario y muy contemporáneo: el de ser condenado por no desear lo suficiente, por no ser lo bastante libre. El narrador está atrapado entre dos moralidades y no encaja del todo en ninguna.

Ser antiguo en tiempos de acuerdos

La palabra «moderno» es la clave de ese puente. Hoy existe una cierta presión para ser flexible en todo, también en el amor. Las aplicaciones, los acuerdos, las etiquetas nuevas para formas de relación que antes no tenían nombre. Todo eso ha abierto puertas que estaban cerradas, y está muy bien. Pero también ha creado una nueva forma de sentirse fuera de lugar.

Quien quiere una pareja cerrada puede acabar sintiéndose el carca de la reunión. Como si querer exclusividad fuera un rasgo de inseguridad o de posesión. Y a veces lo es, claro. Pero a veces es simplemente lo que alguien quiere, sin más explicación.

Me gusta que la letra deje espacio para esa persona. Ni la ridiculiza ni la pone como modelo. Le permite decir lo que siente, con todas sus contradicciones, y eso ya es bastante.

Monogamia, no monogamia y cultura queer

En la cultura LGTBI el debate sobre la monogamia tiene una historia larga. Durante décadas, muchas personas queer construyeron sus vidas al margen de los modelos de pareja heterosexuales, y eso incluyó, para algunas, formas de relación más abiertas. Con el matrimonio igualitario, que en España llegó en 2005, una parte de la comunidad abrazó también el modelo clásico de pareja.

Hoy conviven todas las opciones, y eso es una riqueza. Pero convivir no significa que no haya tensiones. Dentro de una misma pareja pueden coincidir una persona que quiere abrirse y otra que no. Y ahí no hay ley ni manual que valga. Solo hay dos personas intentando entenderse.

Scott Bonehill se coloca justo en ese punto. No es un panfleto a favor de la monogamia ni una defensa de las relaciones abiertas. Es el retrato de una pareja en la que esos dos deseos chocan, contado desde el lado del que se siente menos moderno.

Prepararse no es obligatorio

El verso que cierra el puente lo resume todo: el narrador repite que no está preparado. Lo repite, ojo, como quien ya lo ha dicho antes y no le han hecho caso.

Collage con un detalle de la carátula de «Scott Bonehill» y las carátulas de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», «El Anillo de Casado», «Buscando el Polvo Perfecto», «No Quiero Otro Novio Cojín»

Esa frase merece más respeto del que suele recibir. Vivimos rodeados de mensajes que nos animan a salir de la zona de confort, a probar cosas, a no tener miedo. Y está bien. Pero también existe el derecho a no estar listo. A decir que algo no va contigo, ahora o nunca. Sin tener que justificarlo con un diagnóstico ni con una teoría.

En una relación, ese derecho debería contar tanto como el deseo del otro de probar algo nuevo. Cuando no cuenta, la pareja deja de ser un acuerdo entre dos y se convierte en una negociación en la que uno siempre cede.

Un verano y un nombre propio

Y entonces la historia da el salto. La primera vez que lo intentaron, ese verano, la cosa acabó como acaban muchas pruebas de este tipo cuando se hacen con la relación ya tocada: alguien se enamora de otra persona.

El estribillo lo dice con el nombre completo, Scott Bonehill, repetido tres veces. Como todos los nombres de mis letras, es un personaje inventado. No hace falta saber quién es, porque no es nadie en concreto. Es el tercero que aparece cuando abres una puerta sin saber muy bien a dónde da.

Lo que me hace gracia de ese final es que convierte el drama en algo casi cómico. Después de tanta reflexión sobre la modernidad y el infierno, el desenlace es de lo más simple: un verano, un chico, un nombre que suena a anuncio de colonia. El miedo del narrador tenía fundamento. Y la repetición del estribillo suena a quien no termina de creérselo.

Por qué un nombre en el estribillo

Poner un nombre propio en el estribillo es una decisión que cambia cómo se recuerda una canción. Un estribillo abstracto se olvida. Un nombre se queda pegado. Y además le da a la historia una concreción que la hace más creíble: no es «otro», es alguien con nombre y apellido.

El nombre también funciona como broma. Tiene sonido de galán de verano, de alguien que aparece en una piscina con gafas de sol. Y el hecho de que sea un nombre en inglés, dentro de una letra en castellano, refuerza esa sensación de algo exótico que irrumpe en una rutina gastada.

Esa mezcla de idiomas es muy de Planeta Gayfolk. Las letras saltan del castellano al inglés con naturalidad, como se habla hoy en muchas conversaciones. Y aquí ese salto sirve para marcar la diferencia entre lo de siempre y lo que llega de fuera.

El humor como anestesia

Toda la canción está atravesada por un humor seco que impide que se convierta en un lamento. La pala y el enterrador, las exclamaciones del puente, el nombre repetido. Cada uno de esos elementos le quita un poco de peso a una historia que, contada de otra manera, sería muy amarga.

Ese humor no es una forma de quitarle importancia al dolor. Es una forma de poder contarlo. Hay cosas que solo se pueden decir si te ríes un poco mientras las dices. Si no, se quedan dentro.

Por eso creo que es una canción que se puede escuchar en una fiesta sin que nadie se dé cuenta de lo que cuenta, y también a solas, de madrugada, cuando la letra se entiende de otra manera.

Lo que la letra deja fuera

Tan interesante como lo que cuenta Scott Bonehill es lo que se calla. No sabemos cuánto tiempo llevaba junta la pareja. No sabemos quién propuso exactamente abrirse, aunque se intuye. No sabemos qué pasó después de ese verano, si hubo ruptura, reconciliación o una larga temporada de silencio compartido.

Ficha de la canción «Scott Bonehill» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Esa falta de datos es deliberada en el sentido de que la canción no los necesita. Lo importante está en el estado de ánimo, no en la cronología. Y al no rellenar los huecos, la letra deja que cada persona que la escuche los rellene con su propia historia. Quien ha vivido algo parecido pondrá sus fechas y sus nombres. Quien no, imaginará los suyos.

Tampoco sabemos qué siente el otro. La canción está contada desde un solo lado, y eso la hace parcial, como son parciales todos los relatos de ruptura. Pero la parcialidad aquí es honesta: el narrador no pretende ser objetivo. Habla desde su miedo, desde su cansancio y desde esa sensación de haber perdido una partida que ni siquiera quería jugar.

Me gusta pensar que, si existiera una canción contada desde el otro lado, sería igual de razonable. Alguien que quería salvar una relación apagada, que propuso algo con buena intención y que se encontró, sin buscarlo, con un verano que lo cambió todo. Ninguno de los dos sería el malo. Los dos estarían tristes.

Vecinos en el catálogo

Scott Bonehill forma parte de Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk, y en el catálogo tiene vecinos con los que conversa muy bien. El anillo de casado, del mismo disco, ya desde el título habla del compromiso y de lo que se promete. Buscando el polvo perfecto mira el deseo desde otro lado, más festivo. Y No quiero otro novio cojín es casi la respuesta de alguien que ya ha aprendido qué tipo de pareja no quiere.

En la lista de singles está pegada a Dark Corners, que va justo antes. Y si te interesa la parte de las rupturas, La despedida y Me rindo completan bastante bien el mapa de cómo se acaban las cosas en mis letras: a veces con una lista, a veces con números, a veces con un nombre propio.

Para quién es esta canción

Para quien alguna vez ha dicho que sí a algo por miedo a perder a alguien. Para quien se ha sentido anticuado por querer lo que quería. Para quien ha reconocido que el otro tenía razón y aun así no ha podido seguirle.

También para quien está al otro lado: para quien propuso abrir la relación y acabó enamorándose de otro sin haberlo planeado. La canción no le pone cara de villano. Le pone un verano.

Y para quien todavía no ha pasado por nada de esto, pero lo intuye. Porque las parejas cambian, los deseos cambian, y no siempre cambian al mismo ritmo.

Cómo escucharla

La canción está en la página de singles y en todas las plataformas, y se puede descargar desde la sección de descargas. Yo la pondría a finales de verano, cuando ya sabes cómo han acabado las historias que empezaron en junio.

Como letrista, compositor y productor musical, me interesa mucho escribir sobre esos momentos en los que nadie es del todo culpable. La música y las interpretaciones se generan con inteligencia artificial, pero las dudas del narrador, las ganas de no molestar y el miedo a quedarse atrás son de lo más humano que hay.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata Scott Bonehill? De una pareja en crisis en la que una de las dos personas propone abrir la relación. El narrador, con la autoestima baja, reconoce que el otro tiene razón pero admite que no está preparado. La primera vez que lo intentan, un verano, la pareja acaba enamorada de un tercero llamado Scott Bonehill.

¿Quién es Scott Bonehill? Es un personaje inventado. Como todos los nombres que aparecen en las letras de Mike Sain't Louis, no se refiere a ninguna persona real: es el tercero que aparece en la historia.

¿En qué disco está? Forma parte de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», uno de los discos de la trilogía Gayfolk de Mike Sain't Louis, disponible en Spotify y el resto de plataformas.

¿Quién hace esta canción? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical que se presenta como «el primer cantautor IA»: escribe las letras y dirige la producción, y la música y las interpretaciones vocales se generan con inteligencia artificial.

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