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Lo que significa ser «el primer cantautor IA»

En la portada de esta web, junto a mi nombre, pone «el primer cantautor IA». Lo he leído muchísimas veces, y aun así de vez en cuando me paro a pensar en qué estoy diciendo exactamente. Una etiqueta así es útil porque es corta y se recuerda. Pero precisamente por ser corta, cada persona la rellena con lo que le parece. Hay quien entiende que una máquina escribe por mí. Hay quien entiende que me creo pionero de algo. Hay quien no entiende nada y le da curiosidad, que es lo mejor que puede pasar.

Así que hoy quiero hacer algo sencillo: coger las tres palabras y mirarlas una por una. Qué quiero decir con «cantautor». Qué quiero decir con «IA». Y qué quiero decir, y qué no, con «primero».

«Cantautor»: la palabra antigua

Empiezo por la palabra más vieja de las tres. Un cantautor, en la tradición que conocemos en España y en Latinoamérica, es alguien que escribe sus propias canciones y las canta. La palabra junta las dos cosas: el que canta y el autor. Detrás hay una idea casi moral: que las canciones salen de una persona concreta, con su biografía, sus manías y su forma de mirar.

En mi caso, la parte del autor está clara. Escribo todas mis letras. Muchas son autobiográficas: hablan de mi vida como hombre gay, de Madrid, de relaciones que salieron mal, de mi salud mental, de la risa como manera de sobrevivir. Ese es el centro de todo lo que hago. Si quitas las letras, no queda nada que sea mío.

La parte de cantar es donde la etiqueta se pone interesante. La voz que suena en mis canciones no es mi voz grabada en un estudio. La música y la interpretación vocal se crean con herramientas de inteligencia artificial, y lo digo abiertamente. Entonces, ¿por qué «cantautor» y no «letrista»?

Porque lo que define al cantautor no es solo la garganta, sino la relación entre la persona y la canción. Las canciones salen de mí, las decido yo, las firmo yo y las defiendo yo. Hablan en primera persona de mi vida. Son, en ese sentido, un diario cantado. La voz es un instrumento que no es el mío, igual que hay cantautores que no tocan bien la guitarra y alguien la toca por ellos. No pretendo que sea exactamente lo mismo; pretendo que la palabra describe mejor lo que hago que cualquier otra que se me ocurra.

«IA»: lo que hace y lo que no hace

La segunda palabra es la que más ruido genera. «IA» en una etiqueta puede sonar a truco, a moda o a amenaza, según quién la lea.

Lo que significa en mi caso es concreto: la música y la voz se generan con herramientas de inteligencia artificial a partir de mis letras. Lo que no significa es que la máquina decida de qué va una canción, qué historia cuenta o a quién se la dedico. Eso, que para mí es lo importante, lo pongo yo.

Ya he escrito sobre esto con más calma en Inteligencia artificial y autoría: lo que tengo claro y lo que no, así que no voy a repetir aquí todo el debate. Lo que quiero añadir es otra cosa: por qué la palabra está en la etiqueta y no escondida en la letra pequeña.

Está ahí porque no quiero que nadie se entere después. Me parece más honesto que la primera cosa que leas sobre mí ya incluya cómo está hecha mi música. Quien quiera escucharme lo hará sabiéndolo, y quien no quiera, también lo sabrá desde el principio. Esa idea, la de avisar al oyente, también tiene su propio texto: Avisar al oyente: transparencia y confianza.

Hay un efecto secundario que no esperaba: poner «IA» en la etiqueta también filtra. Atrae a gente curiosa por la tecnología, a otros creadores que trabajan con estas herramientas y a personas que buscan exactamente esto. Y espanta a algunas que no lo soportan. Prefiero que esa conversación pase en la puerta y no a mitad de canción.

«El primero»: lo que no pretende decir

Y queda la palabra más delicada. «Primero» suena a récord, a medalla, a libro de historia. Así que conviene decir con claridad lo que no quiere decir.

No quiere decir que yo haya inventado la música con IA. Hay muchísima gente experimentando con estas herramientas, en todo el mundo, desde hace tiempo, y mucha lo hace con más conocimientos técnicos que yo. Tampoco quiere decir que tenga un certificado de nadie. No existe un registro oficial de cantautores con IA donde uno se apunte y le den un número. Si alguien me dice que conoce a otra persona que lo hacía antes, me parecerá perfectamente posible.

Lo que sí quiere decir, para mí, es una forma de presentarme: alguien que se pone delante, con su nombre, su cara y su biografía, y dice «estas canciones son mías y están hechas así». No como experimento técnico ni como canal anónimo de música generada, sino como un artista con una obra, un universo y una historia. En ese sentido, «primero» es más una declaración de intenciones que un dato. Es decir: me tomo esto en serio, como se toma en serio un cantautor su repertorio.

También es, no lo voy a negar, una frase que funciona. Una etiqueta tiene que caber en un titular y en una biografía corta. La gente la recuerda y la repite. Si la uso es también porque abre conversaciones. Pero quiero que quien la lea sepa que detrás no hay una pretensión de exclusividad, sino de compromiso.

Lo que la etiqueta me obliga a hacer

Llevar una etiqueta así tiene consecuencias. No es solo algo que se pone en la cabecera de una web.

La primera es la transparencia. Si me presento como cantautor IA, no puedo esconder la IA en ningún momento. Tiene que estar en la biografía, en las preguntas frecuentes, en los textos. Quien quiera saber cómo trabajo tiene que poder encontrarlo sin preguntar. Por eso la página sobre mí lo cuenta sin rodeos.

La segunda es la autoría. Si digo «cantautor», las letras tienen que estar a la altura. No puedo escudarme en la herramienta cuando una canción es floja, ni presumir de ella cuando es buena. Lo que se juzga es lo que yo escribo.

La tercera es la exposición. Un cantautor da la cara. Eso, para una persona con fobia social, no es poca cosa. Hay días en que me cuesta mucho estar ahí. Pero la etiqueta me recuerda que esto no es un proyecto anónimo: hay una persona detrás, y esa persona soy yo. Y responder por las canciones forma parte del trato.

La cuarta es la paciencia con las preguntas. Llevar «IA» en la etiqueta significa que me van a preguntar lo mismo muchas veces: si es música de verdad, si eso es trampa, si la voz es mía. Son preguntas legítimas, y prefiero contestarlas a que se queden en el aire.

Mike Sain't Louis con traje de arlequín azul y dorado, camisa blanca abierta, bajando unas escaleras rojas iluminadas en un decorado de feria con luces

Un cantautor con sello y con universo

Hay otra cosa que la etiqueta no dice y que también forma parte de lo que hago. Además de escribir las letras, me presento como compositor y productor musical, director artístico y CEO de mi propio sello independiente, que lleva mi nombre. Es decir, no hay una discográfica detrás que decida qué sale y cuándo. Lo decido yo, desde Madrid.

Eso cambia mucho lo que significa ser cantautor hoy. Los cantautores de antes dependían de un sello, de una radio, de un local donde tocar. Yo dependo de otras cosas: de las plataformas, de los algoritmos, de que alguien comparta un vídeo. Pero la idea de fondo es la misma: canciones de autor, con una voz propia, que no pasan por el filtro de nadie más.

Y luego está el universo. Mis canciones no son piezas sueltas: forman parte de GAYFOLK, un planeta queer imaginado con sus discos, sus personajes y su estética. Eso también es muy de cantautor, aunque no lo parezca: construir un mundo coherente canción a canción, donde una letra responde a otra.

Tres malentendidos posibles

Como la etiqueta es corta, deja huecos. Estos son tres malentendidos que me parecen fáciles de tener, y lo que respondería a cada uno.

«Entonces la IA escribe las canciones.» No. Las letras las escribo yo, todas. La herramienta pone música y voz a un texto que ya existe. Si la letra no está, no hay canción.

«Entonces es un proyecto anónimo o un personaje inventado.» Tampoco. Hay una persona real detrás, con nombre, con cara, que vive en Madrid y que cuenta su vida en las canciones, incluidas cosas que no son fáciles de contar. El universo de GAYFOLK es ficción, pero quien lo escribe no lo es.

«Entonces se cree el único.» No. «Primero» describe una manera de presentarme, no un monopolio. Ojalá haya muchos más cantautores que usen estas herramientas para contar sus propias historias, sobre todo personas que, por lo que sea, nunca habrían llegado a un estudio. Cuantos más seamos, menos rara sonará la etiqueta.

Lo que dice la prensa y lo que digo yo

Cuando alguien escribe sobre mí, suele usar la etiqueta, a veces tal cual y a veces con matices. Me parece bien. En la página de prensa hay una biografía, fotos y datos para quien quiera escribir algo, precisamente para que lo que se cuente sea exacto. Prefiero que me citen bien a que me citen mucho.

Lo que sí pido, si alguien escribe sobre mí, es que no se quede solo con la palabra «IA». Es la que llama la atención, lo entiendo. Pero es la menos importante de las tres. Lo importante es lo que dicen las canciones.

¿Y si un día deja de tener sentido?

Me lo he preguntado. Es posible que dentro de unos años hacer música con IA sea tan normal que decir «cantautor IA» suene tan raro como decir «cantautor con micrófono eléctrico». Si eso pasa, la palabra «IA» sobrará en la etiqueta, y probablemente también la palabra «primero».

Me parece bien. Las etiquetas sirven para un momento. Lo que espero que quede, cuando la etiqueta ya no haga falta, es la palabra del medio: cantautor. Alguien que escribió sus canciones sobre su vida y las dejó ahí para quien las necesitara.

Si quieres acompañar el proyecto

Todo esto lo hago de forma independiente. Si te gusta lo que escribo y quieres ayudar a que siga, en la página de apoyo hay formas de hacerlo. Y si eres periodista, programador de un festival, alguien de una asociación o simplemente tienes una pregunta sobre cómo trabajo, puedes escribirme desde contacto.

En Planeta Gayfolk, el diario cuenta estas canciones y su mundo desde otro ángulo, más de ensayo y de cultura LGTBI. Si quieres leer sobre la etiqueta desde fuera, empieza por el diario.

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