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Llave prestada y alfombra manchada: la casa de «Tu mendigo»

Una llave que no es tuya. Así empieza la casa.

No la canción, que empieza con un y tú, tan convencido que suena a reproche de rellano. Empieza la casa, que es lo que me interesa contar hoy. Porque «Tu mendigo» es una letra que se puede recorrer como un piso: tiene puerta, tiene una habitación que no se llama habitación, tiene un rincón con alfombra, tiene una silla que falta y tiene, al final, un cuarto del que todavía no he salido del todo.

Está en el segundo disco de la trilogía, «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», y en la lista de singles de Planeta Gayfolk es la pista 92 de 273. Va después de «I Am Yurena» y antes de «El abrazo de Pitufo». Dos canciones con más brillo y más guasa a cada lado, y en medio esta, que no se ríe casi nada.

En la ficha de la canción conté de qué trata. Aquí voy a hacer de agente inmobiliario, que es un oficio que nunca imaginé tener. Te enseño la casa. Con sus humedades.

El portal

Antes de entrar, una advertencia sobre el tono.

Esta no es una de mis canciones con Mercadona y fotopollas. Aquí no hay chiste de marca ni famoso de la tele. Cuando una letra habla de alguien que te tuvo años de rodillas, el humor se queda en el portal, fumando, esperando a que salgas. No pasa.

Lo digo porque mucha gente llega a mí por las canciones de cachondeo y se encuentra esto y se queda un poco descolocada. Me parece bien. Así funciono. Me río de mis ex hasta que hay uno del que no me puedo reír, y entonces escribo despacio, con las frases cortas, como quien camina por un pasillo a oscuras tocando la pared.

La puerta con llave prestada

La primera estancia es la puerta. Y la puerta ya está mal:

«Me abriste la puerta con llave prestada, y dijiste que era mi refugio, pero era una celda alquilada.»

Lo de la llave prestada es lo primero que se me ocurrió y lo que más me sigue gustando. Quien te abre una puerta con una llave que no es suya te está ofreciendo algo que no le pertenece. Te está diciendo «pasa, estás en casa», y la casa es de otro. Del banco, de la familia, de la empresa. O de nadie, que es peor.

Mucha gente que ha estado con un narcisista reconoce eso enseguida. Al principio te ofrecen un refugio enorme, precioso, con vistas. Te dicen que contigo es distinto, que aquí estás a salvo, que por fin alguien te entiende. Y tú entras con las maletas porque vienes del frío. No preguntas de quién es la llave. Quién pregunta eso cuando por fin le abren.

Fíjate también en el verbo: «dijiste». El refugio no lo era; lo dijo él. Toda la casa, desde la puerta, es una casa contada. Un piso piloto. Los muebles son de cartón y los libros de la estantería no tienen páginas.

La celda alquilada

Dentro, la habitación tiene nombre de cárcel.

Me pasé un buen rato buscando la palabra. Podía haber puesto jaula, que es más poética. Pero jaula es para pájaros, y los pájaros salen bonitos en las portadas. Celda es más fea, más de ladrillo, más de serie de presos de Netflix con mono naranja. Y alquilada, porque ni siquiera es una celda en propiedad. Es temporal. Te la dejan mientras sirvas.

Esa es la parte que más me costó entender cuando la viví y la que más me costó escribir: que te pueden encerrar en un sitio del que, encima, te pueden echar. Las dos cosas a la vez. Estás preso y estás de alquiler. No puedes salir y no puedes quedarte tranquilo.

Hay una frase en la letra, más adelante, que lo dice sin metáfora: en cautiverio sigo estando en esa habitación. La puse casi al final, cuando ya parece que la canción ha dejado la casa atrás. No la ha dejado. La celda viaja contigo. Eso es lo que no te cuentan de estas relaciones: que la habitación te la llevas puesta, como un abrigo mojado.

El rincón con la alfombra manchada

Pasamos a la parte que me parece más triste de todo el piso, que es también la más pequeña. El rincón.

Fotogramas del videoclip oficial de «Tu mendigo», de Mike Sain't Louis

La letra dice que me ofreció un rincón con una alfombra manchada y un silencio lleno de amistad interesada. Es una frase que, leída en voz alta, huele. Huele a piso de estudiantes, a moqueta de hostal de carretera, a ese olor dulzón de las alfombras que nadie ha limpiado desde la Expo del 92.

Me gusta la alfombra porque es lo que te dan cuando no te dan una cama. Es el sitio del perro. Ahí te pones cuando no hay otra cosa, y te dicen que es un detalle, que mira qué bien, que tienes tu rinconcito. Y tú lo agradeces. Esa es la parte que más vergüenza me da, si te soy sincero: que lo agradecí. Durante mucho tiempo, la alfombra manchada me pareció un regalo.

Y luego el silencio. Un silencio lleno de amistad interesada. Ahí ya hablo de otra gente, no solo de él. Del entorno. De esas amistades que se quedan calladas porque les conviene, porque el dueño de la llave también les abre a ellos la puerta de vez en cuando. No pongo nombres. No hace falta. Quien ha estado en un rincón así sabe perfectamente quién estaba en el salón, riéndose, con una copa en la mano, sin mirar hacia la alfombra.

Lo de no poner nombres en esta canción es deliberado. En otras me despacho a gusto y digo hasta el barrio. Aquí no. Aquí la casa es lo importante, no la gente que la habitaba.

La oficina de al lado

Hay una estancia que no parece de esta casa, y por eso me interesa: la empresa.

La letra dice que él cuidaba la empresa pero no el temblor de mis manos. Es una frase que lo dice todo sobre las prioridades sin necesidad de explicar más. En la casa de «Tu mendigo» hay una oficina, y la oficina está siempre encendida. La luz del flexo, el portátil, las llamadas. Y en la habitación de al lado, alguien con las manos temblando que no sale en ninguna reunión.

Viene seguida de otra frase que adoro por lo retorcida, la de que él decía que el frío era cosa del sol y no de mis escalofríos. Me reí mucho cuando la escribí, de pura rabia. Es luz de gas de manual, pero contada al revés, con una lógica de meteorólogo borracho. Tienes frío y te dicen que es el sol. Tiemblas y te dicen que hace calor. Y tú, que ya no te fías de tu propio termómetro, acabas poniéndote crema solar en pleno enero.

Ese temblor, por cierto, es el mismo que sale en otras canciones mías. No lo planeé así. Me di cuenta después, ordenando letras, de que tengo una colección de cuerpos temblando por el catálogo. Debe de ser mi forma de decir lo que no sé decir de otra manera.

La silla que no había

Y ahora, la estancia que da el estribillo. Una silla que no existe:

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Y yo, sin hacer ruido, me senté donde no había sitio.» de «Tu mendigo»
«Y yo, sin hacer ruido, me senté donde no había sitio.»

Es la frase que más me pesa de esta canción, y creo que sé por qué. Todo el mundo ha estado alguna vez en una mesa donde no había silla para él. Una comida familiar ajena. Una boda de alguien que no te quería ahí. Una cena de empresa donde eres el novio de alguien y nadie sabe tu nombre.

Lo que me importa de esa frase es el «sin hacer ruido». No me senté de golpe. No reclamé la silla. Me fui colocando poco a poco, sin molestar, sin pedir, en un hueco que no estaba preparado. Y aun así, la letra lo dice justo después, me dieron una patada por no pedir permiso.

Es un castigo doble, como la celda alquilada. Te castigan por ocupar sitio y te castigan por no pedirlo. Si lo pides, eres pesado. Si no lo pides, eres un okupa. No hay manera correcta de sentarse en esa mesa.

Luego vienen dos versos gemelos que funcionan como un espejo: sonriendo por compromiso, llorando sin testigos. La sonrisa para el salón, las lágrimas para el baño. Es la coreografía del que vive en una casa así. Una cara para cada habitación.

El cuarto de las escobas

Hay una parte de la letra que me sigue dando escalofríos, y eso que la escribí yo. La de querer salvarme y luego barrerme.

Es una casa con escoba. Él quería salvarme, dice la canción, y luego barrerme, como si fuera la mierda más insignificante. Pasar de héroe a limpiador en dos versos. Es lo que pasa con el perfil del salvador: necesita a alguien a quien salvar, y cuando ya no le sirve, lo recoge del suelo con el recogedor y lo tira al cubo.

Pensé en quitar la palabra mierda. Me pareció demasiado. Al final la dejé porque es la única palabrota de la letra, y una sola palabrota en mitad de tanta contención pesa más que veinte. Si la hubiera rodeado de insultos, se habría perdido. Así, sola, cae como un plato al suelo en una casa en silencio.

Hay un verso un poco más adelante que contesta a todo esto, y que me costó mucho escribir porque lo dice al revés de como suele decirse: no eras villano, eras el salvador. Lo normal sería al contrario. Pero en estas relaciones el problema no es el villano, que se le ve venir con su capa negra. El problema es el que llega como salvador, con su llave prestada, y te abre la puerta de una celda diciendo que es tu casa.

Ese perfil tiene más canciones en el catálogo, por cierto. En «Ni con un palo» lo escribí sin metáforas, con frases secas de diagnóstico. Son primas. Una es la casa; la otra es el informe del casero.

El reloj de la cocina

En toda casa hay un reloj, y el de esta marca doce años.

«mientras perdía doce años enteros»

No te voy a contar más de lo que dice la letra, porque una canción no es un expediente y prefiero que se quede ahí. Doce años enteros. Lo de «enteros» lo puse porque quería que pesaran. No doce años y pico, no más o menos una década. Doce, completos, con sus veranos, sus inviernos y sus navidades en casa de otros.

Y en el mismo verso, la otra cara: mis sentimientos se hacían pequeños mientras él, dice la letra, se amarró al primero. No aclaro a qué. No hace falta. Quien tiene que entenderlo, lo entiende. Lo importante es la proporción. Uno encoge y el otro se agarra. Uno pierde años y el otro gana tiempo.

Cuando escribo de estas cosas, intento que los números sean pocos y concretos. Un número concreto hace más daño que cualquier adjetivo. Doce años enteros no necesita «terribles» ni «interminables» al lado. Se defiende solo.

El caos, ese inquilino

Hay una frase en la letra que me encanta por cómo da la vuelta a la acusación: decías que el caos venía conmigo, y eras tú quien lo traía.

Collage con un detalle de la carátula de «Tu mendigo» y las carátulas de «I Am Yurena», «El abrazo de Pitufo», «Ni con un palo», «Manual de escape de un narci»

Es el inquilino fantasma de muchas casas. Ese caos que siempre es tuyo. Tú eres el desordenado, el intenso, el que monta dramas, el que llora por todo. Y mientras tanto, quien trae las cajas llenas de líos, las mentiras, los silencios, las amistades interesadas, es el otro. Pero las cajas te las deja en tu habitación, para que parezcan tuyas.

Y luego viene el verso que más se me queda: te enfadaba mi forma de estar herido, te ofendía mi alegría. Las dos cosas. Si estaba mal, molestaba. Si estaba bien, ofendía. No había un estado de ánimo aceptable en esa casa. Era como vivir en un piso donde todas las bombillas te dan calambre.

Te dolía mi arte, dice la letra justo después. Esa me la callo. La dejo ahí, como un cuadro torcido en la pared que no pienso enderezar.

La ventana

Toda casa tiene una ventana, aunque sea al patio de luces. La de esta canción es la frase que da nombre a todo:

Y hoy te digo que no soy tu saco de boxeo, y mucho menos tu mendigo.

Es la primera vez que la letra habla en presente de verdad. Hasta ahí, todo era pasado: me abriste, me ofreciste, cuidabas, decías. Y de repente, hoy te digo. Es el momento en que abro la ventana. No salgo todavía, pero ya me asomo, ya respiro el aire de la calle, ya veo a los vecinos de enfrente tendiendo la ropa.

Lo del saco de boxeo me salió solo. Lo del mendigo, en cambio, lo pensé mucho. Un mendigo es alguien que pide en la puerta. Alguien que depende de la limosna de quien pasa. Y él, tan convencido, sigue creyendo que yo estoy ahí sentado, con el vaso de plástico, esperando a que me eche unas monedas de cariño. El estribillo es eso: su convicción. No la mía.

Me gusta que el título de la canción sea la frase de él y no la mía. «Tu mendigo» no es lo que yo soy: es lo que él cree que soy. Es como titular una canción con el mote que te pusieron en el colegio, para quitárselo de las manos a quien te lo puso. Lo dices tú primero, en mayúsculas, en la portada. Y de repente ya no es suyo. Es tuyo, y puedes hacer con él lo que te dé la gana, incluso una canción entera con su ficha y su página.

Las visitas

Una casa así también recibe visitas, y conviene hablar de ellas porque la letra las deja ver de reojo.

Están los del salón, los de la amistad interesada, que ya salieron antes. Pero hay otra clase de visita que no aparece con nombre y que yo tenía muy presente al escribir: la que viene de fuera, ve la casa bonita, la llave en la cerradura, el refugio recién pintado, y se va pensando qué suerte tienes. Esa visita no ve la alfombra. Nadie le enseña el rincón. Le sirven un vino en el salón bueno y le cuentan lo bien que estáis.

Eso también es parte de la celda. Que desde fuera parezca un chalet con piscina. Que tu madre, tu amiga del instituto o la vecina de enfrente te digan lo afortunado que eres. Y tú, sonriendo por compromiso, asintiendo, pasando la bandeja de aceitunas.

No culpo a esas visitas. Yo habría pensado lo mismo. Las casas de los demás siempre parecen más ordenadas desde el recibidor. Pero quería que la canción fuera, de alguna manera, la visita que sí entra hasta el fondo, la que abre la puerta del rincón aunque no la hayan invitado y se queda mirando la mancha.

Si la escuchas así, como quien entra hasta la cocina sin pedir permiso, a lo mejor te pasa lo que me pasó a mí al releerla: que te dan ganas de abrir todas las ventanas a la vez.

El plano completo

Si junto todas las estancias, me sale un plano bastante feo. Lo dibujo con palabras, que es lo que sé hacer:

Ficha de la canción «Tu mendigo» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis
  • Una puerta con llave ajena.
  • Una celda alquilada que te dicen que es un refugio.
  • Un rincón con alfombra manchada.
  • Una oficina siempre encendida.
  • Una mesa sin silla para ti.
  • Un cuarto de escobas con recogedor.
  • Un reloj que marca doce años.
  • Una ventana que da a la calle.

Es una casa que mucha gente conoce por dentro. Si la canción le sirve a alguien, no creo que sea por original, que no lo sé, sino porque reconocerá el pasillo. Saben dónde está el interruptor de la luz sin necesidad de buscarlo.

Cómo se escribe una casa así

La letra es mía, escrita sin IA. La música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial, como Suno, que dirijo yo. Lo cuento en Sobre Mike y lo cuento siempre, porque en una canción como esta me parece que importa saber quién ha puesto las palabras. Las palabras son mías. Y las paredes también.

Escribí «Tu mendigo» con frases cortas, como ya dije, y con un estribillo que se repite mucho. Las repeticiones, en esta canción, no están para que se pegue. Están para que se note el encierro. Vuelves una y otra vez a la misma silla, a la misma patada, a la misma sonrisa por compromiso. Es una canción que da vueltas en una habitación, como un preso que mide su celda a pasos.

Si te interesa cómo se hacen estas cosas, lo conté con más detalle en mi cuaderno de letras: para las letras serias, quito adjetivos hasta que duele, y luego quito uno más.

La salida

La canción no termina con una mudanza. Termina con la misma frase del principio, la de él tan convencido. No hay portazo final ni camión de la mudanza en la puerta.

Me pareció más honesto así. Salir de una casa como esa no es un momento. Es un proceso larguísimo, de esos en los que un día sacas una caja y al siguiente vuelves a por otra, y a veces te quedas una noche más porque llueve. La canción está escrita en mitad de ese proceso. Con la ventana abierta y las maletas a medio hacer.

Si estás tú también en una casa así, no voy a darte consejos de taza de desayuno. Solo te digo que la llave no era suya, que la celda no era tu refugio y que la alfombra no era un regalo. Y que hay gente fuera. Si quieres leer algo más práctico, en el catálogo tienes «Manual de escape de un narci», que es casi la guía de mudanza de esta canción.

La letra completa la tienes en gayfolkplanet.com y en el archivo de letras de esta web. Ponla una vez, con calma, y mira a ver si reconoces algún pasillo.

Yo ya no vivo ahí. Pero me sé el plano de memoria.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Tu mendigo»? Habla de una relación larga con alguien que se presentaba como salvador y trataba al otro como alguien que mendiga cariño: un refugio que resulta ser una celda, la patada por ocupar sitio, la sonrisa por compromiso y el llanto sin testigos, hasta el momento de decirle que ya no es su mendigo.

¿En qué disco está? En «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía GAYFOLK. En la lista de singles de Planeta Gayfolk es la pista 92 de 273.

¿Quién escribe la letra y cómo se hace la música? La letra es mía, escrita sin IA. La música y las voces se producen con herramientas de inteligencia artificial, como Suno, que dirijo yo. Soy letrista, compositor y productor musical madrileño.

¿Dónde puedo leer la letra y escucharla? La letra completa está en la ficha de la canción y en gayfolkplanet.com. Puedes escucharla en Spotify.

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