
Por Mike Sain't Louis ·
Las estadísticas a las tres de la mañana: métricas, «me gusta» y autoestima
Hay una escena que conozco bien y que sospecho que conoce mucha gente que publica cosas en internet. Es tarde, muy tarde. La casa está a oscuras, el día ya no da más de sí, y en vez de dormir abro la aplicación de estadísticas. No porque espere nada concreto. La abro como quien abre la nevera sin hambre: por si acaso.
A esa hora el número no ha cambiado casi nada desde la última vez que lo miré. Lo sé antes de entrar. Y entro igual. Y después, según lo que vea, me duermo tranquilo o me quedo un rato largo dándole vueltas a algo que, a la luz del día, no me habría quitado ni cinco minutos.
No voy a dar aquí mis cifras. No hacen falta y, además, el problema no está en ellas. Podrían ser el doble o la mitad y la escena sería la misma. Quiero hablar de qué pasa por dentro cuando un número empieza a mandar sobre el ánimo, de por qué las plataformas están hechas para que volvamos a mirar y de lo que me está sirviendo para que las estadísticas me informen sin gobernarme.
Por qué volvemos a mirar
Durante mucho tiempo pensé que mirar las estadísticas a deshoras era un defecto de carácter. Ansiedad, inseguridad, falta de disciplina. Algo mío. Luego leí un poco sobre cómo funciona el aprendizaje por recompensas y me quedé más tranquilo, no porque me librara de responsabilidad, sino porque entendí que no estoy solo ni soy especialmente raro.
A mediados del siglo XX, el psicólogo B. F. Skinner estudió cómo aprenden los animales cuando una acción trae premio. Descubrió algo que hoy se repite en cualquier manual de psicología: si el premio llega siempre, la conducta se aprende, pero se abandona pronto cuando el premio desaparece. En cambio, si el premio llega a veces, sin un patrón que se pueda adivinar, la conducta se vuelve tenaz. Se repite mucho más y cuesta muchísimo dejarla. A eso se le llama refuerzo intermitente.
Dicho sin laboratorio: lo que más nos engancha no es lo que siempre premia, sino lo que premia de vez en cuando y sin avisar. Por eso las tragaperras funcionan como funcionan. La mayoría de las veces no pasa nada. Pero de vez en cuando suena la musiquita, y el cuerpo aprende que la próxima puede ser la buena.
Ahora piensa en un perfil de artista, en una red social o en el contador de un vídeo. La mayoría de las veces que lo miras, nada. Un número parecido al de ayer. Pero de vez en cuando hay un salto: alguien ha compartido una canción, un comentario bonito, un pico que no esperabas. Ese premio imprevisible es exactamente el tipo de premio que más fija una costumbre. No hace falta que nadie lo haya diseñado con mala intención para que funcione así. El formato ya lo hace solo. Y muchas aplicaciones, además, añaden gestos que se parecen mucho a tirar de la palanca: deslizar hacia abajo para actualizar, ver la ruedecita girar, esperar.
Saberlo no me cura, pero me cambia la conversación conmigo mismo. Cuando a las tantas me descubro con el dedo en la aplicación, ya no me digo «qué patético». Me digo algo más útil: «esto es la palanca, no es una necesidad».
Cuando el número se convierte en veredicto
Una cosa es mirar un dato. Otra muy distinta es que el dato te diga quién eres.
Las estadísticas, en principio, responden a preguntas pequeñas: cuánta gente ha escuchado esto, desde qué país, en qué semana. Son preguntas útiles. El problema empieza cuando, sin darte cuenta, les haces otra pregunta mucho más grande: ¿valgo algo? ¿Lo que hago merece la pena? ¿Debería seguir?
Un número no sabe contestar a eso. Pero si se lo preguntas cada noche, acaba contestando igual, y casi siempre mal. Un día bajo se convierte en «esto no le importa a nadie». Un día alto, en un alivio que dura poco y que pide repetirse mañana. Ninguna de las dos lecturas es verdad. Las dos son el número haciendo de juez en un juicio que no le corresponde.
Tengo una canción, «So Insignificant», con un estribillo que repite «I'm of little importance, / So insignificant». No la escribí pensando en estadísticas, pero cuando la releo ahora reconozco ese pensamiento. Es el que aparece cuando el ánimo ya está bajo y encuentra un dato que lo confirma. El número no lo crea. Le pone un altavoz.
Hay algunas señales que a mí me sirven para darme cuenta de que la cosa ha pasado de informar a mandar. No son un test ni un diagnóstico, solo pistas:
- Miro las estadísticas sin una pregunta concreta, solo por mirar.
- Lo que veo cambia mi humor durante horas.
- Dejo de disfrutar de una canción mía porque «no ha funcionado».
- Miro antes de dormir o nada más despertar, casi sin decidirlo.
- Me cuesta celebrar algo bueno de otra persona porque enseguida me comparo.
Si alguna de estas cosas es constante, no significa que te pase nada grave. Significa que merece la pena prestarle atención.
La comparación, ese deporte nocturno
El psicólogo Leon Festinger propuso en 1954 que las personas tendemos a evaluarnos comparándonos con otras, sobre todo cuando no tenemos una medida objetiva de lo que valemos. Es algo muy humano y no siempre es malo: compararse puede servir para aprender o para orientarse.
El problema es que en internet la comparación está trucada. Ves los números de los demás, pero no su contexto. No sabes si esa canción que tiene diez veces más escuchas que la tuya llegó a una lista enorme, si hay una campaña detrás, si su autor lleva quince años o dos meses. Comparas tu trastienda con el escaparate de otros. Y lo haces, además, con una cifra pelada que lo aplana todo.
A eso se suma algo que la investigación sobre redes sociales ha señalado muchas veces: la comparación hacia arriba, con quien parece que va mejor, es la que más suele afectar al ánimo, y es justo la que más fácil nos ponen las plataformas, porque lo que más se muestra es lo que más éxito tiene.
En mi caso, hay un matiz más. Mi música está hecha de una manera particular: escribo las letras, compongo y produzco, y la música y la interpretación vocal se hacen con inteligencia artificial. Hay gente que no lo entiende y gente a la que le molesta. Si me comparo con un artista que llena salas, salgo perdiendo en cualquier gráfica. Pero esa comparación no tiene sentido. No hacemos lo mismo, no buscamos lo mismo, no partimos del mismo sitio.
Lo único con lo que tiene sentido compararme es conmigo, y no con mis números, sino con mi trabajo: si esta letra está mejor escrita que la del mes pasado, si este videoclip cuenta mejor lo que quería contar.
Lo que un número no puede medir
En «El segundo exacto» hay una pregunta que me sigue pareciendo la mejor respuesta a toda esta obsesión: «¿Será que podrá la inteligencia artificial escoger el segundo exacto donde rompiste a llorar?». La escribí para contestar a quien cree que la IA lo hace todo sola. Pero vale igual para las estadísticas.
Ningún panel de control sabe en qué segundo alguien se emocionó con una canción. No sabe si una persona la escuchó una vez en el metro y se rió, o si la puso tres veces seguidas porque le hablaba de algo que estaba viviendo. No sabe si alguien se leyó la letra entera, si se la mandó a una amiga, si la descargó para tenerla en el móvil sin conexión. Mide lo que puede medir, que es mucho menos de lo que importa.
Ya escribí en «Lo que Spotify no cuenta de un artista» sobre lo que se queda fuera del perfil. Aquí quiero añadir otra cosa: lo que se queda fuera no es solo información sobre la obra. También es información sobre ti. Las estadísticas no saben cuántas horas pasaste afinando un verso, cuántas versiones descartaste, cuánto te costó ponerte a escribir un día malo. Y esas son, precisamente, las cosas que dependen de ti.
Hábitos para que las estadísticas informen sin mandar
No creo en las soluciones heroicas, del tipo «borra todas las aplicaciones y vete a vivir al monte». Necesito saber cómo va mi música, y quien publica algo tiene derecho a querer saberlo. Lo que me sirve es poner el dato en su sitio. Estas son las cosas que intento hacer, con más o menos éxito según la semana:
- Un horario para mirar. Elijo un momento concreto, a media mañana y no todos los días, para revisar estadísticas. Fuera de ese rato, no. Mirar con hora convierte un impulso en una tarea, y las tareas pesan menos.
- Nunca en la cama. Ni al acostarme ni al despertar. A esas horas el ánimo está más frágil y cualquier número se lee peor. Dejar el móvil cargando fuera del dormitorio, o al menos lejos de la mano, ayuda más que cualquier propósito.
- Notificaciones apagadas. Desactivo los avisos de estadísticas, de seguidores y de reacciones. Si hay algo importante, lo veré en mi rato. La mayoría de los móviles permiten además programar modos de descanso o de no molestar, y ver cuánto tiempo pasas en cada aplicación. Esa cifra, curiosamente, es de las pocas que sí conviene mirar.
- Preguntas antes de abrir. Entro con una pregunta: ¿en qué países se escucha esta canción? ¿Ha llegado gente nueva a la web esta semana? Cuando tengo la respuesta, cierro. Si no tengo pregunta, no abro.
- Mirar tendencias, no días sueltos. Un día no dice nada. Un mes dice algo. Comparar periodos largos quita dramatismo a los altibajos, que son normales en cualquier proyecto.
- Ocultar lo que se pueda. Algunas redes permiten ocultar el recuento de «me gusta» en las publicaciones propias y ajenas. No cambia lo que pasa, pero cambia lo que ves, y eso ya es bastante.
- Medir lo que sí depende de mí. Llevo una cuenta distinta: letras terminadas, horas de escritura, canciones revisadas, ideas apuntadas. Es una estadística que crece si trabajo y que no depende de que nadie le dé a un botón.
Y una más, que es la que más me cuesta: cuando veo algo bueno, celebrarlo de verdad, sin correr a ver si mañana se repite. El alivio que pide repetirse no es alegría. Es la palanca otra vez.
Cuando no basta con un horario
Todo lo anterior son hábitos, y los hábitos ayudan, pero tienen un límite. Si el malestar con los números forma parte de algo más grande, un horario no lo va a arreglar.
En otros textos de este blog he contado que vivo con depresión, ansiedad y fobia social, y que una buena psicóloga me está ayudando. No lo traigo aquí para hablar otra vez de mí, sino porque sé por experiencia que, cuando el ánimo está muy bajo, cualquier dato se convierte en munición contra uno mismo. En esos momentos, el problema no es la aplicación. Es lo que la aplicación encuentra dentro.
Si notas que durante semanas te sientes sin valor, que nada te ilusiona, que no duermes o que tu cabeza te repite que no importas, no es una cuestión de fuerza de voluntad ni de usar menos el móvil. Es algo que merece atención profesional. Puedes empezar por tu médico de familia o por una psicóloga o un psicólogo sanitario. Y también puedes empezar por algo más pequeño: contárselo a una persona de confianza.
La música me acompaña mucho, y escribir canciones me ayuda a ordenar lo que siento. Pero no sustituye a la terapia. Ni la mía ni la de nadie.
Si quieres leer más sobre esto, en «Salud mental sin tabú» reúno todos los textos y un mapa de recursos.
Si hoy lo estás pasando mal:
- En España, el 024 es la línea de atención a la conducta suicida: gratuita, confidencial y disponible las 24 horas.
- Si hay peligro inmediato, llama al 112.
- En Latinoamérica y en el resto de Europa, llama al número de emergencias de tu país.
- Habla con alguien de confianza y pide ayuda profesional. Pedir ayuda funciona.
Las estadísticas seguirán ahí mañana, a una hora decente. Tú también mereces estar ahí.