
Por Mike Sain't Louis ·
Dos chicos de la mano en una plaza de guirnaldas: «Boys from the Village» y el pueblo de Planeta Gayfolk
En casi todos los pueblos hay una plaza que hace de salón. Es donde se celebran las fiestas, donde se sientan los mayores a ver pasar la tarde, donde los críos juegan a la pelota y donde, durante generaciones, se ha mirado de reojo a quien no encajaba. En el clip de «Boys from the Village», esa plaza es otra cosa: es el sitio donde dos chicos se cogen de la mano delante de todo el pueblo, y nadie se escandaliza.
Me gusta pensar que en Planeta Gayfolk también hay pueblos. No todo son ciudades de neón ni playas con hogueras. Hay calles empedradas, iglesias antiguas, bancos de madera, guirnaldas de bombillas colgadas de balcón a balcón. Y en esas calles vive gente que se quiere como se quiere en cualquier parte.
Antes de seguir, me presento en una línea: soy Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). Con mis canciones he ido construyendo un mundo propio, Planeta Gayfolk. En este texto recorro el clip de «Boys from the Village» escena a escena, como quien da un paseo lento por un pueblo que no conoce.
Un lunes de julio por la tarde
El vídeo salió en YouTube el lunes 7 de julio de 2025, a las seis y media de la tarde, hora de Madrid. Es una hora muy de pueblo en verano: el sol todavía aprieta, pero ya empieza a bajar, y la gente saca las sillas a la puerta.
Es corto, de los más breves que tengo: dos minutos y treinta y siete segundos. En el canal ocupa el número 141 de los 276 vídeos, justo después de «Boys Like Us» y justo antes de «Mueve las plumas». En mi catálogo de canciones está en el lugar 29 entre 273, y forma parte de «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el disco central de la trilogía, el de las ganas.
El clip completo se puede ver en la sala de vídeos de Planeta Gayfolk, y lo que cuento de la portada está en la ficha de «Boys from the Village».
Una aclaración: esta letra todavía no la he subido, de modo que aquí no aparece ni un verso de ella. Los versos que cito más abajo son de otra canción mía con la letra ya colgada, y van tal cual.
El rótulo sobre la plaza
La primera imagen es la de la plaza. Casas viejas de piedra color miel, con la fachada desconchada en algunos tramos, contraventanas de madera, balcones de hierro con macetas. De un lado a otro cruzan cables con bombillas pequeñas, todavía apagadas porque es de día. El suelo es de losas grandes, gastadas.
En el centro, dos chicos. Los dos con camisa blanca de lino y pantalón vaquero corto, los dos en sandalias. Están muy juntos, frente contra frente, con los brazos alrededor de la cintura del otro. Encima de ellos aparece el rótulo en letras de neón rosa, escritas a mano: mi nombre arriba y, cruzando la parte baja de la imagen, «Boys from the village».
Unos segundos después la pareja se abraza del todo, de lado, con las mejillas pegadas. Al fondo, una escalera de piedra sube a una de las casas. No hay nadie más en la plaza. O sí, pero no importa: la cámara solo los mira a ellos.
Me parece el arranque perfecto, porque el clip no se anda con rodeos. No hay una larga introducción para explicar quién es quién ni de dónde vienen. Hay dos chicos en una plaza, abrazados, y ya está.
El abuelo del banco
La segunda escena me emociona cada vez que la veo. Estamos dentro de una iglesia gótica enorme, con arcos apuntados que se pierden hacia el techo y una luz clara que entra por los ventanales del fondo. En primer término, en un banco de madera, está sentado un señor mayor con camisa de cuadros y las manos apoyadas en las rodillas. Mira a cámara y sonríe, tranquilo.
Detrás de él, en el respaldo del banco de atrás, hay dos chicos sentados muy juntos. Uno apoya la cabeza en el hombro del otro, con los ojos medio cerrados. El abuelo no se vuelve a mirarlos. No le hace falta. Su sonrisa ya lo dice todo.
Ese señor vuelve a aparecer después, fuera de la iglesia, sentado en un poyete de piedra junto a una puerta antigua, con una chaqueta azul. A su lado, en el escalón, dos chicos se abrazan; uno le pasa el brazo por los hombros al otro. Y más adelante hay otra escena parecida, con dos hombres mayores en un banco de madera frente a la fachada de otra iglesia, conversando, mientras a pocos metros dos chicos con traje se apoyan contra un muro, frente con frente.
No sé si esos mayores son abuelos, vecinos o simplemente gente que pasaba. Me da igual. En el pueblo de este clip, los mayores miran a los chicos que se quieren con una calma que a mucha gente le habría parecido imposible hace no tanto tiempo.
Paseos al atardecer
Gran parte del vídeo son paseos. Parejas de chicos que caminan por la plaza, despacio, hablando. A veces van de frente, a veces se paran y se quedan cara a cara, a un palmo. Las guirnaldas de bombillas empiezan a encenderse a medida que cae la tarde, y la piedra de las casas pasa del dorado al naranja.

Hay un plano junto al mar que rompe un poco el decorado de interior. Dos chicos, uno sin camiseta y otro con camisa blanca, están apoyados contra un muro de piedra que da a un paseo marítimo. Detrás, la costa, una farola y un cielo rosado de última hora. Parece que el pueblo está junto a la costa, o que la costa queda a un paseo.
Y hay otro, dentro de las calles, en el que un chico con chaqueta vaquera está sentado solo en una plaza con terrazas vacías, mirando hacia un lado, como esperando a alguien que todavía no ha llegado. Es de los pocos momentos del clip en los que alguien está solo, y dura muy poco.
La pandilla de la fuente
En otro momento aparece una pandilla: cinco chicos de pie, en fila, delante de una fuente de piedra grande con una taza de bronce en lo alto. Detrás de ellos, agua: un río o un lago, con árboles en la otra orilla y un cielo nublado de tarde.
Los cinco miran a cámara, algunos con los brazos cruzados. Llevan chaquetas vaqueras, una camisa de flores, una chaqueta de cuero marrón, camisetas oscuras. Tienen la pose de las fotos de grupo de los veranos de juventud, cuando todos se colocan delante de algo para que quede constancia de que esa tarde existió.
Esas cuadrillas se repiten en otros momentos: cuatro chicos en una calle soleada, con camisas de colores; tres o cuatro en una terraza con vigas de madera; otros tres en medio de una plaza grande, con soportales a los lados. Es una de las cosas que más me gustan de «Boys from the Village»: no es la historia de una sola pareja, sino de una pandilla entera. Un pueblo con su cuadrilla.
El chico de las lentejuelas
Llega entonces la escena más alegre de todas. En medio de la plaza, a media tarde, han sacado una silla de forja negra, de esas de terraza antigua. Sentado en ella, un chico con una camiseta de tirantes plateada y unos vaqueros llenos de purpurina, que brillan como si llevara las estrellas encima. Extiende los dos brazos de par en par, como quien dice «aquí estoy», y una sonrisa de oreja a oreja.
Detrás de él, la plaza sigue a lo suyo: un balcón con barandilla de hierro, una farola de pie, una casa amarilla con contraventanas verdes. Nadie le dice que se baje de la silla. Nadie le pide que se quite las lentejuelas.
Me hace pensar en todos los chicos que en algún momento se sintieron demasiado brillantes para el sitio donde vivían. En este clip, la purpurina tiene su silla en la plaza mayor.
El palacio de las lámparas
En medio de tanta piedra y tanto vaquero, el vídeo se permite dos escenas de gala. Estamos en un salón enorme, con columnas de mármol y lámparas de araña de cristal colgando del techo, encendidas. En el centro, sobre un suelo de mármol pulido, bailan dos mujeres con vestidos largos de fiesta: uno turquesa y otro morado.
Se agarran de la mano y giran. Las faldas se abren como paraguas. En la segunda escena el plano es más amplio y se ve todo el salón: los ventanales, las columnas, los reflejos en el suelo. Siguen girando, y la cámara gira con ellas.
Ese salón no parece del pueblo. Parece de un palacio, o de un casino antiguo de capital de provincia, de esos que conservan los techos altos y las lámparas de cuando había bailes de sociedad. Celebro que el vídeo lo meta, porque así el pueblo no es solo de chicos: también es de ellas, y bailan donde quieren.
Los columpios de la feria
Y entonces llega una imagen preciosa en la que no sale ni un alma. Son las sillas voladoras de una feria, las de toda la vida: asientos de metal colgados de cadenas largas, pintados de azul celeste y rosa, con la pintura descascarillada por el sol de muchos veranos. Están quietas, colgando. Arriba, el techo de la atracción, con dibujos de colores ya desvaídos.

Al fondo, una farola y unos edificios bajos. Es de día, pero no hay música ni gente. La feria todavía no ha empezado, o ya se ha ido.
Para mí ese plano es el corazón del clip. Las sillas voladoras son de las primeras atracciones a las que te dejan subir de pequeño, y casi todo el mundo guarda en la memoria esa sensación de girar con los pies colgando y el pueblo dando vueltas debajo. Verlas quietas, vacías, con la pintura gastada, tiene algo de recuerdo. Como cuando vuelves de adulto a las fiestas de donde te criaste y todo te parece más pequeño.
Un beso contra la torre
Cae la noche. En una esquina de la plaza, junto a la base de una torre de piedra, hay una pareja besándose. Uno está apoyado en la pared y el otro se pone de puntillas, descalzo, para llegar. Detrás, una casa con la puerta abierta deja salir una luz cálida, y de la fachada cuelgan bombillas encendidas.
El cielo está en esa hora azul que dura muy poco, cuando ya no es de día pero tampoco de noche. La piedra de la torre está iluminada desde abajo, como en las fiestas.
Es un beso tranquilo, sin prisa, de esos que no se esconden. Me recordó a otra canción mía, «Tan paleto», que precisamente habla de los que se molestan cuando ven un beso entre dos chicos. Aquí no se molesta nadie. La torre los cubre de un lado, y del otro está toda la plaza.
La plaza después de la fiesta
Hay un plano que funciona como un salto en el tiempo. Volvemos a una plaza, pero ya es de noche cerrada, o de madrugada. Las guirnaldas siguen encendidas: bombillas cálidas y banderines de papel blanco cruzando de lado a lado. Debajo, mesas y sillas de madera de terraza, algunas movidas de sitio. Y en el suelo, restos de la fiesta: platos de cartón, vasos, alguna botella vacía tirada sobre el empedrado.

No sale ni una persona. Solo queda el rastro.
Ese plano me hace muchísima gracia y a la vez me enternece. Es la imagen exacta de cualquier fiesta de pueblo a las seis de la mañana, cuando ya se ha ido todo el mundo y solo quedan las luces encendidas, esperando a que alguien del ayuntamiento venga a recoger. Si hay basura en el suelo es porque antes hubo gente. Mucha. Y lo pasó bien.
Un chico solo en la gran plaza
Cerca de esa escena hay otra con una sola figura. Es una plaza enorme, mucho más grande que la del principio, con soportales a ambos lados y edificios largos de tres o cuatro plantas. Del centro sale una especie de toldo hecho de guirnaldas blancas, cientos de bombillas que forman un techo de luz. Al fondo, una torre con cúpula iluminada en lila.
En medio de todo eso, un chico rubio, con camisa oscura, de pie, mirando a cámara. Solo. No parece triste. Parece que espera. O que acaba de llegar y todavía no sabe a quién buscar.
Justo después, otro plano de un chico sentado en un banco blanco de madera, en otra plaza con soportales, con la cabeza baja y los codos en las rodillas. Ahí se cuela la única nota melancólica de todo el clip, y dura un suspiro.
El arco de ladrillo
Porque casi al final vuelve la risa. Un arco de ladrillo rojo, de medio punto, abierto en un muro, y dentro del arco, sentados en el pretil, dos chicos con camisa blanca y vaqueros, descalzos o en sandalias. Uno sostiene una botella. Los dos se ríen. A través del arco se ve otra plaza al fondo, con sombrillas blancas y fachadas de colores.
Es una imagen que parece un cuadro dentro del cuadro: el arco hace de marco. Y lo que enmarca es lo más sencillo del mundo, dos amigos, o dos novios, riéndose a la sombra en una tarde de verano.
Antes de eso hay un par de planos de paso: unas piernas que caminan junto a un muro de piedra, un chico que pasea con las manos en los bolsillos mientras al fondo otra pareja se abraza contra la pared. El pueblo sigue a lo suyo.
La buganvilla del final
Para despedirse, el vídeo elige algo muy pequeño. Un chico joven, con camisa y pantalón de lino color crema, está sentado en un poyo de piedra junto a una pared de sillares. Tiene una pierna recogida y la barbilla apoyada en la mano. Sobre su cabeza cae una buganvilla de flores fucsia. Calle abajo, el empedrado se pierde hacia una esquina.
No hace nada. Solo mira a cámara, pensativo, como quien está sentado a la puerta de casa viendo pasar la tarde. Y así termina el vídeo.
Después de tantos abrazos, besos y pandillas, el clip se despide con un chico solo y tranquilo. Pero no está solo como el que no tiene a nadie. Está solo como el que está en su sitio.
La luz de las guirnaldas
Si tuviera que quedarme con un solo protagonista del vídeo, no elegiría a ninguno de los chicos. Elegiría las guirnaldas. Están en casi todos los planos: cruzando la plaza del principio, colgadas de la fachada junto a la torre, formando un techo de luz en la gran plaza del chico rubio, encendidas sobre los restos de la fiesta. Son el hilo que cose el pueblo entero.
Al principio están apagadas, porque es de día. Poco a poco se van encendiendo a medida que cae la tarde, y la cámara las va siguiendo como quien sigue el paso del tiempo en un reloj. Cuando llega la noche, ya no hay rincón sin bombillas.
Me gustan porque son la decoración más humilde que existe. No hacen falta focos ni pantallas ni láseres. Basta un cable, unas cuantas bombillas y alguien que se suba a una escalera para atarlas de balcón a balcón. Es la luz de las fiestas de barrio, de las verbenas de agosto, de los patios donde se cena al fresco. Una luz hecha a mano por los vecinos.
Y esa luz, en el clip, ilumina a todo el mundo por igual: a la pareja que se besa, al abuelo del banco, a la pandilla de la fuente, al chico de las lentejuelas. Nadie se queda en la sombra.
Lo que dice otra canción
La letra de «Boys from the Village» todavía no está en la web, pero su vecina en el canal, «Boys Like Us», sí. Y tiene unos versos que parecen escritos para este pueblo:

He holds my hand Where no one sees
En «Boys Like Us» esa mano se coge donde nadie mira. En «Boys from the Village», en cambio, se coge en mitad de la plaza. Me gusta pensar que una canción es la continuación de la otra: primero, la mano a escondidas; después, la mano a la vista de todos.
Y hay otros versos de esa misma canción que encajan con los mayores del banco y con la plaza entera:
Oh they whisper Oh they stare But boys like us We don’t care
En el pueblo del clip ni siquiera hacen falta. Nadie cuchichea. Nadie se queda mirando.
Por qué necesitaba un pueblo así
Hay una parte de mi historia que explica este clip. Durante veinte años viví dentro de dos relaciones con personas narcisistas, una detrás de otra. El día que por fin se les vio la cara de verdad, lograron poner en mi contra a mucha de la gente a la que yo quería. El resultado tiene nombres clínicos: trastorno de estrés postraumático, depresión mayor, ansiedad, fobia social y trastorno de la personalidad por evitación. Hoy me acompañan una psiquiatra y una psicóloga. Y hubo días en los que la idea de morir me rondó muy de cerca.
Cuando la gente que creías tuya te da la espalda, aprendes a temer a las miradas. Una plaza llena de vecinos puede convertirse en el sitio más hostil del mundo. Por eso necesitaba inventarme un pueblo donde las miradas fueran amables: un abuelo que sonríe, una pandilla que te espera en la fuente, una silla en la plaza para el que brilla. Inventarlo me ha ayudado a creer que existe.
Si te reconoces en esto, rodeado de ojos que pesan y sin nadie con quien hablar, no te lo quedes dentro. Marca el 024 si vives en España: es gratis, confidencial, no cierra nunca y lo coge gente formada para acompañar pensamientos de suicidio, los tuyos o los de alguien que te importa. Ante un peligro inmediato, el número es el 112. Fuera de España, la web findahelpline.com te indica la línea de tu país. A veces basta una sola persona sentada en el banco de al lado.
Para escucharla y bajarla
Todo lo que he publicado se escucha y se baja gratis, sin cuentas ni pagos, en mi zona de descargas. «Boys from the Village» está allí, con el resto del disco.
Si quieres mi recomendación, ponla una tarde de verano, con la ventana abierta, a esa hora en que en los pueblos se empiezan a encender las farolas.
Cuatro detalles para no perderse
El primero, la sonrisa del señor del banco de la iglesia, con los dos chicos detrás. Es el momento que da sentido a todo.
El segundo, el chico de las lentejuelas en la silla de forja, con los brazos abiertos en mitad de la plaza.
El tercero, las sillas voladoras de la feria, quietas y con la pintura gastada. No sale nadie y es una de las imágenes más emocionantes.
El cuarto, la plaza al amanecer con los restos de la fiesta bajo las guirnaldas encendidas.
Preguntas frecuentes
¿Cuándo salió el videoclip de «Boys from the Village»? El lunes 7 de julio de 2025, a las 18:30 (hora de Madrid), en YouTube. Dura dos minutos y treinta y siete segundos.
¿De qué disco es? De «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía de Planeta Gayfolk.
¿Dónde transcurre el clip? En un pueblo de piedra imaginado: una plaza con guirnaldas, una iglesia gótica, una fuente junto al agua, un salón de palacio con lámparas de araña, unas sillas voladoras de feria y varias calles empedradas.
¿Qué relación tiene con «Boys Like Us»? Son vecinas en el canal y comparten tema: chicos que se quieren. En «Boys Like Us» la mano se coge donde nadie mira; en «Boys from the Village», en mitad de la plaza.
¿Se puede descargar gratis? Sí. Toda mi música se descarga gratis y sin registro desde la página de descargas de mikesaintlouis.com.