
Por Mike Sain't Louis ·
Descansar sin culpa: la IA no se cansa, yo sí
La herramienta con la que hago la música de PLANETA GAYFOLK no tiene horario. No bosteza, no se le cierran los ojos a las dos de la madrugada, no pide un domingo libre ni se va de puente. Le pido una versión y me la da. Le pido otra y me da otra. Si quisiera, podría estar así hasta el amanecer, y luego otra vez hasta el siguiente. Ella aguantaría. Yo no.
Llevo unos dos años y unos 273 singles para descubrir algo que cualquier persona con un cuerpo debería saber de serie: que la capacidad de una máquina no es una meta para un ser humano. Parece evidente escrito así. Vivido desde dentro, con el portátil abierto y una idea a medio terminar, no lo es tanto. Este texto va de eso: del cansancio, de la culpa de parar y de por qué he decidido que descansar también forma parte del oficio.
Una fábrica que no cierra
Hay algo que no se cuenta mucho cuando se habla de crear con inteligencia artificial. Todo el debate gira alrededor de si es arte, de si es trampa, de quién firma qué. Casi nadie habla del ritmo. Y el ritmo, para mí, es lo que más ha cambiado.
Antes, entre tener una letra escrita y escucharla convertida en canción había un camino largo. Había que esperar, depender de otras personas, encontrar dinero, encontrar tiempo. Esa espera era frustrante, pero también obligaba a parar. Ahora el camino es muy corto. Escribo una letra por la tarde y esa misma noche puedo tener diez propuestas de cómo podría sonar. Eso es un regalo enorme para alguien como yo, que tiene más canciones en la cabeza que horas en el día.
El problema es que el regalo viene sin instrucciones. Cuando producir cuesta tan poco, la pregunta deja de ser «¿puedo hacer otra?» y pasa a ser «¿por qué no hago otra?». Y esa segunda pregunta no tiene fondo. Siempre hay una versión más que probar, un estribillo que podría quedar mejor, una letra vieja que merecería salir. La fábrica no cierra porque nadie ha puesto un cartel en la puerta.
Hay noches en que me doy cuenta de que llevo horas eligiendo entre propuestas casi idénticas, con los ojos secos y el café frío, y que ya no distingo si una es mejor que otra o si simplemente estoy demasiado cansado para oír. A esas alturas no estoy creando. Estoy cumpliendo un turno que nadie me ha asignado.
Qué es el burnout, según la OMS
Conviene ponerle nombre a las cosas con cuidado, así que voy a ser preciso. La palabra burnout, en castellano síndrome de estar quemado o de desgaste profesional, se usa mucho y a veces mal. La Organización Mundial de la Salud la recoge en su Clasificación Internacional de Enfermedades, la CIE-11, que entró en vigor en 2022. Pero la recoge de una forma concreta: no como una enfermedad, sino como un fenómeno ligado al trabajo, dentro del apartado de factores que influyen en la salud.
Según la OMS, el burnout es el resultado de un estrés crónico en el trabajo que no se ha conseguido gestionar bien. Y lo describe con tres rasgos:
- Agotamiento: sensación de falta de energía, de estar vacío, de que el descanso de una noche ya no alcanza.
- Distancia mental con el trabajo: sentimientos negativos o cínicos hacia lo que haces, ganas de alejarte, desapego.
- Menor eficacia profesional: la impresión de que rindes menos, de que ya no te sale, de que no sirves para lo que antes hacías bien.
Hay un matiz importante que la OMS subraya: el término se refiere específicamente al contexto laboral, y no debería usarse para describir experiencias de otros ámbitos de la vida. Es decir, no es lo mismo que estar cansado de la familia o de una relación. Y otro matiz todavía más importante: el burnout no es un diagnóstico de depresión ni de ansiedad, aunque puede parecerse y a veces convivir con ellas. Por eso, quien se sienta así no debería ponerse la etiqueta solo. Lo que yo cuento aquí es información general, no sirve para diagnosticar a nadie. Un profesional sanitario es quien puede valorar qué está pasando.
Las señales, contadas desde mi mesa
No voy a decir que yo tenga burnout, porque esa valoración no me corresponde a mí. Lo que sí puedo contar son las señales que he aprendido a reconocer en mí mismo cuando el ritmo se me va de las manos. Las cuento por si a alguien le suenan.
La primera es que escucho sin oír. Pongo una propuesta, la quito, pongo otra, y no sé qué me ha parecido ninguna. Mi criterio, que es lo único que de verdad aporto en ese proceso, se apaga, y sin criterio la herramienta no sirve para nada.
La segunda es que las letras que me hacían reír dejan de hacerme gracia. Yo escribo canciones con humor, títulos pensados para que te asome una sonrisa antes de darle al play. Cuando lo leo todo con la misma cara de funcionario a última hora de la tarde, algo va mal.
La tercera es el cinismo. Ese pensamiento de «total, para qué», que no tiene nada de pereza y mucho de desgaste. Cuando una canción que me ilusionaba se convierte en un trámite más que tachar, el problema no es la canción.
Y la cuarta es la más traicionera: descansar no me descansa. Cierro el portátil y la cabeza sigue abierta, haciendo listas, recordando lo que falta por subir, calculando cuánto llevo de retraso respecto a un calendario que me he inventado yo.
Si alguna de estas cosas te pasa a ti durante semanas, no es una prueba de que seas flojo. Es información. Y merece que la escuches.
La culpa de parar
Lo más difícil para mí no es el cansancio. Es la culpa que aparece cuando intento hacerle caso.
Cuando la herramienta puede trabajar sin parar, cada hora que no la uso parece una hora perdida. Es una trampa muy de nuestra época: confundir lo posible con lo obligatorio. Como podría hacer otra canción, siento que debería hacerla. Como otros publican sin parar, siento que, si me detengo, desaparezco. Y como trabajo solo, al frente de un sello en el que nadie más ficha, no hay nadie que me diga «vete a casa». El jefe que me exige y el empleado que se agota son la misma persona, y ninguno de los dos tiene vacaciones.
He tenido que repetirme una idea muy sencilla muchas veces, hasta creérmela un poco: la máquina no se cansa porque no tiene nada que cansar. No tiene cuerpo, no tiene vida fuera, no tiene nada que perder si sigue. Yo sí. Compararme con ella no es ambición, es un error de categoría. Es como sentirse mal por no ser tan rápido como un microondas.
Hay además una culpa más fina, que me cuesta más confesar. A veces siento que, como la música la hace la IA, descansar es casi un capricho, que mi trabajo es «menos trabajo» y no me lo he ganado. Pero escribir letras, elegir entre decenas de propuestas, descartar casi todo, montar videoclips, decidir portadas y fechas y llevar un proyecto entero yo solo cansa igual que cualquier otro oficio. El cansancio no pide permiso para existir según la herramienta que uses.
En mis canciones esto lo tengo bastante más claro que en la vida. En «Marica Chill» el estribillo lo dice sin rodeos: «Marica chill, sin culpa, sin plan». Lo escribí como una fantasía de mercadillo y playa, con abanico y short transparente, pero cada vez que lo releo me parece también un recordatorio para el que lo escribió. Sin culpa. Sin plan. Que un día sin producir no es un día robado a nadie.
El descanso es parte del oficio
Me ha ayudado mucho dejar de pensar en el descanso como lo contrario del trabajo y empezar a pensarlo como una parte del trabajo. Ningún deportista entrena todos los días al máximo. Los músicos que tocan un instrumento saben que las manos necesitan parar. Los campos se dejan en barbecho para que vuelvan a dar. Nadie diría que el barbecho es pereza.
Con las letras pasa algo parecido. Las mejores ideas que tengo casi nunca aparecen delante de la pantalla. Aparecen en la calle, en una conversación ajena en el metro, en una frase que dice alguien en una terraza de Madrid sin saber que acaba de regalarme un título. Si paso el día entero generando, no estoy en ninguno de esos sitios. Y entonces lo que escribo empieza a parecerse a lo que ya escribí, porque no he dejado entrar nada nuevo.
Descansar también afila el criterio. Una canción que me parece imprescindible a las tres de la madrugada muchas veces me parece floja a las once de la mañana. Y al revés: una propuesta que descarté agotado, escuchada con la cabeza fresca, a veces era justo la buena. El descanso no me quita canciones. Me ayuda a elegir mejor cuáles merecen salir.
Hay una canción mía que es casi una invitación a esto. «Holy Stillness», mi canción de cuna, tiene unos versos que me gustaría tener pegados encima de la mesa: «Rest now, little one, / Rest without fear». Que se traduce por algo así como «descansa, pequeño, sin miedo». Y casi al final: «Nothing is rushed, / Everything is right». Sin carreras, todo en su sitio. A veces me cuesta más escuchar mis propias canciones que escribirlas.
Límites concretos, sin heroicidades
Decir «hay que descansar» es fácil. Lo difícil es convertirlo en algo que se pueda hacer un martes. Estas son las costumbres que intento sostener. No siempre lo consigo, pero cuando las cumplo, se nota.
- Días sin generar. Reservo días en los que no abro la herramienta. Puedo escribir en un cuaderno, si me apetece, o no hacer nada creativo en absoluto. Pero ese día no se produce. Saber de antemano que existe ese día me quita la ansiedad de tener que aprovechar todos los demás.
- Una hora de cierre. Cuando llega, cierro el portátil. Cerrarlo de verdad, con la tapa abajo, no dejarlo abierto «por si acaso». Lo que no esté terminado puede esperar a mañana. Casi siempre puede.
- Un límite de versiones. Si después de un número razonable de propuestas ninguna me convence, el problema no se arregla con cuarenta más. Suele estar en la letra o en mi cansancio. Paro y vuelvo otro día.
- El calendario lo decido yo, y con aire. Las fechas de publicación me las pongo yo mismo, así que puedo dejarles margen. Un ritmo que solo funciona si todo sale perfecto no es un ritmo, es una cuerda floja.
- No comparar volúmenes. Siempre habrá alguien que publique más. Esa carrera no tiene meta, y mis canciones no ganan nada por salir antes.
- Notificaciones fuera por la noche. Las estadísticas, los comentarios y los mensajes pueden esperar al día siguiente. Mirarlos en la cama no me informa, me desvela.
- Cuidar lo básico. Acostarme a una hora parecida, no saltarme comidas por terminar algo, pisar la calle a la luz del día. Parece de manual porque lo es, y funciona justo por eso.
Lo que busco no es trabajar poco. Es poder seguir trabajando dentro de cinco años con ganas. Un ritmo sostenible es el que puedes mantener sin romperte, no el que te permite batir un récord una semana y desaparecer la siguiente.
Si el cansancio pesa demasiado
Quiero terminar con algo más serio, porque el agotamiento a veces no se queda en agotamiento. Si llevas semanas sintiéndote vacío, sin energía, desconectado de lo que antes te importaba, o si el cansancio se mezcla con tristeza, angustia o la sensación de que nada tiene sentido, no lo cargues solo. Habla con alguien de confianza. Y pide ayuda profesional: en España puedes empezar por tu médico de familia, que puede orientarte o derivarte a salud mental. Las canciones me acompañan mucho, pero no sustituyen a una terapia ni a un tratamiento. Lo cuento con más detalle en mi serie sobre salud mental.
Y si el agotamiento llega a convertirse en ideas de muerte o de hacerte daño:
- En España, marca el 024: es la línea de atención a la conducta suicida, gratuita, confidencial y disponible día y noche, las 24 horas.
- Ante una emergencia o un peligro inmediato, el 112.
- En Latinoamérica y en el resto de Europa, contacta con el teléfono de emergencias local.
Buscar apoyo se parece mucho a cerrar el portátil a tiempo: una forma de cuidar a la persona que hace todo lo demás. La máquina puede seguir. Tú tienes derecho a parar.