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Bailar con la propia sombra: las sombras de Planeta Gayfolk, del rincón oscuro a la pared desconchada

Para tener sombra hace falta una luz. Es lo primero que se aprende de pequeño, cuando alguien pone la mano delante de una lámpara y en la pared aparece un perro, un pato o un conejo con las orejas largas. La sombra no existe sola. Necesita algo que la tape y algo que la alumbre. Llevo tiempo pensando que eso, que parece una lección de física de primaria, es lo más importante que sé sobre mis propias canciones.

Porque en Planeta Gayfolk hay muchas sombras. Las he ido escribiendo sin darme cuenta, una en cada disco, una en cada mala racha, y solo al releer las letras seguidas he visto que forman una familia. Hay una que se esconde, una que manda, una que protege, una que baila, una que miente y una que, por fin, se vuelve amable. Este texto es un paseo por todas ellas, con la letra delante y los videoclips en la memoria. No es un análisis. Es más bien un álbum de siluetas.

La sombra que esconde la luna

La primera que recuerdo está en «El espejo de enfrente», y empieza así:

En la penumbra de la madrugada, La luna esconde mi pálida sombra,

Me gusta la palabra penumbra porque no es oscuridad del todo. Es esa hora en la que ya no es de noche pero todavía no es de día, cuando las cosas tienen contorno pero no color. Y en esa media luz, la luna, que debería ser la que proyecta la sombra, hace lo contrario: la esconde. Es una sombra pálida, además, que es casi una contradicción. Las sombras son oscuras por definición. Esta está tan cansada que ha perdido hasta eso.

La canción, luego, se pasa los versos peleándose con un espejo. Pero empieza con la sombra, y no por casualidad. Antes de mirarse a la cara, quien habla ya ha perdido la otra versión de sí mismo, la que va pegada a los pies. Primero se va la sombra; luego, el reflejo se vuelve insoportable.

En el videoclip hay un plano que siempre asocio con ese verso: un hombre con camisa blanca, de espaldas, frente al mar de noche, con un espejo de mano pequeño y redondo en el que se adivina un trozo de su cara. No se ve su sombra. Se ve el agua, unas luces lejanas en la costa y ese círculo de cristal. Es la imagen de alguien que se busca en un objeto porque en el suelo ya no se encuentra.

La sombra que es dueña de las noches

La segunda sombra de la familia es la más mandona. Vive en «Dark corners»:

I’m dancing in the dark corners Con mi sombra, she’s the owner

Aquí la sombra ya no se esconde. Al contrario: es la propietaria. Dueña de las noches y del corazón, dice el verso siguiente. Y quien habla baila en los rincones, que es donde se acumula la oscuridad de cualquier discoteca, lejos de los focos y de la barra. Bailar en un rincón es bailar sin que te vean, o bailar esperando que alguien te vea y no te vea a la vez.

Me hace gracia que la sombra sea femenina en inglés, «she», en una letra que va saltando de un idioma a otro. Como si la sombra fuera una señora con mucho carácter que ha alquilado el piso y no piensa irse. Una casera de la tristeza. Más adelante la canción lo dice todavía más claro:

Sombras y luces, ese es mi rol

Ahí está la lección de primaria otra vez. Sombras y luces, juntas, como un oficio. El personaje de «Dark corners» no elige entre una cosa y otra: trabaja con las dos. Brilla por fuera, en la calle, y por dentro se le acaba el gas. Es una manera muy exacta de describir lo que es estar mal y salir de noche igualmente.

El videoclip de esta canción tiene la procesión más rara del planeta. Por calles de piedra estrechas, de noche, avanza un grupo vestido de negro con velas encendidas y, por encima de sus cabezas, un enorme corazón negro brillante, como un globo hecho de purpurina oscura. Todo el clip va de tiovivos iluminados y pasillos de espejos, pero lo que se me quedó grabado es eso: un corazón convertido en sombra, llevado en andas por la ciudad.

La sombra que hace de castillo

La tercera es la más mía, y por eso este texto tiene como ancla «Antisocial». En esa letra hay dos renglones que podrían ser el manual de instrucciones de mi vida durante muchos años:

Tira de película con cuatro fotogramas de videoclips de Mike Sain't Louis: un chico con camisa de flores ante una pared blanca con sombras de colores y otro con chaqueta de cuero junto a un muro azul y amarillo en «Antisocial», una procesión nocturna con velas bajo un gran corazón negro en «Dark corners» y la sombra de una bailarina sobre una pared en «Lai»
En las sombras me mantengo, observo y aprendo,
mi silencio es un castillo, yo una armadura sin llave.

La sombra aquí no es enemiga ni dueña. Es refugio. Me mantengo en ella como quien se queda en el portal mientras llueve. Y desde ahí hago dos cosas que no son poca cosa: observo y aprendo. Es la sombra del que mira desde el borde de la fiesta, del que se sabe de memoria las caras de la gente sin haber hablado con nadie.

Lo del castillo me sigue pareciendo una imagen muy precisa. Un castillo protege, pero también encierra. Y una armadura sin llave es una armadura que no se puede quitar, aunque uno quiera. La sombra que protege tiene esa letra pequeña: llega un momento en que ya no sabes salir.

El videoclip de «Antisocial» está lleno de colores chillones, globos, piruletas gigantes y salas rosas, pero tiene dos momentos de sombra que me parecen de lo mejor que he puesto en una pantalla. En uno, un chico con camisa de flores abre los brazos delante de una pared blanca, y detrás de él se dibujan a la vez varias sombras de colores: una rosa, una amarilla, una azul celeste, desplazadas, como si cada una hubiera llegado con un poco de retraso. En el otro, un chico con chaqueta de cuero negro pasa junto a un muro de ladrillo pintado mitad de azul y mitad de amarillo, y sus dos sombras, una a cada lado, son de colores distintos.

Ninguna sombra de esas es negra. Todas tienen color. Y esa es la primera vez que entendí, mirando mi propio vídeo, que una sombra no tiene por qué ser lo oscuro de uno. Puede ser la parte de uno que todavía no ha decidido qué color tiene.

La sombra donde bailan las horas rotas

En «Ruido en mi mente» hay una sombra con inquilinos:

En mi sombra bailan las horas rotas

Es una de las imágenes más tristes que he escrito y una de las que más quiero. Las horas rotas son las que no sirven para nada. Las que se pasan mirando el techo, las que no se cuentan en ningún calendario, las que uno no recuerda luego cuando le preguntan qué hizo ayer. Y esas horas no se quedan quietas: bailan. En la sombra de quien habla hay una fiesta de horas que no le pertenecen.

Justo antes, la letra habla de un reloj parado que grita su tic. Y justo después, de una luna que se burla con una carcajada. Es un cuarto pequeño con tres personajes: el reloj que no avanza, la luna que se ríe y la sombra llena de horas bailando. Así se siente la depresión cuando aprieta. El tiempo no pasa, pero tampoco está quieto. Se mueve dentro de ti, sin ir a ninguna parte.

La sombra que disfraza

La quinta sombra tiene más que ver con los demás que conmigo. Está en «Mentes diabólicas», entre comillas, como si fuera un refrán:

“Bajo el sol somos iguales, en la sombra se disfrazan”,

Aquí la sombra es el sitio donde la gente se cambia de ropa. A plena luz todo el mundo parece igual de amable. En la sombra, algunos se ponen la máscara, o se la quitan, según se mire. La canción va de hipocresía, de los que sonríen de cara y hacen daño por la espalda, y la sombra es el escenario de ese cambio.

No quiero quedarme mucho en esta, porque es la única sombra de la familia que no es mía. Pero me parece importante que esté, porque explica por qué durante tanto tiempo le tuve miedo a la oscuridad. No a la mía. A la de otros, la que no se ve venir.

La sombra que se vuelve amable

Y entonces hay una sombra que cambia de bando. La encontré escribiendo una nana, «Holy Stillness»:

The world exhales, the dark turns kind,

El mundo suelta el aire y la oscuridad se vuelve amable. Es el verso más sencillo de todos los que he citado hasta ahora y, para mí, el más difícil de escribir. Durante años la oscuridad fue enemiga, dueña o castillo. Al releerlo, que la oscuridad pudiera ser amable me pareció casi un milagro pequeño, de los que solo se notan cuando ya han pasado.

Hay una prima de esa nana, «Dreams Drift Afar», que es casi todo tarareo y en la que se cuela una línea con palabras:

Nananana, night shadows fall.

Caen las sombras de la noche, y no pasa nada. Nadie se asusta. Es lo que les ocurre a los niños cuando alguien les tararea al lado: la oscuridad llega, pero llega acompañada. Esa es la diferencia entre una sombra que da miedo y una que da sueño. No la oscuridad en sí, sino quién está contigo cuando cae.

La sombra que baila en la pared

Hay una sombra en mis vídeos que no necesita ninguna letra para explicarse. Está en el clip de «Lai», que es una canción hecha casi solo de sílabas. En un momento, en una pared vieja con la pintura desconchada, aparece la sombra de una bailarina en mitad de un paso, apoyada en un pie, con un brazo hacia arriba, el otro hacia delante y una pierna estirada en horizontal. Alrededor flotan manchas de luz de colores, rosas y amarillas, desenfocadas, y detrás de ella se enciende un gran círculo turquesa, como las que se ven cuando uno cierra los ojos después de mirar una lámpara.

No hay bailarina. Solo la sombra. Y no hace falta más. Es la imagen que más me gustaría colgar en la pared de cualquiera que esté pasando una mala época: una sombra que no se arrastra, no se esconde ni hace de castillo. Baila.

Me gusta que la pared esté desconchada. Una pared nueva sería demasiado limpia, demasiado de anuncio. La pared vieja, con capas de pintura que se caen, es una pared que ha vivido. Y aun así, encima de todo eso, se puede bailar. La sombra no necesita una superficie perfecta. Le basta con una superficie.

La sombra que se convierte

La última sombra de la familia ni siquiera se llama sombra. Está en «Boys Like Us», en el estribillo:

We turn the dark Into pride

Convertimos la oscuridad en orgullo. Es la frase más de pancarta de toda la lista, y lo es a propósito. Después de tanta sombra pálida, mandona, protectora y llena de horas rotas, alguien tenía que poner por escrito que la oscuridad también es materia prima. Que con ella se hace otra cosa.

No es una idea nueva. Es lo que la gente LGTBI lleva haciendo desde siempre: coger lo que nos dijeron que era oscuro, vergonzoso o de rincón, y convertirlo en desfile. Las sombras de la discoteca, de los cuartos oscuros, de los armarios. Todo eso, al sol, se llama orgullo.

Dos rincones que se miran

Hay algo que solo vi al poner «Dark corners» y «Antisocial» una al lado de la otra. Las dos hablan del rincón. En una se baila en él; en la otra se mira desde él. Son dos maneras de estar en el mismo sitio. La primera finge que todo va bien, con tacones altos y sonrisa para no sentir. La segunda ni siquiera finge: se queda quieta, observa y aprende.

Retrato en blanco y negro de Mike Sain't Louis, con camisa abierta y el pecho tatuado, enmarcado como una lámina colgada en una pared clara, junto al texto «Letrista, compositor y productor musical»

Durante años pensé que la segunda era la peor. El que baila al menos se mueve, me decía. El que mira desde la esquina se queda fuera de todo. Ahora no estoy tan seguro. El que baila en el rincón para no sentir está gastando una energía que no tiene. El que observa está guardando la suya. Ninguna de las dos maneras es sana para siempre, pero las dos son formas de sobrevivir a una fiesta que, por la razón que sea, se ha vuelto demasiado grande.

Lo que me gustaría ahora es una tercera manera que todavía no he escrito del todo: salir del rincón despacio, sin tener que fingir y sin tener que esconderse. Con la sombra al lado, no delante ni detrás.

Sombras chinescas

Quien haya hecho alguna vez sombras con las manos en la pared de un pasillo, con la luz de una lámpara de mesilla, sabe que casi siempre salen mal. El perro parece una tetera y el pájaro, una pinza de tender. Pero tiene algo de magia que, con solo mover dos dedos, la cosa de la pared cambie de animal. Un conejo se convierte en lobo. Un pato abre el pico y se vuelve cocodrilo.

Pienso mucho en eso cuando escribo. Una letra es, en el fondo, una sombra chinesca: con muy poco, unas pocas palabras puestas en un orden, aparece en la pared algo que no estaba. Y quien lo mira ve lo que quiere ver. Lo que para mí era un castillo, para otra persona puede ser una cárcel o una casa. Lo que para mí era una sombra pálida, para otra puede ser un fantasma o un alivio.

Me gusta que las canciones funcionen así. No quiero que nadie vea exactamente mi sombra en ellas. Quiero que cada cual ponga la mano delante de la lámpara y vea la suya.

La bola de espejos

Hay un objeto que en Planeta Gayfolk sale muchas veces y que, pensándolo bien, es una máquina de hacer sombras: la bola de espejos. Cuelga del techo de las discotecas, gira, y llena la sala de puntitos de luz que se mueven. Entre punto y punto, todo es sombra. La pista, en realidad, está casi a oscuras, salpicada de luz.

Ilustración pintada de un rincón vacío de discoteca con paredes moradas: una bola de espejos llena la pared de puntos dorados, un aplique ilumina desde abajo, hay dos sillas apiladas y en la pared se proyecta la sombra de una bailarina con los brazos en alto, sin ninguna persona a la vista

Lo que más me gusta de la bola de espejos es que reparte la luz sin elegir a nadie. Cae igual sobre el que baila en el centro y sobre el que mira desde el rincón. Por un segundo, un punto de luz te pasa por la cara, y al segundo siguiente estás otra vez en la sombra. Nadie se queda iluminado para siempre, y nadie se queda a oscuras para siempre. Si tuviera que elegir una imagen de cómo me siento ahora, en los días buenos, sería esa: una pista a media luz donde la luz va y viene, y a mí me toca de vez en cuando.

Pequeño tratado de sombras

Si pongo todas estas sombras en fila, me sale algo parecido a un calendario de la recuperación. Primero la sombra se va: pálida, escondida por la luna. Luego vuelve, pero como dueña: me baila encima. Después me meto dentro, como en un castillo. Dentro hay horas rotas que bailan solas. Fuera hay otros que se disfrazan en la sombra, y eso me da todavía más miedo de salir. Y un día, sin saber muy bien cuándo, la oscuridad se vuelve amable, cae como cae la noche en una nana, baila en una pared y se convierte en otra cosa.

Tarjeta oscura titulada «Seis sombras, seis canciones» con seis versos de Mike Sain't Louis que hablan de sombras, cada uno con el título de su canción: El espejo de enfrente, Dark corners, Antisocial, Ruido en mi mente, Holy Stillness y Dreams Drift Afar

No ha sido en ese orden, claro. Las canciones no se escribieron en fila y la vida tampoco va en línea recta. Pero me gusta leerlas así, como si fueran las estaciones de un mismo viaje.

Hay algunas cosas que he aprendido de tanto escribir sombras, y las apunto aquí como quien apunta una receta que funciona en su cocina, sin pretender que funcione en todas:

  • Una sombra siempre tiene la forma de quien la proyecta, aunque esté deformada. No es otra persona. Eres tú, de lado.
  • Las sombras más largas salen al amanecer y al atardecer, cuando la luz está más baja. Las peores horas suelen ser también esas.
  • A mediodía casi no hay sombra. Pero tampoco se puede vivir siempre a mediodía.
  • Si hay varias luces, hay varias sombras, y cada una de un color. Lo aprendí con el chico de la camisa de flores.
  • La sombra no se puede quitar. Se puede acompañar.

Esa última es la que más me importa. Durante mucho tiempo quise librarme de la mía. Ahora intento que no baile sola.

Lo que hay detrás

Escribo todo esto desde un sitio concreto, y prefiero decirlo claro. Pasé dos décadas encadenando dos parejas narcisistas, una detrás de otra. Cuando por fin se vio quiénes eran, consiguieron que mucha gente de mi alrededor se pusiera de su lado, y lo que yo explicaba sonaba a exageración. Las canciones fueron el lugar donde guardé mi versión de los hechos, sin poner nombres y sin apuntar a nadie.

Llegué a estar a punto de no continuar. Si lo menciono es porque ya he salido de ahí y hablo desde la orilla buena. Tengo diagnosticados un TEPT, una depresión mayor grave y ansiedad, además de fobia social y un trastorno de evitación. Sigo un tratamiento de psiquiatría y psicología, y hay semanas en que la sombra pesa menos y semanas en que pesa más. Pero ya no la miro como a una enemiga.

Si alguna de estas sombras se parece demasiado a la tuya, no te quedes a solas con ella. Desde cualquier teléfono de España, el 024 es gratuito, funciona día y noche y atiende también a quien está preocupado por otra persona. Si la situación es urgente, marca el 112. Puedes hablar asimismo con el Teléfono de la Esperanza (717 003 717), y quienes aún no son mayores de edad tienen a ANAR (900 20 20 10). Desde otros países, la web findahelpline.com reúne las líneas gratuitas de cada lugar. Una llamada también es una luz, y donde hay luz, la sombra deja de estar sola.

Todas las canciones de este recorrido se pueden escuchar y descargar gratis desde descargas, gratis y sin crear ninguna cuenta. Y los videoclips, con su procesión del corazón negro, su chico de las sombras de colores y su bailarina en la pared, están en Planeta Gayfolk.

Preguntas frecuentes

¿En qué canciones de Mike Sain't Louis aparecen sombras? En muchas. Este texto recorre «El espejo de enfrente», «Dark corners», «Antisocial», «Ruido en mi mente», «Mentes diabólicas», «Holy Stillness», «Dreams Drift Afar» y «Boys Like Us», además del videoclip de «Lai», donde aparece la sombra de una bailarina en una pared desconchada.

¿Por qué el texto toma «Antisocial» como canción principal? Porque es la letra en la que la sombra funciona como refugio, con el verso «En las sombras me mantengo, observo y aprendo,» y la imagen del silencio como castillo. Es la sombra más cercana a mi experiencia.

¿Qué significa «the dark turns kind»? Es un verso de «Holy Stillness» que se puede traducir como «la oscuridad se vuelve amable». En este recorrido marca el momento en que la sombra deja de dar miedo y empieza a acompañar.

¿Qué se ve en los videoclips que se mencionan? En «Antisocial», un chico con camisa de flores ante una pared blanca con varias sombras de colores, y otro con chaqueta de cuero junto a un muro azul y amarillo. En «Dark corners», una procesión nocturna con velas y un gran corazón negro. En «El espejo de enfrente», un hombre de espaldas frente al mar con un espejo de mano. En «Lai», la sombra de una bailarina con una pierna en alto sobre una pared vieja.

¿Dónde puedo escuchar estas canciones? En la página de descargas de esta web, donde se pueden bajar gratis, y en los videoclips de Planeta Gayfolk.

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