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Una puerta dorada, una jaula abierta y una llave prestada: las puertas de Planeta Gayfolk

Una puerta es la única pared que sabe moverse. Lo pensé una tarde mirando la de mi cuarto, entornada, con una raya de luz del pasillo colándose por el borde, y desde entonces no he podido dejar de verlas en mis canciones. Están por todas partes. Algunas las escribí sin darme cuenta, otras aparecieron en los videoclips como si alguien las hubiera colocado a propósito para que yo las encontrara después.

Este texto es un paseo por esas puertas. No es un inventario completo ni un análisis serio. Es más bien lo que haría alguien que recorre una casa vieja tocando cada picaporte para ver qué se abre. Hay puertas doradas y puertas rosas, puertas que se cierran con un portazo y otras con muchísimo cuidado, llaves prestadas, jaulas que se quedan abiertas y un laberinto que no tenía ninguna salida. Vamos de una a otra, letra en mano.

La puerta dorada que se abre sobre la oscuridad

Empiezo por la más bonita, que está en el videoclip de «Gatekeeping». A los pocos segundos de empezar, justo después del rótulo, hay un plano que me sigue pareciendo perfecto: dos hojas de una puerta antigua, de madera clara, con unos tiradores dorados muy trabajados, que se separan despacio. Detrás no hay ninguna habitación. Hay una oscuridad casi completa y, en el centro, un punto de luz blanca que estalla en destellos, como una estrella vista a través de un cristal.

Fotograma del videoclip de «Gatekeeping» enmarcado en un arco dorado: una galería larguísima con espejos rotos en marcos dorados y una figura diminuta de espaldas al fondo, junto al verso «I didn’t knock.»

Lo que me gusta de esa imagen es que no sabemos de qué lado estamos. Podríamos ser quien abre, o quien espera fuera, o la propia luz. Una puerta así es una promesa y una amenaza al mismo tiempo. Puede dar paso a algo luminoso o puede ser la entrada a un vacío. Y en una canción que va precisamente de quién tiene derecho a cruzar ciertas puertas, ese plano funciona como una pregunta antes de que empiece la letra.

Más adelante, el mismo clip enseña galerías larguísimas, con las paredes forradas de damasco y llenas de espejos rotos en marcos dorados, una puerta detrás de otra hasta el fondo, donde camina una figura diminuta de espaldas. Son pasillos de palacio, de museo, de esos sitios donde siempre parece que hace falta una invitación, y los espejos rotos dicen mucho de lo que pasa cuando alguien se mira demasiado en su propio reflejo. Todo el vídeo está lleno de espacios a los que no se entra porque sí.

Los porteros

«Gatekeeping» es una palabra inglesa que no tiene una traducción exacta. Viene de la figura del guardián de la puerta, el que decide quién pasa y quién no. Se usa para hablar de la gente que vigila la entrada a un ambiente, a un estilo, a una forma de arte, y que se reserva el derecho a decir quién merece estar dentro. En las etiquetas que puse al publicar el vídeo aparecen palabras como cultura del permiso, buen gusto o elitismo, y creo que lo resumen bien.

El estribillo lo dice con una imagen muy sencilla:

Gatekeeping, shutting every door.

Cerrando todas las puertas. No una, todas. Es la descripción de alguien que ha convertido su sitio en el mundo en una fortaleza. Y unos versos antes, la letra explica cómo se construye esa fortaleza:

You draw a line around yourself and call it culture.

Dibujar un círculo en torno a uno mismo y bautizarlo con una palabra solemne. Esa es, para mí, la forma más elegante de cerrar una puerta: no con un cerrojo, sino con una definición. Si decides qué es arte y qué no, ya no necesitas echar a nadie. Se quedan fuera solos. La puerta no se ve, pero está.

Hay otro momento de la letra que me parece el centro de todo, cuando la canción le reprocha al guardián que nunca se interese por el origen de nada, solo por el permiso. El portero nunca pregunta de dónde viene algo, qué historia trae, qué le ha costado llegar. Solo pregunta quién le ha dado permiso. Es la lógica de las listas de invitados, de los carnés, de los sellos en la muñeca. Y es una lógica que, como persona queer, conozco bien. Durante mucho tiempo, y todavía hoy en muchos sitios, la vida de gente como yo ha dependido de que alguien con llaves decidiera si podíamos entrar.

En la última vuelta del estribillo, además, cambia un renglón. Lo que antes era una queja sobre puertas cerradas se vuelve una descripción del poder del portero:

Gatekeeping, deciding who’s in.

Decidiendo quién está dentro. Me gusta que el cambio llegue tan tarde, cuando ya creías conocerte el estribillo de memoria. Es la frase que lo explica todo: el problema no es la puerta, que al fin y al cabo es solo madera, sino la mano que se ha quedado con el derecho a moverla. Y es justo antes de que la canción conteste a esa mano.

«I didn’t knock»

Lo mejor de «Gatekeeping», sin embargo, está al final. Después de todas las puertas cerradas, después de los guardianes y las líneas trazadas, la canción se despide con tres frases cortísimas:

I didn’t knock. I didn’t wait. I stayed.

Ni timbre, ni cola, ni súplica: simplemente seguir ahí. Es la respuesta más tranquila posible a quien vigila una puerta: ni pedirle permiso ni pelearse con él. Simplemente, estar dentro. No hay portazo ni discurso. Hay una presencia que ya no necesita la aprobación de nadie.

Siempre que leo esas tres líneas pienso en todas las veces que me quedé en el umbral esperando a que alguien me diera paso. Esperando a ser lo bastante bueno, lo bastante normal, lo bastante discreto. Esta canción es, entre otras cosas, la decisión de dejar de esperar en el felpudo.

Cerrar despacio

Si «Gatekeeping» habla de puertas que otros cierran, «No te vuelvo a mirar más» habla de una que cierro yo. Y la cierro de una manera muy concreta:

Dejé tu olor pegado al marco de la puerta, y cerré despacio para no dar la vuelta.

Son, probablemente, dos de los versos más delicados que he escrito. No hay rabia en ellos, aunque la canción está llena de rabia en otros momentos. Hay un cuidado casi doméstico. El olor de la otra persona se queda en el marco, que es el sitio exacto entre dentro y fuera. No se lo lleva quien se va ni se queda en la casa: se queda en el umbral, como un aviso.

Y luego está ese «despacio». Cerrar despacio no es cerrar con miedo. Es cerrar sabiendo que, si lo haces de golpe, el ruido te hará girarte. Hay despedidas que se hacen así, sin portazo, porque el portazo todavía es una forma de seguir hablando con quien se queda al otro lado.

El videoclip de esa canción no tiene una puerta en el sentido literal, pero está lleno de umbrales. Hay jaulas de pájaro abiertas, de esas antiguas con forma de campana, con las portezuelas sueltas. Y hay un plano que me parece la mejor ilustración posible de ese «cerré despacio»: un hombre con chaqueta de torero bordada camina de espaldas por un pasillo blanco de arcos, hacia una luz que entra por el fondo, mientras caen plumas moradas y el suelo, encharcado, refleja todo. No mira atrás. No sabemos qué deja detrás, solo que avanza.

Cerrar con música

Hay otra manera de cerrar puertas, mucho más festiva, y está en «No Contact». Allí la puerta no se cierra con cuidado, sino a ritmo de pista de baile:

Tres fotogramas en forma de puertas de madera: un hombre con chaqueta de torero bordada de espaldas en un pasillo blanco entre plumas («No te vuelvo a mirar más»), un corazón dentro de una jaula oxidada («No Contact») y un paseo marítimo de noche con persianas bajadas y un neón rosa («La primera drag de Benidorm»)
Cierro puertas, bye drama

Me encanta la mezcla de idiomas de ese verso. «Cierro puertas» en castellano, rotundo, y luego un «bye drama» casi de mensaje de móvil. Es la misma decisión que en «No te vuelvo a mirar más», pero con otra energía. Ya no hay olor en el marco ni pasos lentos: hay una diva que sale a bailar después de echar la llave.

La canción tiene otro verso que también habla de puertas, aunque no las nombre:

Tu llamada ya no suena

El teléfono es otra puerta. Cada llamada es alguien que llama al timbre. Y que ya no suene significa que la puerta está tan cerrada que ni siquiera se oye a quien intenta entrar.

El videoclip de «No Contact» empieza con una imagen muy clara: un corazón, un corazón de verdad, con sus arterias, encerrado dentro de una jaula de barrotes. Es la puerta vista desde dentro, la de quien estuvo preso. Y el resto del vídeo es una fiesta de salidas: escenarios con focos, supermercados convertidos en pasarela, una figura recortada a contraluz entre pétalos. Lo que se cierra al principio para que todo lo demás pueda abrirse.

La llave prestada

No todas las puertas de mis canciones son de salida. En «Tu mendigo» hay una de entrada, y es de las más tristes que he escrito:

Me abriste la puerta con llave prestada, y dijiste que era mi refugio, pero era una celda alquilada.

Todo está en la llave. Alguien te abre una puerta, y tú te sientes acogido, pero la llave no era suya. Lo que parecía un hogar era un sitio prestado, provisional, del que te pueden echar en cualquier momento. Y la palabra «refugio» se convierte en «celda» en solo dos renglones. Es la descripción de muchas relaciones dañinas: alguien te ofrece un techo que en realidad es una trampa.

La canción tiene otro verso que, para mí, es la otra cara de las puertas:

me senté donde no había sitio.

Es lo que pasa cuando has entrado por una puerta que no era para ti. Te sientas donde no cabes, ocupas el hueco que nadie te ha dejado, y aun así te quedas. Hay una enorme distancia entre ese «me senté donde no había sitio» y el «I stayed» de «Gatekeeping». En los dos casos alguien se queda. Pero en uno se queda encogido, pidiendo perdón por existir. En el otro se queda de pie, sin pedir nada. Para llegar de un verso a otro me hicieron falta muchos años.

Una armadura sin llave

Hay puertas que nadie cierra desde fuera, porque las cerramos nosotros desde dentro. En «Antisocial» está una de las mías:

Foto real de Mike Sain't Louis con gorra y camiseta de tirantes dentro de una puerta abierta dibujada sobre fondo verde menta, con el texto «letrista, compositor y productor musical»
mi silencio es un castillo, yo una armadura sin llave.

Un castillo es todo puertas: portón, rastrillo, puente levadizo. Y una armadura es una puerta que te pones encima. Pero esta no tiene llave. Eso puede leerse de dos maneras. O nadie puede abrirla desde fuera, que es lo que quiere quien se protege. O tampoco se puede abrir desde dentro, que es el precio que se paga por protegerse tanto.

Escribí ese verso pensando en la fobia social que me diagnosticaron, en esos años en los que salir a la calle era como atravesar un patio lleno de miradas. El silencio era mi castillo y yo estaba encantado de vivir en él. Hasta que me di cuenta de que había tirado la llave al foso.

El laberinto sin puertas

La puerta más difícil de todas es la que no existe. Está en «El abismo en mi cabeza»:

Es un laberinto sin puertas Donde el sol nunca se acuerda

Un laberinto ya es un sitio diseñado para perderse. Uno sin puertas es directamente una cárcel. No hay salida que buscar, no hay picaporte que probar. Y además no llega la luz: el sol no se acuerda de pasar por allí. Es la mejor manera que encontré de describir lo que se siente en los peores momentos de una depresión mayor, que fue uno de mis diagnósticos.

Quiero ser claro con esto, porque sé que hay gente que lee estas líneas desde dentro de su propio laberinto. Durante dos décadas compartí mi vida con dos parejas narcisistas, una detrás de otra, y cuando por fin se les vio la careta consiguieron que parte de mi entorno me diera la espalda. Llegué a estar muy cerca de no querer seguir. Si hoy puedo escribir sobre ese laberinto es porque salí, y salí acompañado: con tratamiento psiquiátrico y psicológico, con diagnósticos que por fin tenían nombre, y con canciones que me sirvieron para contar mi versión. Las puertas existían, aunque desde dentro no se vieran.

Si estás ahí ahora mismo, no tienes que encontrar la salida solo. El 024 es la línea española de atención a la conducta suicida: no cuesta nada, es confidencial y contesta a cualquier hora del día o de la noche. Ante un peligro inmediato, el número es el 112. Existen también el Teléfono de la Esperanza (717 003 717) y, si quien lo necesita es menor, la Fundación ANAR (900 20 20 10). Desde otros países, la web findahelpline.com te indica qué servicio gratuito tienes más cerca. Llamar también es abrir una puerta.

La puerta de la habitación

Antes de salir de casa, hay una puerta más pequeña que a veces cuesta más que todas: la del propio cuarto. En «Entre cuatro paredes» hay un renglón que se repite una y otra vez, como quien da vueltas a un picaporte sin decidirse a girarlo:

No me apetece salir de la habitación

No dice que no pueda. Dice que no le apetece, que es una forma mucho más honesta de describir el cansancio de ciertos días. La puerta está ahí, sin cerrojo, y aun así parece pesar una tonelada. Quien haya vivido una temporada así sabe que la distancia entre la cama y el pasillo puede ser la más larga del mundo.

En «La empatía de la arpía» esa misma habitación se vuelve todavía más estrecha:

Y era una habitación sin salida

Y en «Ruido en mi mente», en cambio, la salida aparece, aunque con una sonrisa rara:

Pero la salida se ríe distinto

Me gusta poner esos tres renglones juntos porque dibujan un recorrido. Primero, la puerta que no apetece abrir. Luego, el cuarto que parece no tener ninguna. Y al final, una salida que existe, aunque todavía no se ría como uno quisiera. No es un final feliz de película, pero es un final con puerta.

Puertas que no se ven

Hay un videoclip mío donde no sale nadie y, sin embargo, está lleno de puertas: el de «Contact Overwhelms Me». Es un planeta rosa sin gente, y en él hay un vagón de metro vacío, con los asientos rosas, las barras plateadas y las puertas cerradas a los dos lados. Al fondo, por la ventanilla del final, se ve otro vagón igual, y otro, como si el tren no acabara nunca.

Es la imagen exacta de la fobia social: un transporte que debería llevarte a algún sitio, con todas las puertas preparadas para abrirse en la próxima estación, y nadie dentro. Ni siquiera tú. En el mismo vídeo hay un cubo de cristal rosa flotando sobre las nubes, con una figura diminuta dentro. Un cuarto sin puerta, transparente, desde el que se ve todo y no se toca nada.

La puerta rosa

No todas mis puertas son tristes. En el videoclip de «Pura magia», que es todo pasillos y salas de un hospital pintado de rosa, hay un momento en que dos figuras con falda y tacones pasan caminando por delante de una fila de puertas encendidas de fucsia. Las puertas brillan como si dieran a una discoteca, y ellos ni se paran. Van a otro sitio, juntos, a buen paso.

Me gusta ese plano porque es lo contrario del portero. Aquí las puertas están abiertas, iluminadas, invitándote, y la elegancia está en no necesitarlas. Cuando por fin todas las puertas te dejan pasar, a veces lo más libre es seguir caminando.

Persianas bajadas

Y luego están las puertas que se cierran al final de la noche. En el videoclip de «La primera drag de Benidorm» hay un paseo marítimo de madrugada con todas las persianas metálicas bajadas, una detrás de otra, mientras las farolas siguen encendidas y el mar se adivina al fondo. Una figura diminuta camina por la acera vacía.

Una persiana bajada es una puerta que dice «ya no». Ya no hay bar, ya no hay tienda, ya no hay fiesta. Pero en esa canción, después de tanto cierre, quien la protagoniza termina bailando igual. Es otra manera de quedarse: cuando todas las puertas han bajado la persiana, la calle sigue siendo tuya.

El manual y la puerta abierta

Hay una última puerta que quiero mencionar, porque es la más práctica de todas. En «Manual de escape de un narci», entre consejos medio en broma y medio en serio, hay uno que siempre me ha hecho gracia por lo sencillo: cuando la otra persona amenace con irse, abrirle la puerta. Sin dramas, sin súplicas. Si dice que se va, que se vaya.

Es la inversión perfecta del juego de las puertas en una relación dañina. Quien amenaza con marcharse espera que le cierres el paso, que le supliques, que le retengas. Y la canción propone justo lo contrario: sujetar la puerta abierta. A veces la llave que más poder tiene es la que no se usa para cerrar.

Las llaves que me devolví

Hay una imagen que no está en ninguna de mis canciones y que, sin embargo, las une a todas. Es la de un manojo de llaves que alguien te devuelve, o que recuperas tú, después de mucho tiempo. Durante los años malos tuve la sensación de que las llaves de mi propia casa las tenían otros. Ellos decidían cuándo podía salir, a quién podía abrir, qué habitación estaba prohibida. No hablo de cerraduras de verdad, claro. Hablo de esa otra casa que es la cabeza de uno.

Llavero de seis etiquetas de colores colgadas de una anilla dorada, cada una con un verso sobre puertas o llaves de una canción: Gatekeeping, No te vuelvo a mirar más, No Contact, Tu mendigo, Antisocial y El abismo en mi cabeza

Recuperar esas llaves no fue un acto heroico. Fue lento, aburrido a veces, con muchas visitas a consulta y muchos días en los que la puerta del cuarto seguía pesando. Pero un día me di cuenta de que había vuelto a abrir y cerrar a mi ritmo. Que podía invitar a alguien a casa sin miedo, y también decir que no sin pedir perdón. Escribir canciones formó parte de ese trabajo. Cada letra era como probar una llave en una cerradura vieja, a ver si giraba.

Por eso, cuando escucho ahora el final de «Gatekeeping», no lo oigo como un desafío a nadie. Lo oigo como el sonido de alguien que, por fin, está en su casa.

Umbrales

Después de recorrer todas estas puertas, me doy cuenta de que casi ninguna es un final. Son umbrales, sitios de paso. El marco donde se queda un olor, la jaula que se abre, el vagón que espera, la persiana que volverá a subir por la mañana. Incluso el laberinto sin puertas resultó tener alguna.

Soy, como me gusta decir, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical. Las letras y la producción salen de mi mesa; para la música y la interpretación vocal uso herramientas de IA. Y si algo he aprendido escribiéndolas es que cada canción es también una puerta: para mí, para sacar lo que llevaba dentro, y para quien la escucha, que puede entrar o quedarse fuera según lo que necesite ese día.

Mi catálogo entero espera en descargas: se escucha y se baja gratis, sin darse de alta en ningún sitio. Y el videoclip de la puerta dorada está en su página de «Gatekeeping», para quien quiera verla abrirse otra vez. No hace falta llamar.

Preguntas frecuentes

¿Qué canciones de Mike Sain't Louis hablan de puertas? Entre otras, «Gatekeeping» («shutting every door»), «No te vuelvo a mirar más» (el olor en el marco de la puerta), «No Contact» («Cierro puertas»), «Tu mendigo» (la puerta abierta con llave prestada), «Antisocial» (la armadura sin llave) y «El abismo en mi cabeza» (el laberinto sin puertas).

¿Qué significa «Gatekeeping»? Es una palabra inglesa para la actitud de quien vigila la entrada a un ambiente o a una forma de arte y decide quién merece estar dentro. La canción describe a esos guardianes y se despide con tres frases muy cortas sobre no pedir permiso y quedarse.

¿Qué puertas aparecen en los videoclips? Una puerta antigua con tiradores dorados que se abre sobre la oscuridad en «Gatekeeping», jaulas abiertas y un pasillo blanco de arcos en «No te vuelvo a mirar más», un corazón en una jaula en «No Contact», un vagón de metro vacío en «Contact Overwhelms Me», puertas encendidas de fucsia en «Pura magia» y persianas bajadas en «La primera drag de Benidorm».

¿Cuándo se publicó el videoclip de «Gatekeeping»? El 19 de diciembre de 2025, a las 20:46 hora de Madrid. Dura dos minutos y cuarenta y cinco segundos y en el catálogo ocupa la pista 268 de 273.

¿Dónde puedo pedir ayuda si me siento en un laberinto sin salida? En España, en el 024, gratuito y a cualquier hora; si hay peligro inmediato, en el 112. También en el Teléfono de la Esperanza (717 003 717) y, para menores, en la Fundación ANAR (900 20 20 10). Fuera de España, en findahelpline.com.

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