
Por Mike Sain't Louis ·
Un planeta gigante sobre la orilla: «Ride the Wave», surfistas de neón y un faro en Planeta Gayfolk
Hay una playa en Planeta Gayfolk donde el cielo no tiene una luna, sino un planeta entero. Cuelga encima del mar, enorme, con franjas de color crema, naranja y marrón, como una canica gigante que alguien hubiera dejado olvidada sobre el horizonte. Debajo, el agua brilla sola. Es la playa de «Ride the Wave», y es uno de los sitios del planeta a los que más me gusta volver.
Este texto es una visita guiada por esa orilla. No me detengo en versos: la letra aún no está publicada en la web, y yo solo cito lo que ya está colgado allí. Me detengo en las imágenes del videoclip, de lo que escribí cuando lo subí y de por qué una canción tan tranquila terminó teniendo un planeta colgado encima.
Me presento para quien llegue por primera vez: soy Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). Escribo, produzco y monto los vídeos; el conjunto forma un mismo mundo inventado que se llama Planeta Gayfolk.
Un martes por la noche, cuatro minutos de agua
El videoclip de «Ride the Wave» se publicó en mi canal de YouTube el 4 de noviembre de 2025, un martes, a las once y veinticinco de la noche en Madrid. Dura algo más de cuatro minutos. Entre los 276 vídeos del canal ocupa el puesto 35, y en mi catálogo de canciones ocupa la pista 243 de 273, dentro de «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía. La tienes con su ficha en la página de «Ride the Wave» y el vídeo entero en su sala de Planeta Gayfolk.
Lo subí de noche y creo que se nota. Es un vídeo para la hora en que ya no hay que hacer nada más. No tiene historia que seguir, ni giros, ni personajes que discutan. Tiene agua, luz y gente que camina despacio. Si lo pones a media tarde con prisa, no funciona. Si lo pones cuando ya has apagado el resto de pantallas, sí.
Lo que escribí debajo del vídeo
Debajo del vídeo dejé un texto corto, en inglés, que arranca así: la canción es «more than a song», más que una canción, y enseguida aclara para qué sirve: «a way to breathe again». Para recuperar el aire. Después la describe como una travesía tranquila hecha de agua y de luz.
Hay un fragmento de ese texto que me sigue pareciendo la mejor descripción posible del vídeo, aunque lo escribí antes de terminar de montarlo. Habla de cielos de neón y de reflejos en calma, y de un latido que flota entre los dos. Neón arriba, quietud abajo. Eso es, literalmente, lo que hay en pantalla durante cuatro minutos.
Y cierra con una promesa sobre el planeta: allí no existe el miedo, nadie te controla, y lo que queda es moverse al compás y estar a la luz. La última línea invita a dejarse arrastrar por la ola hasta el lugar que es tuyo.
Cuando releo ese texto ahora, casi un año después, veo que no describía una canción, sino un estado. El de después de algo. El de cuando por fin dejas de apretar los dientes.
El rótulo: letras rosas que parecen un cartel de bar
El vídeo arranca con el rótulo. Mi nombre arriba y el título abajo, en letra cursiva de neón rosa, de esa que se ve en los letreros de los bares de playa, con un halo suave alrededor. Detrás, de espaldas, un chico vestido de lila camina descalzo por la orilla. El agua que pisa no es azul: es violeta y brilla, como si cada ola trajera purpurina. Al fondo, unos rayos de luz blanca bajan en diagonal desde el cielo.
Me gusta empezar así, de espaldas. El chico no nos mira, no se presenta, no posa. Simplemente se va hacia el mar. Es como si el vídeo te dijera: no vengas a mirar a nadie, ven a acompañar a alguien que camina.
El rosa del rótulo, además, es el rosa del planeta. Aunque luego el vídeo se llena de turquesas, de magentas y de azules de noche, ese primer letrero deja claro dónde estamos. Esto no es una playa cualquiera. Es una playa de Planeta Gayfolk.
La chica del bañador rosa y el planeta con franjas
A los pocos segundos aparece la imagen que para mí define el vídeo. Una chica con un bañador de un rosa fosforito camina por la orilla con los brazos un poco abiertos, como quien mantiene el equilibrio sobre la arena mojada. Detrás de ella, en el cielo, el planeta gigante, rayado como Júpiter. Y junto a ese planeta, una franja de aurora verdosa que se descuelga hacia el mar.

Es una imagen imposible y, a la vez, muy tranquila. Un planeta así de cerca debería dar miedo. Debería arrastrar las mareas, oscurecer el día, ocuparlo todo. Y sin embargo la chica camina como si nada, como si ese planeta llevara ahí toda la vida y formara parte del paisaje, igual que un monte o un faro.
Ella vuelve varias veces. La vemos girando sobre sí misma en la orilla, con el planeta y la aurora detrás. La vemos metida en el agua hasta el pecho, con un resplandor rosa alrededor, como si el bañador encendiera el mar. La vemos de pie dentro del agua, quieta, con el planeta enorme a su espalda, mirando a cámara sin ninguna prisa. Y casi al final, agachada, metiendo la mano en el agua delante de ese mismo cielo.
No le pongo nombre. No es nadie en concreto. Pero si tuviera que elegir a una guardiana para esta playa, sería ella. Es la que siempre está ahí cuando vuelves.
Un surfista de magenta
El segundo personaje que se repite es el surfista. Va vestido entero de magenta, con un traje de neopreno de manga larga, y aparece agachado sobre una tabla blanca, cogiendo una ola pequeña con el planeta detrás. Más adelante ya se ha incorporado y abre los brazos para no perder el equilibrio, mientras una estela de luz rosa le sigue por el agua como si la tabla fuera un pincel.
Hay un plano precioso en el que el surfista avanza junto a un planeta más pequeño, también con franjas, que asoma por la derecha entre las nubes. Y hay otro, casi al final, en el que alguien con camiseta rosa va arrodillado sobre una tabla luminosa, de espaldas, mirando de frente al planeta, como quien rema hacia él.
En el título hay un juego que me gusta mucho. «Ride the wave» es surfear, coger la ola. Pero también es aguantar lo que venga, montarse encima de un momento difícil en lugar de pelearse con él. El surfista del vídeo hace las dos cosas a la vez. No lucha contra el agua. Se pone encima y se deja llevar.
El chico de la camisa blanca
El tercer personaje es el que más tiempo pasa en pantalla. Un chico de pelo largo y ondulado, con una camisa blanca abierta que el viento le hincha como una vela. A veces lleva pantalón corto oscuro y a veces pantalón claro. Lo vemos de pie en la arena con la luna detrás, metido en el agua hasta la cintura, mirando hacia un lado con el mar subiéndole por el pecho.
Luego lo vemos surfeando. Primero sobre una ola blanca normal, entre acantilados, con la luna llena arriba. Después sobre olas que se vuelven violetas y verdes, encendidas desde dentro, con el chico de pie sobre la tabla y la ropa blanca teñida por el color del agua. En uno de esos planos casi todo él se vuelve verde lima, como si se hubiera metido dentro de una barra de luz.
Y hay un primer plano que me encanta: el chico tumbado sobre una ola de espuma morada, con la cara muy cerca de la cámara, el pelo mojado y una estela de luz que le pasa por delante. No sonríe, pero tampoco está serio. Tiene la cara de quien acaba de salir del agua y todavía no ha decidido si salir del todo.
Muchos chicos caminando por la misma playa
Además de esos tres personajes, el vídeo está lleno de hombres que caminan por la orilla. Uno con camisa vaquera abierta sale del agua en una playa con palmeras, y el agua que le rodea los tobillos brilla en turquesa. Otro, sin camiseta y con bañador azul, sale del mar delante de un pueblo blanco iluminado. Otro, con camisa blanca y vaqueros, pasea bajo la luna. Otro, de camiseta gris, mira la puesta de sol con la luz de los chiringuitos detrás.

Muchos están de espaldas. Caminan alejándose, despacio, con las manos sueltas o en los bolsillos. Algunos se paran y se tocan el pelo. Otros miran el mar sin hacer nada más. Ninguno corre. Ninguno tiene prisa por llegar a ningún sitio.
Me gusta pensar que son todos el mismo paseo repartido entre muchas personas. Como si la playa fuera un sitio al que va la gente cuando ha terminado algo, y cada uno lo hiciera a su manera: uno vestido, otro casi desnudo, uno de día y otro de noche. El vídeo no los junta nunca. Cada uno camina su trozo de orilla solo, y aun así no parecen solos.
Agua que se enciende al pisarla
Si hay algo que une todos los planos, es el agua. En «Ride the Wave» el mar nunca es solo mar. Es turquesa fosforito alrededor de los pies, violeta en la cresta de las olas, rosa en el reflejo de la chica, dorado en la arena mojada al final. Brilla como esas noches de verano en las que el plancton se enciende al moverlo, solo que aquí lo hace a todas horas y en todos los colores.
Hay un plano de un hombre caminando por una arena donde el agua forma charcos de un magenta intensísimo, casi líquido de neón. Y otro, muy al final, de un chico con camiseta gris que camina sobre una orilla dorada, como si la marea hubiera dejado oro derretido. Son las dos caras del mismo invento: el agua como luz.
En la descripción hablé de reflejos tranquilos. Y es verdad que casi todo se refleja. La luna en el mar, el planeta en la orilla, los neones del chiringuito en la arena mojada, las piernas de quien camina sobre ese espejo. Es una playa que duplica todo lo que toca, pero sin deformarlo. Te devuelve la imagen tal cual, solo que un poco más brillante.
Rayos de luz sobre la arena
En la segunda mitad del vídeo pasa algo curioso. Sobre la playa empiezan a cruzarse rayos verdes, rosas y azules, como los de una pista de baile. Un muchacho de ropa blanca pasea descalzo entre ellos, de frente, con el mar a un lado y las luces del paseo marítimo al otro. A veces los haces vienen desde atrás y le dibujan una silueta; a veces le cruzan delante, como si la playa entera fuera una discoteca sin techo.
Estos planos me hacen mucha gracia porque juntan dos mundos de mi planeta que casi nunca se tocan: la noche de fiesta y el mar tranquilo. Pero aquí la fiesta no hace ruido. No hay gente bailando, no hay música dentro del plano, no hay nadie mirando. Solo un chico que pasea entre luces que alguien ha dejado encendidas.
Es el trayecto que conoce cualquiera que haya salido de bailar con las primeras luces: los oídos todavía zumban, la ropa huele a humo, y de repente los pies tocan arena fría. Estos planos son ese minuto exacto. La discoteca te persigue un trecho, pero tú ya has llegado a la orilla.
El pueblo blanco y el faro
La costa de «Ride the Wave» tiene geografía, y me gusta mirarla con calma. Hay un pueblo de casas blancas, encaladas, escalonadas sobre una loma junto al mar, con las ventanas iluminadas al atardecer y una luz rosada sobre las fachadas. Hay acantilados oscuros que bajan hasta la orilla. Hay un paseo marítimo con edificios bajos y luces de colores. Y hay un faro.
El faro aparece dos veces. Es blanco, pequeño, al final de un espigón de piedra. A su lado, sobre el mismo espigón, hay un chiringuito con el tejado iluminado en rosa y rojo, como un letrero de neón tumbado. Arriba, una luna redonda entre nubes blancas. Y delante, un chico de camisa blanca camina sobre una lámina de agua tan quieta que lo refleja entero, igual que refleja el faro y el neón del chiringuito.
Ese pueblo blanco lo reconocerá quien haya visto otras canciones mías. En «Drift Away» también hay un pueblo encalado junto a la playa, y en la portada de «Breeze» alguien queda suspendido en el aire sobre una costa encalada. Creo que es la misma costa vista desde distintos ángulos. El Mediterráneo de Planeta Gayfolk, ese que se parece al de verdad pero tiene planetas en el cielo.
Una luna y un planeta en el mismo cielo
Hay un detalle que tardé en notar y que ahora me parece lo más bonito del vídeo: en esta playa conviven la luna y el planeta. En unos planos sale la luna llena, pequeña y blanca, encima del mar. En otros sale el planeta gigante con sus franjas. A veces casi se cruzan.

No lo expliqué en ningún sitio, pero me gusta leerlo así. La luna es lo de siempre, lo que te acompaña cuando paseas solo por la playa de noche, lo que conoces. El planeta es lo nuevo, lo enorme, lo que todavía no sabes muy bien qué es. Y la playa los aguanta a los dos sin problema. Ni la luna se asusta del planeta, ni el planeta tapa a la luna.
Hay un plano de un hombre de espaldas mirando la luna reflejada en el mar, con las luces de un pueblo al fondo. Es de los pocos planos quietos del vídeo. No pasa nada. Solo alguien mirando. Para una canción que dice que es una forma de volver a respirar, ese plano es casi la respiración misma.
Nadie manda en esta playa
Vuelvo a la descripción, a eso de que allí no hay miedo ni nadie que controle. En el vídeo no hay nadie en peligro. Las olas son pequeñas o, si son grandes, se surfean sin caerse. Nadie se hunde. Nadie se pelea. El planeta enorme no amenaza. Incluso los rayos de luz, que en otros vídeos míos serían una tormenta o una persecución, aquí solo acompañan.
Y tampoco hay control. Nadie dirige a nadie. No hay un protagonista que guíe a los demás, ni una coreografía, ni un orden. La gente entra y sale del plano como entra y sale del agua. El montaje salta de la chica al surfista, del surfista al chico de blanco, del chico al faro, sin una lógica de historia, solo siguiendo el color.
Me gusta que sea así porque en otras canciones del planeta hay mucho control. Hay relaciones que te vigilan, gente que decide por ti, escenas en las que alguien manda y alguien obedece. Esta playa es el sitio donde todo eso se ha acabado. No porque alguien haya ganado una batalla, sino porque ya no hace falta pelear.
El final: vuelta al cartel rosa
Tras cuatro minutos de orilla, la última imagen es la del disco que abrió la trilogía, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk»: tres chicos de esmoquin, casi pegados, con su planeta rosa detrás.
«Ride the Wave» pertenece al tercer disco, no al primero, y aun así me gusta cerrar muchos clips con esa imagen, como quien firma al pie de una carta. Aquí el salto se hace sin brusquedad. Venimos de un planeta con franjas sobre el mar y acabamos en el planeta rosa del principio de todo. Es como volver a mirar el mapa después de haber paseado por uno de sus rincones.
La portada: un chico de lino sobre un muro blanco
La portada de «Ride the Wave» cuenta lo mismo, pero de día. Un hombre con camisa blanca abierta y pantalón corto de lino, lleno de tatuajes, sentado en un muro encalado junto al mar. Detrás, casas blancas escalonadas, buganvillas, una palmera, un yate en la bahía. Arriba a la izquierda, el título en letras grandes de color crema, como pintadas sobre una pared vieja.
Si el vídeo es la noche, la portada es la siesta. El mismo blanco de las casas, el mismo mar, el mismo lino, pero con sol y sin neones. Me gusta tener las dos versiones de la misma costa: la que se ve a las cuatro de la tarde y la que se ve a las dos de la mañana. El vídeo empieza más o menos donde termina la portada, cuando el sol se ha ido y el agua empieza a encenderse.
La calle de las canciones lentas
Si dibujo Planeta Gayfolk como una ciudad, «Ride the Wave» vive en la calle de las canciones lentas, las que te bajan las pulsaciones. Comparte calle con «Float», que es casi todo cielo y columpio, con «Dreams Drift Afar», que es un murmullo de estrellas, y con «Whisper Fade», que se apaga poco a poco como su título promete.

También tiene vecinos en la playa. «Flow / We Glow» es la misma idea de brillar con el cuerpo y la mente al mismo ritmo. «Drift Away» es su prima de las olas, con toreros fluorescentes surfeando de la mano. Y «The Northern Lights» es su reverso helado: si «Ride the Wave» es la aurora sobre el mar caliente, aquella es la aurora sobre la nieve.
Lo que comparten todas es que no cuentan una pelea. Cuentan lo de después. El disco al que pertenece, «El día de la liberación», lleva en el nombre esa idea: no el día de la guerra, sino el día en que te sueltan.
Por qué esta ola es mía
En mi diario conté que «Ride the Wave» nació después de escribir muchas canciones con los puños cerrados. Y es así. Durante años, la mayor parte de lo que escribía era una respuesta: a una relación que me hizo mucho daño, a otra después, a la gente que se puso en mi contra cuando intenté contar lo que había pasado. Mis canciones fueron mi manera de dar mi versión cuando nadie más me la pedía.
Todo eso me dejó marcado. Tengo diagnosticados estrés postraumático, depresión mayor, ansiedad, fobia social y un trastorno de la personalidad por evitación, y estoy en tratamiento psiquiátrico y psicológico. Hubo un tiempo en que estuve muy cerca de no querer seguir. Lo cuento porque hoy estoy en otro sitio, y porque canciones como esta son parte de cómo llegué hasta aquí.
«Ride the Wave» es de las primeras que escribí sin reproche. No hay ex, no hay ajuste de cuentas, no hay nadie a quien contestar. Solo hay agua y alguien que camina. Cuando la terminé me di cuenta de que llevaba mucho tiempo sin permitirme algo así de simple. Por eso la descripción dice que es una manera de volver a respirar. Para mí lo fue.
Si estás pasando por algo parecido, no tienes por qué hacerlo solo. En España, el 024 es la línea de atención a la conducta suicida: gratuita, confidencial y disponible a cualquier hora. En una emergencia, llama al 112. Si estás en otro país, en findahelpline.com encontrarás la línea de ayuda que te corresponde. Hablar con alguien de confianza, o con un profesional, ya cambia mucho las cosas.
Dónde está
Puedes oír y bajarte gratis cualquiera de mis canciones en mi página de descargas, sin cuenta y sin pagar. «Ride the Wave» está ahí con el resto del catálogo.
Yo la pondría de noche, con el móvil en modo avión, cerca del mar si se puede y si no, con los ojos cerrados y la ventana abierta. No necesita volumen. Es una canción que funciona mejor cuando casi no la oyes, como el ruido de las olas desde la cama de un apartamento de playa.
Lo que me gusta buscar cada vez que la veo
La primera cosa es la chica del bañador rosa. Cuenta cuántas veces sale y fíjate en que nunca hace lo mismo: camina, gira, se mete en el agua, se queda quieta, mete la mano. Es la única que parece vivir allí.
La segunda, el faro con el chiringuito de neón. Sale dos veces y en las dos el agua está tan quieta que refleja todo. Es el único plano del vídeo en el que el mar parece una pista de patinaje.
La tercera, el momento en que el chico de blanco se vuelve verde sobre la tabla. Dura muy poco, pero es la imagen que mejor resume la canción: alguien que se ha subido a una ola y ha dejado que el color le cambie.
Preguntas frecuentes
¿Cuándo se publicó el videoclip de «Ride the Wave»? El 4 de noviembre de 2025, a las 23:25 hora de Madrid, en el canal oficial de YouTube de Mike Sain't Louis. Dura algo más de cuatro minutos.
¿En qué disco está «Ride the Wave»? En «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía de Planeta Gayfolk. En el catálogo es la pista 243 de 273.
¿Qué se ve en el videoclip? Una playa nocturna con un planeta gigante de franjas en el cielo, una chica con bañador rosa fosforito, un surfista vestido de magenta, un chico de camisa blanca que pasea y surfea olas de colores, un pueblo de casas blancas, un faro con un chiringuito de neón, haces de luz sobre la arena y agua que brilla. Termina con el cartel del primer disco de la trilogía.
¿Qué significa el título? «Ride the wave» es coger la ola, surfearla, y también dejarse llevar por un momento en lugar de pelearse con él. Mike Sain't Louis la describe como una forma de volver a respirar.
¿Se puede descargar gratis? Sí. Toda la música de Mike Sain't Louis se puede escuchar y descargar gratis, sin registro, desde la sección de descargas de mikesaintlouis.com.