
Por Mike Sain't Louis ·
Un hombre solo entre nubes rosas y canales de neón: «Amsterdam» y la noche húmeda de Planeta Gayfolk
Hay ciudades que se recuerdan por un monumento y otras que se recuerdan por una sensación en la piel. Ámsterdam, para mucha gente, es la segunda clase: humedad, bicicletas apoyadas en cualquier barandilla, el agua quieta de los canales devolviendo las luces de las casas estrechas. Cuando pensé en el videoclip de «Amsterdam» no quería una postal. Quería esa humedad. Quería una noche que se pegara a la ropa.
Al final nació una Ámsterdam donde las nubes se han caído al suelo. Son nubes rosas, densas, de algodón, y en vez de quedarse en el cielo bajan hasta el asfalto, se meten entre las farolas, flotan sobre el agua de los canales y envuelven a la gente que pasa. Por en medio de todo eso camina un hombre. Casi siempre va solo. A veces corre, a veces se arrodilla en el suelo mojado, a veces se sienta y mira. Llueve casi todo el rato.
Quien escribe esto es Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). Con mis canciones voy dibujando un lugar propio, Planeta Gayfolk, y en ese mapa hay sitios que existen de verdad en la Tierra pero que allí se vuelven otra cosa. Esta Ámsterdam es uno de ellos. Te la enseño plano a plano.
Un martes de julio
El videoclip apareció en YouTube el martes 22 de julio de 2025. Dura cinco minutos justos, lo que lo convierte en uno de los más largos de mi canal: hay tiempo de sobra para perderse por sus calles. Ocupa el número 127 entre mis 276 vídeos, justo después de «No te vuelvo a mirar más» y justo antes de «Light It Up», que salió esa misma madrugada.
En mi catálogo la canción es la 150 de 273. La rodean dos canciones de agua y de aire: «Float» delante y «Drift Away» detrás. No lo planeé así, pero me parece un vecindario perfecto: flotar, dejarse llevar y, en medio, una ciudad construida sobre el agua.
Forma parte de «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el disco que ocupa el centro de mis tres, el que sueña con llegar a un planeta donde por fin se pueda vivir tranquilo. El clip completo te espera en el reproductor del planeta, por si quieres tenerlo abierto en otra pestaña. Lo que cuento aquí de la portada y de la canción en general lo tienes también en la ficha de «Amsterdam».
Una advertencia antes de seguir: la letra de «Amsterdam» sigue sin colgar en mi web, de modo que no copio ni un verso suyo. Cuando más adelante entrecomille algo, vendrá de otras canciones mías con la letra ya subida, copiado sin tocar nada.
La primera farola
El vídeo arranca con el título escrito en neón, con letra cursiva, de un rosa blanquecino, flotando sobre una calle junto al canal. Debajo, mi nombre en violeta. La calle está mojada y el asfalto brilla como si fuera también agua. Hay una fila de farolas antiguas, de hierro negro, que se pierde hacia el fondo; hay bicicletas atadas a una barandilla; hay un coche oscuro aparcado a la derecha. Y hay, sobre todo, nubes: montones de nubes rosas pegadas al suelo, como si alguien hubiera vaciado un saco de algodón de azúcar sobre la acera.
Ese primer plano ya lo dice todo. Esta es una ciudad de noche, de lluvia y de neón, pero no da miedo. El rosa lo suaviza todo. Es una noche que podría ser triste y que, por el color, se vuelve tierna.
Las nubes que bajaron al suelo
Hacia el segundo 40 la cámara sube. Por primera vez vemos la ciudad desde arriba, casi a vista de pájaro: un canal largo y recto, las fachadas estrechas y altas a los dos lados, con sus ventanas iluminadas en amarillo, barcas amarradas a la orilla como una fila de zapatos, un puente al fondo. Y en el centro, ocupando media pantalla, una nube rosa enorme que avanza sobre el agua.

Es mi plano favorito del clip. Tiene algo de cuento infantil y algo de sueño raro. La nube no amenaza: se pasea. Va por el canal igual que iría una barca, despacio, con su propio rumbo. Y la ciudad, debajo, sigue a lo suyo, con sus ventanas encendidas.
En Planeta Gayfolk el cielo y la tierra no siempre están donde deberían. Hay nubes que se convierten en columpios, coches que flotan, playas en mitad del desierto. En «Amsterdam», el cielo ha decidido bajar a dar un paseo por los canales. Y eso cambia la ciudad entera: todo se vuelve más blando, más íntimo, como si la calle tuviera techo.
Un hombre bajo la lluvia
El protagonista aparece pronto. Es un hombre joven, de pelo oscuro, que cambia varias veces de ropa a lo largo del vídeo: una chaqueta vaquera, una sudadera con capucha, un traje negro, una chaqueta de cuero. No es un personaje con nombre ni con historia contada; es alguien que camina. La lluvia le pega el pelo a la frente y le moja los hombros.
Lo vemos de muchas maneras. A veces en primer plano, con el neón rojo reflejado en un lado de la cara. A veces de espaldas, alejándose entre la niebla. A veces muy pequeño, al fondo de una calle larga. Y casi siempre solo. En la calle hay más gente, siluetas que pasan, alguien en una esquina, pero nadie se le acerca.
Pensé mucho en esa soledad. No quería que fuera dramática. No es un hombre que sufre a la vista de todos; es un hombre que ha salido a caminar de noche porque lo necesitaba. Hay una diferencia enorme entre estar solo y sentirse solo, y el clip se mueve todo el rato en esa línea fina.
Arrodillado junto al tranvía
En uno de los momentos más fuertes del vídeo, el hombre está de rodillas sobre el pavimento mojado, con la cabeza baja, mientras detrás de él pasa un tranvía iluminado. La escena se repite en otros planos: agachado en mitad de una calle de luces rojas, con el agua del suelo devolviendo los letreros; sentado en un escalón, con los brazos cruzados sobre las piernas.
Son posturas de cansancio, de alguien que ha llegado al límite de algo. Pero el vídeo no se queda ahí. Después de cada caída hay un plano en el que vuelve a estar de pie, caminando otra vez. Esa alternancia, abajo y arriba, abajo y arriba, es para mí el corazón del clip.
Y el tranvía me gusta mucho como imagen. Es lo que no se para. La ciudad sigue funcionando, los vagones siguen pasando con su luz encendida, aunque una persona esté de rodillas en la acera. A veces eso duele y a veces consuela: el mundo no te espera, pero tampoco se acaba.
La ciudad vacía
Hay un tramo del vídeo, hacia el segundo 173, en el que el hombre desaparece y la cámara nos deja a solas con la calle. Una orilla de canal sin nadie, con sus farolas de hierro encendidas una detrás de otra, las bicicletas apoyadas, el agua roja y rosa, y las nubes bajas acumulándose en el fondo. No pasa nada. Solo luz, agua y niebla.
A mí estos planos vacíos me parecen fundamentales. Le dan al espectador tiempo para respirar. Son como esos silencios entre dos frases en los que uno se da cuenta de lo que acaba de oír. Y también dicen algo de la ciudad: que es bonita incluso cuando nadie la mira. Que no necesita protagonista.
El hombre que corre
Más adelante, el protagonista corre. Lo vemos de frente, con la chaqueta abierta, a la carrera por las vías del tranvía, con un vagón iluminado a sus espaldas y la lluvia cayendo en hilos finos que el neón vuelve azules. No sabemos si huye de algo o si va hacia algo. El clip no lo explica, y yo prefiero que no lo explique.
Si tuviera que elegir, diría que va hacia algo. Su cara no es de miedo; es de urgencia. Como cuando por fin decides ir a buscar algo que llevabas mucho tiempo aplazando y de repente ya no puedes esperar ni un minuto más.
Dos caras iguales
En varios momentos aparece un efecto curioso: dos versiones del mismo hombre, una al lado de la otra, recortadas sobre líneas verticales de neón rosa y turquesa, con las nubes rosas subiéndoles por el pecho. Son la misma cara, con la misma expresión seria, mirando en direcciones casi iguales.
No es la primera vez que en mis clips alguien se encuentra con su propio reflejo. Pero aquí no hay espejo, no hay agua, no hay truco: hay dos hombres idénticos, quietos, juntos. Lo leo como una forma de compañía. El hombre que camina solo toda la noche, en realidad, se tiene a sí mismo al lado. Y eso, aunque parezca poco, a veces es lo único que hace falta para seguir andando.
Canales color frambuesa
Hacia el segundo 240 la ciudad se tiñe por completo de rosa. Un canal con las aguas color frambuesa, una fila de bicicletas en la orilla, las fachadas con sus letreros de neón violeta, un puentecito al fondo cubierto por la niebla. Es un plano casi abstracto, de tanto color.
Me hace pensar en una acuarela que se ha mojado más de la cuenta, cuando los colores se escapan de las líneas y se mezclan. En ese punto del vídeo ya no importa si la ciudad es real o inventada. Es la Ámsterdam de mi planeta, y en mi planeta el agua de los canales puede ser rosa si hace falta.
El restaurante sobre el agua
Uno de los últimos escenarios es un edificio grande de cristal al borde de un canal, con todas las ventanas iluminadas, mesas dentro, gente entrando y saliendo por la puerta. El edificio se refleja entero en el agua, como si hubiera otro igual debajo, boca abajo. Y por delante, otra vez, las nubes rosas.
Es el único momento en que vemos un interior lleno de gente, cálido, con luz amarilla. Contrasta con todo lo anterior: la calle mojada y solitaria frente a la sala donde otros cenan juntos. El hombre no entra. Lo miramos desde fuera, como él. Pero ahí está esa luz, esperando. Saber que existe ya es algo.
El último puente
El final llega sobre un canal tranquilo, con un puente de arco de hierro al fondo, farolas encendidas en las dos orillas, barcas amarradas, y las nubes rosas apoyadas suavemente sobre el agua. No hay nadie. La cámara se queda un rato quieta y la canción se va apagando.

Me gusta que termine con un puente. Un puente es la forma más sencilla de decir que hay otra orilla y que se puede llegar a ella. Después de cinco minutos de calles mojadas, de un hombre que cae y se levanta, de nubes que bajan al suelo, el clip se despide con esa idea: hay un paso. No hace falta cruzarlo ahora mismo, pero está ahí.
Los letreros que nadie lee
Las fachadas del clip están llenas de letreros luminosos: rótulos rojos, violetas, turquesa, con letras que a veces se leen y a veces no. Algunos anuncian bares, otros simplemente brillan. El vídeo nunca se detiene en ellos; están ahí como están las estrellas en un cielo despejado, para dar luz y para que el agua tenga algo que reflejar.
Lo que más me gusta es lo que hacen con el protagonista. Cuando pasa por delante de uno de esos letreros, su cara se vuelve roja o azul durante un segundo, y luego vuelve a la penumbra. Es como si la ciudad le fuera pintando a medida que camina. No elige el color: se lo pone la calle. Y él lo acepta sin pararse, sin mirar arriba, con los puños hundidos en la chaqueta.
Hay en eso una imagen de lo que es atravesar una época difícil: las cosas de fuera te tiñen, te cambian el gesto un instante, pero tú sigues siendo el mismo que avanza. El color pasa. El paso queda.
Bicicletas, barcas y escalones
Hay objetos que se repiten tanto en el clip que acaban siendo personajes secundarios. Las bicicletas son el primero. Aparecen atadas a las barandillas de casi todos los puentes, apoyadas unas en otras, con las ruedas mojadas brillando bajo las farolas. Nunca vemos a nadie montado. Están quietas, esperando a sus dueños, y eso les da un aire de promesa: alguien volverá a por ellas por la mañana.
Las barcas son el segundo. Pequeñas, alargadas, amarradas en fila a lo largo de los canales, algunas cubiertas con una lona, otras vacías. Desde arriba parecen las teclas de un instrumento. Tampoco navegan. Flotan, se mecen un poco, dejan que la nube rosa les pase por encima.
Y los escalones. Las casas estrechas de esta ciudad tienen escaleras que bajan directamente a la acera, y el protagonista se sienta en ellas más de una vez. Es un gesto muy humano: cuando uno no sabe adónde ir, se sienta en el primer escalón que encuentra. Todo en este decorado invita a pararse. Nada empuja. Es una ciudad que deja tiempo.
El color de la lluvia
La lluvia del clip no es gris. Cambia de color según lo que tenga cerca. Junto a los letreros rojos cae roja; junto a los neones turquesa se vuelve azul; bajo las farolas antiguas es dorada. Los charcos del suelo la recogen y la devuelven multiplicada, de modo que el asfalto acaba pareciendo un segundo cielo lleno de luces.
Me gusta pensar que esa lluvia de colores es la forma que tiene el vídeo de decir que incluso lo que moja y molesta puede ser bonito si se mira bien. Durante años yo solo vi la lluvia gris. Aprender a verla roja, azul o dorada ha sido parte de salir de aquello.
Ecos de otras canciones
Este hombre que camina solo por una ciudad mojada se parece mucho a los que pueblan otras canciones mías. En «Boys Like Us» hay una estrofa que podría ser el pie de foto de casi todo el clip:

We walk alone On glitter streets He holds my hand Where no one sees
Lo curioso es que la canción dice «caminamos solos» y enseguida añade una mano que nadie ve. En «Amsterdam» pasa algo parecido: el hombre va solo, pero las dos caras iguales del neón le hacen compañía en secreto.
En «Dark corners» hay un verso que describe el ritmo del paseo:
Camino lento, mile by mile
Y en «Antisocial» hay otro que explica por qué este hombre no se cruza con nadie:
Evito las miradas, los saludos en la calle,
Juntos, esos versos dibujan al protagonista del clip mejor de lo que yo podría hacerlo con palabras nuevas. Alguien que camina despacio, que evita las miradas, que va solo por calles que brillan. Y que, aun así, sigue caminando.
Por qué esta noche es mía
Debajo de la lluvia de este vídeo hay algo que me pertenece. Durante dos décadas, en dos relaciones seguidas, conviví con dos narcisistas. El día que quedó claro quiénes eran, aún les sobró energía para volver en mi contra a buena parte de los míos. Salí de allí con una lista de nombres clínicos que hoy trato con mi psiquiatra y mi psicóloga: depresión mayor grave, estrés postraumático, fobia social, ansiedad y personalidad evitativa. Hubo una temporada en la que pensé que no quería seguir viviendo.
Durante mucho tiempo yo fui ese hombre de rodillas en la acera. Caminaba de noche porque de día no soportaba que me miraran. Por eso me salió así esta Ámsterdam: una ciudad donde se puede estar solo sin que nadie te juzgue, donde las nubes bajan a hacerte compañía y donde, después de cada caída, hay un plano en el que vuelves a estar de pie. Mis canciones han sido la forma de contar mi versión, y este clip es una de ellas.
Si esta noche te pesa como me pesaba a mí, no la recorras sin compañía. Marca el 024 desde España: no cuesta nada, contesta a todas horas y está pensado tanto para quien tiene ideas de suicidio como para quien teme por otra persona. Ante una emergencia, el 112. Fuera de España, la web findahelpline.com te indica el teléfono de tu país. Hay otra orilla. Hay un puente.
Una ciudad del disco de las ganas
«Amsterdam» vive en el disco del deseo, el que va entre el descubrimiento de Planeta Gayfolk y el día de la liberación. Es el disco de imaginar el viaje. Y esta ciudad tiene mucho de eso: es un lugar al que uno llega con ganas de encontrar algo, aunque todavía no sepa qué.

Ámsterdam tiene, además, un peso especial para mucha gente como yo. Es un nombre que suena a libertad, a parejas que pasean de la mano, a canales donde nadie te pide explicaciones. En mi planeta conservé esa idea, pero quise añadirle la otra cara: que incluso en las ciudades más libres uno puede sentirse perdido si lo que pesa lo lleva dentro. La libertad de fuera ayuda, pero la que importa se trabaja despacio, paso a paso, calle a calle.
Para escucharla
Las 273 canciones se bajan sin pagar y sin abrir ninguna cuenta en mi página de descargas. «Amsterdam» espera allí, con todas sus vecinas.
Y si te apetece llevarte algo de Planeta Gayfolk que se pueda tocar, en la tienda de gayfolkplanet.com (https://gayfolkplanet.com/tienda) también hay descargas gratuitas y cosas del planeta.
Mi consejo para escucharla: una noche de lluvia, con la ventana abierta si se puede, y sin prisa. Son cinco minutos. Deja que pase entera.
Cinco planos para volver a mirar
El primero, la nube rosa avanzando por el canal visto desde arriba, como una barca de algodón.
El segundo, el hombre de rodillas en la acera mojada mientras pasa el tranvía iluminado.
El tercero, la orilla vacía con todas sus farolas encendidas, sin nadie, solo luz y agua.
El cuarto, las dos caras iguales entre líneas de neón, quietas, haciéndose compañía.
El quinto, el puente de arco del final, con la niebla apoyada en el agua.
Preguntas frecuentes
¿Cuándo se publicó el videoclip de «Amsterdam»? El martes 22 de julio de 2025, en YouTube. Dura cinco minutos.
¿A qué disco pertenece? A «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía de Planeta Gayfolk.
¿Qué se ve en el clip? Una Ámsterdam nocturna con lluvia y niebla rosa: canales con barcas, farolas antiguas, bicicletas, un tranvía, un restaurante de cristal sobre el agua y un hombre que camina solo, cae, se levanta y corre.
¿Por qué las nubes son rosas? Porque en Planeta Gayfolk el cielo puede bajar al suelo. Las nubes rosas suavizan la noche y la vuelven tierna en vez de triste.
¿Se puede descargar gratis? Sí. Desde la página de descargas de mikesaintlouis.com, sin registro.