
Por Mike Sain't Louis ·
Un crucero blanco, un barco hundido y una jaula en mitad del mar: los barcos de Planeta Gayfolk
Madrid está tierra adentro, y para quien crece allí el mar es una cosa que se ve en verano y en las películas. Quizá por eso los barcos me parecen un invento un poco mágico. Una casa que flota. Un trozo de suelo que se separa de la orilla y se lleva a la gente a otra parte. Lo que más me atrae de un barco no es el puerto de llegada, sino el momento en que suelta amarras y se va.
Cuando empecé a montar los videoclips de Planeta Gayfolk no pensé en los barcos como un tema. Aparecieron solos, como aparecen las cosas que uno lleva dentro. Un crucero de lujo con piscina y buffet. Un casco de madera hundido en el fondo del mar. Una cubierta antigua con tumbonas vacías. Una forma negra varada en la arena. Al ponerlos juntos me di cuenta de que cuentan, sin querer, las tres partes de cualquier viaje que sale mal y luego se arregla: la ilusión de embarcar, el naufragio y la llegada a una orilla que no era la prevista.
El crucero de la ilusión
El barco más grande del planeta es el de «Croquetas en el crucero». Es una canción de humor, una de las más gamberras que tengo, y cuenta lo que le pasa a alguien que se apunta a un crucero esperando el viaje de su vida y se encuentra con otra cosa. La letra arranca con la expectativa, que es exactamente lo primero que tiene todo barco:
Me apunté a un crucero por el Mediterráneo pensando en playas, sol y algún italiano
Me encanta ese «pensando». Todo viaje empieza en la cabeza mucho antes que en el puerto. Uno se imagina la cubierta, el atardecer, el desconocido guapo apoyado en la barandilla. Y luego embarca, y la realidad tiene su propio menú.
Un trampolín ante la chimenea
El videoclip enseña el barco desde dentro y desde fuera, pero el plano que más me gusta es uno de los primeros. Una cubierta con piscina de agua turquesa, sombrillas amarillas abiertas a los lados y, al fondo, la superestructura blanca del crucero con sus franjas de colores y sus antenas recortadas contra un cielo morado. En el centro, muy pequeño, alguien de pie en el borde de un trampolín, a punto de saltar.
Esa figura diminuta es para mí el resumen del crucero entero. Todo es enorme, brillante, de catálogo. Y en medio, una persona sola a punto de tirarse al agua. Abre el tríptico de barcos que acompaña a este artículo. La elegí porque tiene algo de cartel de vacaciones antiguo y algo de vértigo. En la vida he estado muchas veces en ese trampolín: el decorado perfecto alrededor, todo el mundo esperando que lo pase bien, y yo calculando la altura.
El buffet y la verdad
Después del trampolín llega la verdad, que en esta canción tiene forma de bandeja. El protagonista descubre que el famoso buffet del crucero se reduce a croquetas y queso malo, y el clip lo enseña con un comedor de barco lleno de bandejas metálicas repletas de croquetas, lámparas de techo y ventanales sobre el mar.
Me río mucho con esa parte, pero también me reconozco. Muchas de las cosas que me prometieron en la vida eran buffets así. Por fuera, mesa de lujo. Por dentro, lo mismo de siempre, recalentado. No hablo de comida, claro. Hablo de esas relaciones que se presentan como un viaje maravilloso y que, una vez dentro, se reducen a lo mismo cada día: el mismo plato, la misma decepción servida con una sonrisa.
Lo mejor del humor es que deja decir eso sin dramatizar. El protagonista no llora delante de las croquetas. Se queja, se ríe, sigue. Es una forma de sobrevivir que conozco bien.
La evacuación en bata
Hay un momento de la letra que es puro barco: el simulacro. Cuando por megafonía avisan de que hay que abandonar el buque, nadie tiene tiempo de arreglarse, y el protagonista confiesa que salió a cubierta en albornoz y con las piernas sin cuidar, como todos los demás.

En el vídeo, esa idea se convierte en una escalera de lujo, con barandillas doradas, por la que bajan varios pasajeros envueltos en batas blancas de hotel. Alguno lleva una bolsa de patatas en la mano. Es una imagen ridícula y entrañable a la vez. Ya conté el clip con detalle en el recorrido por «Croquetas en el crucero» plano a plano, así que aquí solo me quedo con lo que significa en este paseo.
Todo barco tiene un protocolo para cuando algo va mal. Botes salvavidas, chalecos, puntos de reunión. Y lo interesante es que, cuando la alarma suena de verdad, nadie sale arreglado. Sale cada uno como le ha pillado. Eso me parece muy honesto. Cuando a mí me sonó la alarma, tampoco estaba preparado. Salí en bata.
Un tanatorio flotante
Hay una pregunta en la letra que siempre arranca carcajadas y que, mirada de cerca, tiene más fondo del que parece. El protagonista mira a su alrededor y duda de si se ha subido a unas vacaciones o a una funeraria con camarotes.
Yo me hago esa pregunta muchas veces, en general sobre otras cosas. ¿Esto era una fiesta o un velatorio? ¿Esto era una pareja o una celda con buenas vistas? Hay sitios que se venden como diversión y por dentro están muertos. La gracia de la canción es que lo dice con sardinas en el minibar, que es como hay que decir las cosas graves cuando no quieres que te tiemble el pulso.
El vídeo, por cierto, no tiene nada de fúnebre. Está lleno de color, de flotadores con forma de pato, de flamencos hinchables y de un delfín de plástico enorme en la cubierta. El tanatorio solo existe en la letra. Y eso también es muy de este planeta: la tristeza escondida debajo del confeti.
Un zoo de plástico en cubierta
Si se mira el clip con paciencia, el crucero está lleno de animales que no respiran. Un pato hinchable amarillo, del tamaño de una persona, en una cubierta por la que pasean los pasajeros. Un delfín azul enorme, con la boca abierta, junto a una fila de tumbonas de colores. Un flamenco rosa flotando en la piscina, rodeado de gente que baila en el borde.
Me hace gracia que el barco más lujoso de mis vídeos esté decorado como una piscina municipal en agosto. Es otra forma de contar lo mismo que la letra: el sueño de lujo, de cerca, tiene mucho de plástico. Pero también me enternece. Esos flotadores son lo que uno lleva al agua cuando no sabe nadar bien. Son ayudas. Nadie se ríe de un niño con manguitos. ¿Por qué deberíamos reírnos de un adulto que necesita un flamenco para no hundirse?
Durante años me avergonzó necesitar flotadores. Pensaba que lo normal era nadar solo, sin apoyo, y que pedir ayuda era confesar un fracaso. Hoy mis flotadores tienen nombre: las consultas de psiquiatría y de psicología, una rutina de medicación que no me salto, las canciones. No son elegantes. Pero me mantienen a flote, y eso es lo único que importa en mitad del mar.
Tumbonas junto a la borda
Hay otro plano del crucero que parece una postal de los setenta. Varios bañistas tumbados en hamacas junto a la barandilla, tomando el sol con el mar azul detrás. Ninguno parece tener prisa por llegar a ningún sitio.

Eso es lo que más envidio de los barcos: que durante el trayecto no se puede hacer nada para llegar antes. El barco va a su velocidad. Uno puede ponerse nervioso en la tumbona, pero el puerto no se acerca más rápido por eso. Hay procesos que funcionan igual. La recuperación, por ejemplo. Durante mucho tiempo quise llegar ya, estar bien ya, dejar de tener días malos ya. Y aprendí, a la fuerza, que hay travesías que duran lo que duran. Lo único que depende de ti es cómo las pasas.
El atardecer en la cubierta vacía
Hay un plano casi al final del clip que elegí como portada. La piscina del crucero al atardecer, con el agua iluminada por dentro, la barandilla blanca, el mar inmenso detrás y el cielo naranja. Por la cubierta camina una sola persona, de lejos, mientras al fondo unos cuantos pasajeros se quedan junto a la borda. Ya no hay aerobic, ni batas, ni buffet. Solo el barco, el sol que baja y alguien que pasea.
Me gusta que el crucero más ruidoso de mis vídeos tenga también ese momento de calma. Después de tanto disparate, el barco sigue navegando. Las croquetas eran malas, la alarma sonó, el viaje no fue el soñado. Pero el sol se pone igual de bonito sobre el agua, y quien pasea por la cubierta todavía puede disfrutarlo.
Hay una cosa más que me gusta de ese plano: la luz de la piscina viene de dentro del agua. No la pone el sol, que ya se va. La pone el propio barco. Es una manera muy bonita de decir que, cuando el día se acaba, cada uno tiene que encender su propia luz. Durante años esperé que alguien me la encendiera desde fuera. Ahora sé dónde está el interruptor, aunque algunas noches me cueste llegar hasta él.
Un barco de madera en el fondo
Para encontrar el segundo barco de este paseo hay que bajar muchos metros. Está en el videoclip de «Canguros», una canción que no tiene nada de humor y que habla de despedidas, de faros y de promesas. Hacia el segundo 93 el clip se mete bajo el agua: luz verde y turbia, rayos que bajan desde la superficie, y al fondo el casco de madera de un barco hundido, con las cuadernas a la vista como las costillas de un animal. Delante nada una sirena de cola larga, y otras figuras se mueven entre la penumbra.
La letra de «Canguros» promete un barco al que siga a una estrella:
Dicen que si sigues a esa estrella Terminarás en un barco de madera
Y el vídeo enseña dónde acaba ese barco. En el fondo. Roto. Convertido en casa de sirenas. Lo verás en el centro de las tres fotos de barcos de este artículo. No me parece triste, o no del todo. Un barco hundido deja de llevar a la gente a otra parte, pero empieza a ser otra cosa: un arrecife, un refugio, un sitio donde la vida se instala de otra manera.
El faro de la bahía
Antes de bajar al barco hundido, la letra de «Canguros» deja una luz encendida en la costa. Su primera estrofa enumera cosas que la gente dice, leyendas de marinero, y una de ellas es esta:
Dicen que hay un faro en la bahía
Siempre me ha gustado que los faros no persigan a nadie. Se quedan quietos en su roca y giran. No te salvan ellos: te enseñan dónde está la costa para que puedas salvarte tú. Pienso en ellos cuando pienso en la gente que me ayudó a salir. Ninguno vino a buscarme en barca. Estaban ahí, encendidos, a la misma hora cada noche, y cuando por fin me atreví a mirar hacia la costa, supe hacia dónde remar.
Naufragar no es lo mismo que hundirse
Esa idea, la del barco hundido que se convierte en hogar de otros, me ha servido mucho para pensar en mi propio naufragio.

Durante casi veinte años navegué con dos parejas narcisistas, primero una y enseguida la otra, sin pisar tierra entre las dos. No voy a dar ningún detalle que pueda identificar a nadie: lo que cuento es lo que pasaba en mi cabeza. Aprendí a ponerme una careta en cuanto salía del camarote. Por fuera, viaje de lujo. Por dentro, la misma bandeja de siempre. Y cuando por fin salté por la borda, descubrí que buena parte de la tripulación pensaba que el problema había sido yo. Me quedé flotando solo, sin bote y sin nadie cerca.
Ahí abajo, en lo más hondo, la idea de quitarme la vida se me instaló en la cabeza. Lo escribo sin adornos porque es lo que pasó, y porque contarlo es parte de haber salido. Con 41 años, los especialistas pusieron nombre a cada pieza del naufragio: un trastorno de ansiedad, una fobia social, un trastorno de evitación, una depresión mayor grave y un estrés postraumático. Ese día fue, a su manera, una carta náutica: por fin sabía dónde estaba. Desde aquel día no falto a mis citas de psiquiatría ni a las de psicología, y la medicación forma parte de mi rutina. Y escribo canciones, que han sido mis remos. De eso hablé en el texto sobre la música que me está salvando.
Si sientes que te hundes
Si tú estás ahora en el fondo, con el agua verde por encima y sin ver la superficie, pide ayuda antes de que se te acabe el aire. En España puedes llamar al 024, que atiende a quien piensa en el suicidio y también a quien teme por alguien cercano. Es gratuito, confidencial y no cierra nunca. Ante un peligro inmediato, el 112. El Teléfono de la Esperanza está en el 717 003 717. Si eres menor de edad, la Fundación ANAR te escucha en el 900 20 20 10. Y si estás fuera de España, findahelpline.com te indica qué número marcar en tu país.
Nadie sube solo desde el fondo del mar. Siempre hay una cuerda, un brazo, alguien en la cubierta que la lanza.
La pasajera que señala la jaula
El tercer barco es una cubierta antigua y blanca, con tumbonas vacías, que aparece en el videoclip de «Can't Wait». En la barandilla, una pasajera vestida de lila, con falda hasta los pies, estira el brazo y señala algo en el agua. Allí, en mitad del mar, flota una jaula redonda de barrotes turquesa, con techo de pagoda, y dentro hay una sirena.
En las tres fotos de barcos de este artículo recorté el plano para que se vea solo la jaula y el mar. Me parece una de las imágenes más enigmáticas del planeta. No sabemos si la pasajera quiere liberar a la sirena o solo la está enseñando a alguien. El vídeo no lo explica y yo tampoco quiero explicarlo del todo. Pero sí sé lo que veo: desde un barco se ve muy bien a quien está encerrado. Lo difícil es lanzarse al agua a abrir la puerta.
A veces me siento la sirena de esa jaula. Desde la borda es fácil ver a quien está encerrado y señalarlo. Lo que salva es que alguien, un día, decida mojarse.
La nave varada en la orilla
El último barco no es del todo un barco. Aparece en el videoclip de «Breeze», en una playa al atardecer: una construcción oscura, casi negra, recortada a contraluz sobre el mar, con puntas y salientes, como si fuera un barco varado o un trozo de nave que se quedó en la arena. El sol se esconde detrás y la marea le lame los bordes. No hay nadie cerca. Es la imagen que acompaña a mi foto en este texto.

Me gusta terminar el paseo con ella porque es lo que viene después del naufragio. El barco ya no navega. Ha llegado a una orilla, no necesariamente la que había planeado, y ahí se queda. Visto así, tiene algo de monumento. No sabemos de dónde viene, pero está en tierra firme, y el mar que lo zarandeó ahora solo le moja los bajos.
Así me siento algunos días. Varado, sí, pero en una playa tranquila, con el sol de cara. No es el puerto que imaginaba al zarpar. Es mejor: es un sitio donde ya no tengo que fingir que el buffet es bueno.
Volver a subir a bordo
Durante una temporada larga pensé que no volvería a embarcarme en nada. Ni en otra relación, ni en un proyecto, ni en un plan con gente. La fobia social y la evitación tienen eso: te convencen de que el puerto es el único sitio seguro y de que cualquier barco acabará hundido. Quedarse en tierra parecía lo prudente.
Las canciones me devolvieron al agua poco a poco. Primero, como quien se moja los pies en la orilla: escribir una letra. Después, montar un videoclip. Más tarde, publicar y dejar que otros lo vieran. Cada paso era una pequeña travesía. Algunas salieron regular. Ninguna me hundió.
Todavía hay mares que me dan miedo. Las salas llenas, las fiestas donde no conozco a nadie, ciertas conversaciones. No los he conquistado. Pero ya no me quedo en el muelle mirando cómo zarpan los demás. A veces subo, aunque sea a una barca pequeña, y me quedo cerca de la costa. Con eso, de momento, me basta.
Un puerto para escuchar
Para navegar por este puerto, zarpa desde el videoclip de «Croquetas en el crucero» y busca el trampolín, la escalera de las batas y la cubierta al atardecer. Sigue con el de «Canguros» y baja con él hasta el barco hundido. Pasa luego por el clip de «Can't Wait» para encontrar a la pasajera que señala la jaula, y termina en la playa de «Breeze», con la nave negra varada.
Las canciones de este puerto se pueden bajar sin pagar nada y sin crear ninguna cuenta en la sección de descargas de esta web. Llévatelas a tu próximo viaje, aunque sea en metro.
El que dibuja los barcos
Soy Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical. Yo escribo las letras, decido cómo se producen y monto los videoclips; la música y la interpretación vocal las hace la IA siguiendo mis indicaciones. Con ese oficio he levantado Planeta Gayfolk, y en sus mares, sin buscarlo, han atracado unos cuantos barcos.
Si hoy estás a punto de embarcar en algo que promete demasiado, mira bien el buffet antes de zarpar. Y si ya estás en mitad del naufragio, recuerda que los barcos hundidos también acaban siendo casa de alguien. Tú puedes volver a la superficie. Lo que se rompe en el mar no siempre se pierde.
Preguntas frecuentes
¿Qué barcos aparecen en los videoclips de Mike Sain't Louis? Este texto recorre cuatro: el crucero de lujo de «Croquetas en el crucero», el barco de madera hundido de «Canguros», la cubierta antigua desde la que una pasajera señala una jaula en el mar en «Can't Wait» y la construcción negra varada en la playa de «Breeze».
¿De qué trata «Croquetas en el crucero»? Es una canción de humor sobre alguien que se apunta a un crucero por el Mediterráneo esperando el viaje de su vida y se encuentra un buffet de croquetas y queso malo, una alarma de evacuación en bata y un ambiente más de velatorio que de fiesta.
¿Qué significa el barco hundido de «Canguros»? La letra promete un barco de madera a quien siga una estrella, y el videoclip lo enseña hundido en el fondo del mar, habitado por sirenas. Puede leerse como un naufragio que se convierte en refugio.
¿Quién es Mike Sain't Louis? El primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical. Escribe las letras, dirige la producción y monta los videoclips de Planeta Gayfolk; la música y la interpretación vocal están hechas con IA.
¿Dónde se pueden escuchar y descargar estas canciones? Gratis y sin registro en la página de descargas de mikesaintlouis.com. Los videoclips están en la sección Planeta Gayfolk de la web.