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Un corazón que llora con siete oes: «Quién miente y jura» verso a verso, del refrán al juramento por los padres

Hay letras que necesitan muchas palabras para llegar a su sitio y otras que llegan con muy pocas. «Quién miente y jura» es de las segundas. La versión publicada tiene cuarenta y tres renglones con texto, pero apenas ciento cincuenta y una palabras, y de ellas solo sesenta y seis son distintas. Es una canción que se puede leer entera en menos de un minuto. Y aun así, cuando la repaso despacio, me doy cuenta de que casi cada renglón está colocado para hacer una cosa concreta: frenar, estirar, admitir o cerrar.

En este texto la voy a recorrer verso a verso, en el orden en que aparece en su ficha. No para explicar lo que significa, porque eso se entiende a la primera, sino para ver por dentro cómo funciona. Dónde corta las frases, qué palabra deja sola en un renglón, qué se repite y qué aparece una única vez. Es la clase de lectura que hago cuando vuelvo a una canción mía meses después y ya no la recuerdo como quien la escribió, sino como quien la escucha.

Una letra que empieza a mitad de frase

Lo primero que llama la atención en la letra publicada es que no empieza por el principio. El primer renglón es este:

para salvar su amor,

Ese es el arranque, con minúscula y con una coma al final. No hay sujeto. ¿Quién quiere salvar su amor? La respuesta llega más tarde, en la segunda vuelta, cuando aparece por fin el renglón que pone nombre a la canción. En la primera vuelta, en cambio, el sujeto falta, y la frase empieza en el aire, como cuando entras en una habitación y la conversación ya está en marcha.

Me gusta ese arranque porque es muy parecido a cómo llega una sospecha. Nadie se despierta un día con la frase completa en la cabeza. Primero aparece un trozo, una idea suelta, y solo después se entiende de quién habla. La letra hace eso mismo: te da el predicado antes que el sujeto. Te cuenta lo que pasa antes de decirte quién lo hace.

El título, que es el sujeto que falta, ya lo has leído antes de escuchar nada. Está en la portada, en la ficha, en el nombre del archivo. Así que la canción juega con algo que tú ya sabes. Completa la frase sola, sin que nadie te la diga.

Un refrán partido en nueve trozos

A continuación llega una sola oración larga, cortada en renglones muy breves. Primero una corrección, «en realidad», en un renglón para ella sola. Luego el verbo que da miedo:

lo está condenando,
al final, el engaño es el peor traidor,

Si se escribiera de un tirón, ocuparía una línea de refranero, de esas que se bordan en un paño de cocina. Tiene ese tono de sentencia de abuela, de dicho que se repite en las cocinas. Pero la letra no la escribe seguida. La parte en nueve renglones, y algunos tienen dos palabras.

¿Por qué partirla tanto? Porque una frase hecha, dicha de corrido, no duele. Se escucha y se asiente con la cabeza. En cambio, si cada trozo se queda solo, cada trozo pesa. «En realidad» suena a corrección, a alguien que te está quitando la venda. «Al final» suena a balance, a lo que queda cuando ya ha pasado todo. «El engaño», solo en su renglón, se convierte casi en un personaje. Es como si la canción leyera el refrán palabra por palabra para comprobar que es verdad.

Hay además un detalle de puntuación que me hace gracia. «Al final» lleva coma, igual que el primer renglón y que el del verbo. La letra respira en los mismos sitios en que respiraría alguien que dice algo difícil y necesita tomar aire entre trozo y trozo. No son comas de gramática. Son comas de pausa.

«El engaño es el peor traidor»

Me detengo un momento en este renglón porque es el único del estribillo con una idea extraña. Un traidor es alguien que te falla desde dentro, alguien en quien confiabas. Decir que el engaño es el peor traidor es decir que la mentira acaba traicionando también a quien la cuenta. El que miente cree que el engaño está de su lado, que le protege, que le sirve para mantener lo que tiene. Y al final, el engaño se vuelve contra él.

Por eso el verbo elegido es «condenar». No dice que lo pierde por mala suerte. Dice que lo condena él mismo, con la misma herramienta que usaba para salvarlo. Es una idea muy vieja, que está en cuentos y en fábulas, pero aquí aparece sin moraleja final. Solo se constata.

Un corazón que llora con siete oes

El estribillo termina así:

Tarjeta tipográfica con la palabra «Llorandoooooo» de «Quién miente y jura» escrita en grande, cada o en un color y numerada del uno al siete, y tres notas: cuatro veces en la letra, seis oes seguidas al final y la única palabra escrita así
y solo deja un corazón llorando.

Y a continuación, dos renglones iguales:

Llorandoooooo Llorandoooooo

Es mi renglón favorito de la letra, y no lleva ninguna palabra nueva. La palabra «llorando» aparece escrita primero con normalidad, con su punto final, como quien cierra una frase. Y después vuelve dos veces más, pero estirada. En la versión publicada, esa palabra estirada tiene siete oes en total, seis seguidas al final. No es un error ni una forma de rellenar. Es la manera más directa que encontré de escribir un sonido que no cabe en la ortografía.

Cuando alguien llora de verdad, la palabra no se dice: se alarga. Se queda colgando. Esas oes son la parte de la canción que no se puede explicar con argumentos. Hasta aquí, la letra ha sido casi razonadora, con un refrán, un engaño y un traidor. De pronto, la lógica se acaba y solo queda la vocal sostenida. Para mí es el momento en que la canción deja de opinar y empieza a sentir.

Si se cuentan, el «llorando» estirado aparece cuatro veces en la letra, dos en cada estribillo, y ninguna otra palabra de la canción se escribe así. Todo lo demás está escrito con letras normales. Ese contraste es lo que hace que funcione: un único sitio donde la escritura se desborda.

«Y es que yo se»

Pasado el estribillo, la letra se acerca muchísimo:

Y es que yo se, que no estás

Aquí cambia todo. El refrán hablaba en tercera persona, de un «quien» cualquiera, de una regla general. Este renglón habla en primera persona y se dirige a un «tú». La sentencia de abuela se ha convertido en una conversación de pareja. Es el paso de lo que se dice de los demás a lo que te pasa a ti.

En la letra publicada, ese «se» va sin tilde, y la coma cae justo después, antes del «que». Lo dejo tal cual está, porque así es como se publicó y así es como lo cito. Pero sí quiero señalar lo que produce esa coma: una pequeña pausa entre saber y decir lo que se sabe. Es el instante en que alguien toma aire antes de admitir lo que lleva tiempo notando.

Y otra vez la palabra clave aparece aislada, en el renglón de abajo: «enamorado». Separada del verbo, colgando como antes colgaban las oes. Lo que se aísla en esta letra es siempre lo que más duele. Por la forma masculina, sabemos además que quien escucha esta frase es un hombre. Es uno de los pocos datos concretos que da la canción.

Cariño no es amor

El renglón siguiente es el centro de la canción:

Que me tienes cariño sí

Fíjate en el «sí» del final. No lleva coma delante. Es un «sí» que concede, que reconoce lo que el otro podría alegar en su defensa. Sí, me tienes cariño. No lo niego. No estoy diciendo que me odies ni que no te importe. Y justo después llega el «pero», que vuelve a repetir la frase anterior casi igual.

Separar el cariño del amor cuesta muchísimo dentro de una pareja, porque desde fuera se parecen mucho. Hay atención, hay costumbre, hay ternura. Lo que falta es otra cosa, algo que no se puede exigir y que tampoco se puede fingir mucho tiempo. La canción no explica qué es exactamente. Se limita a separar las dos palabras y a ponerlas una frente a otra.

Lo que me interesa de esta parte es que no hay rabia. Quien habla no acusa de nada en este renglón. Solo describe. Es casi una frase compasiva: entiendo que me quieres a tu manera, pero tu manera no es la que necesito. Y esa falta de rabia hace que la frase pese más.

«Por las cosas que haces»

¿Cómo se sabe que alguien no está enamorado? La letra responde con un renglón que en la versión publicada lleva un doble espacio entre «que» y «haces». Lo cito sin tocarlo:

Por las cosas que haces

No por lo que dice, sino por lo que hace. Esa es la clave de toda la canción, y conecta con el título: el que miente y jura usa las palabras para tapar lo que hacen sus actos. La persona que habla ha dejado de escuchar las palabras y ha empezado a mirar los hechos. Ese cambio es, muchas veces, el principio del final de una relación.

Me gusta que la letra no enumere esas cosas. No hay lista de agravios, no hay detalles, no hay escenas. Cada cual puede poner las suyas. Las canciones que detallan demasiado se quedan en la historia de una sola persona. Las que dejan el hueco permiten que quien escucha meta allí su propia historia.

«Tan insignificante»

Y la estrofa se cierra con este renglón:

Porque soy para ti tan insignificante

Ningún renglón de la primera mitad ocupa tanto en la página. Después de tantos renglones de dos o tres palabras, este se extiende como una queja que por fin sale entera. Es también el único que pone un adjetivo sobre quien habla. Hasta ahora, la letra hablaba del otro: de lo que jura, de lo que hace, de lo que siente. Aquí, por primera vez, habla de cómo se ve a sí misma la persona que habla en la canción a través de los ojos del otro.

«Insignificante» es una palabra que vuelve en mi catálogo. En «Tu mendigo» aparece al final de un renglón, «más insignificante.», con punto y todo, como un diagnóstico. En «So Insignificant» se convierte en título y en estribillo en inglés:

So insignificant,

Son tres formas de la misma sensación: sentirse pequeño al lado de alguien. Aquí, en «Quién miente y jura», la palabra va precedida de «tan», que la intensifica, y de «para ti», que la localiza. No dice «soy insignificante». Dice «soy para ti tan insignificante». Es el otro quien mide así. Esa diferencia, que parece mínima, es la que permite salir: si la medida es del otro, se puede dejar de aceptar esa medida.

La segunda vuelta y la «Y» repetida

Entonces la canción vuelve al estribillo, y esta vez sí aparece el sujeto que faltaba:

Quien miente y jura

Ahora el refrán está completo. La primera vez lo escuchamos sin principio; la segunda, ya sabemos de quién habla. Es una forma sencilla de hacer avanzar una canción que, en apariencia, se repite. Las palabras son casi las mismas, pero el sentido se ha cerrado. Y hay otro cambio diminuto: el «llorando» que cierra la frase ya no lleva punto. Ha perdido la puntuación, como si la segunda vez nadie se molestara en cerrar la frase con cuidado.

Después de los dos «Llorandoooooo» vuelve la estrofa íntima, idéntica salvo por un detalle que me gusta mucho encontrar cada vez que la releo. Empieza así:

Y Y es que yo se, que no estás

Dos «Y» seguidas. En una letra escrita con calma sería una errata. En esta, para mí, es un tartamudeo. Es la persona que vuelve a empezar la misma frase porque le cuesta decirla otra vez. La primera vez lo dijo; la segunda tiene que repetirlo, y la repetición le hace tropezar. No lo he corregido nunca y no lo voy a corregir, porque la letra se cita tal como está publicada, y porque ese tropiezo dice algo verdadero sobre lo que cuesta repetir una certeza dolorosa.

Los defectos

La última estrofa es la única que no se repite, y es la que cambia el tono de todo. Empieza así:

Y por supuesto yo tengo mis defectos

Y el renglón siguiente, que empieza con «Claro», niega cualquier perfección. Aquí la canción hace algo que no suelen hacer las canciones de despedida: admite. Quien habla no se pinta como inocente total ante un malo de película. Dice «por supuesto» y dice «claro», dos expresiones que dan por hecho algo que nadie le ha preguntado. Es como si se adelantara a la defensa del otro: sé lo que me vas a decir, que yo también tengo lo mío. Sí, lo tengo.

La rima entre «defectos» y «perfecto» es consonante y casi perfecta, con la única diferencia del plural. Es la rima más cuidada de la canción. Me parece significativo que la rima más limpia aparezca justo en el renglón en que alguien reconoce que no es limpio. Hay algo de humildad en esa música. Y también algo de firmeza: reconocer los propios defectos no obliga a quedarse.

«Este es el final»

El renglón siguiente es el que separa esta canción de una queja:

Pero sintiéndolo mucho este es el final

«Sintiéndolo mucho» suena a cortesía de oficina, a esas frases con las que se comunican malas noticias. Tiene algo de carta formal, de comunicado. Y está bien que sea así, porque es una decisión. Después de admitir los defectos, la letra no pide perdón ni negocia. Cierra.

Además, aquí vuelve la palabra «final», que ya estaba en el estribillo. Allí era «al final», el balance que hace el refrán sobre lo que les pasa a los mentirosos. Aquí es «el final», un punto concreto en el tiempo, una decisión. La misma palabra pasa de describir una ley general a describir lo que hace una persona. Es el último paso del recorrido que empezó en tercera persona.

«Alguien que me quiera valorar»

Necesito alguien que me quiera valorar

Este renglón responde al de «tan insignificante». Allí, quien habla se veía pequeño a través de los ojos del otro. Aquí pide otra cosa: que alguien quiera valorarle. No pide alguien perfecto, ni alguien que no tenga defectos, ni siquiera alguien que le quiera mucho. Pide alguien que quiera valorar, que tenga la voluntad de mirar lo que hay.

Fíjate en el verbo «quiera». Podría haber escrito «que me valore». Pero «que me quiera valorar» añade la intención. Valorar a alguien no es solo un resultado; es una decisión que se toma cada día. Y esa es exactamente la decisión que el otro, el del cariño sin amor, no estaba tomando.

El juramento más sagrado

Los dos últimos renglones cierran el círculo. El penúltimo es una ley:

Fotograma panorámico del final del videoclip de «Quién miente y jura»: dos siluetas pequeñas, una sentada y otra tumbada, ante un sol rojo enorme, con el renglón «Nunca se volverá a confiar» debajo
Nunca se volverá a confiar

Y el último recupera el título completo, con tilde en el pronombre y con un añadido que lo cambia todo: «por sus padres». En muchas casas españolas, poner a tu madre y a tu padre por testigos es lo máximo que se puede prometer. Es la promesa guardada para lo intocable, la que se hace cuando no basta con decir «te lo prometo». Y es justo el que usa el mentiroso de la canción. Lo que hace imperdonable la mentira no es el engaño en sí, sino haber gastado en ella lo más valioso que tenía para jurar.

Hay un detalle de escritura que me gusta mucho. En el renglón del estribillo de la segunda vuelta, el título aparece como «Quien», sin tilde. En el último renglón aparece como «quién», con tilde. Son dos maneras de escribir la misma palabra, y en la letra publicada están las dos. La primera es un relativo, el de los refranes: quien hace esto, le pasa aquello. La segunda tiene acento, el de quien señala. Yo lo leo como un último cambio de mirada: del refrán general a una persona concreta.

El verbo también es interesante: «se volverá a confiar», sin sujeto, en forma de regla. No lo dice en primera persona, con un «yo» delante. Dice que nunca se vuelve a confiar, como una ley. La canción termina igual que empezó, con una sentencia general. Pero ahora sabemos por qué la persona que habla la cree. La ha vivido. Y el último renglón no tiene rima con nada: «padres» se queda sola, como se quedaban solas las palabras importantes al principio.

Lo que enseña el videoclip

El videoclip de «Quién miente y jura» dura 4:17 y subió a YouTube a las 16:31 del 18/02/2025, hora del Pacífico; en Madrid ya era la 1:31 de la madrugada del día 19. No ilustra la letra palabra por palabra. Hace otra cosa: la traslada a imágenes que no aparecen en ella. Los segundos que doy son aproximados.

Díptico con dos fotogramas del videoclip de «Quién miente y jura»: una tormenta negra sobre el mar con la espuma blanca en la orilla y una carretera de noche filmada desde un coche, con farolas y los pilotos rojos de otro coche delante

Empieza con el rótulo amarillo sobre una cala con un acantilado oscuro y el mar muy azul. Enseguida pasamos a un salón con papel pintado dorado, de damasco, donde un hombre con chaqueta de lentejuelas mira a cámara, y una pareja mayor, elegante, aparece junto a una lámpara antigua. Son personajes inventados; no representan a nadie real. Ese salón es el mundo de las apariencias, el de las fotos de familia y las cenas bien puestas, el sitio donde se jura por los padres.

Frente a ese interior dorado, el clip alterna una playa al anochecer con un crío de espaldas en la orilla, mirando el agua mientras al fondo se encienden las casas blancas de la costa. Hacia el segundo ochenta y ocho llega una tormenta oscura sobre el mar, con la espuma blanca en la orilla, y vuelve varias veces más. Hacia el ciento catorce aparece una carretera de noche, filmada desde un coche, con los pilotos encendidos de otro coche delante y las farolas pasando. Más tarde, el niño trepa por una pared de roca. Y casi al final, una silueta pequeña sentada delante de un sol rojo enorme, de un rojo que llena la pantalla.

No he querido nunca explicar ese montaje demasiado, pero sí puedo contar cómo lo leo yo. El salón dorado es el juramento; la tormenta es el engaño; la carretera de noche es la decisión de irse; el niño que trepa es la parte de uno mismo que vuelve a subir. Y el sol rojo es lo que queda cuando ya no hay nada que defender: algo enorme, que quema, pero que también ilumina. La letra no habla de ninguna de estas cosas, y precisamente por eso el vídeo le añade una capa.

Parientes en mi catálogo

«Quién miente y jura» tiene parientes cercanos en mi catálogo. El más directo es «No te vuelvo a mirar más», donde también hay un juramento roto, aunque allí el tono es mucho más furioso:

Me juraste respeto y me escupiste desprecio,

Si «Quién miente y jura» se despide con educación, aquella otra lo hace dando un portazo. Son dos maneras de cerrar la misma puerta.

La palabra «confiar» aparece en otras letras como una tarea pendiente. En «De mito a vómito» hay un renglón que la convierte en meta, «Volver a confiar en alguien», y en «Envejecer» se repite hasta convertirse en un deseo de futuro. En «Otro bombardeo» aparece como duda: «Ya no se en quién confiar». Leídas juntas, esas letras forman una pequeña historia: la confianza rota en «Quién miente y jura», la duda, el deseo de recuperarla.

Y para el tema de las caretas, de la gente que dice una cosa y hace otra, está «Hipócritas», y la mirada que se corrige delante de un espejo en «El espejo de enfrente».

Lo que yo aprendí de los juramentos

«Quién miente y jura» no cuenta una historia concreta, y los personajes del videoclip son inventados. Pero sé muy bien de dónde viene la sensación que la mueve. Viví dos décadas repartidas entre dos parejas narcisistas. Las dos sabían prometer, y las dos, cuando dejaron de fingir, consiguieron que varias personas de mi entorno se pusieran en mi contra. Me costó años dejar de atender a lo que se me juraba y fijarme en lo que de verdad pasaba, que es justo lo que dice el renglón de los hechos.

Dos polaroids sobre fondo rosa: una foto real de Mike Sain't Louis con camiseta de tirantes y, al lado, un fotograma del videoclip con un niño de espaldas sentado en la orilla al anochecer frente a un pueblo blanco de la costa

Los médicos pusieron nombre a lo que me quedó: estrés postraumático, depresión mayor grave, fobia social, ansiedad y un trastorno de la personalidad por evitación. Llegué a estar muy cerca de no seguir. Ahora estoy bastante mejor, sin dejar el tratamiento de psiquiatría y de psicología. Las canciones fueron mi manera de contar lo que viví desde mi lado, y una letra como esta, que reconoce lo propio sin tragarse la mentira ajena, forma parte de ese camino.

Si tú estás atravesando algo así, o se te pasa por la cabeza hacerte daño, no lo lleves en silencio. En España tienes el 024, una línea pública para crisis suicidas: es gratuita, confidencial y atiende de día y de noche. Ante un peligro inmediato, el número es el 112.

Dónde escucharla

Pertenece a mi segundo disco, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», y en la lista general de mis canciones es la número 100 de 273. Su ficha tiene la letra entera, el reproductor y el enlace al videoclip. Me defino como el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical. Firmo las letras, compongo y produzco; las herramientas de inteligencia artificial generan la música y la interpretación vocal.

Puedes oírla y bajártela sin pagar nada y sin crearte ninguna cuenta desde la página de descargas, igual que el resto de mi catálogo. Ponla con la letra delante y busca las siete oes del llanto, la «Y» que tropieza y la tilde que solo aparece en el último renglón. En una canción tan corta, esos detalles diminutos lo son casi todo.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Quién miente y jura»? De una despedida. Empieza con un refrán sobre el mentiroso que, por querer conservar una relación, la condena, pasa a una conversación de pareja en la que quien habla reconoce que el otro le tiene cariño pero no está enamorado, y termina con una decisión: este es el final, porque hace falta alguien que quiera valorar.

¿Por qué la palabra «llorando» aparece estirada? Porque es la forma de escribir un sonido que no cabe en la ortografía. En la letra publicada, el «llorando» estirado lleva siete oes en total y aparece cuatro veces, dos por estribillo. Es el único sitio de la canción donde la escritura se desborda.

¿Qué significa el juramento «por sus padres»? Es la promesa más seria en muchas familias españolas, la que se hace poniendo a la madre y al padre por testigos. En la canción, lo imperdonable no es solo la mentira, sino haberla jurado por lo más valioso.

¿Es una historia real? La letra no cuenta una historia concreta y los personajes del videoclip son inventados. La sensación de dejar de creer en las palabras y empezar a mirar los hechos sí nace de mi propia experiencia, que cuento en este texto de forma general y sin nombres.

¿En qué disco está? En el segundo, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk». Ocupa la pista 100 de 273 en el catálogo, y el videoclip se publicó en YouTube en febrero de 2025.

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